Caleb #2
No puede evitar buscarlo. Es solo un instante, pero es suficiente para que sus miradas se encuentren, porque Darien también lo está observando, con los ojos muy abiertos.
Ha dado un par de pasos hacia delante y se revuelve contra su prima, que lo coge del brazo.
Es obvio que quiere ir a su lado, pese a que esa misma mañana puso distancia entre ambos.
Caleb aprieta los dientes y los puños antes de volver a fijarse en Astrey. Su tranquilidad le enerva. El Amuleto del Tiempo cuelga de su cuello y destella y le confirma algo que aborrece admitir: el brujo tiene razón. No es contrincante para él.
Al menos, ahora.
Por eso, aunque odia la idea de agachar la cabeza, toma aire y baja la vista.
—No le hagas nada. Tú ganas, pero déjanos ir.
—¿Por qué debería? Estaba teniendo una conversación importante y has aparecido de la nada para intentar matarme. —Astrey hace un mohín de disgusto—. Ha sido, como poco, muy maleducado, Caleb. Nilam no nos crio así.
Quiere responderle que perdió el derecho de mencionar ese nombre cuando mató a la persona que lo llevaba, pero, en su lugar, insiste:
—Porque me lo debes. Me quitaste a una familia: no puedes quitarme otra. Si alguna vez me consideraste tu hermano de verdad, dejarás que me vaya con los míos: Ishtar, el celestial. Deja que nos marchemos y nunca más volverás a saber de ninguno de nosotros.
Miente, por supuesto. Pero nunca le ha importado mentir cuando es necesario.
Supone que eso es algo que ambos tienen en común.
Astrey lo observa con incredulidad, pero el necromante tarda un segundo de más en comprender que no es porque no se fíe de su palabra, sino por haber mencionado a Darien.
—¿El celestial? —repite casi con burla. La santa se queda congelada cuando Astrey fija su mirada en ellos, pero Darien alza la barbilla con desafío. Aun así, retrocede cuando su prima tira de él hacia atrás—. Vaya. Eso sí que es una sorpresa.
—Astrey.
—No, Caleb, no te voy a conceder tu capricho. —El nuevo Portador tiene la expresión propia de quien odia tener que señalar una obviedad—. Pero ¿qué te parece si te ofrezco una alternativa? Los dejo libres a ellos… y tú, a cambio, te quedas en palacio.
Caleb está acostumbrado a intentar adelantarse a los movimientos de otras personas, sobre todo cuando las conoce.
Y conoce a Astrey, o cree conocerlo, así que tarda en reaccionar porque la propuesta le resulta irrisoria.
No hay nada que los una ya, así que no tiene ningún sentido que haga una petición semejante.
—¿Por qué yo?
—Piensa, enano. —Caleb entrecierra los ojos. Ahora él es el más alto de los dos, pero Astrey sigue teniendo el poder de hacerlo sentir pequeño—. Nilam siempre te premiaba a ti por ser el que más se detenía a analizar los problemas, ¿no?
—Y es obvio que tú aprendiste algo de sus lecciones, si has conseguido llegar hasta aquí traicionando incluso a las personas que confiaban en ti.
—El necromante lanza un vistazo a los brujos que se encuentran a su izquierda, solo unos pasos más allá.
La comitiva los está observando sin perder detalle, dudando entre actuar o no—.
¿Qué quieres de mí? Solo me pedirías algo así si pudiera serte de utilidad.
La sonrisa de Astrey, que le había menguado en la boca, recupera su fuerza.
—¿Y no se te ocurre cómo? Eres inmortal, Caleb. Eso significa que eres una fuente de energía perpetua.
El necromante arruga la nariz, desagradado por la idea y, al mismo tiempo, incapaz de llevarle la contraria.
—¿Y para qué necesitas tú…?
Lo comprende antes incluso de terminar la pregunta. El gesto de los labios de Astrey crece hasta partirle la expresión en dos mientras roza el Amuleto del Tiempo.
—El Amuleto necesita robar tiempo de algún lado para funcionar. Lo habitual es que lo tome del resto del mundo, sin control, y por eso causa desastres. Pero tú serías una magnífica solución a ese problema: si te robo el tiempo a ti, no tengo que quitárselo a nada más.
—¡No!
Es la voz de Darien la que hace que ambos se giren.
Su prima no es capaz de seguir sujetándolo cuando se revuelve y se apresura a adelantarse.
