La muchacha no tiene pueblo Capítulo 33. Fiestas de guardar
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Capítulo 33. Fiestas de guardar

Fiestas de guardar

En Valdeazahar, las fiestas patronales empezaban cuatro días antes de que empezaran oficialmente.

Clara lo comprobó al día siguiente de su llegada, cuando intentó cruzar la plaza con el portátil al hombro y tuvo que esquivar un cable, seis sillas, una maceta viajera y a Lucía, la alcaldesa, que avanzaba de espaldas dando instrucciones a dos hombres subidos a una escalera.

—La pancarta está torcida —dijo Lucía.

—La fachada está torcida —respondió uno de los hombres.

—Pues torced la pancarta en sentido contrario y que parezca una decisión artística.

Al verla, Lucía levantó una mano.

—Clara, dime que sabes hacer que esto parezca una fiesta y no la evacuación de un camping.

Clara observó las cajas abiertas, los farolillos todavía sin colgar y una estructura metálica que, según el cartel apoyado junto a ella, sería el escenario de la verbena.

—Puedo mentirte con mucha seguridad, si te ayuda.

—Por eso trabajas en publicidad.

Gabriel apareció detrás de una torre de vallas, con una camiseta gris oscurecida por el sudor y una expresión sospechosamente satisfecha.

—Ha aparecido —anunció, como si Lucía no acabara de hablar con ella.

—Ya lo veo. Tiene mejor pinta que tú.

—Llevo cargando hierros desde las cuatro.

—Ella lleva trabajando desde las ocho.

—Sentada.

Clara le dio un beso rápido y le puso la bolsa del portátil en las manos.

—Cuarenta correos, dos videollamadas y una crisis tipográfica. Si vuelves a decir “sentada”, duermes con los hierros.

Gabriel se colgó la bolsa al hombro.

—Bienvenida a las fiestas.

Lo dijo con esa alegría tranquila que nunca parecía reclamarle nada y, por un momento, el cansancio del viaje se apartó.

A su alrededor, la plaza olía a polvo caliente, pan recién hecho y hojas de albahaca.

Pili regaba las macetas sin mojar los enchufes del escenario, una habilidad que Clara consideraba ya de alta precisión.

Mateo discutía con Aurelio sobre la resistencia de una plataforma.

Tomás sacaba mesas del bar como si llevara toda la vida esperando aquel despliegue.

El móvil vibró dentro del bolso.

Hugo Ferrer: Te envío el contrato revisado. Hablamos el lunes. Disfruta del fin de semana.

Clara miró la notificación un segundo más de lo necesario.

—¿Todo bien? —preguntó Gabriel.

—Sí. El contrato.

Él asintió, sin intentar leer la pantalla ni preguntar qué cláusula la tenía con el estómago encogido.

—¿Quieres ir a casa a verlo?

—Quiero dejar de mirarlo durante, por lo menos, una hora.

Lucía le puso en las manos un rollo de cinta adhesiva.

—Perfecto. Tu hora empieza ahora.

La hora duró tres.

Clara ayudó a colocar los carteles que había diseñado para la semana cultural, corrigió la flecha que enviaba a los visitantes en dirección al consultorio en lugar de al aparcamiento y evitó que el dibujo de un abanico quedara pegado sobre el horario de la procesión.

Nadie le pidió que dirigiera nada, pero todos parecían dar por hecho que sabía dónde quedaban mejor las cosas.

Era una confianza extraña: menos solemne que la de una sala de reuniones y, a la vez, más difícil de fingir.

—¿A qué altura pongo esto? —preguntó Gabriel, sosteniendo una guirnalda.

—Un poco más a la izquierda.

—¿Mi izquierda o tu izquierda?

—La izquierda correcta.

—Ah. La de publicidad.

—Exacto.

Cuando terminaron, la plaza parecía otra sin haber dejado de ser la misma. Los farolillos cruzaban el cielo de fachada a fachada, el escenario esperaba al fondo y las mesas de La Parada ocupaban un territorio que Tomás defendía con la seriedad de un ministro de fronteras.

Antes de poder marcharse, Lucía reunió a quienes estaban cerca para probar el pregón.

No lo daría ella, sino Inés Cifuentes, la médica que había atendido el consultorio durante casi treinta años y que se jubilaba aquel verano.

Inés se resistía a usar micrófono porque aseguraba que había pasado media vida diciendo a la gente que oyera mejor y no pensaba empezar a gritar ahora.

—No es gritar —explicó Clara, ajustando la altura del pie—. Es dejar que llegue su voz.

—Mi voz ha llegado siempre hasta donde tenía que llegar.

—La última fila está junto al bar —dijo Tomás—. Allí no llega ni la Guardia Civil cuando hay partido.

Inés aceptó probar. Leyó las primeras líneas, habló de quienes se fueron, de quienes volvieron y de los niños que crecían en Valdeazahar sin necesitar que nadie los llamara «los últimos».

Clara vio a Lucía escuchar con los brazos cruzados y los ojos brillantes.

No era nostalgia por un pueblo detenido.

Hablaban del comedor escolar que habían conseguido mantener, de la nueva auxiliar del consultorio y de tres familias jóvenes instaladas aquel año.

