La muchacha no tiene pueblo Capítulo 42. El alquiler de la persiana azul
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Capítulo 42. El alquiler de la persiana azul

El alquiler de la persiana azul

La persiana era azul cobalto, estaba desconchada en dos esquinas y se atascó a medio subir.

—Esto con aceite se arregla —dijo Gabriel.

—Todo en el pueblo se arregla con aceite, una brida o Mateo.

—No subestimes una buena brida.

Clara agachó la cabeza para pasar por debajo.

El local olía a cerrado y a papeles antiguos.

Había sido una gestoría hasta que su dueño se jubiló; antes, según Amalia, una mercería, y mucho antes una consulta «de un practicante que ponía inyecciones como si clavara banderillas», dato que Clara no había solicitado.

El espacio ocupaba la planta baja de una casa de la plaza, a pocos metros de la biblioteca.

Tenía una sala principal con dos ventanas, un despacho pequeño, un aseo y un patio mínimo en el que sobrevivía una parra.

En la pared quedaban las marcas rectangulares de los archivadores.

El suelo hidráulico estaba gastado, pero bajo el polvo aparecían dibujos verdes y crema.

Clara giró despacio.

—Tiene luz.

—También tiene una humedad allí —señaló Gabriel.

—Tiene carácter.

—La humedad siempre mejora cuando la llamas carácter.

La dueña, Teresa Manzano, llegó cinco minutos tarde con una carpeta bajo el brazo. Era una mujer de sesenta y dos años que vivía en Albacete y regresaba al pueblo varios días a la semana para cuidar el huerto de su casa familiar. Saludó a Gabriel, dio dos besos a Clara y abrió todas las ventanas.

—Lleva cerrado ocho meses. Mi primo dijo que quería poner una asesoría, pero mi primo quiere poner negocios como otra gente quiere aprender inglés: siempre el mes que viene.

Le enseñó el cuadro eléctrico, el contador del agua y el pequeño termo. El alquiler era asumible, aunque más alto de lo que Clara esperaba.

—Hay que pintar —dijo ella.

—Por eso no pido lo que pedirían en Albacete.

—La persiana necesita reparación.

—La persiana funciona.

Gabriel levantó una ceja hacia la franja de luz que quedaba a media altura.

—Funciona hasta la mitad —precisó Clara.

—Una persiana a jornada parcial —dijo Teresa.

Clara sonrió. Había preparado una hoja con gastos: alquiler, luz, internet, pintura, muebles, seguro, cuota profesional. La cifra final le parecía valiente por la mañana y temeraria por la tarde.

—Me gustaría usarlo como estudio —explicó—. Escribiría aquí y trabajaría en proyectos de comunicación. También querría hacer algún taller pequeño con niños, si el espacio y el seguro lo permiten.

—¿Vas a montar una academia?

—No. Talleres puntuales. Seis u ocho niños como máximo.

Teresa miró el local con una atención nueva.

—Mi nieta tiene seis años y dibuja en todos los recibos.

—Podría venir.

—Vive en Albacete.

—Está a menos de una hora.

Teresa cerró la carpeta.

—Quiero tres mensualidades como garantía.

—Tres me parecen demasiadas para el estado del local.

Gabriel se apartó un paso. Habían acordado que Clara negociaría sola. Ella agradeció que cumpliera incluso cuando Teresa lo miró buscando una alianza local.

—El precio es bueno —dijo la dueña.

—Lo es si se entrega con la persiana reparada y la humedad revisada. Puedo asumir la pintura y las mejoras estéticas. Propongo dos mensualidades de garantía y una carencia de quince días para acondicionarlo.

Teresa entrecerró los ojos.

—Hablas como mi gestor.

—Eso espero. Llevo diez años defendiendo presupuestos más difíciles.

—¿Y cuánto tiempo te quedarías?

La pregunta era práctica, pero tocó el centro de todo. Clara miró las ventanas abiertas a la plaza. Tomás colocaba la terraza. Pili sacudía una alfombra en un balcón. Dos niños pasaban en bicicleta rumbo al taller de Mateo.

—Quiero hacer mi vida aquí —dijo.

Teresa observó a Gabriel y luego a Clara.

—¿Os vais a casar?

—Teresa —protestó él.

—Pregunto por la estabilidad del alquiler.

Clara contuvo una risa.

—No tenemos planes de boda. Y el contrato estaría solo a mi nombre.

—Eso está bien. Mi hermana puso una tienda a nombre del marido y acabó sin tienda y sin marido.

—Siento lo de la tienda.

—Lo del marido fue una mejora.

Teresa pidió veinticuatro horas para pensarlo. Clara salió sin saber si acababa de encontrar su estudio o de perderlo por discutir una persiana. Se sentaron en La Parada y Tomás les llevó dos cafés.

