Lilith
LILITH
Lilith ha visto su mundo transformarse por completo varias veces en la última estación.
Su hermano ha muerto. Ha perdido a su mejor amigo, a su primo.
Ha perdido su propia existencia tal y como la conocía e incluso ha dado la vida por una misión que estaba condenada desde el principio.
Ha sido salvada por un milagro, se ha convertido en un símbolo para todos los celestiales.
Ha matado en nombre de su dios y sabe que lo más probable es que tenga que volver a hacerlo, incluso si cada uno de los cadáveres que ha dejado a su paso le pesan sobre los hombros y la conciencia.
Sin embargo, durante todo ese tiempo, Nathan ha sido el Portador. Al menos, a eso podía aferrarse: era una verdad tan innegable como que no debe fiarse de brujos y necromantes o que Eunomia está esperando a que la encuentre y la empuñe.
Ahora ya no le quedan certezas.
Se siente tan confusa con todo lo que está sucediendo que ni siquiera puede asegurar que Destino esté mirando hacia ese jardín que ha sucumbido al caos.
Quiere salir de ahí, necesita encontrar una forma de huir y, al mismo tiempo, la espada le pesa en la mano como si fuera de piedra, todavía manchada con la sangre de Iraides de Odelia.
Una voz dentro de ella le pide que se mueva, pero apenas oye sus ruegos cuando Darien se lanza a proteger al mismo necromante del que parecía querer huir al principio de la noche y ella extiende el brazo y grita su nombre cuando lo ve placar al nuevo Portador.
Cuando su primo alza la daga que lleva empuñando toda la noche y, con una expresión de desprecio que jamás le había visto, trata de apuñalar al autoproclamado emperador de Odelia.
No lo consigue.
Lilith parpadea, intentando asegurarse de que sus sentidos no le han jugado una mala pasada cuando el puñal de Darien tan solo encuentra el suelo en lugar del cuerpo del brujo, que de pronto está a unos pasos de distancia, con una sonrisa victoriosa en la boca.
La santa comprende lo que ha pasado en cuanto se fija en la manera en la que aprieta el Amuleto del Tiempo: lo ha puesto en marcha para evitar el golpe.
Pronto sentirán la réplica del mundo, el mismo temblor que hizo pedazos la basílica y que después rompió incluso las montañas…
Pero no sucede. Igual que cuando ha revivido al necromante, el mundo no se sacude. Aunque el Amuleto del Tiempo ha sido usado dos veces en muy poco tiempo, nada se rompe.
Esa es otra certeza que pierde.
Darien se pone en pie y Lilith traga saliva cuando lo ve girarse otra vez hacia el brujo. Su primo está temblando, aunque no sabe si de rabia o de miedo. No lo reconoce. Nunca había visto esa expresión decidida en su rostro, esa furia en sus ojos verdes.
—Parece que tu celestial es casi tan obstinado como tú —le dice el nuevo Portador al necromante a su lado.
El aludido se revuelve, todavía sujeto por la estatua.
—Darien, es suficiente.
Es una advertencia, pero el chico no lo está escuchando. Cuando aprieta los dientes y asegura el puñal entre los dedos, Lilith sabe que quiere seguir atacando, que no va a rendirse, aunque no tenga ninguna posibilidad de ganar.
Por eso ella da un paso hacia delante. Dos.
Nathan llega hasta él primero.
Si el mundo siguiera siendo el que conoce, él detendría a Darien o, como mínimo, lucharía a su lado. Juntos quizá tendrían alguna oportunidad. Si Lilith se uniese a ellos, los tres podrían ser un verdadero problema para el nuevo emperador.
Pero el mundo ha cambiado y por eso Nathan, el mismo Nathan que le dijo que Darien era el mejor de los cuatro, el que ha ido a ese lugar con intención de liberarlo de un cautiverio que nunca debería haber sufrido, agarra a su amigo del pelo, le echa la cabeza hacia atrás y amenaza su cuello con un filo hecho de piedra y cristal.
—Será mejor que te calmes, celestial. A no ser que quieras conocer a tu dios esta misma noche.
