Capítulo 39. Treinta días de cristal
Treinta días de cristal
El primer día, Clara salió del despacho de cristal cuarenta y tres veces.
Lo contó porque al principio la puerta le parecía una frontera.
La gente llamaba antes de entrar, incluso quienes hasta el viernes anterior se sentaban sobre su mesa para pedirle una opinión.
Clara empezó a dejarla abierta. Después descubrió que una puerta abierta no evitaba que la interrumpieran, solo hacía innecesario llamar.
—Necesitamos un sistema —dijo en la reunión del miércoles—. Urgente no puede significar “se me acaba de ocurrir”.
—¿Y si se me acaba de ocurrir algo urgente? —preguntó Dani, uno de los redactores.
—Rellena el formulario filosófico y valoraremos la paradoja.
El equipo se rio. Clara también. Le gustaba dirigir.
Le gustaba ver el mapa completo, detectar el talento de otros y quitar obstáculos.
Reorganizó repartos, defendió dos ideas ante clientes y canceló una reunión que podía resolverse con seis líneas.
Al terminar la primera semana, Hugo le envió un mensaje: Muy buen arranque.
Lo leyó tres veces.
El viernes llegó a casa a las nueve y media. Gabriel la esperaba porque había viajado a Madrid después de trabajar. Preparaba pasta en su cocina y había comprado albahaca, queso y algo más que Clara no logró identificar dentro de una bolsa.
—¿Qué es eso?
—Un calabacín.
—No parece.
—En Madrid los laváis demasiado.
Clara lo abrazó por la espalda. Se quedó así más tiempo del habitual, respirando el olor de su camiseta.
—Me gusta —confesó.
—¿El calabacín?
—El puesto.
Gabriel se volvió.
—Bien.
—No pareces sorprendido.
—Eres buena y te gustan las cosas difíciles.
—¿Y si lo acepto?
—Hoy solo me has dicho que te gusta.
—Siempre te niegas a adelantarte.
—Trabajo con árboles. Me han enseñado a esperar.
La segunda semana trajo halagos, dos problemas de personal y una campaña que amenazó con romperse a cuarenta y ocho horas de la presentación.
Clara durmió cinco horas el martes y cuatro el miércoles.
El jueves, mientras Hugo felicitaba al equipo por el resultado, ella notó que llevaba desde el desayuno sin levantarse de la silla.
Aquella noche cenó con Irene en un restaurante próximo a la agencia. Llegó veinticinco minutos tarde y pasó los primeros cinco contestando un mensaje.
—Voy a cobrarte la cena por fracciones de atención —dijo Irene.
—Ya está. Perdona.
Clara dejó el móvil boca abajo. Vibró antes de que el camarero trajera el agua. Lo giró sin pensar.
—Eso ha durado doce segundos —calculó Irene.
—Es una campaña complicada.
—Yo también trabajo en producción. No necesito que me expliques que hay épocas malas. Te pregunto si esta época es una excepción o la descripción del puesto.
Clara iba a responder que solo era el arranque. Recordó que el director anterior había cenado en la agencia tres noches la semana de un lanzamiento y que Hugo atendía llamadas en vacaciones. La carga podía organizarse mejor, pero la responsabilidad no desaparecía.
—Una parte viene con el puesto —admitió.
—¿Y compensa?
—A ratos sí. Cuando funciona el equipo, cuando una idea sale... Es increíble.
—Entonces no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de alguien que cree que admitir que le gusta invalida que le cueste.
Clara bebió agua.
Irene le contó un problema de su rodaje. A mitad de la explicación, Clara vio encenderse la pantalla del móvil. Esta vez no lo tocó. Prestó atención, hizo una pregunta, se rio. Durante cuarenta minutos recordó que la vida de los demás seguía sucediendo aunque ella tuviera un despacho nuevo.
Al salir, contestó nueve mensajes en la acera.
No era falta de capacidad. Era que todo encontraba siempre un hueco si ella seguía entregando el suyo.
Por la noche abrió el cuento del erizo. Cambió una palabra. Se quedó mirando la siguiente durante quince minutos y cerró el documento.
El fin de semana fue a Valdeazahar, pero llegó el sábado a mediodía y se marchó el domingo después de comer. Tomás le puso el café sin preguntar, como siempre.
—Hacía tiempo que no te veía —dijo.
—Dos semanas.
—Eso he dicho.
Merce le guardó una hogaza. Pili le contó que las petunias habían sobrevivido a «la gestión temporal de Aurelio», que consistía en regarlas como si fueran arrozales. Elena preguntó por la revisión. Clara prometió terminarla antes de la lectura.
—No te lo pregunto para apretarte —dijo la bibliotecaria.
—Lo sé.
—Pero acabas de mirar el reloj.
Clara se quitó el reloj y lo guardó en el bolso. Diez minutos después consultó la hora en el móvil.
