La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Prefacio
1%
La muerte del tiempo (Time Keeper 3)

La muerte del tiempo (Time Keeper 3)

Por Iria G. Parente , Selene M. Pascual

© inepub.com

Prefacio

Muerte estaba allí cuando el bebé llenó sus pulmones por primera vez.

No era necesario que vigilase el ciclo en todo momento, pero había ocasiones en las que le gustaba estar presente; había almas que quería acompañar hasta su nueva existencia con sus propias manos.

Aquella era una de ellas: una por la que sentía cierto aprecio, por la que quizá pudiera hacer algo en su próxima vida, siempre que las cosas salieran como ella esperaba.

Por eso sopló al haz de luz que sostenía entre los dedos y, con un parpadeo, la diminuta esfera fue a guardarse dentro del pecho de aquella criatura recién nacida.

Solo ella pudo verla entrar bajo la piel fina y suave, pero ese fue el instante en el que la niña se revolvió entre los brazos de la necromante que la había ayudado a nacer y empezó a llorar.

Para la partera, fue como si una energía cálida le estallase contra el cuerpo.

Se aferró al bebé hasta que pudo cortar el cordón umbilical con el cuchillo y después lo dejó con suavidad contra su madre.

La mujer, que todavía respiraba con dificultad, recibió a su hija con un sollozo en los labios.

Le besó la cabecita, llena de fino pelo oscuro, y la observó con los ojos de quien acaba de encontrar el amor.

La niña todavía se quejaba, pero su boca entreabierta intentó anclarse al pecho que de aquel momento en adelante le daría de comer.

Su progenitora decidió que era perfecta, incluso recién llegada al mundo, sin lavar.

La criaturita tenía los ojos cerrados, pero ella dio por hecho que los iba a tener castaños, iguales a los de su padre, que estaba a su lado, sobrecogido por aquel pequeño milagro del que apenas podía apartar la mirada.

Muerte, invisible, se inclinó sobre la recién nacida.

Sus dedos delicados le rozaron la mejilla, donde, en otra vida, en otro cuerpo, se había extendido una constelación de lunares.

En cuanto la caricia de la diosa desapareció, una mancha pálida se extendió sobre la piel morena, abriéndose como la primera flor de la primavera.

La madre entornó los ojos, porque la vio aparecer, pero no dijo nada.

Ni ella ni los demás escucharon las palabras que la Original susurró en la diminuta oreja:

—Sé paciente. Algún día recuperarás lo que te han arrebatado.

La diosa se alejó al tiempo que los ojos de la niña se abrían por primera vez.

Solo ella vio su sombra desvanecerse del cuarto.