La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Ammarah
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Ammarah

AMMARAH

La reina de Daiva abre los ojos en el mismo momento en el que un nuevo emperador se sienta en el trono de Odelia.

Las imágenes que tiene en la cabeza tardan un rato en cobrar sentido, así que al principio ni siquiera es consciente de qué significan.

La fiesta llena de bestias. Lilith y Darien como dos celestes abandonados en medio de un mundo dominado por demonios.

Un baile de máscaras que se convierte en una batalla.

Iraides de Odelia le revela a Nathan que ella siempre fue la Portadora y entonces…

Entonces, la serpiente. La misma que no ha dejado de ver en todos y cada uno de sus sueños desde hace días. La que va a devorarlos a todos.

Y ha empezado arrancándole la cabeza a esa mujer.

Ammarah jadea. Nota la respiración atragantada, el corazón acelerado y la realidad inestable a su alrededor, blanda y deforme, derritiéndose como la cera de una vela: las paredes se comban, el colchón se hunde bajo su peso, la tela del camisón se le pega a la piel hasta fundirse con su carne.

Cuando se mira las manos, hay ojos por todas partes: en las yemas de los dedos, en cada articulación, marcando las líneas de sus palmas.

Alzar la vista no es mucho mejor, porque la tienen vigilada desde cada rincón del cuarto: están en el dosel de la cama y en las alfombras, sobre el baúl y el tocador y el espejo de cuerpo entero.

Las pupilas se giran hacia ella, todas a la vez, juzgándola sin parpadear, preguntándole qué piensa hacer ahora.

Nathan Tabiz ya no es el Portador. El Amuleto del Tiempo está en manos de una criatura que podría destruirlos en cualquier momento.

De hecho, va a hacerlo, es una certeza. Destino lleva días advirtiéndoselo.

Esa serpiente va a ser su perdición.

La soberana de los celestiales trata de calmarse, pero cuando se incorpora en la cama sigue temblando.

Fuera todavía es noche cerrada, aunque por lo general no suele ser así.

Cada vez que se toma la poción que le permite forzar las visiones de Destino, no despierta hasta el amanecer y siempre porque Rina se encarga de sacarla del estado de trance en el que entra.

Ella es la única que sabe lo que ha estado haciendo.

Es a ella a quien ordenó conseguir más frascos y es ella también quien le guarda el secreto, incluso si no está de acuerdo en que siga bebiéndolas.

Ya le ha advertido en varias ocasiones que no debería abusar de esa sustancia.

Le ha dicho que puede nublarle la mente, que no es sano dejarse llevar por algo que la empuja al límite y que puede llegar a provocarle dependencia.

Pero en eso se equivoca: ella tiene el poder sobre la poción, no al revés.

Ella la está usando, no al revés. Podría dejar de consumirla cuando quisiera, pero no lo hace porque es lo único que le ofrece la claridad que necesita.

Rina no lo entiende porque el reino no depende de ella.

A ella no le atormentan las decisiones que ha estado tomando, los muertos que se han acumulado en el frente y la sangre con la que se ha pagado la extensión de las murallas, pero a Ammarah sí.

Ammarah prefiere las visiones a las pesadillas y la culpa.

Por eso necesita seguir viendo. Necesita volver a soñar y conocer cada detalle de lo que sea que esté ocurriendo en Damira.

Necesita descubrir más sobre la persona que ha tomado el trono y entender cuáles son sus intenciones, asegurarse de que Lilith está a salvo.

El pequeño vial de la última poción que se ha tomado descansa a su lado, en la almohada, pero está vacío.

Necesita otro. Varios más. Los que sean necesarios para encontrar, por fin, la respuesta que lleve su reino a la salvación y la excelencia, al perdón de todos sus pecados o a aquello que al menos le dará un sentido a todos los desastres que han estado sucediendo.

El cuerpo le tiembla cuando se pone en pie, agarrotada y dolorida.

Un sudor frío le recorre la cara y el cuello y los ojos de la habitación la siguen mientras ella avanza hasta su tocador, se arrodilla y trata de encajar la llave en el último cajón.

La cerradura se difumina, se multiplica, se burla de ella, pero al final escucha el suave chasquido y su pequeño tesoro secreto aparece ante ella.

Se le escapa una sonrisa, la de una niña que solo está jugando, la de la niña que ya no es, que nunca fue.

Las reinas nunca son niñas, ni siquiera cuando acaban de nacer.

Ammarah aferra una de las pócimas, cierra el cajón y se levanta. Sin embargo, cuando se dirige hacia su cama, pisa sin querer uno de los ojos que hay en el borde de la alfombra y se asusta y retrocede y cae.

El vial se le escurre entre los dedos.

No sabe si el estruendo de cristal rompiéndose se debe al frasco o solo es ella.

Si es ella, no importa. Ya está acostumbrada.

Ya sabe que no hay reparación posible, así que con suerte pronto los pedazos en los que se ha estado partiendo no serán lo suficientemente grandes como para seguir resquebrajándose.

Tiene que haber un límite. Hasta el diamante puede convertirse en polvo.