—El futuro no es que todo se quede igual —leyó Inés—. El futuro es que podamos elegir qué merece seguir.

El micrófono devolvió un pequeño acople. Aurelio aseguró que era culpa del cable; el técnico dijo que era por estar demasiado cerca del altavoz. La emoción se disolvió en instrucciones prácticas, y a Clara le gustó que fuera así.

Lucía se acercó mientras enrollaban los cables.

—No pongas esa frase en redes antes de mañana —pidió—. Quiero que se la oigan a ella.

—Ni se me ocurriría.

—Ya. Pero estoy aprendiendo que comunicar no consiste solo en contar cosas.

—A veces consiste en saber quién debe contarlas.

La alcaldesa asintió y cargó con dos atriles.

Clara pensó en las reuniones de la agencia, donde todos querían ser dueños de la frase más brillante.

Allí, la frase le pertenecía a una mujer que había curado gargantas, medido tensiones y acompañado a medio pueblo.

Nadie necesitaba poner un logotipo más grande debajo.

—Mañana a las nueve, chocolate —anunció Merce desde la puerta de la panadería—. Y quien venga diciendo que está a dieta se queda sin buñuelo y sin conversación.

—Eso es coacción —dijo Clara.

—Eso es tradición.

Esa noche cenaron en casa de Rosario y Julián. Había ensalada de tomate, queso frito, pimientos asados y una tortilla que parecía diseñada para alimentar a una familia durante un invierno nuclear. Rosario preguntó por Madrid sin un solo diminutivo compasivo.

—¿Y el ascenso qué supone exactamente?

—Dirigir una unidad creativa de nueve personas, con cuentas de experiencias y servicios, más sueldo y más reuniones con gente que usa “sinergia” sin ironía.

—Lo del sueldo está bien —dijo Julián.

—Y lo otro también —añadió Gabriel—. Se le da bien.

Clara lo miró. No había doblez en su voz. Ni un “pero”. Ni la insinuación de que aceptar significaría quererlo menos.

—Sí, se me da bien —admitió.

Decirlo en voz alta le produjo orgullo. También miedo.

Rosario cortó otro pedazo de tortilla.

—Entonces tendrás que averiguar si lo que se te da bien es también lo que quieres hacer todos los días.

—Mamá —murmuró Gabriel.

—¿Qué? No he dicho qué tiene que elegir. A mi edad una aprende que dar consejos es explicar a otros cómo cometerían tus errores.

Julián levantó el tenedor.

—Sobre eso hay un refrán.

—Y sobre callarse a tiempo hay tres —dijo Rosario.

Después de cenar, Clara y Gabriel caminaron hasta la plaza. Algunos vecinos habían sacado ya las sillas a las puertas. Los adolescentes probaban el sonido del escenario con una canción que retumbaba más de lo previsto. En el aire quedaba un calor amable y el olor dulzón de las higueras.

—¿Te molesta que haya traído el contrato? —preguntó Clara.

—No.

—Parece que estoy a medias.

—Estás decidiendo una cosa importante. Puedes hacerlo desde donde quieras.

—Incluso desde una verbena.

—Las decisiones mejoran mucho con orquesta.

—Esa teoría no está avalada por nadie.

—Por la Asociación Nacional de Hombres que Bailan Regular.

Clara sonrió, pero al entrar en casa de Gabriel volvió a sentir el teléfono como un peso.

Se sentó en la cama, abrió el correo y descargó el documento.

El título ocupaba una línea neutra: Propuesta de promoción.

Dirección Creativa de Unidad. Debajo, las cifras eran más altas de lo que había imaginado.

Seguro médico ampliado. Bonus anual. Presupuesto de formación.

Un despacho. Responsabilidad sobre nueve personas y presencia mínima de cuatro días semanales durante el primer semestre, revisable después.

Gabriel salió del baño secándose el pelo con una toalla.

—Voy a preparar una infusión. ¿Quieres?

—Sí.

Él no preguntó nada más. Clara leyó el contrato una vez.

Luego otra. En la tercera, dejó de ver palabras y empezó a ver imágenes: el cristal del despacho, su nombre en una puerta, Irene brindando, sus padres diciendo que estaban orgullosos.

También vio una carretera los viernes, el calendario lleno, la libreta verde cerrada y la cara de Nora preguntando cuándo habría otro cuento.

Desde la calle llegó el primer cohete de las fiestas, anticipado y ensordecedor. Clara dio un salto.

Gabriel apareció con dos tazas.

—Ese ha sido Aurelio. Todos los años jura que no ha sido él.

Otro cohete iluminó la ventana.

—¿Y ha sido él?

—Todos los años.

Clara cerró el portátil.

—Mañana no quiero pensar en esto.

Gabriel le ofreció una taza.

—Mañana tienes que ayudar a vestir a Nora para el desfile. Pensar va a ser materialmente imposible.

—¿De qué va disfrazada?

—De pistacho.

Clara parpadeó.

—¿Un pistacho lleva medias verdes o marrones?

—Esa es la clase de crisis que resolvemos aquí.

El móvil volvió a vibrar. Clara lo puso boca abajo sin mirar.

Por primera vez desde que Hugo le había hecho la oferta, la decisión esperó.