La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Dyne
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Dyne

DYNE

Dyne decide que va a desaparecer antes incluso de que Ammarah se quede dormida.

La idea de volver a Odelia ya se le ha pasado por la cabeza en las últimas semanas, pero al final se ha quedado por la misma razón por la que suele quedarse observando las tormentas cuando estallan: por la expectación.

Estar cerca de los celestiales, fingir ser uno de ellos, le ofrecía una perspectiva importante de todo lo que estaba sucediendo, una comprensión cercana de un conflicto que se había desencadenado con la invasión en la basílica y que no ha dejado de crecer.

Ahí al menos servía de ojos y oídos para la emperatriz, pero también para sí misma y para los suyos.

Y, por otro lado, estaba Ammarah.

Se había prometido no involucrarse demasiado con la soberana de los celestiales, pero a Dyne nunca se le ha dado bien reprimir sus emociones.

A su modo de ver, no puedes pasarte todos los días con una persona y ser totalmente indiferente a ella.

Sobre todo con alguien como la reina, siempre encerrada, siempre controlada.

Todo el tiempo que ha pasado interpretando el papel de doncella de Ammarah de Daiva le ha servido para llegar a la conclusión de que es una mujer que vive bajo un cuerpo de madera, alguien que quiere sentirse real pero a la que han tallado como un títere.

En su pecho hay un corazón que late y sangra; y en su cabeza, un sinfín de ideas y remordimientos que se cruzan, pero de sus brazos y de sus piernas cuelgan hilos para tenerla atada e indicarle cómo debe moverse.

Al final de esos hilos, obligándola a bailar en una dirección u otra, está la Suma Celestial.

Dyne ha deseado encontrar la manera de cortar los hilos, pero son más resistentes de lo que le gustaría.

Supone que tiene sentido, que son cuerdas fabricadas con mucho cuidado a lo largo de años y años de lecciones sobre el deber y la fe, sobre el miedo por lo que se esconde fuera de las murallas y la idea de que la protección está dentro de ellas.

No, los hilos que mueven a Ammarah de Daiva no son fáciles de destruir, por eso la única manera que esa muchacha ha encontrado de sentirse carne y hueso y no simple corteza es recurrir a esas pócimas.

Por eso Dyne accedió a conseguírselas, también.

Al principio pensó que quizá le darían la claridad necesaria para entender que el trabajo de los Ojos es asesorarla, no gobernar por ella.

Al fin y al cabo, gracias a la primera vez que forzó sus visiones, al día siguiente encontró la fuerza para decirle al Consejo que el avance de las tropas celestiales debía detenerse como mínimo hasta que encontraran a un nuevo Ojo de la Muralla que sustituyera al anterior.

Dyne lo consideró una buena señal.

Después de tres amaneceres teniendo que despertarla de trances que parecían llevársela muy lejos de allí, cambió de opinión.

A una parte de ella le gustaría quedarse a su lado para asegurarse de que no sigue hundiéndose en esa necesidad ansiosa de visiones. Le gustaría quedarse hasta convencerla de que su cuerpo está recubierto de piel y su voz no tiene por qué ser solo el eco de otras.

Sin embargo, el asesinato de la emperatriz lo cambia todo.

No es la mujer la que le preocupa, sino todos los demás. Tiene que ponerse en contacto con Derek, con Caleb. Tiene que reunirse con ellos y con Ishtar. Ammarah de Daiva despierta cierta compasión en ella, mucha más de la que merece dadas las circunstancias, pero ellos son su familia.

Nada importa más que eso.

Tras entrar en su pequeño cuarto, Dyne comienza a llenar una bolsa con enseres básicos.

Cuando amanezca, la reina descubrirá que su doncella ha desaparecido y nadie sabrá nunca qué ha pasado con ella.

Antes de que la gente empiece a hacerse demasiadas preguntas, ella ya estará muy lejos de ahí, aunque todavía no tiene claro a dónde ir.

¿A Damira? ¿Seguirán los demás en palacio o habrán conseguido huir…

? No lo sabe, pero supone que la manera más rápida de comprobarlo es intentar ponerse en contacto con ellos.

Si nadie le responde, lo más probable es que les hayan encarcelado y entonces ella podría…

El plan se le pierde entre un pensamiento y el siguiente cuando siente el frío.

