Darien
DARIEN
Darien no puede apartar la vista del nuevo emperador.
En medio del caos, trata de encontrarle algún sentido a lo que está ocurriendo, intenta ordenar unos pensamientos que corren en círculos, llenos de preguntas y hechos ineludibles, como que Nathan y Lilith están a su lado, pero Derek está muerto.
Iraides de Odelia ha sido asesinada y el culpable es ese brujo del pasado de Caleb, el mismo que intentó matarlos en las montañas.
El mismo que acaba de decir que la emperatriz era su madrastra, aunque eso es imposible, porque todos los hijos del Inmortal murieron la misma noche.
Excepto Ishtar. Excepto Valerick. Excepto…
Excepto Sera, la niña a la que Valerick trató de salvar.
Jamás le vio la cara en sus visiones, pero podría haber tenido un rostro parecido al de Astrey.
Astrey. ¿Qué sabe de él? Solo lo que los recuerdos de Caleb le han dicho: que se crio con Nilam y…
Nilam. Ese nombre es la pieza que termina de encajarlo todo.
El brujo debió de huir del palacio imperial aquella noche, junto a la criatura a la que pertenecía la muñeca pelirroja.
Por eso conocía a Valerick y por eso más tarde se hizo cargo de Caleb y lo crio como si fuera de su propia familia, porque debía de saber de quién era hijo.
Una vez la primera pieza encaja, el resto encuentran su sitio con facilidad. Astrey y Caleb se criaron como familia sin ser conscientes de que realmente lo eran. Dos príncipes apartados de su palacio. Dos herederos que consiguieron escapar de las garras de la emperatriz.
En cuanto lo comprende, su mirada busca al necromante, en parte por inercia y en parte por ansias de encontrarlo, de hablar con él.
Pero Caleb está lejos de su alcance, junto al cadáver de su amigo, abrazando a una desconsolada Ishtar y con la expresión desencajada por el desconcierto y el odio hacia el que un día consideró su hermano.
Mirarlo es un error. Lo sabe cuando en lo único que puede pensar es en ir hacia él, cuando siente el peso de todas esas existencias en las que se encontraron y la carga que es el medallón de Destino en esa vida.
Le parece que los dioses se han girado en su dirección y que puede escuchar sus voces en el ruido que lo rodea, entre los murmullos y los gritos de los invitados.
Tiene que salir de ahí. Tiene que ponerse en movimiento, olvidarse de él, alejarse de los problemas.
Lo que está pasando en ese jardín es ajeno a él, a ellos (a Nathan, a Lilith), así que debería correr en sentido contrario.
Aun así, sus pies no se mueven. Han echado raíces, como si un necromante estuviera intentando detenerlo.
Es Lilith, a su lado, quien pronuncia en voz alta lo que él piensa:
—Tenemos que salir de aquí.
Pero la celestial está tan paralizada como él y Darien sabe que la nueva situación tampoco es fácil de digerir para ella.
El Portador ha cambiado y, por tanto, también todos sus objetivos.
Junto a ella, Nathan tiene la cabeza gacha y el cabello blanco le cubre la cara.
No se mueve. No habla. No es hasta que está a punto de llamarlo por su nombre que el chico alza el rostro y deja ver el principio de una sonrisa tirando de la comisura de los labios.
Darien se estremece, porque hay algo desubicado en esa expresión.
Cuando Nathan se endereza, es como si hubiera recuperado las fuerzas de golpe, aunque sigue herido y las ascuas en su rostro resplandecen como si el fuego bajo su piel se hubiera avivado.
—Yo no me voy a ninguna parte. —Su cadencia no suena del todo a él—. Quiero saber…