Capítulo 36. Dos lunes
Dos lunes
El lunes de Madrid empezó a las seis y cuarenta y cinco, con el móvil vibrando sobre la mesilla y una mandíbula que Clara había apretado durante toda la noche.
A las siete y veinte bebía café de pie en la cocina.
A las ocho y diez estaba dentro de un taxi detenido en la calle de José Abascal, viendo cómo el tiempo estimado de llegada aumentaba en la pantalla.
A las ocho y treinta y siete contestó tres correos con el portátil apoyado sobre las rodillas.
A las ocho y cuarenta y nueve entró en la agencia sonriendo como si no hubiera corrido los últimos cien metros.
—Buenos días —dijo Hugo, que coincidió con ella en el ascensor.
—Estupendos.
—Tienes cara de haber dormido poco.
—Es mi cara de liderazgo.
Hugo soltó una risa breve. Llevaba la chaqueta doblada sobre el brazo y dos vasos de café.
—El cliente ha adelantado la reunión a las nueve.
—Por supuesto.
—¿Puedes?
Clara miró las puertas cerradas del ascensor, donde se reflejaba una mujer bien vestida, competente y ligeramente sin oxígeno.
—Sí.
Y pudo.
Entró en la sala, reorganizó una presentación que todavía no había visto y salvó el concepto cuando el cliente decidió que quería algo «más exclusivo, pero inclusivo; más joven, sin perder al público maduro».
Clara convirtió la contradicción en una idea.
Hizo reír a la mesa. Dio instrucciones claras al equipo. A las once, Hugo le dijo en voz baja:
—Por esto te he hecho la oferta.
El orgullo le calentó el pecho. Era real. Lo había ganado.
A las doce y cuarto no recordaba si había desayunado. A las dos comió media ensalada delante del ordenador. A las cuatro encontró un mensaje de Gabriel enviado a las diez: una foto de dos almendras sobre el salpicadero del tractor y una frase: Reunión de socios. Ninguno aporta capital.
Clara sonrió y empezó a responder. Entró una llamada. A las siete, el mensaje seguía sin enviar.
El otro lunes empezó a las siete y media, sin alarma.
La luz entraba por las contraventanas de la casa de Gabriel. Afuera pasó una furgoneta y alguien saludó a alguien por su nombre. Clara permaneció unos minutos boca arriba, escuchando un silencio que no estaba vacío: pájaros, una persiana, los pasos de Gabriel en la cocina.
—¿Café? —preguntó él cuando ella apareció.
—Por vía intravenosa.
—Aquí no tenemos esos adelantos de la capital.
Desayunó sentada. Abrió el portátil a las ocho y media en la mesa junto a la ventana. A las nueve tuvo una reunión con el equipo de Madrid; la conexión no falló, pero un tractor pitó en la calle en el momento exacto en que Clara dijo «necesitamos una entrada con impacto».
—Parece que ya la tienes —comentó un compañero.
Ella se rio y continuó.
A las once salió a estirar las piernas. Tardó nueve minutos en llegar a La Espiga porque Merce insistió en que probara un pan de semillas y Pili necesitó que le leyera un mensaje del ayuntamiento, no porque no supiera leerlo, sino porque «Lucía redacta como si cobrara por palabra administrativa».
De regreso, Clara resolvió una propuesta, revisó presupuestos y rechazó con argumentos una idea que no funcionaba. No hizo menos trabajo. Lo hizo sin sentir que alguien iba apretando una cuerda invisible alrededor del día.
A las dos cerró el portátil y comió con Gabriel en el huerto: tortilla fría, tomates y melón bajo una sombra de cañizo. Él tenía tierra en los antebrazos y una llamada pendiente con la cooperativa. Ella llevaba un vestido ligero y todavía pensaba en una frase de campaña.
—No pareces de vacaciones —dijo Gabriel.
—No lo estoy.
—Ya. A veces la gente cree que si trabajas mirando un árbol, el árbol hace la mitad.
—Ojalá. Este olivo no ha contestado un solo correo.
Gabriel le dio un trozo de pan.
—Está sindicalizado.
El lunes de Madrid terminó a las diez y veinte de la noche.
Hugo se había marchado a las nueve, después de recordarle que no necesitaba quedarse.
Clara sí necesitaba, porque había prometido una revisión para primera hora y todavía quedaban veintisiete diapositivas.
Cuando salió, la recepción estaba a oscuras.
Compró comida preparada en un supermercado a punto de cerrar y llegó a casa con una presión familiar detrás de los ojos.
En el salón perfecto de Chamberí, dejó el bolso en el suelo y vio la libreta verde sobre la mesa. No la abrió.