Darien se queda paralizado. Para Lilith, en cambio, eso es lo que hace que por fin pueda reaccionar. La cadencia en su voz. La forma en la que pronuncia la palabra «celestial», como si nunca hubiera tenido nada que ver con su primo o con ella.
Ese no es Nathan, sino el demonio que vive dentro de él.
Eso es lo único que comprende de esa escena, así que se agarra a ello.
La espada ya no pesa, porque ahora tiene un sentido que esté en su mano.
La criatura está de espaldas a ella y eso le ofrece una oportunidad de ayudar a su primo.
Tiene que hacerlo. Tiene que defenderlo, por todas las veces que no lo ha hecho.
Porque fue muy injusta con él cuando decidió acompañarla y no le ha pedido perdón y no puede permitir que le pase nada.
No quiere perder a nadie más. No quiere…
Está a punto de llegar hasta su antiguo amigo cuando otra figura le sale al paso. Una arpía interrumpe su carrera y la obliga a retroceder cuando está a punto de rajarle el rostro con las garras.
Aunque está herida, aunque tiene sangre en las ropas y sudor en la piel, las peligrosas manos de la princesa de Orlaith están preparadas para atacar, con magia y sin ella.
—Ni se te ocurra, santa.
Lilith aprieta los dientes. Está a punto de comenzar a formular un exorcismo cuando otras palabras resuenan por encima de todo lo demás:
—¡Basta! —La voz del necromante se alza y hace que todo el mundo se gire hacia él—. He dicho que me quedaré, Astrey. Soltadlo.
—¿Qué estás diciendo? ¡No! ¡No van a usarte! ¡No…!
Darien no termina de hablar porque el demonio que lo tiene apresado lo empuja entonces. Lilith lo ve caer de rodillas a los pies de la estatua y el cautivo.
—¿Cuál es el problema? —La criatura que vive en el cuerpo de Nathan lo mira con curiosidad—. Deberías estar contento, celestial. Que ese chico se quede aquí puede ayudar a que tu primo vuelva a la vida. ¿No te parece una buena noticia?
A la santa se le revuelve el estómago ante la mención de su hermano y la visión de Nathan convertido en un extraño.
De pronto ve las diferencias más claras que nunca y le resulta absurdo que durante un tiempo no pudiera diferenciarlos.
La sonrisa es distinta, igual que lo es la manera en la que mueve el cuerpo.
El demonio aparta la vista de Darien para fijarse en el nuevo Portador.
—Si nos unimos a ti, nos devolverás a Adam Rheiz, ¿verdad?
Esas palabras también tienen que pertenecer al demonio, porque Nathan no puede estar tan desesperado como para aliarse con ese brujo a cambio de la promesa del regreso de su hermano.
Sabe que lo quiere de vuelta, sabe que todo lo que ha estado haciendo ha sido por él, pero ya no tiene el Amuleto del Tiempo.
Tiene que rendirse. Tiene que aceptar que Adam se ha ido para siempre y que recuperarlo ya no está en sus manos. Quizá nunca lo estuvo.
Sí, todo ha cambiado. Y el principio de ese cambio no fue un romance secreto, una boda truncada o la puesta en marcha del Amuleto del Tiempo. No, todo cambió para siempre en el mismo instante en el que Adam dejó de respirar.
Hasta que no lo acepten, no podrán vivir en paz en el mundo que quedó tras él.
Lilith se da cuenta de golpe, mientras una herida a la que no le ha prestado atención hasta ahora comienza a sangrar.
Es una herida que lleva dentro desde el mismo momento en el que vio el cadáver de su hermano frente a ella, una herida que se obligó a remendar de cualquier manera para poder seguir luchando en primera línea de batalla pero que no ha dejado sanar.
Adam ya no está.
Adam se despidió de ella, pero ella fue consciente demasiado tarde.
Adam no va a volver y con él han desaparecido para siempre los días en los que todos eran una familia.
Pero Nathan no va a aceptarlo. Nathan no va a dejar que la herida sangre y se cure. Por eso el demonio que lleva dentro observa al nuevo emperador con esa calma, dispuesto a todo por recuperar lo que ha perdido.
El Portador esboza una sonrisa casi fraternal.
—Por supuesto. Todavía tengo una deuda contigo, Nathan Tabiz. Y pienso pagarla con creces.