Capítulo 46. El erizo encuentra una puerta
El erizo encuentra una puerta
El correo llegó un martes a las once y diecisiete.
Clara estaba discutiendo por videollamada si una campaña necesitaba una voz «más fresca» cuando la notificación apareció en una esquina de la pantalla.
La Cometa Pequeña — El erizo sin portal / propuesta de publicación.
Leyó el asunto. Luego fingió no haberlo leído durante once minutos, mientras su cuerpo dejaba de prestar un servicio profesional razonable.
—¿Clara? —preguntó Dani desde la pantalla—. ¿Tú qué opinas?
—Que “fresco” no es una instrucción. Necesitamos definir si hablamos de humor, edad, ritmo o tono.
La respuesta salió por costumbre y era, sorprendentemente, válida.
—Os envío dos alternativas esta tarde —continuó—. ¿Cerramos aquí?
En cuanto terminó la llamada, abrió el mensaje.
La editora agradecía la revisión. El nuevo final resolvía la historia «con emoción y sin subrayado», la relación entre el erizo y la zorra daba profundidad al álbum y querían incorporarlo a su catálogo de otoño del año siguiente.
Adjuntaban una propuesta sujeta a contrato: anticipo modesto, porcentaje de derechos, edición inicial prudente y elección de ilustrador consensuada con la editorial.
Clara llegó hasta la palabra publicarlo y volvió al principio.
Lo leyó cinco veces.
Luego se levantó, salió a la plaza y regresó porque había olvidado el móvil. Volvió a salir. Tomás la vio entrar en La Parada con una expresión que le hizo dejar el vaso que estaba secando.
—¿Qué pasa?
—Lo publican.
—¿El cuento?
—El cuento.
Tomás miró alrededor como si necesitara localizar el protocolo correspondiente. Había tres clientes en la barra, dos mesas ocupadas y una cafetera silbando.
—Invita la casa —dijo.
—¿A qué?
—A lo que quieras.
—Son las once y media.
—Pues café.
Le preparó el de siempre y lo sirvió en una taza limpia, aunque todas lo estaban. Después sacó el móvil.
—Llama a quien tengas que llamar. Yo aviso a Merce.
—No avises a nadie todavía. Ni siquiera he revisado el contrato.
—No he dicho que vaya a avisar a nadie.
Ya estaba escribiendo.
Clara llamó primero a sus padres. Su madre gritó antes de que terminara la frase y puso el manos libres para que su padre pudiera escuchar.
Él preguntó cuándo podría comprarlo y cuántas copias debía encargar para que «se notara en las listas».
Clara explicó que faltaba más de un año y que una primera edición de un álbum infantil no la convertiría en millonaria.
—Eso da igual —dijo su madre—. Has escrito un libro.
Al oírlo, Clara tuvo que taparse los ojos.
Después llamó a Irene.
—Sabía que te lo cogerían —dijo ella.
—No lo sabías.
—No, pero puedo reconstruir mi pasado para que parezca más visionario.
—Publican el otoño que viene.
—Tengo tiempo de comprar un vestido.
—No hay ninguna gala.
—La habrá cuando yo llegue.
Gabriel no respondió. Clara sabía que estaba en la finca, en una zona con cobertura irregular. Le envió una foto del correo sin añadir texto.
Mientras esperaba, imprimió la propuesta y la leyó con la parte de su cerebro que sabía revisar condiciones.
Apuntó preguntas sobre derechos digitales, territorios, plazos y la participación en la elección del ilustrador.
La alegría no le impedía ser cuidadosa. Al contrario: quería proteger aquello sin idealizarlo.
La editora, Leticia Prats, la llamó esa misma tarde. Tenía una voz rápida y práctica que tranquilizó a Clara más que cualquier entusiasmo desmedido.
—Nos gusta mucho el texto —dijo—, pero quiero ser clara con las expectativas. Somos una editorial pequeña. Lo cuidaremos, irá a librerías y trabajaremos prensa, pero no puedo prometer cifras que nadie controla.
—Lo prefiero.
—El anticipo es modesto.
—Lo he visto.
—No dejes tu trabajo por esto.
Clara miró alrededor del estudio recién estrenado.
—Esa conversación llega un poco tarde, aunque no lo he dejado del todo.
Le explicó su nueva organización. Leticia se rio y después respondió una por una a sus preguntas.
La editorial adquiriría los derechos en castellano durante un periodo limitado, con reversión si el libro dejaba de estar disponible.
Las traducciones se negociarían aparte. Clara tendría voz sobre la ilustración, aunque la dirección artística final correspondería al sello.
—Nunca he trabajado con una ilustradora —dijo.
—La mejor manera es recordar que no viene a decorar tu texto. Va a contar la otra mitad.
Clara anotó la frase. Durante años había visto cómo clientes pedían a diseñadores que hicieran «bonita» una idea ya cerrada. No quería cometer el mismo error.