Es como si el invierno se colara en la habitación con toda su fuerza, pero el ventanuco del cuarto está cerrado y el frío que nota viene de algún punto a sus espaldas. Le resulta extrañamente familiar. Como el abrazo de una soga. Como una canción de cuna con la letra equivocada.

Antes de girarse, incrédula, ya sabe a quién se va a encontrar.

Muerte es hoy una criatura hecha de sombras.

Viste jirones de tela negra bajo los que se mueven mil insectos y se entrelazan las ramas de esos árboles que crecen en lo más profundo de los bosques de Arsay.

Es una figura casi intangible, que cambia con cada paso con el que se acerca.

Huele a lluvia, a hierba aplastada, a fruta madura.

Su voz, cuando pronuncia su nombre, es el sonido del trueno y el canto de los pájaros y el fuego, igual que cuando la llamó por primera y última vez cuando solo tenía diez años.

—Dyne.

Ella traga saliva, tan sobrecogida por la presencia de la diosa a la que se ha encomendado que tiene la tentación de mirarse el cuerpo para asegurarse de que nadie le ha atravesado el pecho con un puñal o que su corazón no se ha detenido sin previo aviso.

Pero no, sigue viva. Sus latidos están ahí, firmes.

La necromante respira hondo antes de agachar la cabeza ante la Original.

—Para serviros, mi señora.

La voz le sale temblorosa. No es por el frío, sino por las mil ideas que le estallan de pronto en la cabeza. Muerte no se presenta ante los mortales sin motivos, así que tiene que haber una buena razón para que esté ahí. La pregunta es cuál.

La mano de la diosa se posa sobre su mentón con la delicadeza de una madre.

Está helada y, aun así, algo en su tacto rugoso resulta confortable.

Dyne alza la vista hacia ella, sintiéndose de nuevo la niña que un día fue, pequeña e insignificante.

Los ojos de la muerte parecen dos charcos en los que se reflejan la luz de la luna y Dyne se siente hechizada por ellos, a su merced.

—Querida niña, te traigo el mensaje de un último deseo.

Eso es lo que rompe el embrujo. Pese a que Muerte habla con la suavidad con la que se abre la primera flor de la primavera, sus palabras llevan espinas que a Dyne se le clavan desde el primer momento.

No le cuesta entenderlo. Es una cuestión de lógica: Muerte solo concede deseos a los suyos y Dyne ha conocido a muchos necromantes a lo largo de su vida, sí, pero no tantos le dedicarían su último pensamiento.

Solo se le ocurren dos personas que pudieran pensar en ella al morir y una de ellas es inmortal.

—Derek.

El nombre le sale como si una de esas espinas que revisten las palabras de su diosa se le hubiera clavado en la garganta.

Otra ha ido directa al corazón.

La primera vez que vio a Derek ambos eran niños.

Para entonces, Dyne ya se había acostumbrado a ser necromante: había estado más de un año vagando por los bosques, viajando de comunidad en comunidad y desapareciendo cuando se cansaba de estar en un único sitio demasiado tiempo.

Le gustaba la libertad que le ofrecía su poder, la que le permitía probarse cuerpos y caras a voluntad e interpretar los papeles de los cadáveres que dejaba tras de sí.

No eran pocos. No asesinaba por placer, pero no le importaba en absoluto hacerlo.

Es algo que puede ocurrir cuando ves cómo masacran a todo tu pueblo sin que tu concepto del bien y el mal haya terminado de definirse.

Pese a que desde pequeña le habían advertido de los celestiales y del odio que estos les profesaban a los necromantes, no fue un grupo de seguidores de Destino el que arrasó con el lugar en el que ella había nacido y crecido, sino de brujos.

Unos totalmente descontrolados, devorados casi por completo por sus demonios.

Llegaron al poblado como bestias hambrientas, en medio de la noche, y decidieron que aquel lugar se convertiría en su banquete.

A día de hoy, Dyne todavía no ha olvidado los gritos.

Los recuerda atrapados en su propio pecho mientras se quedaba muy quieta, temblando dentro del pequeño baúl en el que su padre la había escondido solo un segundo antes de que una de aquellas bestias irrumpiera en la cabaña.

No vio cómo lo devoraban, pero lo oyó. Las garras al desmenuzar.

Los dientes al masticar. Su padre gritó y gritó hasta que dejó de hacerlo y entonces solo quedó el sonido de los jadeos de la criatura, atragantándose con el cuerpo por las ansias con las que engullía.

Aquel brujo ya no era una persona, solo un animal.

