La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey
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Astrey

ASTREY

Astrey pasó sus primeros años de vida escuchando historias sobre el Amuleto del Tiempo desde el regazo de su padre, tan cerca del objeto que solo tendría que haber alargado la mano para rozar las finas manecillas.

El Inmortal le hablaba de cada ocasión en que había puesto en marcha el artefacto como si guardase un buen recuerdo de ellas, incluso si todas estaban íntimamente ligadas a la destrucción y a vidas sacrificadas por una causa que un niño de cuatro años todavía no podía comprender del todo.

—¿Y cómo es usarlo? —le susurró un día.

Era algo por lo que sentía demasiada curiosidad y su padre debió de ver ese sentimiento, porque entornó los ojos.

No le hizo bajar de su regazo, pero el gesto con el que rozó la joya hizo que Astrey pensara que quería protegerla.

Como si creyera que incluso aquella criatura podía convertirse en un ladrón.

—Te hace sentir como si fueras un dios.

En aquel momento, Astrey no entendió lo que le quería decir, porque apenas sabía lo que era un dios. Con el tiempo, supuso que aquella respuesta no había sido más que una exageración.

Ahora sabe que su padre tenía razón.

Usar el Amuleto del Tiempo no se parece a nada que haya sentido antes.

Empieza como algo cálido contra su pecho, como una vibración cuando las agujas se ponen en marcha.

A partir de ahí, mil hormigas empiezan a correrle bajo la piel.

Es como hundirse en un manantial de agua caliente, como haber atrapado rayos de sol y jugar con ellos entre los dedos.

El tiempo, de pronto, se vuelve tan maleable como cualquier otra materia, como la piedra bajo sus pies o los árboles de metal que adornan el jardín.

Lo siente al alcance de la mano, moviéndose en una danza de la que él es el centro, como hilos de oro que forman un tapiz perfecto y de los que puede tirar para crear todas las imágenes que se le antojen.

Es cierto. Es un dios.

Y esto es solo el principio.

A la voz la estaba esperando, pero aun así se sorprende cuando retumba en su cabeza, tan fuerte y clara como la de su demonio. Trata de ignorarla. No parece que quiera tomar el control, así que es fácil volver su atención hacia la energía de Caleb y tirar de ella.

Y tirar.

Y tirar.

Oye al chico gritar, pero aun así no se detiene.

Se pregunta si su tiempo tiene fin, pero supone que ese no es el momento de averiguarlo.

De él puede ocuparse más adelante, una vez haya demostrado ante todo Evren que puede ser la respuesta a esas oraciones que los dioses de verdad jamás se han parado a responder.

Escucha los murmullos de la gente («¿Lo está usando?

», «¿Va a revivir a ese hombre?», «¿Se cree que no habrá consecuencias?

»), ve a los invitados más cercanos dar un par de pasos atrás.

Elira no aparta los ojos de él y todo lo que quiere decirle es que siga mirando, que se dé cuenta de lo que podrían hacer juntos ahora que tiene ese poder entre las manos.

Ahora que tiene a Caleb y ni siquiera hace falta robarle el tiempo al mundo.

Nadie tiene por qué volver a sufrir. El incidente de Ilan no tiene por qué repetirse.

Podrían hacer lo que quisieran. Podrían incluso traer Galia de nuevo a la superficie si se les antoja.

Tú podrías cambiarlo todo.

Sí, podría hacerlo. Y el primero de esos cambios es desafiar a la muerte.

Quizá pueda convertirla en una enfermedad más, algo que se puede curar, como hace cuando le ofrece ese tiempo robado al cuerpo que se encuentra entre los brazos de Ishtar de Odelia.

Es un traspaso, un préstamo, una transacción.

Ni siquiera es tan distinto a ofrecerle agua a un sediento o alimento a un hambriento.

Ese cuerpo vacío ansía ser llenado con el tiempo que tiene entre las manos y él, en su misericordia, se lo concede.

No necesita más para devolverlo a la vida.

El pecho del muchacho se hincha al tomar aire y su primera respiración suena como una exclamación, como un susto.

Sus ojos se abren y su cuerpo se revuelve entre los brazos de la princesa.

Las manchas de sangre siguen tiñendo sus ropas hechas jirones, pero ya no hay heridas.

La piel se ha cerrado y no ha dejado atrás ni siquiera el recuerdo de una cicatriz.

—¡Derek!

Al escuchar su nombre, el necromante se queda muy quieto, pálido y con la respiración acelerada.

—¿Qué ha…?

La voz del renacido suena ronca, atragantada, aunque la pregunta se queda suspendida en el aire cuando la princesa lo abraza con desesperación y un sollozo en los labios.

Sus dedos le recorren el rostro que está volviendo a ganar color y él tan solo le devuelve la mirada con los párpados muy abiertos, paralizado e incrédulo.

La comprensión llega muy poco a poco a su expresión.

Estaba muerto. Estaba muerto y, de pronto, ya no.

Con una sonrisa en el rostro, Astrey se gira hacia los invitados de Iraides, que ahora son los suyos.

