Ishtar
ISHTAR
Ishtar de Odelia siempre ha sabido que moriría joven.
Lo descubrió antes incluso de comprender qué significaba la vida.
No es consciente de cómo fue la primera vez que le explicaron que estaba enferma, porque no recuerda ni un día en el que no lo estuviera.
La sharada, esa condición cuyo nombre aprendió casi al mismo tiempo que el suyo propio, siempre ha estado ahí, como la mayor confidente y la mayor enemiga que ha tenido.
Al principio no era más que una compañera que a veces la obligaba a guardar cama de vez en cuando, pero, en cuanto Ishtar fue lo suficiente mayor como para leer sobre ella, descubrió que la mataría.
Ese día sí lo recuerda. Fue gracias a sus estudios, no a una conversación.
Su madre nunca le explicó qué iba a pasar con ella más tarde o más temprano, quizá porque pronunciarlo lo habría hecho todo más real, así que se enteró gracias a un libro de historia que hablaba de la enfermedad de aquel padre cuyo rostro solo recordaba por un cuadro que había en una de los cientos de habitaciones de palacio.
También hablaba de todos los príncipes que habían muerto a causa de ella.
Recuerda que lo que más le impactó no fue la certeza de que a ella le pasaría lo mismo, porque la muerte no era más que un concepto vacío que no comenzaría a llenarse de significado hasta mucho después, sino la manera en la que su madre la miró cuando se presentó con aquel libro que era casi tan grande como ella y le señaló aquel pasaje antes de preguntar:
—¿Por qué papá no los salvó si tenía el Amuleto? ¿No los quería?
Iraides se mostró alarmada, como si hubiera traído a sus aposentos un miedo que todavía no quería encarar, y apartó el libro para tomarla en brazos y acunarla contra su pecho. Ishtar se dejó, aunque no entendía el terror en la expresión de su madre.
—No, no los quería. Pero yo sí te quiero a ti. Yo te adoro y jamás dejaría que nada ni nadie te apartara de mi lado. Por eso a ti no te pasará lo mismo.
Fue una promesa que Ishtar se creyó durante años. Al fin y al cabo, el amor puede hacerte inmortal de muchas maneras y el cariño de aquella mujer la hacía sentir invencible.
Al menos, hasta que comenzó a convertirse en una cárcel.
Con el paso de los años entendió que su madre le había mentido.
Su vida estaba condenada, sobre todo sin el Amuleto del Tiempo en sus manos, y lo único a lo que podía aspirar era a disfrutar lo máximo posible de los años que pasara en el mundo, por eso nunca pensaba en el largo plazo.
En algún momento dejó de visualizarse en él.
Nunca se ha imaginado de anciana porque es consciente de que sería un milagro llegar a cumplir los treinta, nunca ha pensado en tener hijos porque está segura de que no podría superar un parto.
En cambio, lo que sí ha visualizado en varias ocasiones es su final, ya fuera por saberlo inevitable o para estar más preparada para él.
Ha pensado muchas veces en cómo querría pasar sus últimas horas y siempre ha llegado a la misma conclusión: no quiere morir abandonada en una cama, sufriendo.
Siempre que imagina su muerte, es pacífica y ella tiene tiempo de despedirse de todas las personas que una vez la han querido.
Por eso no tiene ningún sentido que dos de esas personas se hayan ido antes que ella.
No tiene sentido que el cuerpo de su madre esté desmadejado en el suelo y que su cabeza haya desaparecido tras las fauces de una bestia.
Tampoco tiene sentido que Derek esté entre sus brazos, con la piel perforada empapándola de sangre.
Lo ha llamado hasta que se ha quedado sin voz y sin lágrimas, pero él no le responde.
Su rostro, al que le ha quitado la máscara de huargo que llevaba mientras bailaban, está quieto y pálido y eso no tiene ningún sentido porque suele ser ella la que tiene ese aspecto, no él.
Era ella la que tenía que morir primero, no él.
Por eso ha hablado y ahora todo el mundo la observa.
Por eso, también, levanta la cara manchada de llanto para fijarse en la persona que porta el Amuleto del Tiempo.
La persona que ha matado a su madre. Sabe que a ella no se la va a devolver.
Sabe que a nadie le importa ya Iraides de Odelia, que nadie es capaz de ver en la antigua emperatriz algo más que a un monstruo, y puede que una parte de ella esté de acuerdo.
Pero era su madre. Era la mujer que le dio la vida y que nunca dejó de cuidarla, quizá hasta el extremo más irracional.
Su amor a veces tomaba forma de jaula y la ahogaba, pero en ocasiones es complicado trazar la línea entre el amor y el dolor.
Hay abrazos que asfixian y, pese a todo, siguen siendo reconfortantes.
Sin embargo, que no vaya a recuperar a su madre no significa que tenga que perderlo todo.
—Hazlo —repite, más firme. Le duele el pecho, pero no sabe si es por la sharada o por todo lo que está ocurriendo—. Te cederé el trono para que hagas posible ese mundo sin muerte, pero a cambio empieza por él. Sálvalo. Devuélvemelo.