—¿Qué tal el local? —preguntó.

—¿Cómo sabes dónde hemos estado?

—Habéis salido de allí hace treinta segundos y estoy mirando hacia la puerta.

—Necesito acostumbrarme a que no todo sea espionaje.

Gabriel bebió un sorbo.

—Has negociado bien.

—Ahora puedes decir que tres meses te parecían razonables.

—Me parecían demasiados.

—¿Y por qué no has dicho nada?

—Porque no era mi alquiler.

Clara sacó la libreta y repasó las cuentas. El finiquito, los ahorros, los proyectos que esperaba cerrar con la agencia y el posible anticipo editorial, si alguna vez existía, formaban una estructura sostenible pero estrecha.

—Puedo hacerlo —dijo.

—Sí.

—También puedo arruinarme.

—No en el primer mes.

—Qué alivio.

—Y no parece probable. Sabes trabajar, tienes contactos y gastos controlados. Si no funciona, cambiarás el plan.

—En mi fantasía tú dices que todo va a salir perfecto.

—En la mía tú no necesitas que te mienta.

Clara guardó la libreta.

Al día siguiente, Teresa llamó a las nueve y doce.

—Acepto las dos mensualidades y la carencia —dijo sin saludar—. Yo arreglo la humedad. La persiana la miráis vosotros y descontamos la factura del primer alquiler si no es una barbaridad.

—De acuerdo.

—Contrato de tres años, con salida al cumplir el primero y aviso de dos meses.

—Envíamelo antes para revisarlo.

—Ya te he dicho que hablas como mi gestor.

—¿Eso significa que me lo va a enviar?

—Esta tarde.

Clara colgó. Estaba en el piso de Madrid, rodeada de muebles impecables que pronto tendría que decidir si vender, trasladar o abandonar a su suerte contractual. Miró la llave de Gabriel sobre la encimera.

No quería que el estudio dependiera de él. Tampoco quería fingir que habría llegado hasta aquella puerta sin conocerlo. Una vida propia no era una vida sola.

Antes de firmar, pidió cita con Lucía para comprobar qué permisos necesitaría. La alcaldesa la recibió en un despacho sin aire solemne, con dibujos de su hija pegados junto al plano urbanístico y una impresora que emitía un quejido al coger papel.

—Si solo trabajas tú, basta con la comunicación de actividad —explicó—. Para talleres periódicos hay que revisar aforo, accesibilidad, seguro y aseo. La biblioteca puede acoger los grupos grandes.

—No quiero anunciar nada que no pueda hacer legalmente.

—Gracias. Esa frase debería ir sobre la puerta de todos los ayuntamientos.

Lucía le habló de una ayuda autonómica para nuevas actividades en municipios pequeños. Clara anotó el enlace, pero se negó a incluir la subvención en sus previsiones hasta saber si cumplía los requisitos.

—Hay quien cree que abrir algo en un pueblo significa alquiler barato y subvención automática —dijo Lucía—. Luego descubre que hay que facturar, que los clientes no brotan de las macetas y que la ayuda tarda meses.

—Mis clientes principales estarán fuera. Necesito la fibra, un lugar tranquilo y poder viajar.

—Eso sí podemos ofrecerlo. Y quizá la cooperativa o los productores necesiten servicios, pero no te voy a prometer trabajo ajeno.

—Lo agradezco.

La alcaldesa la acompañó hasta la puerta.

—Me alegra que vengas, Clara. No porque aumentemos el padrón en una persona. Porque vienes con un proyecto.

—Todavía es una mesa imaginaria y una persiana que no sube.

—Así empiezan casi todos. Con algo que no funciona y alguien convencido de que puede arreglarlo.

Clara salió con una lista de trámites. Lejos de desanimarla, el papeleo hacía que el estudio pareciera menos fantasía y más empresa.

Tres días después firmó el alquiler en una mesa de la biblioteca porque la impresora de Teresa no funcionaba y la de Amalia imprimía todos los contratos con una franja magenta.

Elena hizo de testigo informal y Tomás apareció con café para celebrar «la llegada de otra autónoma que algún día preguntará si puede pagar mañana».

Teresa le entregó dos llaves.

—La pequeña abre el patio. La grande abre la puerta si la levantas un poco. Si no la levantas, no abre.

—¿También tiene carácter?

—Tiene años.

Clara caminó hasta el local. Subió la persiana hasta la mitad, se agachó y entró sola. La luz de la tarde caía sobre el suelo hidráulico. En la pared principal imaginó una mesa larga. Junto a la ventana, estanterías bajas. En el despacho, sus campañas y sus facturas. Nada estaba hecho todavía.

Sacó la libreta verde y escribió arriba: El estudio de la persiana azul.

Luego tachó persiana y puso libreta .

Sonaba más a ella.