La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien
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Darien

DARIEN

En los últimos tiempos, Darien ha escuchado y revivido demasiadas historias de sacrificio.

La primera fue la de Adam, pero después vinieron todas las demás.

La mayoría han llegado desde el pasado, en forma de recuerdos: esbozos de vidas malditas que acaban sangrando finales infelices pese a sus intentos desesperados por arreglarlo todo.

De todas esas historias, la única lección que a Darien le ha quedado clara es que los sacrificios nunca salvan a nadie.

Una persona se condena por otra y al menos dos corazones acaban hechos pedazos.

Los sacrificios implican despedidas, aunque no siempre haya muertes.

Los sacrificios suelen ser actos egoístas en los que alguien se niega a pensar en lo que pasará cuando ya no esté.

En las heridas que dejará abiertas. En el hueco triste y vacío que permanecerá tras su marcha.

Darien está cansado de los sacrificios. Está cansado de que alguien tenga que quedarse atrás.

Y, aun así, sabe que él también se sacrificaría.

Quiere hacerlo cuando alza la vista, tembloroso y todavía arrodillado, y la imagen de Caleb apresado se pinta ante él.

Está más pálido de lo habitual, casi consumido, más debilitado de lo que lo ha visto jamás.

Darien todavía tiene en la cabeza los gritos que se le han escapado cuando el Amuleto se ha puesto en marcha y está seguro de que los recordará hasta el día de su muerte.

Si volviese a escucharlos, si volviera a sentirlo sufrir, se lanzaría otra vez a por quien fuera necesario, sin importarle que pudiese usar el poder de Tiempo o tuviese una bendición del mismísimo Destino.

Pese a lo deshecho que está, pese a su obvia frustración, Caleb solo deja que sus ojos se encuentren un segundo antes de volverse de nuevo hacia Astrey.

—Me has dado tu palabra. Déjalos marchar.

El nuevo emperador no parece preocupado, ni por él ni por Ishtar ni por Derek, que se levantan en ese momento. El necromante vestido de huargo todavía se muestra confuso, inestable. A su lado, aferrada a él, Ishtar está inquieta.

—No, espera. —La princesa aprieta el brazo de su acompañante, ansiosa—. Te pedí que salvaras a Derek y nos dejaras marchar. Me refería a todos, incluso a Caleb. No me importa si destruyes este maldito imperio usando el Amuleto, pero…

El emperador solo le lanza una mirada de soslayo.

—¿He dicho yo que aceptara tu propuesta, hermana? Pero Caleb sí ha aceptado la mía. Él se queda, vosotros os vais. —Cuando se humedece los labios, parece una serpiente decidiendo cuál va a ser la siguiente presa que engullirá—. Y yo aprovecharía el momento, en vez de seguir tentando a la suerte.

Ishtar traga saliva, con la expresión horrorizada. Derek, a su lado, empieza a ser consciente de la situación, porque su rostro se contorsiona en una máscara de desprecio. Su mirada busca algo más allá de él, quizá deseoso de encontrar un arma.

Pero entonces Caleb vuelve a hablar:

—Cuidaos. Los tres.

Sus ojos azules se centran en la princesa, que abre mucho los párpados antes de apartar la vista al suelo con aire culpable. El necromante se fija después en Derek, que aprieta los dientes. Hay un instante de tensión en esa mirada. Una lucha o una conversación que solo ellos dos pueden entender.

Al final, Derek asiente.

Darien no puede creerse que lo haga. Que se rinda, que acepte ese trato descabellado.

No pueden acceder. No pueden permitir que Caleb permanezca cerca de Astrey, que le ha hecho daño de tantas maneras y no va a dudar en volver a hacerlo.

Si lo dejan atrás, el brujo lo usará para su beneficio.

Exprimirá su energía como ha hecho antes y, no importa cómo de lejos estén, él lo escuchará gritar.

Los ojos del necromante vuelven por fin a los suyos y Darien alza la barbilla, desafiante, como si volvieran a competir para ver quién mantiene el orgullo intacto.

—No. A mí no puedes obligarme a abandonarte.

El celestial ha pasado días enteros estudiando a Caleb, observando sus expresiones, la leve curva de sus labios, la forma en la que entorna los párpados, la manera en la que inclina el cuerpo hacia él cuando le habla.

Ha llegado a conocerlo sin necesidad de que abra la boca y por eso sabe que la manera en la que alza apenas la comisura derecha no tiene nada que ver con su sonrisa real, la que solo deja entrever en contadas ocasiones.

—¿No es lo que habías decidido hacer antes de que la fiesta empezara? Me dijiste que querías marcharte de palacio, que habías tomado una decisión. —Darien aprieta el puño en el que todavía guarda la daga de Tara—. Esta es tu oportunidad. Puede que sea incluso lo que tu dios quiere.

No podría importarle menos su dios. Quiere gritárselo a toda la gente que está en el jardín, quiere renegar de él en público y demostrarle, si es que está mirando hacia él, que nunca va a volver a obedecer.

Que quizá esté obligado a aceptar su castigo, esa maldición que él nunca pidió, pero no significa que vaya a aceptar sus reglas.

Si supiera que va a servir de algo, rompería el medallón que le cuelga del cuello en ese mismo instante.

—Hace mucho que ya no hago lo que mi dios espera de mí.

Pero tú sí me prometiste hacer lo que yo quisiera, ¿no es cierto?

Me dijiste que te usara como desease. Bien, pues quiero hacerlo ahora.

Quiero que me obedezcas, que luches y te liberes y me saques de aquí.

—Las palabras caen una detrás de otra, rápidas.

