La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey #2
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Astrey #2

El momento en el que recupero la visión es el momento en el que la cabeza de Nilam toca el suelo. El mismo momento en el que el cuerpo se tambalea antes de desplomarse.

Su demonio abandona la carcasa vacía que queda y el mío lo devora antes de que pueda huir, llenándome de una energía que me recorre las venas como fuego líquido.

Y entonces llega la calma. El silencio.

Lo he matado.

Realmente lo he matado.

La sensación de libertad que espero nunca llega.

No es como imaginaba, no es como si la puerta de una jaula se hubiera abierto.

No siento alivio. Todo mi mundo se reduce al charco de sangre que se extiende por el suelo, al vacío cada vez más grande que se abre bajo mis pies.

Ya ni siquiera encuentro las fuerzas para seguir luchando por el control.

Ya no le encuentro el sentido a tenerlo. Incluso mis pensamientos se ralentizan…

Y entonces, en medio de la quietud, oigo el crujido.

El demonio se gira y la figura de Caleb se recorta bajo el dintel de la puerta.

—¿Astrey…?

Él nunca duda, pero ahora pronuncia mi nombre con sumo cuidado. Con miedo. Con inseguridad. Como si supiese de antemano que quien está ante él no soy yo.

Mi cuerpo da un paso hacia delante.

No. Él no. Él no tiene nada que ver en esto.

«Es necesario que te desprendas de todas tus ataduras. No te sirven para nada en el nuevo mundo que queremos crear».

No. Para. Es una orden. Solo es un niño. Nada de esto es necesario. Devuélveme el control. Tienes que…

—Lo siento, hermanito. No es nada personal.

Las palabras le reverberan en la cabeza y le pesan en los labios como la primera vez que su demonio las pronunció con su boca.

Le vuelven a saber a tierra removida, a algo podrido e inhumano.

Igual que en aquella ocasión, está temblando cuando vuelve a tomar el control.

Al contrario que en aquel entonces, está en el suelo y tiene que tomar aire, sorprendido, mientras el presente termina de solidificarse a su alrededor.

Han pasado años desde aquello, pero de alguna manera lo siente tan reciente como si solo hubieran pasado segundos.

Como una pesadilla que quiere mezclarse con el mundo real.

Como un tajo recién abierto en su pecho.

Pero está bien. Tarda un instante en comprobarlo.

Su mano se alza en un acto reflejo hacia el Amuleto que cuelga de su cuello y, cuando se asegura de que está ahí, su mente empieza a aclararse.

A solo unos pasos de él, el celestial que conoció en las montañas se incorpora tras placarlo y trata de saltar a por él con un puñal en alto.

Aquel día le pareció un muchacho inofensivo, asustado, pero la persona que se lanza a por él es un hombre furioso y sin nada que perder.

—¡¡¡Darien!!!

La voz de Caleb es desesperada y Astrey se agarra a ella, a su energía, a su tiempo, una vez más. Lo hace de forma inconsciente, pero es eso lo que consigue que todo se detenga antes de que el celestial le clave el filo en el corazón.

Astrey deja escapar un jadeo que se convierte en una risa incrédula cuando se percata de lo cerca que se ha quedado detenido el celestial. De lo cerca que ha estado de morir justo después de cumplir todos sus objetivos y solo por… un chiquillo.

A unos pasos de distancia, Caleb respira con dificultad. Él es la única otra persona que puede moverse, quizá porque está alimentando el poder del Amuleto, cuyas manecillas no dejan de girar. El chico está blanco, horrorizado, y pese al agotamiento, todavía lucha contra su prisión de piedra.

El Portador se permite lanzar un vistazo rápido a su alrededor mientras se arrastra hacia atrás, lejos de la punta del cuchillo.

Si revivir al necromante lo hizo sentir bien, como si tuviera el control, ahora esa sensación se mezcla con el cosquilleo del peligro bajo la piel.

El corazón le late desenfrenado, aunque se calma un poco al ver la imagen detenida.

Al chico revivido confuso y a la princesa llevándose una mano a la boca, horrorizada por la osadía del celestial.