Así que cuando Muerte se presentó ante ella y le ofreció el poder necesario para protegerse, para vengarse , decidió que dedicaría su vida a dar caza a todos los que fueran como él.

Fue así como conoció a Derek: siguiendo el rastro de un brujo que había perdido por completo el control.

Por entonces él acababa de cumplir los nueve años y solo hacía una semana desde que Muerte se había presentado ante él para ofrecerle cierto consuelo tras la muerte de su madre.

Todavía no entendía del todo sus poderes, estaba solo y perdido.

No era un contrincante para un demonio hambriento de carne humana.

Así que ella lo salvó. Mató a aquel brujo con la misma falta de arrepentimiento que había ido perfeccionando a lo largo de los meses y después le ordenó a la tierra que se tragase sus restos.

Todavía recuerda el rostro de aquel niño tirado en el suelo, asustado y malherido, incrédulo y jadeante.

Le llamó la atención el tatuaje de su cara, la forma en la que descendía hasta su cuello y se perdía debajo de la ropa.

—Deberías ir a un poblado —le aconsejó ella—. Arsay no es seguro para los niños solitarios.

Él tragó saliva. Aunque estaba aterrado, apretó los puños y alzó un poco la barbilla en un gesto orgulloso.

—Tú pareces una niña solitaria.

A Dyne la respuesta le hizo gracia, porque después de probarse tantas pieles, de probar tantas identidades distintas, de mancharse tanto las manos de sangre, había olvidado que era justo eso. Aun así, no respondió. Se dio media vuelta para seguir su camino, como siempre hacía.

—¡Espera! —Derek se levantó de un salto sorprendentemente ágil, considerando lo mucho que temblaba todavía, y corrió hacia ella para cogerla del brazo—. Puede que Arsay no sea seguro para los niños solitarios, pero a lo mejor sí lo es para dos niños que viajan juntos.

Y por eso no volvieron a separarse. Dos niños solitarios que fingían serlo menos por caminar el uno al lado del otro.

Dos niños solitarios que no necesitaban a nadie más.

Ella cazaba, él sanaba. El equipo perfecto.

Dos caras de la misma moneda. Tan cercanos, tan aislados del resto del mundo, que pronto olvidaron que hubo un tiempo en el que no se conocían.

Por eso ahora a Dyne se le encoge el pecho, por eso los ojos se le llenan de lágrimas pese a que no podría decir cuándo fue la última vez que lloró.

Porque ya no recuerda el mundo sin Derek.

Porque una cosa es alejarse durante unos días, unas semanas, unos meses, y otra, perderlo .

Siempre había dado por hecho que Muerte lo había puesto en su camino para ofrecerle un compañero, así que una parte de ella había asumido que también morirían juntos.

En la misma batalla o en camas contiguas.

Cuando llegase su hora, ambos lo aceptarían con la misma templanza con la que habían enfrentado otras muchas cosas.

Se irían de la mano, porque así debía ser.

Los dos niños solitarios, juntos hasta el final.

No es capaz de decir nada. Ni siquiera es capaz de reaccionar cuando Muerte alza una mano tejida de enredaderas y la extiende para mostrarle un halo de luz dorada, un pulso de energía cálido que ella reconocería en cualquier parte, en cualquier momento, bajo cualquier forma.

Al fin y al cabo, ella mejor que nadie sabe que la apariencia corporal no significa nada.

Lo importante es lo que reside bajo la piel. El alma.

Y esa es la de Derek.

La primera lágrima se desliza por su mejilla.

—La protegió hasta el final —le informa Muerte con su voz de canción de cuna—. Murió por ella y lo hizo en paz. Se fue pensando en su familia. En ti.

Dyne se lleva la mano a la boca en cuanto escucha el sollozo que le rompe la garganta. O quizá lo que se destruye dentro de ella sea otra cosa. No explota en mil pedazos, de un solo golpe, sino que empieza a resquebrajarse poco a poco, cediendo ante una grieta que se extiende y se ramifica.

Es todavía peor cuando el haz de luz se mueve y toma su forma. Su cuerpo está ahí; su sonrisa, casi de disculpa, se dibuja justo frente a ella. Brillante y translúcida, imposible.

—No me arrepiento —dice Derek con suavidad, y Dyne gime mientras la grieta en su pecho rompe partes de ella que ni siquiera sabía que existían—. He hecho lo que tenía que hacer. Pero no podía irme sin darte las gra…

No llega a terminar la frase.