Caleb
CALEB
Cuando era pequeño, Astrey tenía una sola debilidad: su confianza en sí mismo.
Era una característica que muchas veces lo llevaba lejos, sobre todo porque la gente solía confundir su soberbia con la picardía propia de un adolescente y él resultaba lo suficientemente encantador como para que todo el mundo se dejase engatusar por él.
En otras ocasiones, sin embargo, la autosuficiencia jugaba en su contra, así que Caleb solía aprovecharse de ello en sus entrenamientos.
Por ejemplo, cuando Astrey daba una batalla por ganada, siempre bajaba la guardia, porque solo le interesaban las cosas mientras suponían un desafío para él.
Se aburría rápido de lo que no consideraba que estaba a su nivel, y eso a veces incluía a ese chiquillo que no dejaba de ser seis años más joven.
Por eso y porque lo admiraba, Caleb aprendió que tenía que sorprenderlo de manera habitual si no quería que se cansara de pasar tiempo a su lado, sobre todo cuando se enfrentaban el uno al otro.
Ahora, cuando salta sobre esa persona que antaño consideró su familia, siente que el tiempo ha pasado por ambos y, a la vez, que ninguno de los dos ha cambiado tanto. Aun así, en esta ocasión ataca por la espalda no porque desee ganarse su atención y su cariño, sino para acabar con él.
Está a punto de conseguirlo. Lo haría si la expresión de sorpresa de la bruja alada no alertara a Astrey, que se gira y evita que el puñal que buscaba su cuello dé en el blanco.
En su lugar, encuentra su brazo y, solo un segundo más tarde, el suelo se abre bajo los pies de Caleb.
Tiene que saltar hacia atrás para evitar caer, pero no deja que eso lo detenga, del mismo modo que no permite que lo hagan los filos que surgen de todas partes y se le clavan en el cuerpo mientras vuelve a lanzarse hacia su contrincante.
No importa que duelan, no importa que le abran la piel y lo atraviesen entero, no importa que tenga que apretar los dientes para no gritar: nada de eso va a matarlo.
No puede matarlo. Es inmortal, y si eso sirve para que logre acabar con la persona que insiste en destruir su vida, bienvenido sea.
Uno de los filos le alcanza el corazón, pero ni siquiera eso lo detiene. Apenas lo siente, de hecho, porque en ese lugar todavía tiene clavada la muerte de Derek. Si se concentra, aún escucha a Ishtar llorar sobre su cuerpo.
Pensar en ello le da más fuerzas para seguir.
Para evitar los ataques que Astrey lanza en su dirección y darle alcance cuando el brujo intenta poner distancia entre ellos.
Va a matarlo. Va a matarlo ahí, ahora, por fin.
Tal vez ese sea su destino, porque en otra vida, siglos atrás, el poder del Tiempo le perteneció, y quizá lo más lógico sea que regrese a sus manos.
Heredará ese maldito Amuleto, aunque nunca lo ha querido, y entonces no habrá nadie que pueda volver a hacerle daño.
Nadie que pueda volver a separarlo de las personas que quiere.
Con el Amuleto en sus manos, podría curar a Ishtar.
Con el Amuleto en sus manos, ni siquiera los dioses podrían interponerse entre Darien y él.
Astrey tiene una mueca en el rostro cuando se alza sobre un pilar que crea para alejarse de su alcance.
—¿Por qué estás haciendo esto, Caleb? ¿Tan leal te has vuelto a la emperatriz que sientes que debes vengar su muerte? No sabía que los mercenarios fuerais tan honorables.
Él entorna los ojos mientras busca la manera más rápida de llegar hasta su contrincante.
—El único de los dos que no sabe nada sobre lealtad u honor eres tú, Astrey. Baja de ahí. Lucha conmigo.
—No tengo tiempo para perderlo contigo.
Esa es una frase que le solía decir cuando eran pequeños, sobre todo cuando volvió de hacer su Trato.
Regresó cambiado, más irónico, más arisco por momentos, aunque seguía teniendo la misma sonrisa y las mismas bromas escondidas bajo la manga.
Había días, sin embargo, que estaba frustrado, ansioso, y se comportaba como un animal enjaulado.
Recordarlo consigue perturbarlo lo suficiente como para no ser capaz de evitar el siguiente ataque: un golpe de aire que lo lanza contra una de las estatuas del jardín.
El impacto es tan fuerte que le arranca la respiración y le provoca un ramalazo de dolor en la espalda, pero no llega a derrumbarse sobre el suelo.
La escultura a su espalda cobra vida y, con la fuerza de la piedra, lo sujeta de las muñecas y le retuerce los brazos para inmovilizarlo.
El gruñido que le rasga la garganta es gutural, furioso, pero incluso él tiene que soltar las armas cuando su carcelero aprieta tanto su agarre que amenaza con romperle los huesos.
Aunque intenta concentrarse, porque esa estatua es parte del palacio y debería cumplir sus órdenes, no lo deja ir.
Astrey se acerca entonces a él. Lo hace con la misma sonrisa que ponía antaño cuando se salía con la suya.
