Ammarah #2
—La emperatriz de Odelia ha muerto —dice—. La serpiente la ha matado.
—¿Qué?
La reina de Daiva alza la vista hacia Rina.
Por un instante, su rostro parpadea entre el de su amiga y la mujer de sus sueños, pero se queda en el de siempre.
La doncella se ha detenido en el umbral de la puerta del baño, sosteniendo una pequeña jofaina de agua entre las manos. Parece incrédula, en tensión.
—Hay un nuevo emperador —continúa Ammarah. El mundo a su alrededor recupera consistencia, así que también comienza a notar el dolor en la mano—. La serpiente que llevo días viendo es un brujo que le ha arrancado la cabeza a la antigua emperatriz y se ha hecho con el trono y el Amuleto del Tiempo.
Rina toma aire con precipitación, horrorizada. Ammarah quizá lo estaría también si no fuera porque se siente desligada, de la situación y de su cuerpo. De su mente. Todo lo que puede sentir es extrañeza al escuchar la pregunta que viene después:
—¿Y su hija?
—¿Qué?
—La hija de la emperatriz. ¿Qué ha pasado con ella? ¿Lo has visto? ¿La han matado a ella también?
Ammarah frunce el ceño, confusa.
—No. Ella… Está bien. Creo que lo está. Lo estaba, al menos, en lo que vi. Alguien la protegió. Quería beber para ver más…
Sus ojos vuelven al desastre de cristales rotos en el suelo.
El pequeño charco de poción sigue ahí y hay restos adheridos a los trozos.
Una gota sería suficiente. El sabor de la pócima en su lengua es lo único que necesita para mantener todos los ojos de la habitación abiertos un poco más…
Pero entonces se fija en que Rina todavía no se ha movido, como si estuviera esperando algo.
—¿Por qué? —Ammarah entorna los ojos—. ¿Por qué preguntas por la princesa…?
La sirvienta da un respingo y después baja la vista hacia la vasija llena de agua que aún sostiene.
Como si hubiera recordado de golpe qué estaba haciendo, se apresura junto a su señora y se arrodilla frente a la cama.
La manera en la que humedece el paño y empieza a encargarse de la mano herida de la reina es tan cuidadosa como siempre.
—Nada, majestad. Solo me preguntaba si ese usurpador había acabado por completo con la familia real…
Ammarah no entiende qué relevancia tiene eso. Hasta donde ella sabe, los brujos creen en la ley del más fuerte, así que, en cualquier caso, esa chica tendría que vencer en una batalla contra la persona que le ha arrebatado el trono a su madre para tener algún derecho sobre él de nuevo.
Aunque, por otra parte, Rina es solo una sirvienta de Daiva. Lo más probable es que no tenga ni la menor idea del funcionamiento de la política odeliana.
—¿Qué más habéis visto? ¿Queréis hablar de ello?
Ammarah sacude la cabeza. A medida que la niebla en su mente se disipa, empieza a ser consciente de los próximos pasos que debe dar.
—Sí, pero no solo contigo. Tengo que comunicarle a los Ojos lo que ha pasado, tengo que…
—Ahora no. —Su doncella suena inflexible.
Su mano se está empapando de la sangre que fluye de sus cortes, como si estuviera dispuesta a compartir sus pecados—.
Estáis herida y parecéis… ebria. Si los reunís ahora, descubrirán lo que habéis estado haciendo.
Y a la Suma Celestial, como mínimo, no le gustará.
Es cierto. Puede imaginarse su decepción, cuando no su ira, por forzar el poder de Destino en vez de aguardar la silenciosa guía de su dios, como debe hacer cualquier celestial piadoso.
Pero ella debería entender que a veces hay que tomar decisiones desesperadas.
—Lo que debéis hacer ahora es dormir, majestad.
—Rina clava la mirada en la suya. ¿En qué momento ha comenzado a tratarla de nuevo con tanta formalidad?
