La muchacha no tiene pueblo Capítulo 37. La habitación de los logros
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Capítulo 37. La habitación de los logros

La habitación de los logros

Los premios estaban en una sala que ya nadie llamaba sala de premios.

En el plano de la agencia figuraba como Archivo B, y en la práctica servía para guardar muestras antiguas, paneles de campañas, dos impresoras jubiladas y las cajas de los galardones que Brújula & Co.

había ido acumulando durante veinte años.

Algunos seguían expuestos en una estantería.

Otros dormían envueltos en plástico de burbujas, víctimas de una reforma minimalista que había decidido que presumir demasiado era menos elegante que presumir lo justo.

Era su primer premio importante.

Recordó la noche de la entrega: el vestido prestado por Irene, los zapatos que le hicieron ampollas, el mensaje de sus padres con seis signos de admiración.

Tenía veintisiete años y había llamado desde el baño a su madre porque no quería llorar delante de sus compañeros.

Durante meses había trabajado en aquella campaña con una ferocidad alegre.

Había aprendido a defender ideas, a ceder cuando otro tenía razón y a convertir un presupuesto modesto en algo que la gente recordara.

No todo había sido una equivocación.

Sacó el trofeo de la estantería. Había una capa fina de polvo en el borde.

—Sabía que alguien acabaría echándolos de menos —dijo una voz a su espalda.

Clara se volvió. Beatriz Luján estaba en la puerta, con el pelo completamente blanco y unas gafas rojas que seguían pareciendo una declaración de principios.

Había sido directora creativa de la agencia cuando Clara entró como redactora júnior.

Se jubiló dos años atrás, aunque continuaba colaborando con algunos clientes y aparecía de vez en cuando, casi siempre cuando alguien necesitaba una opinión que no pudiera suavizarse en una reunión.

—Buscaba una campaña antigua —dijo Clara.

—Y has encontrado tu juventud.

—Tampoco hace tanto.

—Eso decimos todos hasta que la gente que nació cuando empezamos a trabajar se incorpora como becaria.

Beatriz entró y examinó la pieza que Clara sostenía.

—Fue una buena campaña.

—Tú nos hiciste cambiarla entera tres días antes de presentarla.

—Entonces fue una campaña buena gracias a mí.

Clara se rio. Beatriz apartó una caja de una silla y se sentó.

—Hugo me ha dicho que te ha ofrecido la dirección.

—¿Y también que he pedido probarla un mes?

—Eso me lo ha contado con el tono con el que los hombres cuentan que una mujer ha tenido una idea que no se les ocurrió primero.

—Ha aceptado estudiarlo.

—Aceptará. Te necesita.

Clara dejó el premio en su sitio.

—No sé si lo quiero.

Beatriz no frunció el ceño ni abrió mucho los ojos. Solo cruzó las piernas.

—¿El puesto o el trabajo?

—Pensaba que eran lo mismo.

—Nunca lo son. Hay gente que quiere el trabajo y odia el puesto. Gente que quiere el puesto y no soporta trabajar. Los segundos suelen llegar más lejos.

—Eso es deprimente.

—A mi edad una puede permitirse que algunas observaciones lo sean.

Clara se apoyó en una mesa. Le contó lo de Valdeazahar, aunque Beatriz ya sabía algo por Hugo.

Le habló de Gabriel, de la biblioteca, del cuento enviado a la editorial y de las dos llaves que seguían juntas en su llavero.

Mientras hablaba, oyó lo fácilmente que su vida podía convertirse en una historia con dos caminos demasiado claros: ciudad o pueblo, ambición o felicidad, despacho o libreta. Nada era así de sencillo.

—No quiero hacer lo típico —dijo—. No quiero fingir que esta agencia me ha robado la vida. He sido feliz aquí. He hecho cosas de las que estoy orgullosa.

—Me alegro. Sería muy triste haber aguantado tantos años por un canapé de entrega de premios.

—Pero ahora me cuesta respirar algunos días.

—Eso también es verdad.

—¿Cómo sabes cuándo una etapa ha terminado?

Beatriz miró los trofeos.