—Envíame tus dudas por correo —añadió Leticia—. Y celébralo. Negociar bien no está reñido con alegrarse.
Al colgar, Clara corrigió dos puntos de su lista y rodeó una fecha tentativa. Octubre del año siguiente parecía lejano, pero por primera vez pertenecía a un calendario real.
Elena entró veinte minutos después, seguida de Merce y de Tomás, que había cerrado el bar «dos minutos, no exageremos».
—¿Es oficial? —preguntó Elena.
—Es una propuesta. Falta el contrato.
Merce la abrazó.
—Eso es que sí con papeleo.
—Puede haber cosas que negociar.
—Pues negocias y luego celebramos otra vez.
La noticia corrió con la velocidad propia de un lugar donde las distancias eran cortas y la gente tenía datos móviles.
A primera hora de la tarde, Amalia envió una botella de vino.
Lucía preguntó si podían incluir la futura presentación en la programación cultural.
Mateo aseguró que la bicicleta estaría lista «antes que el libro, por los plazos que manejáis».
Rosario apareció con comida. Clara recibió tantos abrazos que empezó a sospechar que el anticipo editorial tendría que invertirse en merienda.
Gabriel llegó al estudio a las tres y cinco.
Venía directamente del campo, con polvo en las botas y el pelo aplastado por la gorra. Se quedó en la puerta. Clara estaba detrás de la mesa, rodeada de papeles y flores que alguien había cortado de un jardín.
—Lo publican —dijo ella.
—Lo he visto.
No hizo un discurso. Cruzó el local y la abrazó. Clara hundió la cara en su cuello y, al fin, lloró con una alegría limpia, sin miedo debajo.
—Lo publican —repitió.
—Sí.
—De verdad.
—De verdad.
—Puede que el contrato sea terrible.
—Lo revisarás.
—Y falta un año.
—Esperaremos.
—Y a lo mejor venden tres.
—Tu padre va a comprar más.
Ella se rio contra su camisa.
Ocho días después, el contrato estaba acordado y firmado.
No era una fortuna. El anticipo pagaba varios meses del estudio si Clara no descontaba impuestos ni recordaba otros gastos, cosa que su gestor le recomendó encarecidamente hacer.
La editorial propuso tres ilustradoras. Clara estudió sus trabajos y tuvo una primera reunión con la elegida, Celia Valdés, que imaginaba al erizo pequeño, testarudo y con una bufanda amarilla.
Hablaron durante una hora sobre puertas, estaciones y la diferencia entre estar solo y sentirse solo.
Elena organizó una lectura de celebración en la biblioteca. No era una presentación del libro, porque el libro todavía no existía, sino «la presentación de que habrá presentación», definición que Tomás consideró un abuso administrativo.
Los niños ocuparon la primera fila. Detrás se sentaron padres, vecinos y algunas personas de pueblos cercanos que habían visto el anuncio de la biblioteca.
Clara leyó el cuento revisado. Esta vez no llevaba hojas impresas a toda prisa, sino una copia limpia encuadernada con una cubierta provisional dibujada por Yago: un erizo ante una puerta roja y un monstruo comiendo billetes al fondo, incorporado contra el criterio editorial.
Cuando terminó, hubo aplausos. Nora levantó la mano.
—¿Nos vas a poner en los agradecimientos?
—Sí.
—¿A todos por nombre?
—Si vuestras familias me dan permiso.
Leo levantó la suya.
—Yo quiero que ponga que corregí el final.
—Pondrá que ayudasteis a encontrarlo.
—Es casi lo mismo.
Salma preguntó si la zorra tendría la cola naranja. Yago quiso saber si quedaba tiempo para añadir el monstruo. La conversación se convirtió en una negociación colectiva hasta que Elena dio por concluido el acto y Merce abrió las bandejas de dulces.
Gabriel esperó a que el local se vaciara. Clara recogía vasos cuando él puso sobre la mesa una cajita alargada, envuelta en papel marrón.
—¿Qué es?
—Un regalo.
La caja tenía un tamaño que activó una alarma absurda. Clara lo miró.
—Gabriel.
—¿Qué?
—No será...
—Ábrelo antes de asustarte con sustantivos.
Dentro había un sacapuntas de latón con forma de pequeña casa. La chimenea era la entrada del lápiz y las virutas caían en una base que se abría.
Clara se echó a reír.
—He pensado que toda escritora necesita uno —dijo él—. Aunque escriba en ordenador y no saque punta a nada.
—Durante un segundo creí que era un anillo.
—Tiene una forma muy poco eficiente de guardarlo.
—¿Y qué habrías hecho si hubiera dicho que sí antes de abrir?
—Pedirte que reconsideraras tu manera de tomar decisiones.
Clara lo besó entre las mesas vacías. Después llevó el sacapuntas al estudio y lo puso junto a la libreta verde.
La puerta roja del cuento había tardado meses en aparecer.
La suya estaba abierta de par en par.