La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Nathan
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Nathan

NATHAN

Nathan Tabiz ya no puede detener el tiempo.

Como tantas otras veces, le gustaría hacerlo.

Necesita que todo se pare a su alrededor para que la situación ante él cobre un poco de sentido y el mundo se recoloque en su lugar.

No, quizá esta vez no quiera detener el tiempo: quizá querría hacer que retrocediese.

Dos minutos serían suficientes para que la cabeza de la emperatriz volviese a estar sobre sus hombros en vez de arrancada de ese cuerpo que se desangra a solo unos pasos.

No, eso no arreglaría nada. Debería volver al principio de la noche.

Debería advertir a todo el mundo de que esa mujer es mucho más peligrosa de lo que piensan y trazar una estrategia mejor.

Debería regresar a un momento en el que poder hablar a solas con Astrey y preguntarle qué está pasando, cuáles son sus planes, de dónde viene y desde cuándo quiere el trono de Odelia.

Es suyo. Ahora es suyo, aunque eso no tiene ninguna lógica.

El espíritu los está observando sentado en él, con satisfacción, como quien admira el resultado de un trabajo bien hecho o el tablero de juego de una partida que por fin ha ganado.

El Amuleto del Tiempo cuelga de su mano.

Verlo le da ganas de vomitar. Siente su ausencia como un miembro fantasma, como si alrededor de su cuello faltara algo que necesita para vivir.

Ya no es capaz de utilizarlo, ya no escucha su voz dentro de su cabeza.

El tiempo ya no gira para él, ya no se enreda en torno a sus dedos y se inclina a su voluntad, nota la abstinencia que eso le provoca como un vacío que se extiende más allá de su cuerpo.

Lleva tanto tiempo con ese objeto pegado al pecho que se siente desnudo sin él.

Está mal. Todo está mal y, para rectificar, el mundo necesita el Amuleto. Con el Amuleto, podría repararlo todo.

Aunque nada ha vuelto a estar bien desde que Adam murió.

Tendría que haberse centrado solo en él.

En recuperarlo. Tendría que haber seguido solo en lugar de distraerse con otras personas, con otros objetivos.

Tendría que haberse preocupado únicamente de traerlo de vuelta y no parar hasta conseguirlo, y entonces el mundo estaría quieto en vez de moviéndose a toda velocidad.

El mundo siempre se paraba cuando estaban juntos, incluso sin la magia de Chronos de por medio.

Una magia que ya no le corresponde.

Las piernas le fallan, pero no llega a caer.

Darien está ahí, a su lado, y aunque se tambalea bajo su peso, consigue sostenerlo.

No es el único. A su derecha, otra persona le levanta el brazo para pasárselo por los hombros y Nathan se gira, mareado y perdido, hacia esa figura imposible.

De todo lo que ha ocurrido en los últimos minutos, esa es otra de las cosas que menos sentido tiene: Lilith, a su lado, ayudándolo a mantenerse en pie.

Sus miradas se encuentran y él entrecierra los párpados, desorientado.

Quizá la pérdida del Amuleto está haciendo que termine de perder la cabeza, porque esa muchacha ya no es su amiga, dejó de serlo hace meses.

Lilith quiere matarlo. Lilith lo odia por todo lo que ha traicionado, por todo en lo que se ha convertido, por todos los secretos que le ocultó.

Lilith es una celestial con una misión y ha jurado acabar con el Portador…

Solo que él ya no es el Portador.

En realidad, no lo ha sido nunca.

La aceptación es una maza que convierte en pedazos todo lo que alguna vez ha creído saber sobre sí mismo.

Porque todo, desde hace más tiempo del que puede recordar, se ha reducido a eso: ha sido el heredero del Amuleto del Tiempo, el guardián del Amuleto del Tiempo; el traidor que lo puso en marcha, el héroe que lo usó.

Y ahora no tiene ni idea de quién es sin él.

Sin el Amuleto en sus manos, Adam no puede volver.

La náusea le arde en la garganta. El resto del mundo se mueve, el tiempo corre, pero, por primera vez en mucho tiempo, él no puede atraparlo.

«Nathan». La voz que lo llama viene del fondo de su mente, no de la joya que ahora es de Astrey, pero al menos sabe que esa no va a irse a ninguna parte.

Sin ella, estaría perdido. Sin ella, estaría indefenso, sin poder, sin ojos.

«Tienes que centrarte». Sí, pero ¿cómo? ¿En qué?

El Amuleto ya no está en sus manos. ¿Qué va a hacer sin él?

¿Por qué Astrey se lo ha quitado? ¿Por qué le está haciendo esto a él?

«Si es demasiado para ti, yo puedo tomar el control».

Eso estaría bien. Nunca ha tenido el control de todos modos, así que ¿por qué no dejar que sea otro quien se vista con su piel?

Alguien que esté más seguro de qué pasos tiene que dar ahora que él tiene la impresión de haberse olvidado de caminar.

«Tranquilo, yo me encargaré de todo. Descansa».

Sí, eso es lo que quiere. Descansar. Quiere cerrar los ojos y cobijarse tan hondo en su propio cuerpo como para que nunca nada le vuelva a molestar.

¿Y por qué no iba a hacerlo? Nathan no existe.

Todo lo que él ha creído real durante tanto tiempo ha sido solo una mentira, así que da lo mismo que desaparezca.

Si no va a poder ser el Portador, cuando toda su existencia ha girado siempre en torno a eso, cuando lo único que le seguía dando sentido a su vida era el Amuleto, ¿qué más da si su cuerpo lo ocupa él u otro?

Así que lo hace.

Cierra los ojos y se deja ir.