La muchacha no tiene pueblo Capítulo 43. Mudanza en doce coches
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Capítulo 43. Mudanza en doce coches

Mudanza en doce coches

Clara había contratado una furgoneta.

Valdeazahar aportó doce coches, dos remolques, una carretilla, tres rollos de cuerda y una discusión sobre cómo transportar una planta de interior de metro ochenta sin «traumatizarle las hojas».

—He pagado una mudanza —repitió Clara por cuarta vez.

—Hasta la casa —dijo Julián—. Luego habrá que repartir.

—Los señores de la furgoneta también reparten.

—No sabrán dónde va cada cosa.

—Yo tampoco —admitió Irene, que acababa de bajar de la cabina con el pelo recogido y una camiseta donde se leía NO ES ESTRÉS, ES PRODUCCIÓN—. Las cajas están etiquetadas por una persona que claramente sufrió una crisis.

Clara examinó la primera torre. Había rótulos como LIbrOS IMPORTANTES , LIbrOS MUY IMPORTANTES , COCINA / QUIZÁ BAÑO y COSAS QUE NO SÉ POR QUÉ TENGO .

—Me quedé sin rotulador fino.

—Te quedaste sin voluntad.

La casa que Clara había alquilado estaba en una calle paralela a la plaza.

Era pequeña, con dos dormitorios, un balcón estrecho y una cocina que no habría superado una sesión fotográfica inmobiliaria sin lentes especiales.

A ella le encantaba. Desde el salón se veía el extremo de la sierra entre dos tejados, y desde el dormitorio llegaba el sonido de la fuente si la noche estaba quieta.

La había encontrado gracias al tablón de anuncios de Amalia, en una hoja cuadriculada donde solo figuraban un teléfono y la frase SE ALQUILA A PERSONA FORMAL .

Clara llamó y preguntó qué documentación acreditaba la formalidad.

La propietaria, una profesora jubilada que vivía con su hija en Alicante, respondió que una nómina y no hacer fiestas «de las que rompen lavabos».

Clara presentó sus nóminas actuales, los ahorros, el acuerdo de transición con la agencia y referencias de su casero de Madrid.

El cambio profesional inminente provocó dos llamadas más, pero Gabriel no figuró como avalista ni mediador.

—Habría sido más rápido si hubiera hablado yo con ella—dijo él después de la tercera llamada.

—Lo sé.

—Y por eso no lo he hecho.

La propietaria aceptó al comprobar que Clara pensaba usar el segundo dormitorio como biblioteca y no como discoteca clandestina.

El alquiler permitía mantener a la vez la casa y el estudio sin convertir cada mes en un acto de fe, aunque la suma daba suficiente respeto como para que Clara revisara dos veces el presupuesto.

El primer día, Gabriel le había ofrecido dejar una mesa y una cómoda que guardaba en un trastero. Clara aceptó la cómoda y pagó la mesa que quería. Aprender a recibir ayuda sin entregar el timón formaba parte de la mudanza.

Había decidido no traer todos los muebles de Chamberí.

Vendió el sofá perfecto que nunca le había resultado cómodo, dejó la mesa grande al nuevo inquilino y guardó parte de sus cosas en casa de sus padres.

Pero los álbumes ilustrados viajaban todos.

Ocupaban diecinueve cajas y provocaron el primer desacuerdo logístico.

El día anterior, cuando el piso quedó casi vacío, Clara había recorrido las habitaciones con Irene.

Sin el sofá, las alfombras y los cuadros, Chamberí parecía más pequeño.

En la pared del dormitorio quedaba un rectángulo claro donde había estado el cabecero.

La marca le produjo una tristeza inesperada.

—Aquí he sido feliz —dijo.

—Lo sé.

—No todo el tiempo.

—Nadie es feliz todo el tiempo salvo la gente de los anuncios que tú hacías.

Clara abrió el armario vacío. Recordó cenas improvisadas, mañanas de domingo, el día en que la ascendieron por primera vez y llegó con una botella demasiado cara. El piso no tenía la culpa de que ella hubiera empezado a desear otra vida.

El portero subió para despedirse. Le entregó una carta llegada a su antiguo buzón y preguntó si de verdad se marchaba «al campo».

—A un pueblo —corrigió Clara—. Hay calles y todo.

—¿Y trabajarás desde allí?

—Sí.

—Mi hija hace lo mismo desde Cuenca. Antes la veía menos cuando vivía a quince minutos.

Aquella observación alivió algo que Clara no sabía que estaba defendiendo.

Entregó las llaves al casero después de revisar los contadores y fotografiar el estado de las paredes.

La devolución de la fianza seguía los plazos normales; incluso los grandes cambios vitales incluían discutir una marca en el parquet.

Al cerrar por última vez, lloró dentro del ascensor. Irene no intentó detenerla. Le sostuvo una de las cajas de álbumes y esperó a que llegaran abajo.

—Puedes echarlo de menos —dijo—. No te anula la mudanza.

Clara miró la fachada antes de subir a la furgoneta.

—Vámonos antes de que intente recomprar el sofá.

—Demasiado tarde. La chica de Wallapop dice que le encanta.

Y así, con una pena legítima y diecinueve cajas de historias, había llegado a Valdeazahar.

—Estas pesan igual que un animal mediano —dijo Álvaro, el veterinario, levantando una.

—No exageres —respondió Clara.

—Peso animales medianos por profesión.

—Pues trátala con cariño.

—¿Muerde?