—¿Cuándo vas a comprender que no eres contrincante para mí, hermanito?
—No te atrevas a llamarme así. —La respuesta le sale afilada, la única arma que le queda para defenderse—. Yo solo tenía un hermano vivo y tú lo has matado, igual que mataste al único padre que nos quedaba a los dos.
El brujo lanza un vistazo al cuerpo de Derek.
Se encuentra un poco más allá, todavía entre los brazos de Ishtar, rodeado de un público de brujos que han decidido quedarse en lugar de escapar, más atraídos por el caos que temerosos de él.
Aun así, nadie se atreve a actuar. Nadie hace nada por la legítima heredera y su pena, igual que nadie más que Caleb se ha atrevido a atacar a la criatura capaz de arrancarle la cabeza a la emperatriz de un solo bocado.
Cuando Astrey vuelve a fijarse en él, hay tanta indiferencia en ese gesto que Caleb nota que la furia le quema las venas.
—No me gusta que se me acuse de crímenes que no he cometido, ¿sabes?
Maté a mi tío y volvería a hacerlo, porque fue un mal necesario —admite—.
Nilam quería que olvidase de dónde venía y me quedase para siempre en Arsay, que me conformase con una vida que no era la que me merecía.
Creía que no era lo suficientemente fuerte o inteligente como para hacer todo lo que me proponía, así que tuve que demostrarle que estaba equivocado y demostrarme a mí que nunca dejaría que nadie me detuviera. Ni siquiera él. Ni siquiera tú.
Caleb todavía recuerda el dolor aquella noche, el sentimiento de derrota cuando vio el cuerpo de su maestro caer y, más tarde, cuando aquel al que consideraba su hermano atravesó su propio corazón.
No fue nada en comparación con la desesperación al despertar.
—Sin embargo, no he matado a tu irrelevante amigo —continúa Astrey—. La única persona a la que he matado esta noche es a Iraides.
—Mientes. El ataque a Ishtar fue…
—¿De verdad crees que la chica seguiría viva si hubiera sido cosa mía? Si hubiera querido matarla, estaría muerta, sin importar quién se hubiera puesto de por medio. Pero no tengo intención de asesinar a mi hermana… A no ser, claro, que ella no me deje otra opción.
La mirada de Astrey cae sobre la princesa, como si estuviera esperando una respuesta por su parte, o quizá una amenaza, una excusa para acabar con ella igual que ha acabado con su madre.
Caleb ni siquiera sabe qué responder. Una parte de él quiere seguir responsabilizándolo, culparlo y hacerlo sufrir por arrebatarle a otra persona más, pero la lógica le indica que dice la verdad.
Ishtar no es contrincante para él. Si hubiera querido, no le habría costado nada matarla.
No, Astrey no ha atacado a Ishtar. Pero ¿entonces quién…?
Lo entiende de repente. Iraides. La emperatriz necesitaba una excusa para acabar con las formalidades y comenzar una guerra en medio de la fiesta y la mejor manera era fingir que su propia hija estaba en peligro.
Nadie sospecharía de ella porque todo el mundo sabía que adoraba a la princesa y la protegía por encima de todo.
Ishtar debe de entenderlo al mismo tiempo que él, porque alza la cabeza, muy despacio.
Su mirada, hueca y triste, llena de llanto, va hacia el cuerpo decapitado de su madre y, después, hacia el nuevo emperador.
Parece desubicada, con la ropa y las manos repletas de sangre y la expresión desamparada de alguien que ha perdido todo lo que le importaba en un parpadeo.
Astrey entorna los ojos antes de dar un par de pasos tranquilos hacia ella.
—Cuando tu madre me obligó a huir de este palacio, tú eras solo un bebé. Sabes que estoy por delante de ti en la línea de sucesión, así que, dime: ¿me vas a permitir tomar mi lugar o vas a convertirte en una molestia que debería eliminar, Ishtar de Odelia?
Caleb siente que el pecho se le constriñe cuando ve cómo se aproxima a la muchacha.
Ella está mirando al asesino de su madre sin emoción, sin intención de defenderse.
Casi como si solo estuviese esperando lo inevitable, como si Astrey no fuera más que otra enfermedad que le ha tocado sufrir y supiera que esta sí que va a matarla.
Pero él no piensa permitirlo.
—¡Ni se te ocurra tocarla!
Astrey se detiene cuando está casi a punto de alcanzar a la princesa y vuelve a girarse para mirarlo con curiosidad.
—Ah, así que es a ella a quien eres leal…
El necromante aprieta los dientes y trata de batallar una vez más contra la estatua que lo mantiene preso, pero no sirve de nada.
Aun así, se alegra de que Astrey no pueda saber que se equivoca.
Aunque quiere a Ishtar, aunque admira la fuerza con la que se agarra a la vida y la considera parte de su familia desde mucho antes de saber que los unía un lazo de sangre, lo cierto es que su lealtad, la incondicional, la que lo llevaría a cometer cualquier atrocidad sin ni siquiera planteárselo dos veces, está con otro de los asistentes a esa fiesta.