Capítulo 41. Lo que cabe en una renuncia
Lo que cabe en una renuncia
Hugo no dijo nada durante doce segundos.
Clara los contó mirando la veta de la mesa de reuniones. Había elegido una sala pequeña, sin la escenografía del despacho de cristal, pero él había aparecido con su cuaderno negro y la expresión de quien esperaba una conversación difícil.
—No quiero el puesto permanente —había dicho ella.
Doce segundos después, Hugo dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Es una cuestión económica?
—No.
—Podemos revisar la oferta.
—Es generosa. Mucho más de lo que esperaba.
—¿El equipo?
—Es excelente.
—¿Yo?
Clara sonrió a pesar de la tensión.
—No te concedas tanto protagonismo.
Hugo se recostó en la silla.
—Entonces ayúdame a entenderlo.
Había ensayado la respuesta durante el viaje desde Valdeazahar. En algunas versiones sonaba como un manifiesto; en otras, como una excusa. Delante de Hugo, decidió decir solo la verdad concreta.
—Puedo hacer el trabajo y hay partes que me encantan.
Pero no quiero organizar mi vida alrededor de la disponibilidad que exige.
Quiero escribir. Quiero vivir fuera de Madrid y conservar tiempo para algo que quizá tarde años en dar dinero.
No puedo aceptar la dirección esperando que el puesto se convierta en otro distinto.
—Muchas personas darían cualquier cosa por esta oportunidad.
—Lo sé.
—Tú también la querías.
—Sí.
Hugo frunció el ceño, no enfadado, sino desconcertado.
—¿Y eso no te parece una contradicción?
—Me lo parecía. Ahora creo que querer llegar a un sitio y querer quedarse allí son decisiones diferentes.
Él se levantó y caminó hasta la ventana. Clara sintió pena al verlo. No culpa: pena. Hugo había apostado por ella, la oferta era un reconocimiento legítimo y su negativa complicaría una reorganización ya en marcha.
—Podrías haberte ahorrado el mes —dijo él.
—No. Sin el mes habría rechazado la oferta pensando que quizá tenía miedo de fracasar. Ahora sé que no es eso.
—Has funcionado muy bien.
—Yo también lo creo.
Hugo se volvió.
—No sueles tener problemas de autoestima.
—Me ha costado años adquirir una cantidad razonable.
Él sonrió apenas y volvió a sentarse.
—¿Qué propones?
Clara abrió la carpeta que había llevado. Aquella parte también estaba ensayada.
—Una transición de seis semanas. Puedo ayudar a elegir a la persona que asuma la dirección, dejar los equipos ordenados y cerrar las dos campañas principales.
Después quiero trabajar como independiente.
Os propongo colaborar por proyectos: dirección creativa externa, conceptos, lanzamientos concretos.
Con disponibilidad pactada y presupuesto por encargo.
Hugo hojeó el documento.
—Quieres que te pague más por hora para que estés menos horas.
—Quiero que me pagues por el valor y no por ocupar una silla.
—Ya estás hablando como proveedora.
—Es una de mis virtudes.
—Y quieres llevarte a nuestros clientes.
—No. He incluido una cláusula de no captación razonable. No voy a competir con la agencia en cuentas activas.
Hugo siguió leyendo. Clara notó las manos frías.
Tenía ahorros para mantenerse alrededor de un año si era prudente, pero prefería empezar con trabajo.
La propuesta no era un gesto romántico. Era una negociación de la que dependían su alquiler, su cuota de autónoma, sus viajes y el tiempo que esperaba dedicar al cuento.
—No puedo garantizarte volumen —dijo Hugo.
—Lo sé.
—Habrá meses sin proyectos.
—Lo sé.
—Y si otro proveedor encaja mejor, lo contrataremos.
—Eso también.
—Pareces irritantemente preparada.
—He usado la habitación de cristal para algo.
Hugo cerró la carpeta.
—Necesito hablar con finanzas y con recursos humanos.
—Por supuesto.
—Pero la transición me interesa. Y la colaboración... dependerá de condiciones.
Clara soltó el aire muy despacio.
—Gracias.
—No me des las gracias todavía. Estoy pensando en la empresa.
—Es lo que esperaba.
Él recogió el bolígrafo.
—¿Te vas por el hombre del pueblo?
La pregunta no sonó maliciosa, solo torpe. Clara la recibió sin enfadarse.
—No. Me voy a un pueblo en el que también vive un hombre al que quiero. El orden importa.
Hugo asintió.
—Supongo que sí.
Al salir de la sala, Clara no sintió liberación inmediata.
Tenía que anunciarlo al equipo, vaciar el despacho, hablar con su casero y convertir un plan bonito en números.
Durante unos segundos, quiso regresar y decir que había cambiado de opinión.