Mateo dirigía el tránsito desde la acera. Lucía había acudido con su coche oficial, que era un utilitario blanco con una pegatina municipal y el maletero lleno de conos. Merce llevó bollos para todos. Amalia, cinta adhesiva. Pili sostenía la planta alta mientras Aurelio proponía tumbarla.

—Las plantas no se tumban —dijo Pili.

—En la naturaleza se caen.

—Y luego se mueren.

—No todas.

—Tú no tocas el ficus.

Gabriel iba y venía entre la furgoneta y la casa sin apropiarse de la operación. Cargaba cajas, preguntaba dónde ponerlas y obedecía incluso cuando Clara cambió tres veces de idea sobre la mesa del salón.

—A la pared del fondo —dijo ella.

—Hace diez minutos era bajo la ventana.

—La luz me ha hecho reflexionar.

—La mesa pesa treinta kilos.

—¿Quieres que la llevemos nosotros? —preguntó Álvaro.

Gabriel lo miró.

—La pared del fondo es perfecta.

A mediodía, la casa estaba llena de gente y apenas se podía caminar entre las cajas. Tomás apareció con una bandeja de vasos y una garrafa de limonada.

—No pensaba venir —aclaró—. Pero Merce dice que en una mudanza hay que hidratarse.

—Merce también ha dicho que comamos cada cuarenta minutos —respondió Clara.

—Ella trabaja con otra pirámide nutricional.

Comieron bocadillos sentados en el suelo, en las escaleras y sobre cajas que no contuvieran cristal.

Carmen y Aurelio discutieron acerca de cuál había sido su peor mudanza.

Rosario envolvió los platos que ya estaban desenvueltos porque no confiaba en el papel usado por Clara.

Nora pegó etiquetas nuevas en las puertas: CUARTO DE CLARA , CUARTO DE VISITANTES y, sobre la cocina, DONDE GAbrIEL NO DEBE QUEMAR EL DESAYUNO .

—Fue una vez —protestó él.

—Ha entrado en la historia —dijo Clara.

Irene estaba más callada desde la comida. Clara la encontró en el dormitorio, colocando camisetas en un cajón con una concentración innecesaria.

—No tienes que ordenar mi ropa.

—Alguien tiene que hacerlo. Doblas como una delincuente.

Clara cerró la puerta hasta dejarla entornada.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

—Tienes los ojos rojos.

—Polvo rural.

—Irene.

Su amiga dejó la camiseta. Durante un segundo apretó los labios y luego se sentó en el borde de la cama.

—Estoy feliz por ti. Muchísimo. Pero voy a echarte de menos de una manera poco elegante.

Clara se sentó a su lado.

—No me voy a otro continente.

—Tres horas son otro continente cuando una necesita aparecer en tu casa con vino un martes.

—Puedes aparecer. Habrá vino.

—Y una cama con una etiqueta pegada por una niña.

—Es el servicio premium.

Irene se secó una lágrima con la palma.

—Prométeme que no te vas a convertir en una de esas personas que mandan fotos de atardeceres y dicen “tenéis que venir”, pero nunca miran el calendario.

—Prométeme tú que no hablarás de mi vida como si me hubiera unido a una comunidad religiosa.

—No puedo prometer algo tan amplio.

Se abrazaron. Clara sintió el peso de aquella otra renuncia, más pequeña pero real: no habría cafés improvisados a diez minutos, ni taxis compartidos después de una cena, ni domingos entrando sin avisar en el piso de la otra. Ganar un hogar no impedía perder algunas cercanías.

—Seguiré trabajando en Madrid algunos días —dijo Clara—. Y tú vendrás. Y nos organizaremos.

—Odio organizar la amistad.

—Eres productora. Organizas hasta las resacas.

Irene rio entre lágrimas.

—Eso es distinto. Tienen presupuesto.

Cuando salieron, Gabriel estaba esperando al pie de la escalera con dos cajas.

—¿Todo bien?

—Sí —dijo Irene—. Le he explicado que si deja de contestarme, vengo a buscarla con una cosechadora.

—Te consigo una.

—Sabía que me caías bien.

La mudanza terminó a las ocho. Uno a uno, los coches se marcharon.

Lucía se llevó por error una lámpara en el maletero y volvió diez minutos después.

Mateo dejó montada una estantería que, según las instrucciones, requería dos personas y noventa minutos; él necesitó veintidós y declaró que «los suecos complican las cosas para vender tornillos».

Pili colocó el ficus junto al balcón. Merce llenó la nevera con comida para dos días.

Por fin quedaron solo Clara, Gabriel e Irene. La furgoneta debía regresar a Madrid y su amiga se había empeñado en conducirla.

—Puedo quedarme —dijo Gabriel.

Clara miró la casa: cajas abiertas, vasos sin recoger, sábanas todavía dentro de una bolsa.

—Esta noche no.

Él entendió.

—¿Segura?

—Quiero despertarme aquí sola la primera vez. Saber que puedo.

Gabriel le acarició la mejilla.

—Puedes.

Irene la abrazó otra vez en la puerta. Luego subió a la furgoneta y tocó el claxon con tanta energía que una vecina abrió la ventana. Gabriel se marchó andando, después de recordarle que estaba a tres calles y que podía llamar por cualquier cosa.

Clara cerró la puerta.

La casa quedó en silencio.

En el salón, una caja mal cerrada se abrió por abajo y treinta álbumes infantiles se deslizaron sobre el suelo.

Clara los contempló.

Después empezó a reírse, sola, en mitad de su nueva vida.