La muchacha no tiene pueblo Capítulo 44. No quiero vivir en ningún otro sitio
92%

Capítulo 44. No quiero vivir en ningún otro sitio

No quiero vivir en ningún otro sitio

La primera noche como residente de Valdeazahar, Clara cenó una empanadilla fría sobre una caja de libros.

Había comida suficiente para alimentar a seis personas, gracias a Merce y Rosario, pero no encontraba los cubiertos.

La caja que afirmaba contenerlos guardaba cables, dos marcos de fotos y el mando de una televisión que ya no tenía.

Abrió una cerveza con el borde de una cuchara de madera y se sintió al mismo tiempo independiente y ridícula.

El salón estaba iluminado por una bombilla desnuda. Cuando se lo contó por mensaje, Gabriel respondió: Ahora sí parece mi casa.

Clara: No es un cumplido.

Gabriel: Para la bombilla sí.

Irene avisó de que había llegado a Madrid y pidió una prueba de vida. Clara envió una foto de la empanadilla.

Irene: Eso demuestra vida microbiana. Tú sal en la foto.

Clara se hizo un selfi entre las cajas. Tenía el pelo recogido de cualquier manera, una mancha de polvo en la frente y una sonrisa que parecía pertenecerle.

Después apagó el móvil.

El silencio creció alrededor. Ya no era el silencio prestado de la habitación de Gabriel ni el silencio elegante del piso de Chamberí.

Era suyo. Incluía una tubería que golpeaba cuando el vecino abría el grifo, el motor de una moto alejándose y una conversación en la calle que no lograba entender.

Olía a pintura vieja, cartón y al jabón con el que Rosario había limpiado los armarios.

Clara abrió el portátil para revisar las cuentas.

No era el gesto más sensato para inaugurar una casa, pero necesitaba mirar al miedo de frente.

Había pagado fianzas de vivienda y local, el alquiler de la furgoneta, la primera parte de la pintura y varias pequeñas compras que juntas habían adquirido una personalidad delictiva.

La agencia confirmaba dos proyectos para los próximos tres meses, sujetos a contrato.

Otra empresa le había pedido presupuesto.

La editorial aún no había respondido a la revisión.

Si todo iba razonablemente bien, podría mantenerse.

Si iba mal, tendría que gastar ahorros.

Si iba muy mal, buscaría más clientes, reduciría gastos o volvería a trabajar por cuenta ajena. La decisión no era irreversible. Ninguna vida adulta venía con esa garantía.

Aun así, cuando vio el saldo, sintió un vacío en el estómago.

—¿Qué has hecho? —preguntó en voz alta.

La casa no contestó. Las casas tenían esa mala costumbre.

Llamó a sus padres. Habían visitado Valdeazahar dos semanas antes para conocer la casa y a Gabriel, y su madre llevaba desde entonces consultando el tiempo del pueblo como si fuera información médica.

—¿Has cenado? —fue lo primero que preguntó.

—Sí.

—¿Algo de verdad?

Clara miró la empanadilla.

—Tenía relleno.

Su padre quiso saber si había comprobado el seguro, el termo y la presión del agua. Después, con voz más baja, le preguntó si estaba contenta.

—Creo que sí. También creo que he gastado una cantidad alarmante de dinero en dos semanas.

—Las mudanzas son fugas de dinero con cajas —dijo él—. Si necesitas ayuda...

—No la necesito. Si la necesitara, os lo diría.

Clara sabía que no era del todo cierto. Pedir ayuda económica le costaría más que pedir un préstamo a un banco. Su padre también lo sabía y tuvo la delicadeza de no discutir.

—Entonces estamos aquí para escuchar las quejas gratis.

Su madre tomó el teléfono.

—No tienes que demostrar nada deprisa. Si el libro tarda, tarda. Si el estudio arranca despacio, arranca despacio. No nos debes una historia bonita porque te hayas mudado.

Clara tragó saliva.

—Gracias.

—Y compra cubiertos si no los encuentras. No vivas tres meses dentro de las cajas por principios.

Cuando colgó, el miedo económico seguía intacto, pero había perdido el añadido de tener que justificar cada decisión. Se equivocara o acertara, sus padres seguirían siendo sus padres. El pueblo no reemplazaba ningún afecto anterior; se sumaba a ellos.

Se levantó y fue hasta el balcón. En la calle, Pili regaba sus macetas. Al verla, alzó la regadera.

—¿Te has instalado bien?

—Estoy buscando los tenedores.

—Te dejo unos.

—No hace falta.

—Eso dicen todos antes de intentar comer sopa.

Cinco minutos después, Pili llamó a la puerta con cuatro tenedores, dos cucharas y un sacacorchos.

—El sacacorchos es preventivo —explicó.

—Te los devuelvo mañana.

—Cuando encuentres los tuyos. No hay prisa.

No entró ni inspeccionó las cajas. Solo le deseó buenas noches y regresó a sus plantas.