Tiene el puñal de Muerte en la mano, el mismo puñal que los ha acompañado durante vidas enteras, y a Caleb se le revuelve el estómago cuando lo alza, amenazante.
Quiere gritarle que no se atreva a acercarse, pero tiene la garganta seca.
—Suéltalo —gruñe el celestial.
Astrey enarca las cejas, su expresión mucho más divertida que atemorizada.
—Yo que tú ni siquiera lo intentaría, chico.
Caleb tiene que estar de acuerdo con él. De hecho, la idea de que Astrey repare demasiado en Darien le hace sentir un enorme nudo en el pecho que no es capaz de deshacer, así que decide volver a atraer la atención del brujo hacia él.
—No voy a dejar que me uses para… ¿Para qué? ¿Qué pretendes hacer con el Amuleto?
—Lo cierto es que yo también siento curiosidad.
Nathan Tabiz se ha adelantado y las partes quemadas de su rostro brillan como brasas recién encendidas. Tiene los ojos negros clavados en Astrey, pero, al contrario que en el resto de sus compañeros, Caleb no ve odio en su cara, ni siquiera desengaño o decepción, solo intriga.
—Has querido el Amuleto todo este tiempo, ¿verdad?
—dice con una calma que no encaja con alguien a quien acaban de arrebatarle un objeto tan importante—.
Lo tenías al alcance de tu mano, podrías habérmelo robado, pero no lo hiciste porque sabías que la única y verdadera Portadora era la emperatriz, no yo.
Has engañado a todo el mundo para llegar hasta aquí…
¿Para qué? ¿Qué va a pasar ahora, Linsen?
El nuevo Portador se encoge de hombros.
—Voy a cambiar el mundo.
Cuando era pequeño, Astrey solía hacer comentarios como ese.
Consideraba el futuro como una posibilidad inmensa y el universo que lo rodeaba como algo que podía moldear.
Caleb recuerda que, antes de marcharse a hacer su Trato, Astrey hablaba de todas las cosas magníficas que haría cuando consiguiera un demonio: recorrería Evren de punta a punta y viajaría incluso más allá, ayudaría a quienes lo necesitasen e impartiría justicia, se convertiría en un héroe y en el brujo más poderoso que hubiera existido jamás.
Le resultaba fascinante escucharlo. Él, que lo admiraba, que lo veía como alguien capaz de lograr cualquier cosa que se propusiera, quería verlo protagonizar todas las historias que se atreviera a imaginar.
Ahora, sin embargo, no le parece estar escuchando a un niño con sueños más grandes que él, sino a un adulto que se ha olvidado de que no es un dios.
—Voy a transformarlo en algo mejor —continúa Astrey, para su incredulidad—.
Voy a hacer lo que mi padre jamás hizo: usar el Amuleto para salvar vidas en vez de destruirlas.
¿Qué tiene eso de malo? El antiguo Portador se hacía llamar el Inmortal, pero nunca compartió su poder con nadie.
Esa no es mi intención. Mientras que él dejó morir a sus amantes, a sus hijos, a sus esposas, yo pretendo salvarlos a todos.
Bajo mi mandato, la muerte no tiene por qué existir.
Quizá sea por la calma con la que Astrey enuncia su discurso, como si en sus palabras solo hubiera lógica, pero a Caleb le resulta demencial. Incongruente. Aberrante. Borrar la muerte es, de alguna manera, borrar también la vida.
—¿De qué estás hablando? No… No puedes hacer algo así.
Es Elira Surya quien lo dice. Su expresión está descompuesta, como si ella también creyera que Astrey ha perdido la razón.
Pero este se fija en ella como si no pudiera comprender su razonamiento.
—¿Por qué no? Piénsalo, Elira. Si pudieras, ¿no te gustaría recuperar a tu madre?
¿A tu hermana? A todas las personas que perecieron en Yuda, incluso.
Tú misma estás aquí hoy gracias al Amuleto.
¿Por qué no usarlo para que ese milagro se repita todas las veces que sea necesario?
Podríamos crear el mundo que quisiéramos.
Un mundo perfecto, libre. ¿No sueñas con eso?
¿No es por lo que has estado luchando tanto?
Elira aprieta los dientes y esas garras propias de un pájaro que tiene por manos. Abre la boca, pero, antes de que pueda responder, otra persona, con una voz tan clara como quebrada, dice:
—Hazlo.