La tercera semana empezó con un desayuno de trabajo a las ocho y terminó, de algún modo, el jueves a las once de la noche.
Clara seguía rindiendo. Eso era lo engañoso.
Sus ideas no empeoraban, su voz no temblaba en las reuniones, sus presentaciones eran brillantes.
Solo había dejado de llamar a sus padres, tenía tres mensajes de Irene sin contestar y apretaba los dientes hasta que le dolían las sienes.
El martes, Gabriel le mandó una foto del cielo sobre los olivos. Clara respondió con un corazón seis horas después.
El miércoles él la llamó.
—No puedo hablar ahora —dijo ella en voz baja—. Estoy entrando en una reunión.
—Solo quería saber si estabas bien.
—Sí. Cansada.
—Te llamo esta noche.
—Quizá salga tarde.
Hubo una pausa.
—Entonces mañana.
Clara quiso decir algo que arreglara una grieta que él no había creado. Alguien abrió la puerta y señaló el reloj.
—Te llamo yo —dijo.
No lo hizo.
El último viernes del mes era la lectura en el colegio.
Clara había bloqueado la tarde desde el principio de la prueba.
El plan era salir de Madrid a las doce y llegar con tiempo de comer.
A las once y cuarto, un cliente pidió una modificación urgente para una campaña que salía el lunes.
A las once y media, Hugo entró en su despacho.
—Puedo hacerme cargo —dijo él—. Vete.
Clara miró la presentación abierta.
—El concepto es mío.
—Y el equipo sabe ejecutarlo.
—Solo necesito una hora.
Necesitó dos horas y veinte.
Salió de la agencia a las dos menos diez, bajó al aparcamiento y llamó a Raquel con el manos libres.
—Voy tarde.
—Podemos empezar con otra actividad.
—No les digas que llegaré hasta que esté cerca.
—Clara...
—No quiero que esperen si no llego.
La frase la acompañó durante toda la carretera.
Condujo sin superar los límites, pero con cada músculo adelantándose al coche. Comió unas almendras en un área de servicio. Gabriel la llamó; ella contestó con la voz demasiado alta.
—Estoy llegando.
—¿Dónde estás?
—A una hora.
—La lectura es en cincuenta minutos.
—Lo sé.
—Conduce tranquila.
—Estoy tranquila.
—Clara.
—No puedo faltar.
—Tampoco puedes convertir la carretera en un castigo.
Ella redujo la velocidad, aunque sintió ganas de llorar de rabia.
—He organizado el mes entero para esto.
—Lo sé. Llegarás cuando llegues.
Cuando aparcó frente al colegio, faltaban cuatro minutos para las cinco. Clara bajó del coche con el cuento impreso, el pelo aplastado por el reposacabezas y una mancha de café en la blusa. Gabriel la esperaba en la puerta.
—No digas nada —pidió ella.
Él tomó su bolso.
—Tienes una almendra pegada al pantalón.
—Eso sí podías decirlo.
Dentro, los niños estaban sentados en círculo. Elena había empezado a leerles otro álbum. Nora vio a Clara y levantó los dos brazos como si acabara de aterrizar un helicóptero de rescate.
—¡Ha venido!
La alegría le atravesó el cansancio. Clara se sentó en la silla que le habían preparado. Necesitó dos respiraciones antes de abrir las hojas.
—Perdonad el retraso.
—No llegas tarde —dijo Yago—. Elena ha leído un libro entero.
—Entonces llego muy tarde.
Se rieron. Clara empezó.
La nueva versión funcionaba. Lo supo no porque los niños guardaran silencio, sino porque interrumpieron en los lugares adecuados.
Rieron cuando la zorra fingió no querer compañía.
Se inclinaron hacia delante cuando el erizo llegó a la estación.
Al final, cuando la ilustración todavía imaginaria mostraba dos tazas junto a una puerta roja, Leo asintió con gravedad.
—Mejor —dictaminó.
—Gracias por tu entusiasmo desbordante.
Después hubo preguntas. Clara contestó con el cuerpo todavía en la autopista y el corazón, por fin, dentro de aquella sala. Al terminar, Salma se quedó atrás mientras los demás recogían.
—¿Tú querías venir? —preguntó.
—Mucho.
—Entonces ¿por qué has llegado corriendo?
Clara miró las hojas en sus manos.
—Porque antes tenía que terminar otro trabajo.
Salma pareció aceptar la explicación. Se marchó dando saltos sobre las baldosas de colores.
Clara se quedó sentada. Había llegado. Había cumplido. También había estado a cuatro minutos de convertir algo que amaba en otra obligación rescatada por los pelos.
Gabriel se acercó y dejó una botella de agua a su lado.
—Ha salido bien —dijo.
—Sí.
—El cuento está mucho mejor.
—Sí.
—Y tú estás agotada.
Clara cerró los ojos.
La prueba había terminado.
Ya tenía todos los datos que había pedido.