Está deseando que ocurra. Está segura de que el polvo no siente.

Del polvo nadie espera nada. El polvo lo limpias y lo apartas, no importa lo mucho que brillara antes.

A lo mejor eso es lo que debería ocurrir con ella.

Deberían apartarla. Deberían alejarla todo lo posible del trono para que sus elecciones no puedan seguir haciendo daño.

Ojalá la poción le dijera qué debe hacer y no le permitiese tomar decisiones propias.

Ojalá le indicara un camino claro que ella pudiera seguir sin remordimientos.

Está esperando que lo haga, por eso extiende los dedos hacia los pedazos de cristal que la rodean.

Una gota será suficiente. Solo una. No necesita más.

No le importa cortarse mientras moja su mano en el rastro de líquido que queda en el suelo. Apenas nota los trocitos de cristal que se le clavan en la piel. Lo único que importa es beber. Beber, beber, be…

—¡Ammarah!

Alguien le sostiene la muñeca antes de que pueda llevarse los dedos a la boca para lamérselos.

Frente a ella hay una mujer hermosa, de tez negra como la obsidiana y cabellos oscuros trenzados.

No es la primera vez que ve ese rostro: desde que comenzó a tomar las pociones, lo ha visto varias veces en algunos de sus sueños, pero no entiende lo que quiere decir, como tantas otras cosas.

Tampoco entendió lo que significaba la serpiente hasta que ha sido demasiado tarde.

Si hubiera sabido adelantarse a lo que iba a pasar…

Y, al mismo tiempo, las visiones del futuro son ineludibles.

Son el camino. Intentar evitar lo inevitable es pecado.

—Pecado…

La desconocida ante ella frunce el ceño y Ammarah extiende la mano libre hacia ella para acariciarle la frente y suavizar su expresión.

Cuando la aparta, ante ella solo está Rina.

Por supuesto que es Rina. Tiene todo el sentido que Rina esté ahí, tomándola de la muñeca con esa expresión de preocupación.

Aun así, Ammarah echa de menos a la desconocida.

Le gustaría encontrarla. Le gustaría saber por qué Destino se la ha estado mostrando una y otra vez.

Una parte de ella, estúpida e irracional, comienza a pensar que quizá su dios esté siendo benevolente y le está diciendo por fin quién es su persona destinada.

La de verdad. No Nathan, que solo era un medio para un fin.

No Lilith, que jamás la ha mirado de la forma en la que ella anhela.

Quizá esa mujer sí lo haga.

Quizá en algún momento por fin encuentre a alguien que la ame.

—Ammarah, ¿me oyes?

La reina clava sus ojos en los de Rina. No sabe cuándo ha conseguido incorporarla hasta dejarla sentada, pero sus manos están en su rostro y a Ammarah le faltan los segundos que han pasado entre esa escena y la anterior.

No tiene ni idea de lo que le ha dicho la doncella antes de eso, así que asiente por inercia.

—¿Puedes levantarte?

Otro asentimiento. Un par de brazos la ayudan a ponerse en pie.

—Vamos a curarte esa mano. ¿Qué crees que estabas…? No puedes seguir tomando esas pociones. ¿Entiendes ahora por qué te lo advertí? Si sigues así…

—La serpiente es el Portador. La serpiente está en el trono.

Rina la mira mientras la lleva hasta la cama y la sienta en el borde del colchón. Ammarah se deja hacer. De todos modos, apenas siente lo que ocurre a su alrededor.

—¿De qué estás hablando? ¿Tu prometido…?

—No, no Nathan. Nathan no es el Portador. Nunca lo fue.

Su amiga sacude la cabeza, confusa.

—Claro que…

—No lo fue, no lo fue. Era mentira. Todo era mentira.

Lo cual hace que se pregunte muchas cosas.

Si Nathan nunca fue un Portador legítimo, solo el hijo de la mujer que le robó a un ladrón, ¿por qué Destino decidió prometerlos?

¿Solo para mantener la farsa durante generaciones y generaciones…

? ¿De verdad Destino dio esa orden alguna vez?

La Suma Celestial dijo que se le había revelado en sueños, pero ¿por qué a ella? ¿Por qué no a los reyes?

—No entiendo nada de lo que estás hablando, Ammarah —dice Rina—. No te muevas, ¿de acuerdo? Voy a por algo para curarte esa mano. Estás sangrando.

La reina baja la vista hacia sus dedos, pero no se asusta tanto como debería ante el rastro escarlata que dejan sus heridas. En primer lugar, porque no siente el dolor. En segundo, porque lleva semanas con las manos empapadas de sangre.

Aunque Rina se aleja de ella, sigue hablando, pero Ammarah ya no la escucha.

No puede dejar de observar, en trance, las esquirlas clavadas en su piel.

Al menos ya no ve tantos ojos. Están dejando de mirar hacia ella.

Están a punto de cerrarse. Si no bebe pronto otra poción, se dormirán hasta la noche siguiente y entonces ella se quedará una vez más sin las respuestas que tanto necesita.