Capítulo 45. El estudio de la libreta verde
El estudio de la libreta verde
El color se llamaba Almendra Serena.
En la pared parecía beige.
—No es beige —dijo Clara, removiendo la pintura—. Tiene un matiz cálido.
Gabriel sostuvo la carta de colores junto al rodillo.
—Es beige con departamento de marketing.
—Por comentarios así el campo no domina el sector del lujo.
—Tenemos tractores que cuestan más que algunos coches de lujo.
—Pero los vendéis diciendo cuántos caballos tienen, no qué emoción despiertan.
—Despiertan la emoción de no tener que hacer a mano el trabajo de veinte personas.
Clara le puso una mancha de pintura en el antebrazo.
—Almendra Serena.
Él la miró, tomó un poco con un dedo y le dejó un punto en la punta de la nariz.
—Beige.
El estudio llevaba cuatro días en obras y ya había producido dos desacuerdos cromáticos, una comida improvisada en el suelo y la certeza de que cubrir un verde administrativo requería más capas de las previstas.
Clara trabajaba por las mañanas en la transición de la agencia, desde la mesa provisional de su casa, y dedicaba las tardes al local.
Su nuevo horario no era todavía tranquilo; era un puzle. Pero cada pieza la había colocado ella.
El lunes, Mateo apareció con una bicicleta antigua.
Era pequeña, de adulto, con el cuadro curvo y restos de pintura roja bajo el óxido.
—¿Para qué es? —preguntó Clara.
—Para ti.
—No sé si quiero preguntar de dónde ha salido.
—Del pajar de mi cuñada. Lleva allí desde que cerró la mercería.
—¿Funcionaba cuando cerró?
—Funcionaba cuando abrieron.
Mateo explicó que podía restaurarla y colgarla en la pared como estantería, con una tabla sobre el cuadro para apoyar libros. Clara imaginó la bicicleta bajo la ventana, rodeada de álbumes.
—Me encanta.
—Entonces no la pintes de beige.
—Almendra Serena.
—Lo que yo diga.
Mientras Mateo se llevaba la bicicleta al taller, llegaron Nora, Yago, Salma y Leo con un rollo de papel de embalar. Raquel caminaba detrás, cargada con botes de témpera.
—Hemos venido a hacer el mural —anunció Nora.
Clara miró las paredes recién pintadas.
—¿Qué mural?
—El del estudio.
—Uno que no va en la pared —aclaró Raquel rápidamente—. Les he explicado que es tu espacio de trabajo y que no se decora sin permiso.
—Podemos hacerlo en papel —dijo Leo—. Así, si queda mal, lo quitas.
—Gracias por la confianza.
Extendieron una tira de papel de tres metros sobre el suelo.
Clara les pidió que dibujaran lugares en los que una historia pudiera empezar.
Nora pintó una estación con una puerta roja.
Yago hizo un olivo del que salían tentáculos.
Salma dibujó una casa voladora para la veterinaria de dragones.
Leo trazó la biblioteca con una precisión que incluía la rampa de acceso y el horario de apertura.
—Las historias también empiezan en sitios normales — explicó.
—Sobre todo —dijo Clara.
Ella añadió una libreta abierta en el centro. Los caminos dibujados por los niños llegaban hasta las páginas, aunque ninguno lo había planeado. Cuando terminaron, colgaron el papel con pinzas de madera en un cable, sin tocar la pared.
Elena apareció para inspeccionar el resultado.
—Parece una exposición.
—Es una exposición —dijo Salma.
—Entonces necesito catálogo.
Durante la segunda semana llegaron la mesa, una silla ergonómica que Clara se negó a sacrificar en nombre de la estética y dos estanterías bajas.
Irene le envió desde Madrid una lámpara amarilla con una tarjeta: Para que ninguna bombilla desnuda te seduzca hacia el lado agrícola.
Hugo mandó una caja con material de la agencia y una nota mucho más sobria: Para la primera campaña desde Valdeazahar.
Dentro había cuadernos, rotuladores, muestras de papel y el marco con la fotografía de 2018.
Clara colocó la foto en el despacho pequeño, no escondida ni en el centro. Aquella vida no quedaba fuera. Había llegado con ella.
La persiana fue el último problema. Mateo desmontó el eje, Gabriel consiguió una pieza y Aurelio asistió al proceso aportando hipótesis. Cuando por fin subió del todo, todos aplaudieron.
—Ahora baja —dijo Teresa, la dueña, que había venido a comprobar la humedad.
Hubo un silencio.
Mateo tiró de la cinta. La persiana bajó hasta el suelo con una suavidad impecable.
—No desconfiéis de los mayores —dijo.
—Desconfiábamos de la persiana —aclaró Clara.
—Peor. La persiana no puede defenderse.