—. Sin pociones. Por muy útiles que sean para ver el futuro, ese tipo de bebidas pueden hacer que perdáis de vista por completo el presente.
No podéis seguir abusando de ellas, no importa cuál sea la situación. ¿Lo entendéis?
—No son tan peligrosas. Y… me ayudan. Me dan perspectiva. Me enseñan el mundo más allá de estas murallas y me permiten saber. Necesito saber. Todos necesitamos saber. Por eso debo informar a…
—Por supuesto que es necesario que mantengáis a vuestro consejo al tanto de este descubrimiento, pero es tarde y no estáis en condiciones.
Hacedlo mañana por la mañana. Necesitáis tener la mente despejada para saber qué deseáis hacer a continuación, porque de lo contrario quizá os vuelvan a convencer de cosas de las que podríais arrepentiros, como pasó con la Purificación.
Y no queréis eso, ¿verdad? Si estáis haciendo esto es para que eso no vuelva a suceder, para tener más seguridad, más poder.
Sí, es cierto. Pero, aun así, lanza un vistazo a su alrededor.
Apenas hay ojos ya en su cuarto, pero encuentra uno que parpadea en el techo, otro en la pared, otro en la alfombra.
Cuando vuelve la vista hacia Rina, incluso encuentra uno en su frente.
El ojo la está mirando fijamente, tanto que tiene que ser ella la que aparte la vista y se concentre solo en su mano herida.
Rina está ocupada quitándole cualquier resquicio de cristal, pero aun así sigue hablando:
—Puede que esto ni siquiera sea tan malo.
Vuestra enemiga era la emperatriz: ella orquestó el ataque a la basílica.
Ella provocó la muerte de vuestro padre y la huida del antiguo Portador.
Quizá el cambio en el trono de Damira sea una oportunidad para la paz, en lugar de para continuar un conflicto que jamás debería haber comenzado.
—Su compañera alza la vista y la observa entre sus pestañas oscuras—. ¿No os gustaría eso, majestad?
Por supuesto que le gustaría, pero una parte de ella piensa que ya es demasiado tarde para eso. La paz no es algo tan fácil de conseguir una vez comienza la guerra y da igual quién se moviese primero: es obvio que la tensión entre los brujos y los celestiales está en un punto crítico.
Al mismo tiempo, quizá tenga razón. Quizá un cambio en Odelia es justo lo que necesitan…
Rina termina de quitarle las esquirlas clavadas en la piel y Ammarah siente la suavidad con la que vuelve a limpiarle las heridas como algo que también la purifica por dentro.
El cuidado de su acompañante la insta a relajarse y cerrar los ojos, a ceder al cansancio y al mareo que está tirando de ella.
Los hombros se le hunden. Deja caer los párpados para poder concentrarse solo en el agua fría contra su piel, en el modo en que su criada le borra la sangre de las manos.
Como si fuera a ser capaz. Como si no fueran a seguir manchadas por mucho que las frote.
—No sé cómo arreglarlo, Rina. No sé cómo… deshacer lo que hemos hecho.
—No podéis. Pero podéis intentar hacerlo mejor a partir de ahora.
Nota cómo su doncella empieza a vendarla, pero no sabría decir cuánto tiempo dedica a envolverle los dedos y la palma con suaves tiras de tela.
Solo vuelve a ser consciente de todo cuando la muchacha la insta a tumbarse.
Cuando reabre los ojos, el rostro de Rina vuelve a parpadear.
Supone que seguir viendo en ella la cara de la chica de sus sueños es señal de que va a quedarse dormida otra vez.
—Descansa, Ammarah.
Asiente a su amiga y a la mujer de piel de obsidiana, pues le da la impresión de que las dos le hablan a la vez. Tienen voces distintas. La de esa extraña es profunda, calmada, más grave que la de Rina. Le gusta cómo se la imagina.
Cuando cierra los ojos, por primera vez en días, desea dejar de ver el futuro y tan solo soñar con ella.