—No lo sabes. Dejas de esperar una señal y tomas una decisión que convierte algo en final.

Clara caminó hasta una pila de paneles apoyados contra la pared.

Reconoció campañas que habían ocupado años de su vida y apenas segundos en la de quienes las vieron.

Una bebida que se lanzó en pleno invierno, una aseguradora, una colección de ropa cuyo eslogan habían cambiado diecisiete veces.

Recordaba las noches, las bromas privadas, la pizza fría y la satisfacción exacta de ver una idea transformarse en algo real.

—Cuando entré aquí pensaba que llegar a directora sería el final —dijo.

—Los veintitantos tienen una relación muy imaginativa con los finales.

—Tú parecías haber llegado.

Beatriz soltó una carcajada.

—Yo parecía muchas cosas. Tenía dos trajes magníficos, una asistente capaz de impedir que se notara el caos y un miedo atroz a que descubrieran que la mitad de mis decisiones eran apuestas.

—Nunca lo parecía.

—Porque mi trabajo consistía en que no lo pareciera.

Le contó que, después de dejar la dirección, había tardado meses en aprender a presentarse sin mencionar el cargo.

La primera vez que un formulario le pidió profesión, escribió directora creativa , lo tachó y dejó el espacio en blanco.

Ahora asesoraba proyectos culturales, daba clase una tarde a la semana y había vuelto a pintar, algo que abandonó con treinta años porque no era «útil para su carrera».

—No he encontrado una existencia pura —dijo—. Sigo contestando correos a horas absurdas algunos días. Sigo aceptando encargos que luego maldigo. Pero son mis errores actuales, no los que me daba miedo dejar.

—¿Y echas de menos esto?

—A veces. Sobre todo cuando alguien gana un premio y sirve champán bueno. Echar algo de menos no significa que debas volver.

Clara tomó otro trofeo. Pertenecía a una campaña que no era suya. Pesaba más de lo que parecía.

—Me preocupa convertirme en esa mujer que un día tomó una decisión valiente y pasa el resto de su vida explicándola.

—Entonces no la expliques tanto. Vive después.

Beatriz abrió una caja y sacó un marco pequeño. Dentro había una fotografía del equipo de aquella campaña de 2018. Clara estaba en una esquina, joven, despeinada y exultante.

—Yo dejé la dirección más tarde de lo que necesitaba — dijo—. No me arrepiento de haber llegado ni de haber trabajado tanto. Solo comprendí que haber querido una cosa no me obligaba a quererla para siempre.

Le tendió la fotografía.

—Llévatela.

—Es de la agencia.

—La hice yo. Y si alguien protesta, dile que me denuncie. Echo de menos discutir.

Clara sostuvo el marco.

—¿Crees que debería aceptar?

—Creo que deberías dejar de pedir a gente que te conoce a medias que te dé una respuesta entera.

—Me da miedo decepcionar a esa Clara. Pensaba que llegar a directora era la meta.

Beatriz señaló el despacho vacío al otro lado del archivo.

—Esa mujer trabajó para darte opciones, no para quitártelas. No la conviertas ahora en una jefa insoportable.

Clara volvió a mirar la fotografía. Le debía a su yo más joven gratitud, no obediencia.

Beatriz señaló la puerta.

—Y saca de aquí el anuncio que venías buscando. Si Hugo descubre que hemos tenido una conversación humana en horario laboral, nos facturará la sala.

—Eso sí lo echaba de menos.

—No es cierto. Nadie echa de menos que le digan la verdad antes de comer.

Al salir del archivo, Clara colocó la foto sobre su mesa. Irene le envió un mensaje preguntando si había avanzado en «la auditoría existencial». Gabriel mandó una imagen del cuaderno de campo abierto junto a un sensor de humedad. Hugo convocó una reunión para cerrar las condiciones de la prueba.

Clara miró a la joven de la fotografía. No quería salvarla ni demostrar que se había equivocado. Quería darle las gracias.

Aquella muchacha había trabajado para llegar hasta allí.

La mujer que era ahora tendría que decidir adónde ir después.