Elira
ELIRA
—¿Qué está pasando aquí?
Elira Surya habla incluso antes de ser consciente de su propia voz.
En ocasiones le ocurre: su boca va más rápido que su pensamiento, su cuerpo es más veloz que la razón.
Por lo general, trata de mantener esos impulsos a raya, pero en este caso las palabras le empujan la lengua y los labios y se le escapan.
En su cabeza, de todos modos, solo hay espacio para esa pregunta y la explicación que se esconde en todas las posibles contestaciones.
Astrey la ha traicionado.
Él tarda un segundo de más en fijarse en ella.
Si Elira estuviera lo suficientemente cerca, si Denna no la ayudase a ponerse en pie en ese momento o si ella pudiese reparar en algo más allá del dolor de su cuerpo y las voces que le están estallando dentro, insultándola y riéndose de su inocencia, quizá podría ver la manera en la que la sonrisa del espíritu titubea, pero se lo pierde.
Así que lo único que ve es que el nuevo emperador se acomoda en su trono y apoya el mentón sobre los nudillos mientras el gesto de su boca recupera las fuerzas y se amplía.
Sus ojos grises, de pupilas afiladas, destellan antes de que él se encoja de hombros.
—Se acabó, mi reina —anuncia con calma—. Se acabó la lucha. Se acabaron las preocupaciones. Sé que querías matar a Iraides con tus propias manos, pero yo tenía una cuenta pendiente con ella incluso más antigua que la tuya.
Elira no lo entiende. Puede que las palabras tengan sentido por separado, pero su cabeza no es capaz de unirlas de forma coherente.
Su cuerpo está congelado y lo único que es capaz de hacer es clavarle las uñas a una Denna furibunda que sigue sosteniéndola.
Tamir, cuando se une a ellas, tambaleante, solo parece confuso.
—¿De qué estás hablando? —La voz le sale como un graznido ahogado, semejante al que lanza Shiraz antes de ponerse ante ella, como si quisiera protegerla.
Como si no fuera demasiado tarde para ahorrarle el daño que le están haciendo.
Ya lo siente y ni siquiera tiene que ver con las heridas que todavía le sangran—. ¿Qué significa todo esto, Astrey?
—Nos ha mentido —escupe Denna—. Nos ha estado usando…
Elira sabe que es cierto y, aun así, se encuentra a sí misma deseando que el brujo le lleve la contraria. Que le replique con algo retorcido que ella pueda entender, algo que no la haga sentir tan estúpida, tan ridícula…
—No le he mentido a nadie. —Elira se permite tener esperanzas por un instante que acaba demasiado pronto—.
Tan solo hay algunas cosas que me he visto en la obligación de no mencionar.
En lo importante, sin embargo, siempre he ido con la verdad por delante.
Te dije que creía en tu misión, que estaba de tu parte, y nada de eso era falso.
Elira siente dos fuerzas contrarias tirar de su cuerpo.
Una, la que parte del pecho y cuyo pálpito es lo suficiente fuerte como para acallar todo lo demás, le pide que se tranquilice, que confíe en él, que se deje llevar por esa mirada de tormenta en la que ella siempre ha sabido leer mejor que nadie.
Otra, la que está en la cabeza, la que chilla tan alto y con tantas voces distintas que cree que va a reventarle los oídos, le dice que se está burlando de ella.
La ha engañado, la ha usado, y ella… ella es una estúpida por dejarse engatusar por sus palabras llenas de sombras y sus sonrisas de serpiente.
Es esa segunda fuerza la que pudre lo que tiene en el pecho y lo aplasta para que no moleste. También es la que le arranca un jadeo y una sonrisa que no tiene nada de feliz. Es pequeña, retorcida y, sobre todo, incrédula.
—¿De mi parte? —Esta vez la pregunta es como un arañazo.
Le gustaría que lo fuera de verdad. Quiere clavarle las uñas, dejarle marca.
Su mirada cae sobre la corona que destella entre sus cabellos pelirrojos y, después, sobre el Amuleto del Tiempo—.
Tú no estás de parte de nadie más que de ti mismo.
Siempre ha sido así, ¿no? ¿Era esto lo que querías durante todo este tiempo? ¿El trono? ¿El Amuleto?
El nuevo Portador hace un mohín mientras se levanta y se acerca con pasos tranquilos.
Sus dedos rozan el Amuleto del Tiempo en una caricia que a Elira le revuelve el estómago.
Esos dedos la han tocado a ella con el mismo cuidado y las mismas ansias en mil ocasiones, y ahora se siente como si no hubiera sido más que otro objeto bajo esas manos. Algo que usar. Algo que manipular.
—Quería venganza, Elira, igual que tú. Sé que ahora estás confundida, pero sigo siendo la misma persona que conoces.
Seguimos siendo iguales, tú y yo. Seguimos teniendo los mismos objetivos.
Y, sobre todo, quiero que sepas que no voy a ir contra ti.
Ya tienes todo lo que querías. La emperatriz está muerta y, si así lo deseas, la corona de Orlaith es tuya.
Pero no tiene por qué ser solo la de Orlaith.
Podrías tener la corona de toda Odelia —añade mientras extiende hacia ella una de sus manos llenas de anillos—.
Podrías ser mi emperatriz. Podríamos cambiar el mundo.
Elira escucha la exclamación sorprendida de Tamir a su lado, la risa irónica de Denna, pero solo tiene ojos para la expresión honesta de Astrey, para sus dedos extendidos como los de un demonio que quiere hacer un Trato.
Al principio ni siquiera es capaz de reaccionar.
Quizá porque ha visto muchas veces esa expresión casi devota en Astrey (en su cama, durante las misiones que han compartido, cada vez que la llamaba «mi reina») y está acostumbrada a sentir que era ella quien tenía el control, que él siempre terminaría moviéndose al ritmo que ella marcase.
Desde que se conocen, ha sido ella quien ha decidido lo que pasaba entre ellos, lo que permitía y lo que no.
Ella decidía los planes en los que participaba, ella consentía sus acercamientos o mantenía las distancias.
Pero quizá estaba equivocada.
Quizá ha sido él quien ha tenido el poder durante todo ese tiempo.
La fuerza que reside en su pecho se revuelve solo un poco antes de que la de su cabeza vuelva a ganar.
Emperatriz. La simple palabra hace que se le erice el vello, que el paladar se le llene de sabor a bilis.
Ella nunca ha querido ser emperatriz de nada.
Ella quiere destruir el Imperio, acabar con él y con todo lo que su historia arrastra.
Y pensaba que Astrey deseaba lo mismo. Por eso luchaban, por eso ayudaron a Ilan.
Por eso iban a liberar Orlaith, pero no de esta manera.
¿Cómo puede sugerirle algo así? ¿Cómo puede ofrecerle una corona creada a costa de la subyugación y del terror con el que el Inmortal cubrió casi todo Evren?
¿Cómo puede creer que ella sería capaz de aceptar?
No la conoce. Si piensa así, es que la conoce tan poco como ella a él.
Una tercera fuerza nace dentro de su cuerpo. Viene del estómago, cálida y ardiente, y hace que apriete los dientes y extienda las garras.
Pero, antes de que la rabia la ciegue, antes de que ella se arme de la seguridad necesaria para atacar y destrozar esa sonrisa y esos ojos que siguen mirándola como si nunca le hubieran mentido, otra sombra se le adelanta.