Capítulo 34. Bailar con zapatos equivocados
Bailar con zapatos equivocados
Nora llevaba medias verdes, una falda marrón hecha con dos capas de fieltro y un tocado que la hacía parecer, según ella, «un pistacho realista pero elegante».
Clara tardó cuarenta minutos en sujetar la cáscara de cartón a sus hombros y dos minutos en comprender que ninguna campaña de lujo la había preparado para aquello.
—Me aprieta aquí —dijo Nora, señalándose la barbilla.
—Ahí no hay nada.
—Me aprieta por dentro.
—Eso se llama incomodidad conceptual.
—¿Puedes quitármela?
Rosario, sentada junto a la ventana, se tapó la boca para disimular la risa.
—Clara, no negocies con una niña vestida de fruto seco. Nunca ganas.
Gabriel se asomó a la puerta con un sombrero de paja.
—¿Está lista la cosecha?
—Padrino, no soy una cosecha. Soy un producto local.
—Perdón.
La mañana pasó entre el desfile, el pregón y una procesión breve que mezcló solemnidad, reencuentros familiares y niños incapaces de caminar al mismo ritmo.
Clara observó desde un lateral cómo el pueblo se acomodaba alrededor de sus tradiciones sin convertirlas en un decorado.
Algunos seguían la imagen de san Bartolomé; otros esperaban a la sombra y saludaban a sus primos.
Lucía avanzaba pendiente de que la banda tuviera agua.
Tomás había cerrado el bar veinte minutos, un sacrificio del que dejó constancia ante todos.
Después hubo paella en el polideportivo. Clara comió al lado de Irene, que había llegado desde Madrid a mediodía con una maleta pequeña y tres vestidos «por si el concepto de verbena exigía opciones».
—¿Has leído el contrato? —preguntó Irene.
—Dos veces y media.
—¿Qué pasó en la media?
—Un cohete ilegal.
—El campo tiene unas técnicas de negociación muy agresivas.
Clara removió el arroz con el tenedor.
—Es una oferta buenísima.
—Lo sé.
—Y si la rechazo, quizá dentro de cinco años piense que me asusté cuando por fin tenía lo que llevaba buscando desde los veinticuatro.
Irene bebió un poco de agua antes de responder.
—¿Lo llevas buscando o llevas caminando en esa dirección porque ya estabas en esa carretera?
—No me hagas preguntas de taza motivacional.
—Perdona. —Irene miró hacia Gabriel, que ayudaba a Julián a mover una mesa—. ¿Está bueno el agricultor?
Clara soltó una carcajada.
—Mucho mejor. Gracias.
—Para eso he venido.
Por la noche, la plaza estaba tan llena que parecía haberse encogido.
Las guirnaldas dibujaban franjas de luz sobre las fachadas, la orquesta llevaba chaquetas blancas y Tomás servía bebidas con dos camareros de refuerzo que, según él, eran «jóvenes sin miedo al desastre».
Las mesas se habían multiplicado. En una esquina, Mateo supervisaba una fila de bicicletas como si fueran vehículos oficiales.
Clara había elegido unas sandalias de tacón fino color cobre. Eran preciosas, combinaban con su vestido azul y empezaron a torturarla antes de la segunda canción.
—No digas nada —le advirtió a Gabriel.
Él bajó la mirada hacia sus pies.
—No he dicho nada.
—Lo has pensado con volumen.
—Te ofrecí venir andando.
—Son tres calles.
—Precisamente.
La orquesta arrancó con un pasodoble. Gabriel extendió una mano.
—Ven.
—No sé bailar esto.
—Yo sí.
Clara lo miró con desconfianza.
—¿Qué significa “sé bailar” en tu caso?
—Significa que mi madre me llevó a clases cuando tenía quince años porque decía que un hombre que pisa terrones ya pisa bastantes cosas.
No tuvo tiempo de procesar la imagen de Gabriel adolescente en una academia de baile.
Él la condujo hacia el espacio que se abría delante del escenario, le puso una mano en la espalda y empezó a moverse con una seguridad suave, sin exhibirse.
Clara dio un paso tarde, otro demasiado largo y después encontró el ritmo porque él no intentó arrastrarla, solo dejó claro dónde estaría.
—No puede ser —dijo ella.
—¿Qué?
—Cocinas, lees, distingues un albaricoquero a veinte metros y bailas.
—También sé hacer la declaración trimestral.
—Para. Hay niños delante.
Irene los grababa con el móvil desde una mesa. Rosario aplaudía. Lucía bailaba con su hija. Hasta Tomás marcaba el compás detrás de la barra con una seriedad que lo hacía más cómico.
Durante tres minutos, el contrato no existió.
Después del pasodoble, la orquesta enlazó una rumba y el círculo de baile se ensanchó.
Carmen arrastró a Aurelio hasta el centro.
Él alegó una lesión antigua que cambiaba de rodilla según quién preguntara; ella le respondió que llevaba usando aquella excusa desde 1986.
Bailaron sin elegancia y con una coordinación fabricada por décadas de saber hacia dónde se movería el otro.
Irene dejó de grabar y se unió a ellos. A los cinco minutos ya conocía una coreografía que las mujeres del pueblo parecían recordar de alguna fiesta anterior. Clara intentó seguirla.
—¡A la derecha! —gritó Pili.
—¿Mi derecha o la correcta? —preguntó Clara.
