Capítulo 38. Una oferta no es una orden
Una oferta no es una orden
Hugo llegó a la reunión con un documento de cuatro páginas y Clara con uno de siete.
—No sabía que íbamos a negociar un tratado internacional—dijo él.
—He añadido un índice.
—Eso explica dos páginas.
—Y una tabla.
Se sentaron en el despacho de cristal que sería de Clara si aceptaba el puesto.
Estaba vacío desde la salida del anterior director y tenía una mesa demasiado grande, cuatro sillas idénticas y una vista limpia sobre los tejados.
La puerta aislaba el ruido de la agencia.
A Clara le gustó. Le molestó que le gustara.
Hugo leyó las condiciones: treinta días naturales, autoridad real sobre el equipo, acceso completo a las cuentas, salario proporcional al nuevo puesto y una evaluación final en ambas direcciones.
Clara asumiría la presencia en Madrid y las reuniones que exigía el cargo.
No quería probar una versión cómoda que no existía.
—Has incluido una cláusula que permite volver a tu puesto anterior —dijo Hugo.
—Si los dos estamos de acuerdo.
—La reestructuración puede hacer que ese puesto cambie.
—Lo entiendo.
—Existe la posibilidad de que al final del mes no quieras la dirección y ya no haya una silla idéntica a la que dejas.
Clara sintió la primera punzada de vértigo. Hasta entonces, la prueba había parecido una forma de aplazar la decisión sin pagar precio. Hugo acababa de recordarle que incluso no decidir modificaba las cosas.
—Lo entiendo —repitió.
—Y hay otra cuestión. —Hugo juntó las manos—. No puedo organizar la agencia alrededor de dónde quieres vivir. La dirección requiere presencia.
—No te lo estoy pidiendo.
—Bien.
No fue una conversación hostil. Precisamente por eso resultó difícil. Hugo valoraba su trabajo y tenía una empresa que dirigir. Clara respetaba ambas cosas. Negociaron objetivos, fechas y responsabilidades hasta que el documento dejó de ser una hipótesis y adquirió el peso de un calendario.
—Empiezas el lunes —dijo Hugo al firmar.
—El lunes.
—¿Nerviosa?
—Mucho.
—Eso me tranquiliza.
—Qué amable.
—La gente que no se pone nerviosa al asumir poder suele ser la que más debería preocuparse.
Clara salió con una copia en el bolso y una mezcla de orgullo y náusea.
El equipo todavía no lo sabía. A las cinco, Hugo reunió a todos y anunció el nombramiento provisional.
Hubo aplausos sinceros, dos abrazos, tres bromas sobre la supervivencia del departamento y una mirada que Clara no supo interpretar. Todo normal. Todo importante.
La mirada era de Marta, directora de arte con más años en la agencia que Clara y menos paciencia para las ceremonias. Esperó a que los demás se dispersaran y entró en el despacho sin llamar.
—¿Te puedo preguntar algo incómodo?
—Parece que ya has decidido que sí.
—¿La prueba significa que dentro de un mes podríamos tener otra dirección?
—Sí.
—¿Y que el equipo hará de experimento mientras tú decides si te gusta tu vida?
Clara acusó el golpe. Podía defender la prueba ante Hugo como una decisión basada en experiencia; vista desde el equipo, también implicaba incertidumbre.
—No quiero que os sintáis así. Durante el mes asumiré el puesto de verdad y las decisiones serán de verdad. Si al final no continúo, dejaré una transición clara.
—Eso no evita que podamos acostumbrarnos a una forma de trabajar y luego cambie.
—No. No puedo evitarlo.
Marta cruzó los brazos.
—Aprecio que no vendas una garantía falsa.
—¿Qué necesitarías para que el mes no sea un caos?
La conversación duró cuarenta minutos. Hablaron de cargas, decisiones pendientes y del temor de Marta a que la dirección provisional pospusiera su promoción.
Clara anotó compromisos concretos y uno que no había previsto: revisar con Hugo el recorrido profesional de Marta con independencia de quién asumiera el puesto.
Cuando se quedó sola, comprendió otra diferencia entre desear un cargo y ejercerlo. Sus dudas no ocurrían en una habitación aislada; afectaban a personas con sus propios planes.
Al día siguiente reunió al equipo.
—No os pido que actuéis como si el mes no fuera provisional—dijo—. Os pido que me digáis qué necesitáis para trabajar bien mientras lo sea. Y no voy a usar la urgencia de la prueba para aplazar conversaciones que ya os corresponden.
