Capítulo 40. La pregunta de Salma
La pregunta de Salma
El sábado, la biblioteca organizó un taller para construir casas de cartón.
No formaba parte de ningún gran programa pedagógico.
Elena había guardado cajas de la tienda de Amalia, Mateo había prestado herramientas sin filo y Raquel llevó pegamento, pinturas y una lona «para que el patrimonio municipal sobreviva».
Clara acudió porque lo había prometido y porque, después de un mes viviendo con agenda de quince minutos, necesitaba una actividad cuyo objetivo oficial era pegar chimeneas torcidas.
Los niños se repartieron las cajas. Yago diseñó una fortaleza con garaje para monstruos. Leo construyó una casa práctica, con tejado desmontable «por si hay goteras». Nora quiso reproducir la estación del cuento. Salma se quedó mirando una caja vacía.
—¿No sabes qué hacer? —preguntó Clara.
—Estoy pensando quién vive aquí.
—Buena idea. Las casas cambian según quién las habita.
Salma dibujó una ventana redonda.
—Va a vivir una señora que antes quería ser piloto.
—¿Y ahora qué quiere ser?
—Veterinaria de dragones.
—Un sector con mucho futuro.
—Pero ya es mayor.
Clara destapó un bote de pintura amarilla.
—¿Cuánto de mayor?
—Treinta.
—Ah. Ancianísima.
Salma no detectó la ironía.
—¿Los mayores pueden cambiar de sueño?
La pregunta llegó sin música, sin pausa dramática y con un pincel goteando sobre la mesa. Clara respondió antes de tener tiempo de protegerse.
—Claro que sí.
—¿Aunque ya sepan hacer otra cosa?
—También.
—¿Y no se enfada nadie?
Clara sostuvo el bote entre las manos.
—Puede que alguien no lo entienda al principio. Pero un sueño no es una promesa que haces a los demás.
Salma pareció satisfecha.
—Entonces la señora deja el avión.
—¿No puede pilotar algunos días y cuidar dragones otros?
—No. Los dragones se ponen malos cuando quieren.
—Es verdad. Exigen disponibilidad.
La niña empezó a pintar la puerta. Clara se quedó a su lado, oyendo su propia respuesta.
Había dicho que sí con la naturalidad con la que habría explicado que el amarillo y el azul hacían verde.
Sin embargo, llevaba semanas tratándose a sí misma como si cambiar de sueño necesitara un tribunal, tres informes y una disculpa pública.
—¿Tú has cambiado? —preguntó Salma.
—Estoy en ello.
—¿Qué querías ser antes?
—Buena en mi trabajo.
—Eso no es un trabajo.
Clara sonrió.
—Tienes razón.
—¿Y ahora?
Miró alrededor. Elena ayudaba a Nora a sujetar el tejado de la estación.
Mateo enseñaba a Yago a usar una escuadra.
En la ventana, la plaza se extendía bajo el sol de finales de septiembre, tranquila después de las fiestas.
Clara sintió la tentación de dar una respuesta bonita, de esas que cabían en una contraportada. No lo hizo.
—Ahora quiero escribir cuentos. Y seguir haciendo algunas cosas que ya sé hacer. Y dormir mejor. Todavía estoy averiguando cómo se llama ese trabajo.
—Pues ponle tu nombre.
Salma pegó una estrella sobre el tejado y perdió el interés en la conversación.
Raquel, que había oído la última parte mientras recogía pinceles, esperó a que Salma se alejara.
—Es una buena respuesta —dijo.
—Ha sido bastante imprecisa.
—Las respuestas precisas a niñas de siete años suelen ser mentira.
Clara la ayudó a tapar los botes. Raquel le contó que había trabajado seis años en un colegio de Albacete antes de pedir plaza en el agrupado rural. Todo el mundo dio por hecho que se marchaba porque no podía conseguir algo mejor.
—En realidad quería conocer a los niños más de nueve meses—dijo—. Aquí conduzco más y hay días difíciles. También veo crecer a hermanos y conozco a las familias.
—¿Nunca dudas?
—Claro. Sobre todo en febrero, cuando conduzco con niebla. Elegir una vida no convierte la otra en absurda.
Raquel dejó la casa de Salma secándose en una estantería y regresó a por los pinceles. Clara se quedó con una pregunta menos y varias cuentas todavía por hacer.
Antes de buscar a Gabriel, Clara volvió a la casa y abrió una hoja de cálculo.
No quería convertir una conversación con una niña en una dimisión temeraria.
Introdujo sus ahorros, el alquiler de Madrid, la estimación de un alquiler en Valdeazahar, la cuota profesional, seguros, viajes y una cantidad realista para imprevistos.
Calculó cuánto tiempo podría vivir sin ingresos y cuánto tendría que facturar para no consumir los ahorros.
El primer resultado fue tan optimista que descubrió que había olvidado los impuestos.
—Muy profesional —murmuró.
Los añadió. Luego redujo a la mitad el ingreso que imaginaba de la agencia y dejó en cero los posibles derechos del cuento.
No sabía si la editorial lo aceptaría y, aunque lo hiciera, los libros infantiles no pagaban mágicamente una vida entera.
Al terminar, las cifras no eran cómodas, pero tampoco imposibles.
Llamó a Irene.
—Necesito que me hagas de comité de riesgos.
