Astrey
ASTREY
—Dejar a la princesa viva va a traerle problemas.
—¿De verdad es hijo del Inmortal? Pero es ilegítimo, ¿no?
—¿Qué más da quién sea? Ha matado a Iraides, así que es el nuevo emperador.
—Tiene el Amuleto del Tiempo y es obvio que sabe cómo usarlo, eso es lo único que importa.
—No creo que vaya a ser un cambio para mejor.
—¿Ha dicho que nadie tiene que morir? ¿No es una visión muy ingenua del mundo?
—Mañana mismo el palacio estará lleno de gente que tratará de matarlo, así que veremos cuánto aguanta.
Astrey desenreda cada uno de los comentarios que pronuncian los asistentes a la fiesta mientras pasea de vuelta al estrado.
Se toma su tiempo, paladeando su siguiente movimiento.
Sabe que necesita tantear al pueblo antes de dar por concluida la velada y comenzar a construir el mundo que lleva toda una vida soñando.
Por supuesto, la que hay ahí no es más que una selección muy pequeña de los habitantes de Damira, pero, por esa noche, es suficiente.
Al día siguiente mandará pregonar la noticia de su ascenso al trono y enviará mensajeros a todos los territorios, además de hablar personalmente con cada canciller.
Serán días ocupados, porque la política no es lo único que le espera.
Sí, también deberá enfrentarse a cada persona que lo desafíe, aunque eso solo durará unos días.
A medida que el pueblo tome conciencia de su poder, cuando todo lo que ha pasado ahí esa noche se sepa, aquellos que tengan ganas de retarle irán desapareciendo.
El nuevo emperador se detiene junto al trono y se vuelve hacia su improvisado público.
Siempre le ha gustado el espectáculo y ese momento no es demasiado distinto a subirse a un escenario.
Solo tiene que darles lo que quieren y algo en lo que pensar.
Desde el estrado, observa a la gente que lo considera un monstruo, a la que lo considera un salvador y a la que no sabe qué pensar de él.
Elira tiene los labios apretados en una expresión que intenta ser ilegible, pero deja entrever su tensión.
Nathan sonríe. Cerca de él, Caleb ya ni siquiera lo mira.
—Pueblo de Damira —dice alzando la voz por encima de los murmullos que se resisten a acallarse—.
Imagino que los sucesos de esta noche os resultan confusos, así que permitid que me presente.
Mi nombre es Astrey Brynsen. Tenía cinco años cuando tuve que abandonar este palacio, esta ciudad, para escapar de la mujer que asesinó a mi padre y a todos mis hermanos en una sola noche.
Desde entonces, he estado en el exilio, deseando volver para reclamar mi legítimo lugar.
No hay pena cuando lo dice, porque tampoco pretende dar lástima.
Ya no le duele, o no tanto como en el pasado.
A veces siente que esos recuerdos dolorosos le pertenecen a otro, que son rastros que han quedado de otra vida.
El paso del tiempo ha emborronado la noche en la que tuvo que escapar y ya no se pregunta qué habría sucedido si todo se hubiera desarrollado de otra manera, porque sabe que no tiene sentido vivir en ese hipotético imaginario.
—Durante su mandato, mi padre conquistó y gobernó con mano dura.
Durante el reinado de Iraides, aunque ella prometió cambios, dejó que le robasen el Amuleto del Tiempo y después todo permaneció tal y como el Inmortal lo había dejado.
—Eso es lo que se dice en las calles. Es lo que decían los rebeldes.
Es incluso lo que solía decir Nilam cuando vivía—.
Hemos pasado demasiado tiempo estancados, aferrados a las mismas reglas que se instauraron hace más de un siglo, y ya es hora de que todo cambie.
De que seamos más libres, de que soltemos todo aquello que nos ha estado lastrando.
Yo os voy a escuchar. Yo os voy a demostrar que hay otras formas de hacer que Evren sea una tierra de esplendor.
—Su mano se alza para rozar la joya en su cuello, para que todo el mundo quede hipnotizado por sus posibilidades—.
El Amuleto del Tiempo ha vuelto al palacio de Damira y es mi intención seguir usándolo para crear el mundo más perfecto que ha existido jamás.
Esta noche os he demostrado cómo podría ser. Pero ese es solo el principio.
Los ojos de Astrey no han dejado de recorrer la multitud en un intento de establecer contacto con el mayor número de gente posible, pero siempre acaban volviendo al mismo lugar.
Elira no ha dejado de apretar las garras.
Sabe lo que está pensando o, al menos, se lo imagina, así que las siguientes palabras son para ella:
—Sé que es difícil confiar en mí. Sé que en este momento pensáis que solo soy quien ha usurpado el trono.
Y sé también que la confianza no se gana en una noche, por muy buenas que sean mis intenciones.
Así que entiendo que no me creáis. Entiendo que todavía no esperéis nada de mí.
Aun así, me ganaré vuestro respeto. No esta noche.
No mañana. Pero os demostraré que soy vuestra mejor opción.
Haré todo lo que ni Brynjart ni Iraides se atrevieron a hacer.
No espera aplausos, así que no siente decepción alguna cuando ocupa de nuevo el trono y no los oye.
La corona sigue sobre sus cabellos y el Amuleto, alrededor de su cuello.
Pocos le sonríen. Pocos, de hecho, se atreven a mirarlo de frente, y en muchos de esos rostros solo encuentra desafío.
Está bien. No le importa. Sabía que no iba a ser fácil.
Sabía que iba a necesitar paciencia. Tiempo.
Por suerte para él, tiene todo el del mundo en las manos.