Clara colocó los cubiertos prestados en el primer cajón de la cocina. Aquel gesto diminuto la conmovió más que la mudanza entera. No porque necesitara que la cuidaran, sino porque alguien había oído una necesidad pequeña y había aparecido sin convertirla en deuda.

La ansiedad seguía allí. En lugar de llamar a Gabriel, se puso unas zapatillas y salió.

Quería caminar sola. No como invitada que esperaba a que alguien le explicara el paisaje, ni como novia de Gabriel, ni como la madrileña que volvía el domingo. Salió con sus propias llaves en el bolsillo y cerró una puerta que tendría que abrir después.

La noche era tibia. Algunas familias seguían sentadas al fresco; otras recogían las sillas.

La tienda de Amalia estaba cerrada, pero en el escaparate quedaban paquetes listos para el reparto del lunes.

En el garaje de Mateo, una bicicleta infantil esperaba sin rueda delantera.

La biblioteca tenía una luz encendida en la planta alta; Elena prepararía alguna actividad o habría olvidado apagarla, ambas opciones igualmente posibles.

Clara cruzó la plaza. La fuente repetía su sonido. El olmo joven proyectaba una sombra irregular sobre los bancos. En La Parada, Tomás recogía las últimas mesas.

—¿No duermes? —preguntó.

—Todavía no.

—Es pronto. Las once y cuarto.

En Madrid, las once y cuarto podían ser la hora de salir de una cena o de abrir el portátil. Allí parecía el final natural de un día entero.

—¿Quieres algo? —preguntó Tomás.

—No, gracias.

—Entonces buenas noches, vecina.

Clara dio dos pasos antes de detenerse.

—¿Ya soy vecina?

Tomás apiló dos sillas.

—Tienes llaves, pagas alquiler y mañana te tocará barrer tu acera. No sé qué más documentación quieres.

Siguió caminando. Pasó por delante del local de la persiana azul.

La humedad ya estaba reparada y al día siguiente empezarían a pintar.

Apoyó la mano en el cierre metálico. A través de las rendijas no se veía nada, pero Clara imaginó la mesa, las estanterías y una cubierta de libro todavía inexistente apoyada junto al ordenador.

No sabía cuánto tardaría. No sabía si la editorial aceptaría el cuento, si los encargos de publicidad serían suficientes o si dentro de un año tendría que replantearlo todo.

No sabía si ella y Gabriel acabarían viviendo juntos.

El pueblo no era una promesa de felicidad permanente.

Allí también se aburriría alguna tarde, discutiría, tendría facturas y echaría de menos un restaurante abierto a medianoche.

Pero la incertidumbre ya no parecía una señal de error.

Subió por una calle estrecha hasta el límite de las últimas casas.

Más allá se extendían los campos oscuros y la sierra era una línea aún más oscura contra el cielo.

No había venido siguiendo a Gabriel aquella noche.

Él no sabía siquiera dónde estaba. Clara había rechazado el puesto antes de alquilar el local y había alquilado la casa a su nombre.

Podía sostener el miedo con sus propios brazos.

Respiró.

El aire olía a tierra seca y a una mata de jazmín que trepaba por una tapia. Sus hombros descendieron. La mandíbula dejó de dolerle.

Entonces lo pensó con una claridad que no necesitaba testigos:

No quiero vivir en ningún otro sitio.

No “no podría”. No “quizá”. No “si todo sale bien con Gabriel”.

Allí.

De regreso, encontró a Aurelio intentando entrar dos sillas en su casa sin levantarlas del todo.

—Se han enganchado —dijo él.

—¿Quieres ayuda?

—No hace falta.

Desde dentro, Carmen respondió:

—Lleva diciendo eso diez minutos.

Clara giró una silla, Aurelio levantó la otra y las dos pasaron en un segundo.

—Era cuestión de ángulo —dijo él.

—Claro.

—Mañana te llevo tomates.

—Eso sí hace falta.

Cuando llegó a su calle, vio a Gabriel agachado junto al escalón. Acababa de dejar una bolsa de tela y ya se incorporaba para marcharse sin llamar.

—Gabriel.

Él se volvió.

—Dijiste que querías estar sola —explicó—. Solo venía a dejarte esto.

Dentro de la bolsa había una cafetera italiana y un paquete de café de Tomás.

—¿Cómo sabías que no encontraba la mía?

—Porque está en mi cocina. La trajiste hace dos meses para teletrabajar y nunca volvió.

Fue Clara quien se sentó en el escalón y le hizo sitio a su lado.

—He salido a caminar.

—¿Todo bien?

—Todo da bastante miedo.

—Eso no responde.

Clara miró su calle, su balcón, la planta de Pili visible en la esquina. Luego miró a Gabriel.

—Sí —dijo—. Todo bien.

Él no intentó entrar. Permaneció unos minutos a su lado, hombro con hombro, hasta que Clara decidió levantarse.

—¿Quieres ver la casa cuando no haya treinta personas dentro?

—Mucho.

—No encuentro las sábanas limpias.

—Eso rebaja bastante la invitación.

—Pero tengo tenedores.

—Entonces subo.

Clara abrió la puerta con su llave.

Y esta vez entró primero.