A la santa con un brazo extendido en la distancia, como si creyese que así va a conseguir ayudar a su compañero.

Nathan ha echado a correr hacia ellos, para su sorpresa, y Astrey se pregunta a cuál de los dos quiere ayudar, al celestial o al espíritu que le ha robado el Amuleto.

Un poco más allá, Tamir parece alarmado, Denna mantiene esa expresión ilegible tan suya y Elira…

Elira tiene los ojos muy abiertos y una máscara de horror que hacía mucho que no le veía. Elira, su Elira, no se acobarda nunca, ni siquiera cuando la situación juega en su contra.

Pero ahora…

Una parte de Astrey le dice que se acerque a ella, que se sitúe a su lado y ponga el tiempo en marcha de nuevo para observar su expresión de alivio cuando se dé cuenta de que no le ha pasado nada.

Es una parte diminuta, que a veces habla muy alto, pero a la que sabe que no tiene que hacerle caso, porque le da demasiados problemas cuando le cede el control.

Así que sacude la cabeza y se pone en pie para alejarse del celestial y volverse hacia Caleb.

—¿Qué crees que debería hacer con él?

El necromante deja de luchar solo entonces. Tiene la frente perlada de sudor, respira con dificultad y en su cara está escrito el dolor que tiene que estar sintiendo.

—No te atrevas…

—¿Crees que estás en posición de amenazarme?

¿En serio, Caleb? —Su sonrisa se extiende.

Cuando avanza, es para ponerse delante de él, aunque lanza un rápido vistazo hacia atrás, hacia ese chico—.

Creo que debería usarlo para dar ejemplo.

La gente no puede pensar que enfrentarse al emperador de Odelia no tiene consecuencias.

Matarlo sería muy sencillo. Podría usar el Amuleto de nuevo y convertirlo en polvo. Podría reducirlo a un esqueleto. O mejor: podría usar su tiempo para restaurar las grietas en la piedra, los árboles rotos, curar a los soldados heridos.

Puedes hacer lo que quieras. Ahora eres el Portador.

Sí, lo es. Y, como tal, podría volver el tiempo atrás, antes de que el celestial saltase sobre él, y esquivar el ataque para que no pueda hacerle revivir ese recuerdo que lo ha dejado más revuelto por dentro de lo que se va a admitir.

Le gustaría probarlo. Le gustaría comprobar qué se siente al hacer que las manecillas del reloj giren en dirección contraria y…

—Me quedaré.

La voz de Caleb es lo que lo ata al presente. Es obvio que le cuesta hablar mientras el Amuleto del Tiempo sigue tirando de él y que odia la idea de ceder tanto como lo ha odiado a él durante años.

—Pero tienes que dejarlos ir —continúa el necromante—. A él, a Ishtar y a Derek.

«Eso es lo que provocan los vínculos y el cariño. Te hacen débil», murmura la voz del demonio que Astrey lleva dentro. Sus palabras resuenan en el fondo de su cabeza, un recordatorio de esa lección que le dio hace años.

Los lazos son una debilidad. El amor es una debilidad.

El amor siempre lo complica todo.

Pero a veces simplemente lo sientes, como una enfermedad de la que te contagias.

Como una conciencia nueva que se te mete en el cuerpo sin necesidad de vender una parte de ti.

Esa es una lección que Nilam nunca llegó a enseñarles pero, al parecer, tanto Caleb como él han tenido que aprenderla por las malas.

Una parte de Astrey quiere mirar hacia uno de los rostros detenidos de ese jardín, pero contiene el impulso, quizá porque sabe que su demonio no se lo perdonaría.

Porque lo consideraría un desliz, un riesgo.

Algo que, una vez más, debe ser extirpado antes de que haga daño.

Sabe que, ahora más que nunca, debe tener cuidado con ella más que con ninguna otra persona.

Así que, en vez de mirar a la mujer en la que está pensando, se centra en Caleb y le sonríe.

—Tenemos un trato.

El tiempo se pone en marcha de nuevo.