Hubo preguntas prácticas, alguna incómoda y varias ideas mejores que las suyas. Al terminar, Dani levantó la mano.
—¿El formulario filosófico de urgencias ya está disponible?
—En cuanto legal lo apruebe.
La risa alivió la sala, pero Clara salió sabiendo que la prueba ya no era solo una exploración personal. Tendría que hacerla bien también por ellos.
Por la noche llamó a Gabriel desde la cocina de su piso.
—Empiezo el lunes.
—Enhorabuena.
—Es provisional.
—Enhorabuena provisional.
—Eso suena a que me felicitas con derecho a devolución.
—Intento respetar los términos del contrato.
Clara abrió la nevera. Había medio limón, yogures y un tarro de aceitunas de Rosario.
—No podré ir este fin de semana. Quiero preparar el arranque.
—De acuerdo.
—Y quizá el siguiente haya una presentación el sábado.
—Entonces ya veremos.
El silencio que siguió no era frío, pero Clara quiso llenarlo.
—Puedes venir tú.
—Podría. Este sábado tengo que revisar el riego de los pistachos y el domingo he quedado con mi padre para arreglar el motocultor.
—Claro.
—Clara.
—¿Qué?
—No estoy castigándote por trabajar.
Ella cerró la nevera.
—No he dicho eso.
—Lo has pensado con volumen.
Era su propia frase, devuelta sin crueldad. Clara apoyó la frente en la puerta fría.
—Tengo miedo de que un mes sea suficiente para que todo cambie.
—Todo cambia aunque nos quedemos quietos.
—Otro eslogan de la asociación de agricultores filósofos.
—Este viene en los sacos de abono.
Clara sonrió.
—¿Y si descubro que me encanta el puesto?
—Lo celebramos.
—¿Y si eso significa vernos menos?
—Entonces hablaremos de cómo vernos. No vamos a sufrir por adelantado para ahorrar tiempo después.
Ella se sentó a la mesa.
—A veces tu sensatez resulta muy poco romántica.
—Puedo salir al campo bajo tu ventana con una guitarra, pero vivo a tres horas y no sé tocarla.
—Gracias por evitarlo.
—No tienes que pedir perdón por probar una vida que te has ganado.
—Lo sé.
—No parece.
Hablaron de asuntos pequeños durante veinte minutos: la avería del riego, el nuevo escaparate de La Espiga, Nora y su negativa a abandonar el disfraz de pistacho. Cuando colgaron, Clara no se sintió menos asustada, pero el miedo había recuperado un tamaño que cabía dentro de ella.
El sábado se quedó en Madrid. Preparó el plan del departamento, revisó perfiles y ordenó el piso. A las seis, mientras guardaba álbumes ilustrados en una estantería, encontró la llave de Gabriel junto a la de su casa. Las sostuvo en la palma. Ninguna cancelaba la otra.
Irene llegó con comida tailandesa y una botella de vino.
—He venido a celebrar tu coronación temporal.
—No hay corona. Hay hojas de cálculo.
—Todas las monarquías acaban así.
Comieron en el suelo porque la mesa estaba cubierta de papeles. Clara explicó el plan. Irene la escuchó sin interrumpir hasta que terminó.
—Te brillan los ojos —dijo.
—¿Ves? Eso demuestra que tengo que aceptar.
—Te brillan cuando hablas del reto. También te brillan cuando cuentas que un niño ha sugerido un monstruo que come billetes.
—Era una idea terrible.
—Pero te sabes todos los detalles.
Clara bebió un poco de vino.
—No quiero que Gabriel sea la razón por la que diga que no.
—No lo será.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando hablas de mudarte allí no dices “quiero estar con Gabriel”. Dices “quiero escribir”, “quiero abrir la ventana”, “quiero conocer a la gente que me vende el pan”. Él está en la vida que imaginas, pero no es toda la vida.
—Eso suena poco romántico.
—Al contrario. Es la única manera sana de querer a alguien: no convertirlo en una oficina de empleo y empadronamiento.
El domingo, Clara imprimió el calendario de los treinta días y lo pegó en la pared. Marcó reuniones, entregas, dos viajes y la segunda lectura en el colegio de Valdeazahar, prevista para el último viernes del mes. Había prometido a los niños llevarles la nueva versión del erizo.
La miró como se mira una cita médica: con respeto y una esperanza cautelosa.
El lunes, llegó a la agencia antes que nadie. Entró en el despacho de cristal, dejó la libreta verde en el cajón superior y encendió el ordenador.
La puerta se cerró sin ruido.
El mes empezó.