Capítulo 35. El cuento que volvió con notas
El cuento que volvió con notas
El correo ocupaba cuatro párrafos.
Clara consiguió leer los dos primeros en la plaza, bajo una luz que cambiaba de color al ritmo de la orquesta y con Nora preguntándole si los pistachos tenían hora de acostarse. Después guardó el móvil, esperó hasta llegar a casa y lo abrió otra vez sentada en el borde de la cama.
La editorial agradecía el envío. El texto tenía «una voz cálida y una premisa con posibilidades».
Les interesaba valorarlo de nuevo si estaba dispuesta a precisar la motivación del erizo, condensar dos balcones, dar mayor protagonismo a la urraca y encontrar un final «menos explicativo y más visual».
No era un rechazo.
Clara lo leyó como uno.
—Quieren que cambie todo —dijo.
Gabriel, apoyado en el marco de la puerta, se tomó unos segundos.
—¿Todo?
—La motivación, dos balcones, la urraca y el final.
—Eso son cuatro cosas.
—Son las cuatro cosas que hay.
—También hay un erizo.
Clara lo miró con poca paciencia.
—No hagas chistes.
—No era un chiste. Intentaba entender el tamaño del desastre.
—No hay ningún desastre. Simplemente no les ha gustado.
—Dicen que quieren volver a leerlo.
—Es una manera educada de decir que no está listo.
—Probablemente no está listo.
La frase cayó mal porque era cierta. Clara cerró el portátil con más fuerza de la necesaria.
—Gracias por el apoyo.
Gabriel no se ofendió ni se acercó a consolarla sin permiso. Se sentó en la silla frente a la cama.
—Te apoyo a ti. Eso no significa que tenga que pensar que cada palabra que escribes nació perfecta.
—En la agencia esperan perfección.
—En la agencia revisáis hasta el tamaño de una coma.
—Eso es diferente.
—Porque no te duele igual.
Clara apartó la mirada. En la mesilla estaba la sandalia reparada por Mateo, absurda y resistente. Le pareció una metáfora demasiado evidente y decidió odiarla también.
—Voy a dormir.
Gabriel se levantó.
—De acuerdo. Si quieres que mañana lo lea contigo, lo haré. Y si quieres enfadarte sola, también.
—No estoy enfadada.
—Entonces estás diciendo esa frase con mucho talento interpretativo.
A la mañana siguiente, Clara se despertó temprano, con la resaca peculiar de quien no ha bebido lo suficiente para justificar su mal humor. Gabriel ya estaba en la finca. Había dejado café hecho y una nota junto a la taza: El erizo sigue teniendo portal. Solo necesita obras.
Clara sonrió contra su voluntad.
Guardó el correo en una carpeta llamada REVISAR, escrita en mayúsculas como si eso pudiera mantenerlo bajo control, y fue a la biblioteca. Elena preparaba una mesa con cartulinas para una actividad de fiestas.
—Tengo un rechazo —anunció Clara.
Elena alzó la vista.
—¿Qué dicen?
Clara le tendió el móvil. La bibliotecaria leyó el mensaje entero y se quitó las gafas.
—Esto no es un rechazo.
—Gabriel dice lo mismo.
—Gabriel me cae mejor cada día.
—Quieren que cambie el cuento.
—Eso se llama editar.
—Ya sé cómo se llama.
—No parece.
Elena le devolvió el teléfono y señaló una silla.
—Siéntate. Te voy a contar algo que humillará mucho mi imagen pública.
—¿Lees novela erótica con las cubiertas forradas?
—Eso no humillaría mi imagen; la haría más interesante. Hace quince años presenté un proyecto para convertir esta biblioteca en lo que es ahora. Me lo devolvieron con treinta y siete observaciones.
—¿Las contaste?
—Las numeraron. Había una sobre el tipo de bisagras del aseo. Lloré dos días, llamé ignorantes a personas que sabían bastante más que yo de accesibilidad y después lo revisé. Algunas notas eran inútiles. Otras mejoraron el proyecto. Aprender a distinguirlas fue parte del trabajo.
Clara pasó un dedo por el borde de la mesa.
—En publicidad reviso cosas todo el tiempo.
—Porque no confundes el anuncio contigo.
La puerta se abrió y entraron Nora, Yago, Salma y Leo, seguidos por Raquel. Venían a preparar los adornos del rincón infantil. Nora dejó sobre la mesa una caja de rotuladores.
—¿Cuándo vas a leer el cuento nuevo?
Clara miró a Elena. Elena no dijo nada, pero su ceja izquierda hizo un trabajo bastante expresivo.
—El cuento viejo necesita algunos cambios.
—¿Por qué? —preguntó Salma.
—Porque una editorial cree que puede ser mejor.
Leo se encogió de hombros.
—Pues lo cambias.
—Gracias, Leo. Tu método creativo es muy sofisticado.
—Yo cambio mis redacciones cuando Raquel me pone que están mal.
—Yo nunca pongo “mal” —protestó la maestra—. Pongo “podemos mejorar”.
—Es lo mismo con bolígrafo verde.