—¡La que lleve todo el mundo!
Nora, todavía con las medias verdes del disfraz, corrigió sus brazos desde la primera fila.
Tomás apagó durante un momento las luces de la terraza para que destacaran los farolillos, y la plaza quedó cubierta de puntos rojos, amarillos y azules.
Clara pensó que, en una campaña, habría pedido eliminar la mitad de los elementos. Allí, el exceso era la composición.
Cuando la canción terminó, Aurelio apoyó las manos en las rodillas.
—La orquesta corre —dijo.
—La orquesta mantiene el ritmo —contestó Carmen.
—Eso, para nuestra edad, es correr.
Gabriel le ofreció a Clara un vaso de agua.
—Aún puedes cambiarte de zapatos.
—Estos han sobrevivido de pie a toda una boda.
—En las bodas la gente se sienta para comer.
—No necesito tu lógica ahora mismo.
La necesitaría exactamente siete minutos después.
Clara solo sintió la mano de Gabriel, la música de metales un poco estridente y la plaza girando alrededor. Se equivocó dos veces. Él también una, aunque sostuvo que había sido «una variación regional». Al terminar, la hizo dar una vuelta. Clara apoyó mal el pie y oyó un chasquido.
Quedó seis centímetros más cerca del suelo por el lado derecho.
—No te muevas —dijo Gabriel.
—No pensaba emprender una huida.
El tacón había quedado colgando de una tira. Clara se echó a reír, quizá porque todo el día había estado conteniendo algo y aquella pequeña catástrofe era manejable.
—Mis zapatos cuestan más que una rueda de tractor.
—Eso depende de la rueda —dijo Mateo, que acababa de aparecer con una caja de herramientas.
—¿De dónde ha salido usted?
—A mi edad no se sale de ningún sitio. Se está donde hace falta.
Mateo se sentó en una silla, examinó la sandalia y pidió un alicate. Aurelio aportó cinta aislante. Pili rechazó la cinta por «poco fina» y regresó a los dos minutos con una cinta de raso azul. La reparación congregó a ocho personas y generó tres escuelas de pensamiento.
—Con un tornillo pequeño —propuso Aurelio.
—Es un pie, no una puerta —dijo Carmen.
—El principio mecánico es el mismo.
—Por eso nuestras puertas chirrían.
Mateo envolvió la base con una pieza de goma, fijó el tacón y cubrió el arreglo con el lazo de Pili. Cuando se lo devolvió, la sandalia tenía un adorno azul que no combinaba con nada y parecía capaz de sobrevivir a una guerra.
—No bailes encima de una mesa —aconsejó.
—No estaba en mis planes.
—Entonces te aguantará.
Clara se calzó y dio dos pasos. La pequeña multitud aplaudió. Ella hizo una reverencia.
—En Madrid esto habría requerido cita previa.
—Y factura —añadió Irene.
—Aquí también —dijo Mateo—. Me debes un baile.
La siguiente canción era una versión rápida de una canción de los ochenta.
Mateo resultó bailar casi tan bien como Gabriel, aunque necesitó parar a mitad para recuperar el aliento y acusó a la orquesta de tocar «con demasiada juventud».
Después Clara bailó con Irene, con Nora todavía medio vestida de pistacho y con Rosario.
Al final de la noche tenía los pies doloridos, el pelo pegado a la nuca y una felicidad desordenada que no cabía en ninguna foto bien encuadrada.
Gabriel la llevó hacia un lateral de la plaza cuando la orquesta anunció un descanso. Allí la música quedaba amortiguada por una esquina y las voces se mezclaban con el agua de la fuente.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Mi zapato tiene más ingeniería que mi edificio.
—Preguntaba por lo otro.
Clara apoyó la espalda en la pared. Él no necesitaba nombrar el contrato.
—Estoy bien cuando no pienso.
—No parece un sistema sostenible.
—Lo sé.
Gabriel rozó con el pulgar la marca que le había dejado la sandalia en el tobillo.
—No tienes que resolverlo esta noche.
—¿Y si acepto?
—Estaré orgulloso de ti.
—¿Y si no acepto?
—También.
—Eso no ayuda.
—No intento ayudar a que elijas una opción. Intento ayudarte a que no tengas miedo de ninguna.
Clara lo miró. A pocos metros alguien empezó a cantar antes de que la orquesta retomara la música. Gabriel tenía una brizna seca pegada a la manga de la camisa. Era guapo de una manera que a él le resultaba irrelevante y a ella, en aquel momento, casi irritante.
—Bésame —dijo.
—¿Es una estrategia de evasión?
—Completamente.
—Entonces no sé si debería colaborar.
—Gabriel.
Él sonrió y la besó. Fue un beso lento, visible desde la plaza pero protegido de ella, sin promesa ni despedida.
Clara le pasó los brazos por el cuello y pensó que quizá el amor adulto consistía en eso: en que alguien no te evitara las preguntas y, aun así, se quedara cerca mientras no sabías responderlas.
Cuando volvieron, Irene levantó su copa.
—Se ha aprobado la evasión.
Clara se sentó y sacó el móvil para mirar la hora. Tenía un correo nuevo de una dirección que tardó en reconocer.
Asunto: Manuscrito “El erizo sin portal”. Informe editorial.
La verbena siguió sonando, pero Clara dejó de oírla.