Ve a Nathan, que se ha adelantado un par de pasos y parece intrigado.

Elira, en cambio, tiene la expresión tensa e inescrutable; Denna y Tamir, a sus lados, muestran opiniones tan contrarias sobre él como siempre: el disgusto de la necromante es evidente, mientras que el brujo está un poco fascinado, casi entusiasmado por el logro.

Cuando se fija en Caleb, esa fuente inagotable de poder que lo llama y lo insta a seguir utilizándolo, se da cuenta de que el chico ha dejado de gritar y descansa como un fardo entre los brazos de la estatua, drenado.

Siempre ha tenido una palidez casi enfermiza, cenicienta, pero ahora está todavía más blanco de lo habitual y tiene el rostro crispado de un mártir.

Astrey llega a la conclusión de que quizá sea exactamente eso, con su historia trágica, sus recuerdos olvidados, su tendencia a perderlo todo una y otra vez.

Y hay una parte de él que casi siente lástima por él.

Quizá no por el hombre que es, pero sí por el niño que fue.

El que vio crecer, con el que jugaba junto al río, al que le enseñó a sujetar una espada y a nombrar todas las cosas que habían desaparecido de su mundo de la noche a la mañana.

Está seguro de que, después de lo que le hizo a Nilam, Caleb piensa que no tiene corazón y quizá Astrey prefiere que siga siendo así, pero la realidad es que todavía ve al chiquillo al que una vez consideró un hermano.

Por eso alarga la mano y roza con la punta de los dedos ese rostro que es tan idéntico y tan distinto al de aquel niño.

Caleb deja escapar un quejido involuntario cuando lo obliga a alzar la cabeza.

Ni siquiera tiene fuerzas para mirarlo con odio cuando entreabre los ojos.

Solo parece perdido, muy lejos de allí. Pero estará bien.

Es inmortal. Puede con eso y con todo lo que tiene planeado para él.

—Esto es lo que podemos hacer juntos, Caleb —le susurra—. ¿No decía Nilam siempre que hacíamos un buen equipo? Podríamos volver a serlo.

Una chispa de conciencia enciende los ojos del chico. Con ella llega el entendimiento de lo que ha pasado. Busca la silueta de su amigo junto a la princesa y dos sentimientos contrarios luchan entonces en su expresión: el alivio de verlo vivo y el conflicto que debe de suponerle la resurrección.

—No…

—Ya está hecho —replica Astrey—. Y tú puedes quedarte aquí por las buenas o puedo darte algún aliciente. Le he devuelto la vida a tu amigo y puedo volver a quitársela. Puedo hacer lo mismo con la princesa, también. Con el celestial…

Caleb empieza a negar con la cabeza. Aunque siempre ha sido tranquilo, contenido, ahora parece tan desesperado como la noche en la que se separaron.

También parece odiarlo justo igual, pero puede vivir con ello.

Tarde o temprano, lo convencerá de que tiene razón.

Tarde o temprano, todo el mundo comprenderá su perspectiva y se dará cuenta de que él solo está intentando fabricar algo perfecto.

Y quien no lo entienda quizá no merezca formar parte de ese nuevo mundo.

—¡Astrey!

Su nombre es un grito de advertencia que viene de Tamir y que le sorprende, pero se gira demasiado tarde para evitar a la persona que se lanza sobre…

No. No quiero esto. Este no era el trato. Esto no era lo que tenía que pasar. No puedes tomar el control sin más. No puedes…

«Solo quiero hacértelo más fácil. No eres un adversario para él. Yo sí».

No, no estoy de acuerdo, pero por mucho que me resisto, por mucho que intento dominar mis movimientos, todo lo que puedo hacer es observar desde este rincón de mi propia mente al que he sido relegado, mientras el demonio dirige mi cuerpo.

Todavía lo siento todo, cada golpe, cada paso, pero es como si fuera un muñeco, un títere al que está dirigiendo una mano invisible en un juego en el que me veo obligado a participar.

La voz de Nilam me llega apagada, desde un lugar muy lejano, igual que los sonidos del mundo transformándose a nuestra (no, no es «nuestra» si yo no participo) voluntad.

«Esto es por tu bien», insiste la otra voz dentro de mí. Esa que siempre me acompaña. «Por nuestra misión».

Sí, sí lo es. Pero eso no significa que tenga que verlo.

No puedo cerrar los ojos, pero de pronto la negrura me envuelve, me protege, aunque ni eso puede salvarme de la criatura de mi interior, de la bestia que ruge por mi sangre y piensa en matar, en devorar al demonio de Nilam, en alimentarse de él.

Solo quiero que acabe rápido, para mi tío y para mí. Sé que puedes hacer que sea indoloro. Por favor, termina ya con esto.

«Como quieras».

La decepción del demonio se cuela en su tono, pero sé que me va a hacer caso cuando desata su poder sin contenciones. Lo siento en cada músculo, vibrando en el aire. Y a eso, en realidad, no puedo darle la espalda. No puedo quedarme en la oscuridad para siempre.