Yago quiso saber qué cambios pedían. Clara se lo explicó, al principio de forma vaga y después con el cuento abierto sobre la mesa. Les leyó dos escenas en las que el macetero cambiaba de balcón. La editorial proponía fundirlas porque repetían la misma búsqueda de refugio.
—Yo lo mandaría a una estación abandonada —dijo Yago—. Podría vivir allí un monstruo que solo come billetes.
—No vamos a añadir un monstruo fiscal —dijo Clara.
—¿Y si allí vive una zorra? —preguntó Nora—. Entonces no repite, porque conoce a alguien.
Clara miró el texto.
—Eso... podría funcionar.
Salma levantó la mano aunque nadie se lo había pedido.
—¿Por qué el erizo quiere una casa?
—Porque no tiene.
—Pero ¿para qué la quiere?
—Para vivir.
—¿Solo?
La pregunta la dejó quieta. En su versión, el erizo acababa aceptando una casita vacía porque tenía una puerta baja y espacio para sus cosas. Era una imagen bonita. También era, de pronto, insuficiente.
—A lo mejor no quiere estar solo —dijo Nora.
—O quiere invitar a la zorra —añadió Salma.
—O guardar piedras —propuso Yago—. Las buenas, no todas.
Leo tomó un lápiz.
—Al final no deberías decir que ha encontrado un hogar. Se debería ver.
Clara lo miró.
—¿Tú has escrito el informe editorial?
—No sé qué es eso.
—Me quedo más tranquila.
Durante una hora llenaron folios de posibilidades. Algunas incluían dragones, dos eran físicamente imposibles y una convertía a la zorra en alcaldesa. Pero entre todas aparecieron imágenes que Clara no había visto porque estaba demasiado ocupada protegiendo lo que ya había escrito.
Raquel propuso que cada niño dibujara cómo imaginaba el último lugar al que llegaba el erizo.
Clara repartió hojas y observó. Nora dibujó una casa diminuta junto a la estación.
Salma añadió una puerta roja y una mesa con seis platos, aunque en la nueva idea solo aparecían dos personajes.
Yago convirtió la puerta en la boca de una criatura amistosa.
Leo no dibujó ninguna casa: trazó un banco bajo una farola, con el erizo dormido y la zorra sentada a su lado.
—¿Por qué no tiene puerta? —preguntó Clara.
—Porque todavía no la han encontrado —dijo Leo—. Pero ya no está buscando solo.
Clara sostuvo el dibujo. Era mejor que el final que ella había escrito y también mejor, de otra manera, que el que estaba empezando a imaginar. No podía copiarlo. Sí podía comprender qué emoción contenía.
—¿Puedo quedármelo?
Leo encogió un hombro.
—Si pones mi nombre detrás.
Clara obedeció.
Después hablaron de la zorra recién llegada al cuento. Nora defendió que no debía volverse simpática de repente.
—Si al principio no quiere hablar con él, al final no puede decir “eres mi mejor amigo” —razonó—. Queda falso.
—¿Qué podría hacer entonces?
—Dejarle sitio.
Clara anotó esas tres palabras. Dejarle sitio. En la agencia, una observación así habría acabado subrayada en una diapositiva y atribuida a un grupo de discusión. Allí venía de una niña con restos de pegamento en el flequillo.
Cuando terminaron, Clara guardó los dibujos dentro del cuaderno nuevo. No todas las ideas entrarían en el cuento, pero todas habían abierto una ventana.
Cuando los niños se fueron, Elena colocó delante de ella un cuaderno nuevo.
—¿Qué es esto?
—Un préstamo no catalogado.
—Tengo mi libreta verde.
—Esa es para las ideas. Esta es para las versiones que no funcionen. Hay que darles un sitio digno, para no creer que son tiempo perdido.
Clara abrió el cuaderno. Las páginas en blanco ya no parecían un examen, sino espacio.
Por la tarde, Gabriel la encontró escribiendo en una mesa de La Parada. Tomás le había llevado café sin preguntar y también un vaso de agua «para que la creatividad no se deshidrate». Había tachones, flechas y tres versiones distintas de la misma escena.
—¿Puedo acercarme o sigue vigente el perímetro de seguridad? —preguntó Gabriel.
Clara giró la pantalla hacia él.
—Ahora la zorra vive en la estación.
—Siempre me pareció una mujer con recursos.
—Y el erizo no quiere una casa porque las casas tengan puertas. Quiere un lugar donde alguien sepa que ha llegado.
Gabriel leyó el párrafo nuevo. Esta vez no hizo ningún comentario inmediato. Apoyó una mano en el respaldo de la silla de Clara.
—Ahora entiendo por qué la busca.
—Yo también.
—¿Sigues pensando que no les gustó?
Clara miró el correo otra vez. Seguía doliéndole que el cuento no hubiera sido recibido con una ovación instantánea. Pero debajo del dolor había algo más útil: ganas de arreglarlo.
—Creo que lo vieron lo bastante bien como para imaginarlo mejor.
Gabriel le besó el pelo.
—Eso suena menos dramático.
—No te acostumbres.
Clara volvió al principio del cuento y borró la primera frase. La contempló desaparecer sin sentir que desaparecía con ella.
Luego escribió otra.