No las reconoce como suyas, incluso si sabe que esos son sus deseos, pronunciados apenas más alto que el sonido errático de su respiración—.

No quiero que dejes que nadie más que yo te use. Quiero… Quiero…

Quiere que se lo lleve lejos de allí. Quiere que lo oculte donde su dios no pueda encontrarlos, donde ni su poder ni sus ojos puedan alcanzarlos, donde puedan saber lo que es la felicidad.

Quiere la vida que les quitaron, todas ellas.

Lo quiere a él.

Aceptarlo en ese momento, en ese lugar, sabiendo que él va a insistir para que se marche y que están condenados de antemano, le hace tanto daño como atravesarse el corazón con el puñal.

El intento de sonrisa de Caleb se ha perdido y el necromante solo se permite un vistazo alrededor, a todos los ojos que están fijos en ellos, en esa despedida inevitable, antes de volver a centrarse en él.

—Acércate, celestial.

A Darien le gustaría poder negarse. Le gustaría dejarle claro que tiene que ser él quien obedezca en esta ocasión, no al revés.

Pero es consciente de que todo está decidido ya, así que, aunque aprieta los puños, aunque tiene ganas de llorar, se pone en pie y se acerca los dos pasos que les separan.

Al menos la cercanía le permite volver a sentir su calor.

No lo toca, pero los recuerdos de la noche anterior hacen que le pique la piel por las ansias de extender las manos hacia su cuerpo, hacia su rostro.

Caleb está alzado por encima de él, pero aun así se inclina hacia delante todo lo que puede y Darien siente que un escalofrío le baja por la espalda cuando su boca le acaricia la oreja.

—No me he rendido contigo, Darien —susurra, con una voz tan cálida como su aliento—. No me he rendido con nosotros . Tu dios puede intentar separarnos tantas veces como quiera, pero yo siempre te encontraré. Lo he hecho en mil vidas antes y volveré a hacerlo ahora.

Darien siente que el pecho se le encoge, que las palabras se le clavan. Es ridículo, porque Caleb está apresado y, aun así, su voz le hace pensar en sus dedos fríos sobre la cara.

Y lo cree.

Lo hace a su pesar, contra toda lógica, contra todo lo que le impulsa a quedarse a su lado. Pero conoce a ese chico. Sabe de qué es capaz y que nunca le hablaría de esa manera si no estuviera decidido a volver a su lado.

Cuando se aparta, lo hace para que sus rostros sigan quedando cerca, con las miradas gritándose, y se pregunta si besarlo delante de todos esos brujos sería tan herético como renunciar a su dios en voz alta.

Quiere hacerlo. Quiere pedirle perdón por haber intentado huir y dejarle claro con sus labios todo lo que se le pasa por la mente y el corazón.

—Se me está agotando la paciencia —interviene Astrey—. Si necesitáis más tiempo, estoy seguro de que podría poneros en celdas contiguas.

Caleb hace una mueca, pero solo aparta la vista de Darien un instante. Al siguiente, vuelve a fijarse en él para dedicarle un pequeño asentimiento que trata de darle seguridad. Darien sabe que esa es su señal para irse. Llega a apartarse del todo, de hecho. Está a punto de dar un paso atrás.

Pero antes tiene algo más que hacer.

Sus manos alcanzan el medallón que lleva colgado del cuello desde que Caleb se lo devolvió.

Con cuidado, se lo quita. Y con el mismo cuidado, sin rozarle la piel, se lo pone a ese chico que una vez le robó la voluntad.

Siente la sorpresa de Caleb cuando lo hace, pero sobre todo siente su propio alivio, como si se hubiera sacado un peso de encima.

El ojo de Destino lo observa desde el pecho del necromante y decide que esa también es una declaración de intenciones.

Una que quizá ofenda a su dios incluso más que un beso. Incluso más que renegar de él.

«Te estaré esperando».

No pronuncia las palabras, pero espera que él las entienda solo con la mirada, que su alma le hable a través de esa pieza de oro. Tiene la impresión de que es así. Al fin y al cabo, Caleb siempre ha sabido ver dentro de él.

—Vamos, santito.

Darien asiente a la petición de Derek. Da un paso atrás, el más difícil de toda su vida. Retrocede sin ni siquiera haberlo tocado y le cuesta lo indecible apartar sus ojos de los de Caleb, pero al final lo hace.

Toma aire antes de girarse hacia el resto de los presentes, aunque se fija sobre todo en Nathan y en Lilith.

El que fue el Portador está cerca de Astrey y es obvio que no tiene intención de marcharse a ninguna parte, pero tampoco parece que nadie le vaya a hacer ningún daño.

No puede evitar preguntarse hasta qué punto ese es el chico que un día conoció.

Él nunca lo habría amenazado. Él nunca le habría hecho daño.

A su prima la encuentra de pie cerca de la princesa de Orlaith. Ambas están preparadas para saltar la una sobre la otra.

—Antes de que sugieras que la deje ir —dice Astrey—, te adelanto que la santa tampoco entraba en el trato.

—Pero tranquilo —continúa Nathan, con una sonrisa que le provoca un escalofrío—, aquí la cuidaremos como se merece.

—Márchate, Darien. —La expresión de la celestial es severa y su tono no deja opción a réplica—. Estaré bien.

Sabe que no puede creerla, pero Ishtar atrapa entonces su brazo y tira de él. Un recuerdo baila en los límites de su mente, pero Darien se obliga a evitarlo, a anclarse al presente y a concentrarse en poner un pie delante del otro.

No se despide.

No mira hacia atrás.

Odia los sacrificios.

Pero esa noche acepta el de Caleb y huye gracias a él.