El primer lunes de trabajo en el estudio, Clara llegó a las ocho y media con café y una caja de La Espiga. Puso sobre la puerta una placa sencilla: CLARA SERRANO — DIRECCIÓN CREATIVA Y ESCRITURA . Debajo, en letras más pequeñas: Estudio de la Libreta Verde .
No decía escritora infantil . Todavía le daba pudor. Elena observó la placa desde la acera.
—“Escritura” es una palabra muy amplia.
—Puedo escribir presupuestos.
—Cobarde.
—Prudente.
Tomás cruzó la plaza con su bandeja.
—¿Ahora el café se te sirve aquí?
—Puedo ir al bar.
—Ya he venido.
Dejó la taza en la mesa y una pequeña libreta de comandas sin usar.
—Para cuentos cortos —dijo.
—¿Esto es un regalo de inauguración?
—Es una libreta que nos mandaron de más.
—Me emocionaba más la primera versión.
—Pues quédate con esa.
Clara pasó la mañana en una videollamada con Brújula quería que su trabajo y el aceite parecieran tan cuidados por fuera como lo estaban por dentro.
—Puedo plantearte una identidad básica y etiquetas —dijo Clara—. Si necesitas tienda en línea, la presupuestaría otra persona. No voy a venderte cosas que no puedas mantener.
Mara miró la bicicleta oxidada y las cajas todavía sin abrir.
—¿Precio de pueblo?
La pregunta no fue ofensiva, pero Clara decidió contestarla bien desde el principio.
—Precio por el trabajo. Puedo ajustar el alcance, no fingir que las horas valen menos porque desde la ventana se ve una fuente.
Mara sostuvo su mirada y asintió.
—Me parece justo. Envíame dos opciones.
Cuando se marchó, dejó una botella para que Clara probara el aceite.
Gabriel diría después que aquello constituía una forma de soborno deliciosa.
Para Clara fue algo más: el primer posible encargo nacido cerca, no por caridad ni por ser la novia de nadie, sino porque una mujer había visto lo que sabía hacer y necesitaba ese trabajo.
Abrió un documento nuevo para el presupuesto. En la cabecera aparecía la dirección del estudio en Valdeazahar. Tardó un segundo en reconocerla como la suya.
La plaza seguía allí. La vida sencilla no ocurría por sí sola; había que elegirla también en mitad del trabajo. Compró fruta en la tienda de Amalia, comió en casa y regresó al estudio con tiempo reservado para el cuento.
Abrió el documento del erizo.
La editorial llevaba cinco días sin responder.
Clara había prometido no comprobar el correo cada media hora, así que lo hacía aproximadamente cada cincuenta minutos.
Empezó un cuento nuevo para no convertir la espera en ocupación.
Trataba sobre una niña que coleccionaba sonidos en tarros de cristal.
Escribió dos páginas, borró una y encontró una frase que le gustó.
A las cinco llegaron los niños para estrenar el rincón de lectura. No era un taller formal; habían pedido permiso para ver sus dibujos colgados. Se sentaron en los cojines, tocaron todo lo tocable y preguntaron para qué servía cada cajón.
—Aquí guardo contratos —dijo Clara.
—¿Tienen dibujos? —preguntó Nora.
—No.
—Qué aburridos.
—Por eso están cerrados.
Leo descubrió la placa de la puerta.
—Falta “infantil”.
—¿Dónde?
—Después de escritura.
—Todavía no he publicado nada.
—Pero escribes para niños.
—Sí.
—Pues falta.
Clara iba a explicarle la diferencia entre aspiración y profesión. Se detuvo. En publicidad había usado títulos antes de sentir que los merecía, porque el puesto venía con ellos. Nadie le había pedido demostrar una cifra mínima de anuncios para llamarse creativa.
Tomó un rotulador y una tarjeta blanca. Escribió CUENTOS INFANTILES y la pegó temporalmente bajo la placa.
—Hasta que encargue otra —dijo.
Nora asintió, satisfecha.
Cuando los niños se fueron, Clara se quedó en la puerta. La persiana azul estaba completamente levantada. Dentro, la lámpara de Irene encendía un círculo amarillo sobre la mesa; la fotografía de la agencia convivía con el mural y la bicicleta todavía oxidada esperaba su segunda vida.
Gabriel apareció con una bolsa de pimientos.
—¿Qué tal el primer día?
—He facturado cuatro horas, escrito tres párrafos y sufrido una intervención sobre mi identidad profesional.
Él leyó la tarjeta nueva.
—Les ha quedado bien.
—La he escrito yo.
—Entonces se te da bien esto de las letras.
Clara le quitó la bolsa y lo besó.
El estudio no era una garantía de éxito. Era una habitación donde intentarlo.
Por ahora, bastaba.