—Mi tarifa son dos copas y derecho a decir “te lo dije” una vez al año.
Clara compartió la pantalla. Irene señaló gastos olvidados: mudanza, muebles, meses flojos, volver a Madrid para reuniones.
Añadieron un colchón y tres escenarios. En el peor, Clara tendría que buscar un empleo al cabo de nueve meses.
En el intermedio, combinaría proyectos y escritura.
En el mejor, que Irene tituló ÉXITO INTERNACIONAL CON BOLSA DE TELA , el cuento vendía tanto que Merce tendría que organizar las firmas.
—Elimina ese —dijo Clara.
—Nos ayuda a mantener la moral.
—Distorsiona la escala del gráfico.
Cuando terminaron, Irene se quedó seria al otro lado de la pantalla.
—Puedes hacerlo.
—Puedo intentarlo.
—Es lo único que se puede hacer con cualquier plan, aunque las nóminas den otra sensación.
Clara imprimió el escenario intermedio y lo guardó en la libreta. Debajo escribió tres condiciones: una casa a su nombre, trabajo propio y ahorro suficiente para no depender de Gabriel. No eran barreras contra el amor. Eran la forma de llegar a él sin pedirle que sostuviera toda la decisión.
Por la tarde, Clara y Gabriel fueron a caminar entre los almendros. La cosecha se acercaba y el suelo estaba cubierto de una luz seca, casi blanca. Él comprobó una válvula y anotó algo en el móvil. Clara esperó hasta que terminó.
—Voy a rechazar el puesto —dijo.
Gabriel guardó el teléfono.
—¿Estás segura?
—No del todo.
—Entonces no tienes que decirlo hoy.
—No voy a estar más segura dentro de una semana. Solo tendré una semana más de miedo.
Siguieron andando. Una cigarra insistía desde algún árbol.
Clara había imaginado aquella conversación muchas veces; en algunas versiones Gabriel la abrazaba, en otras el paisaje confirmaba su decisión con una brisa cinematográfica.
En la realidad, sudaba por la espalda y llevaba una piedra dentro de la sandalia.
—Me gusta dirigir —continuó—. Me gusta el equipo, me gusta resolver problemas y me gusta que reconozcan mi trabajo. No quiero fingir que no. Pero no quiero la vida que exige ese puesto. No todos los días, no de esa forma.
—Entonces parece que sí estás segura.
—Estoy segura de lo que no quiero. Con lo demás... tengo un cuento que quizá no publiquen, algunos ahorros y una capacidad muy específica para convencer a la gente de que necesita perfumes que no puede oler en un anuncio.
—También sabes escuchar.
—No siempre.
—Sabes aprender.
—Eso suena mejor en tu voz.
Llegaron a la sombra de un almendro. Gabriel se apoyó en el tronco.
—¿Quieres vivir aquí?
Era la primera vez que lo preguntaba de manera directa. Clara sintió que la respuesta crecía desde un lugar más profundo que el entusiasmo de los fines de semana.
—Sí. Pero no quiero mudarme a tu casa.
Gabriel parpadeó.
—Vaya manera de administrar una alegría.
—No me entiendas mal. Me encanta tu casa. Y tus sábanas. Y lo que ocurre a veces entre las sábanas.
—La administración de la alegría mejora.
—Quiero venir por mí. Tener mi espacio, mi trabajo, mis facturas. No quiero que si dentro de seis meses discutimos porque dejas las tazas por toda la cocina yo sienta que he desmantelado una vida por ti.
—Dejo una taza.
—Dejas una taza en cuatro sitios distintos.
—Es la misma. Se mueve.
Clara soltó una risa. Gabriel se acercó y le cogió las manos.
—Me parece bien.
—¿Solo bien?
—Me parece muy bien. Y me hace feliz que quieras estar aquí. Pero necesito que sepas que si al final decides otra cosa, no habrás traicionado nada.
—No voy a decidir otra cosa.
—Hace un minuto no estabas del todo segura.
—No uses mis matices contra mí.
Él le besó la frente.
Clara apoyó la mejilla en su pecho. No estaba eligiendo un cuento contra una carrera, ni a Gabriel contra Madrid.
Estaba aceptando que su vida podía contener cosas que todavía no sabía nombrar.
Colaboraciones, escritura, viajes, una casa propia, una relación que no necesitaba absorberlos para ser seria.
—Tengo que hablar con Hugo —dijo.
—Sí.
—Y con el casero.
—También.
—Y encontrar dónde vivir.
—En el pueblo hay casas.
—Gracias, ingeniero.
—Para eso estudié.
Al volver, pasaron por la plaza. Salma estaba sentada en el suelo delante de la biblioteca, esperando a su madre. Sostenía la casa de cartón con la puerta amarilla.
—La señora ya es veterinaria —le anunció a Clara.
—¿Y qué tal le va?
—Bien. Un dragón tiene tos.
—Problemas cotidianos.
Salma asintió y siguió dibujando humo sobre el tejado.
Clara sacó el móvil. Tenía abierto el calendario con el final del periodo de prueba. Escribió a Hugo: ¿Podemos hablar el lunes a primera hora? Ya he tomado una decisión.
Pulsó enviar.
El miedo no desapareció.
Pero, por primera vez, no lo confundió con una respuesta.