La oferta seguía allí, sólida, conocida, con nómina a final de mes.
En el baño, se encerró en un cubículo y lloró en silencio durante menos de un minuto. No por tristeza ni por alegría. Lloró por todo lo que cabía en una renuncia: gratitud, alivio, pérdida, miedo y una versión futura de sí misma que acababa de dejar de existir.
Después se lavó la cara y llamó a Irene.
—Lo he hecho.
—¿Has dicho que no?
—Sí.
—¿Estás bien?
—No lo sé.
—Perfecto. Las decisiones importantes que te dejan “fenomenal” al segundo suelen ser comprar una lámpara.
—He propuesto seguir por proyectos.
—Claro que sí. Renuncias con presentación adjunta.
—Siete páginas.
—Estoy muy orgullosa de ti.
Aquello casi la hizo llorar otra vez.
—No me hables bonito, que estoy en la oficina.
—¿Se lo has dicho a Gabriel?
—Todavía no.
—Llámalo.
Gabriel estaba conduciendo el tractor y no contestó. Le devolvió la llamada una hora después.
—¿Cómo ha ido?
—He rechazado el puesto. Haré una transición y quizá colabore con ellos como autónoma.
—¿Cómo estás?
—Aterrorizada.
—Me parece razonable.
—Irene ha dicho algo parecido con una lámpara.
—Yo no compraría una lámpara sin pensarlo.
—Por eso tu salón tiene una bombilla desnuda desde marzo.
—Cumple su función.
Clara se rio. Escuchó el motor apagándose al otro lado.
—También estoy contenta —dijo—. Debajo del terror.
—Cuando salgas, date tiempo para notarlo.
—¿No vas a decirme que estás feliz?
—Estoy muy feliz. Pero hoy has elegido tu trabajo y tu vida. No quiero ocupar todo el espacio de la noticia.
Clara cerró los ojos.
—Puedes ocupar un poco.
—Entonces ven el viernes y te beso una cantidad prudente.
—¿Prudente según qué normativa?
—La de fiestas ya no está vigente. Tendremos que improvisar.
Esa tarde, Hugo confirmó que aceptaban la transición y que estudiarían cada colaboración por separado. No era una red de seguridad completa. Era una cuerda posible, tejida con años de buen trabajo.
El anuncio al equipo fue más difícil que la conversación con Hugo.
Clara pidió que no hubiera correos generales ni frases de recursos humanos antes de que pudiera contarlo ella.
Se situó delante de las nueve personas que había dirigido durante un mes y explicó la decisión sin hablar de «nuevas aventuras» ni «cerrar ciclos», expresiones que siempre le habían parecido una forma de envolver la incertidumbre en papel brillante.
—No voy a continuar como directora —dijo—. Estaré seis semanas para la transición y después colaboraré en algunos proyectos si las condiciones encajan. La agencia elegirá a la persona que asuma el puesto. No sé todavía quién será.
Hubo silencio. Dani fue el primero en preguntar si se marchaba a Valdeazahar. Cuando ella respondió que sí, alguien quiso saber si montaría una granja.
—No sé mantener viva una albahaca —dijo Clara—. La seguridad alimentaria exige que me dedique a escribir.
La risa abrió espacio a preguntas serias. Qué pasaría con las cuentas, quién aprobaría vacaciones, si se cubrirían las vacantes. Hugo entró para responder lo que dependía de él. Marta permaneció callada hasta el final.
Después se acercó a Clara.
—Gracias por lo que hablaste con Hugo —dijo—. Me han propuesto liderar el área de diseño, sea quien sea la nueva dirección.
—Te correspondía.
—Sí. Pero gracias por no dejarlo en la carpeta de “cuando sepamos qué ocurre”.
Se abrazaron con cierta torpeza. Dani organizó una copa de despedida aunque faltaba mes y medio. Otra compañera confesó que llevaba dos años queriendo pedir una reducción de jornada y preguntó cómo había preparado Clara la negociación.
Aquella conversación le reveló algo incómodo y hermoso: sus decisiones podían ser observadas sin convertirse en instrucciones. Clara no quería que nadie renunciara por imitarla. Solo quería que supieran que una oferta, un cargo o una trayectoria no eran órdenes.
Al final del día, encontró sobre su mesa una tarjeta firmada por el equipo: DIRECTORA DURANTE TREINTA DÍAS. JEFA NUESTRA PARA SIEMPRE, SI ACEPTAS PROYECTOS CON PRESUPUESTO.
Clara entró en el despacho de cristal y abrió el cajón. La libreta verde esperaba bajo una carpeta de presupuestos. La sacó, guardó dentro la tarjeta y la colocó encima de la mesa.
Por primera vez, no tuvo que esconderla.