El nuevo Portador enarca las cejas, aunque Ishtar no sabría decir si es porque su propuesta le resulta sorprendente o solo ridícula.
Al fin y al cabo, ella no es nadie para negociar.
El trono de Damira siempre se ha regido por la ley del más fuerte y esa persona ha asesinado a la anterior emperatriz, así que es suyo, sin importar que ella sea una heredera más legítima.
—Ishtar, no.
La princesa se fija en Caleb, en su expresión desconcertada y alarmada, pese a que él siempre mantiene la calma.
La mira como si creyera que se ha vuelto loca.
Pero no lo está. Lo único que es una locura es que Derek no esté despierto, que muera antes que ella.
Eso es lo que desafía todo tipo de lógica.
Astrey mira de uno a otro antes de acercarse a ella.
—¿Eso es lo único que quieres? No, ¿verdad?
También quieres tiempo para ti misma. Para luchar contra esa enfermedad que tienes dentro…
—La sonrisa del brujo se extiende, compasiva, como si comprendiera su dolor.
Ishtar odia ese tipo de sonrisas—. Yo podría concedértelo.
Ya he dicho que no voy a ser como nuestro padre: yo planeo cuidar de los míos.
Incluso podrías seguir viviendo en el palacio, siempre y cuando respetaras mi posición…
El brujo se acuclilla ante ella. Sin embargo, cuando extiende la mano hacia su rostro, como si quisiera limpiarle las lágrimas, Ishtar echa la cabeza hacia atrás y tan solo se abraza un poco más al cuerpo de Derek.
No quiere que ese asesino la toque. No quiere que piense ni por un segundo que lo considera su familia.
Su familia está muerta. Su madre está muerta; Derek está muerto.
Astrey entorna los ojos ante su rechazo.
O quizá sea ante su mirada, ante la ferocidad que ve en ella pese al dolor y la tristeza.
Si alguna vez se conocieron, debió de ser cuando ella solo era un bebé, pero hace mucho tiempo de aquello.
No es una niña, aunque el resto del mundo siga viéndola así.
Ishtar, la joven princesa enferma. Ishtar, la indefensa. Ishtar, la desesperada.
Está harta de ser eso.
—Te he pedido por su vida, no por la mía.
Tú y yo no somos familia, así que, si tomas el palacio, yo no quiero tener nada que ver, ni con él ni contigo.
—La muchacha alza la barbilla como su madre le enseñó, como ha tenido que hacer mil veces ante todas las personas que alguna vez la han cuestionado—.
Sálvalo y déjanos marchar, y Odelia será tuya.
Eso es lo único que quiero de ti, brujo.
—Ishtar. —Caleb se revuelve con renovadas energías contra la estatua que lo sostiene—. Escúchame. Derek sabía lo que estaba haciendo cuando…
—¡No! —estalla ella. Sus brazos se estrechan un poco más alrededor del cuerpo inerte de su protector.
Su mirada vuelve a ese rostro, al tatuaje que cubre la mitad izquierda de la cara, a los ojos cerrados.
No soporta lo callado que está, lo quieto que está.
Y, sobre todo, no soporta saber que es por su culpa.
Ha muerto por ella. Porque su madre, una vez más, la quiso hasta ahogarla—.
No, claro que no lo sabía. Él nunca ha querido morir.
Yo siempre he sido la que tenía poco tiempo, no él.
No puede imaginarse un mundo en que sea de otra manera.
No puede concebir una vida en la que Derek no está vivo pero ella sí, una vida en la que ya no cuenta con su presencia cercana y cálida, con sus bromas y su protección.
Derek siempre la ha cuidado, pero la manera en la que su cariño le hacía perder la respiración no tenía nada que ver con la asfixia que le provocaba su madre.
Él nunca la ha hecho sentir encerrada, sino libre, capaz de todo.
Siempre la miraba como si no tuviera límites, como si fuera algo tan inmenso que resultara inabarcable, inalcanzable.
Devolverle la vida es solo una manera de devolverlo todo a su cauce. De aceptar, por fin, aquello de lo que ha huido durante demasiado tiempo.
Que lleva años enamorada de él.
Que la muerte tiene que atraparla a ella primero.
—Supongo que esta es una forma tan buena como cualquier otra de probar mi teoría.
La voz de Astrey suena despreocupada cuando se aparta de ella.
Ishtar lo sigue con la mirada, ansiosa, sin confiar en que vaya a hacerlo.
No tendría por qué. Tiene que haberse dado cuenta ya de que su trato no significa nada, que no lo necesita, que incluso podría matarla si quiere asegurarse de que nunca más vaya a ser un problema para él.
Pero, aun así, el nuevo Portador cierra los ojos, aprieta los dedos en torno al Amuleto del Tiempo y lo pone en marcha.
Ishtar sabe que lo hace por dos motivos:
El primero es que las manecillas comienzan a girar.
El segundo es que Caleb grita.