El lunes de Valdeazahar terminó a las diez y veinte de la noche.
Clara había trabajado otra hora por la tarde y luego se acercó a la tienda de Amalia a recoger un paquete. Pasó por la biblioteca, donde Elena le guardaba un álbum recién llegado. Cenó con Gabriel en la plaza. Después caminó sola hasta casa, se duchó y se sentó junto a la ventana con la libreta.
Escribió una página mala y media buena.
Los dos lunes tenían obligaciones. En ambos había decisiones, cansancio, gente que esperaba cosas de ella.
Madrid no era una cárcel ni Valdeazahar un balneario con tomates.
En el pueblo también había facturas, problemas de agua, reuniones que se alargaban y mañanas que empezaban antes que el sol.
Gabriel llevaba dos semanas preocupado por una avería en el sistema de riego y no se había vuelto más poético por ello.
Pero los días no le pedían el mismo precio.
El martes siguiente, ya en Madrid, Clara dibujó dos columnas en una hoja durante una reunión. En una escribió LO QUE GANO . En la otra, LO QUE CUESTA .
El sueldo fue a la izquierda. También el equipo, el reconocimiento, las campañas grandes, el aprendizaje y el placer de ser buena en algo difícil.
A la derecha apuntó las horas, el sueño, la disponibilidad, los viajes y la libreta cerrada.
Se quedó mirando la palabra prestigio sin saber en qué columna ponerla.
Esa noche llevó la hoja a casa de Irene. Su amiga cocinaba una tortilla francesa con más queso del necesario y escuchó la explicación completa sin mirar las columnas hasta que Clara terminó.
—Falta una tercera —dijo.
—No hay tercera. El objetivo es comparar.
—El objetivo es torturarte con material de oficina. —Irene puso la tortilla en un plato y escribió en el margen—. LO QUE PUEDO CAMBIAR.
—Eso estropea el diseño.
—Sobrevivirás.
En la nueva columna apuntó: negociar, delegar, trabajar por proyectos, vivir parte del tiempo fuera, reducir gastos, intentar publicar, buscar otros clientes.
—No todo depende de ti —dijo Clara.
—Por supuesto que no. Pero has dibujado dos cajas como si una contuviera Madrid y otra Valdeazahar, y tuvieras que meterte entera en una. Las vidas reales caben fatal en una plantilla.
—¿Desde cuándo eres tan sabia?
—Desde que ceno queso fundido directamente de la sartén. Da perspectiva.
Clara observó la tercera columna. Algunas opciones serían rechazadas. Otras no darían suficiente dinero. Pero la mera existencia de alternativas redujo la violencia de la elección.
—¿Y dónde pongo el prestigio? —preguntó.
Irene tomó el bolígrafo y lo escribió en las tres columnas.
—Puede darte cosas, puede costarte cosas y puedes cambiar lo que significa.
—Eso es hacer trampa.
—Eso es no dejar que un sustantivo abstracto te dirija la vida.
Al día siguiente, Clara llevó la hoja doblada a la reunión. Antes de que Hugo se acercara, añadió en la tercera columna una opción más: probar .
—¿Clara? —dijo Hugo desde el otro extremo de la mesa.
Ella levantó la cabeza.
—Perdona.
—¿Qué opinas de la propuesta?
Clara miró la pantalla. La respuesta profesional apareció de inmediato, precisa y útil. Durante veinte minutos volvió a ser la mujer que resolvía campañas imposibles. Disfrutó haciéndolo.
Al terminar, Hugo se acercó.
—¿Has tomado una decisión?
—Todavía no.
—Necesitamos saberlo pronto.
—Lo sé.
—No quiero presionarte, pero la reestructuración no puede esperar indefinidamente.
Clara dobló la hoja de las tres columnas.
—¿Podría hacerte una propuesta antes de responder?
Hugo la estudió con interés.
—Claro.
—Quiero probar el puesto.
—¿Probarlo?
—Un mes. Con todas las responsabilidades, no una versión decorativa. Quiero saber qué estoy aceptando y que vosotros sepáis si realmente soy la persona adecuada.
Hugo no respondió en seguida. A través del cristal, la agencia se extendía luminosa, llena de personas trabajando en ideas que al día siguiente podían acabar en una pantalla de medio país.
—Nunca me habían pedido un periodo de prueba para un ascenso —dijo al fin.
—Siempre decimos que tomamos decisiones basadas en datos.
—Eso se lo decimos a los clientes.
—Podríamos empezar a creérnoslo.
Hugo sonrió despacio.
—Prepara las condiciones.
Clara guardó la hoja en la libreta verde. Aún no había elegido entre sus dos lunes.
Pero acababa de decidir vivir los dos con los ojos abiertos.