La muchacha no tiene pueblo Capítulo 32. Nadie decide en una videollamada
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Capítulo 32. Nadie decide en una videollamada

Nadie decide en una videollamada

Gabriel contestó al tercer tono.

—¿Ha pasado algo?

—No.

—Parecía que te ibas a dormir.

—He cambiado de idea.

Él seguía en el patio, pero ahora había encendido una lámpara. Clara vio un libro abierto sobre la mesa.

—¿Quieres hablar de la oferta? —preguntó.

—Sí.

—Vale.

Clara apoyó el móvil contra una jarra para no sujetarlo. La imagen quedó ligeramente inclinada.

—¿Qué piensas que debería hacer?

Gabriel se tomó un momento.

—Creo que deberías leerlo bien, preguntar lo que necesites y decidir si quieres ese trabajo.

—Eso no es una opinión.

—Sí lo es.

—Es un manual de instrucciones.

—No sé qué quieres que te diga.

—Lo que piensas.

Gabriel cerró el libro.

—Pienso que es una oportunidad importante, que te la mereces y que, si la aceptas, encontraremos la forma de vernos.

—¿Y si la rechazo?

—Entonces espero que sea porque quieres rechazarla.

—Sigues sin contestar.

—Estoy contestando, Clara. Solo que no estoy eligiendo por ti.

Ella se levantó y empezó a caminar por el salón. El móvil la mostró entrando y saliendo del encuadre.

—No te estoy pidiendo que elijas por mí.

—Me has preguntado qué deberías hacer.

—Te estoy preguntando cómo te hace sentir.

—Eso es distinto.

—Pues contesta a eso.

Gabriel bajó la vista. Clara vio que respiraba antes de hablar, no para contener enfado, sino para ordenar las palabras.

—Me alegra que hayan reconocido tu trabajo. Me preocupa que vuelvas a dormir tres horas y a pensar que cuidarte es perder el tiempo. No me gusta la idea de verte menos. Y no quiero que dentro de un año me mires y pienses que renunciaste por mí.

La claridad debería haberla tranquilizado. En cambio, la última frase dolió.

—¿Tan fácil te resulta imaginar que me arrepentiría?

—No he dicho eso.

—Has dicho que podría culparte.

—He dicho que no quiero influir de una manera que luego no podamos deshacer.

—Todo influye, Gabriel. Que no digas lo que quieres también influye.

Él guardó silencio.

Clara sintió que la conversación se desplazaba hacia un lugar peligroso, no porque fuera a romperlos, sino porque podía convertir el miedo en acusación. Se obligó a sentarse.

—Lo siento —dijo—. No quiero pelearme.

—Yo tampoco.

—Pero parece que te da igual que esté aquí o allí.

—No me da igual.

—Entonces ¿por qué eres tan razonable?

Gabriel soltó una risa sin humor.

—No sabía que fuese un defecto.

—Ahora mismo es agotador.

—¿Quieres que te pida que rechaces el ascenso?

Clara abrió la boca y la cerró.

—No.

—¿Que te mudes a Valdeazahar?

—No.

—¿Que te diga que nuestra relación no sobrevivirá si aceptas?

—Claro que no.

—Entonces ayúdame.

La petición, dicha sin dureza, desinfló algo en ella.

—Quiero saber que me quieres aquí —admitió.

Gabriel acercó el rostro a la cámara.

—Te quiero aquí.

Clara bajó los ojos.

—No lo parecía.

—Porque decirte lo que quiero no me da derecho a convertirlo en lo que debes hacer.

Te quiero aquí. Me gusta despertarme contigo, encontrarte escribiendo en la cocina, que Tomás sepa tu café y que mi madre te guarde las magdalenas torcidas.

Cuando no estás, la casa está más vacía. ¿Eso era lo que necesitabas oír?

Las lágrimas llegaron con una rapidez incómoda. Clara se las secó antes de que cayeran.

—Sí.

—Podías habérmelo preguntado así.

—No lo sabía.

—Ya.

—Y tú podías haberlo dicho sin que te lo sacara con un interrogatorio.

Gabriel asintió.

—También.

Se quedaron callados. La imagen se congeló un segundo y Gabriel apareció con los ojos cerrados. Cuando volvió la conexión, ambos se rieron un poco.

—Odio discutir por videollamada —dijo Clara.

—No sabemos si el silencio es emocional o de la compañía telefónica.

—Y estoy apoyada contra una jarra.

—Eso explica el ángulo.

Clara respiró. La conversación no estaba terminada, pero ya no se sentía amenazada por ella.

—Tengo miedo —dijo.

—Yo también.

—Tú nunca pareces tenerlo.

—Porque me ves mucho junto a árboles. Dan una imagen engañosa de estabilidad.

—¿De qué tienes miedo?

Gabriel apoyó los codos en la mesa.

—De que confundas el cansancio de Madrid conmigo. De que vengas aquí porque necesitas huir y luego descubras que yo formaba parte de la huida. De pedirte demasiado pronto algo que todavía estás averiguando.

Clara escuchó sin interrumpir.

—Y también —continuó él— de que aceptes, dejemos de vernos como ahora y un día simplemente ya no sepamos cómo volver. Pero tener miedo de eso no significa que deba impedirte aceptar.

—No sabía que pensaras todas esas cosas.

—Tengo estudios superiores.

Ella se rio entre lágrimas.

—Idiota.

—Decisiones poco acertadas, por favor. Hay niños presentes en espíritu.

Clara se limpió la cara con la manga.

—No voy a decidir esta noche.

—Bien.

—Ni tú vas a decidir por mí.

—Me alegra que hayamos llegado a ese punto revolucionario.

—Pero quiero que me digas lo que deseas aunque no coincida con lo que yo elija.

—De acuerdo.

—Y yo intentaré preguntar lo que necesito sin acusarte de ser demasiado equilibrado.

—Eso me gustaría verlo.

La conversación se suavizó. Hablaron del calendario, no para resolverlo, sino para entenderlo.

Si aceptaba, podría ir al pueblo los jueves por la noche algunas semanas.

Gabriel podía pasar varios días en Madrid fuera de momentos críticos de la finca.

Había trenes, coches y teléfonos. También había cansancio, tres horas de distancia y dos trabajos reales.

No fingieron que sería fácil ni concluyeron que sería imposible.

A medianoche, Clara miró la hora.

—Mañana salgo después de comer.

—No conduzcas si no has dormido.

—Iré en tren. ¿Puedes recogerme?

—Sí.

—Quiero hablar de esto contigo sin estar inclinada quince grados.

—Tu mejor ángulo está un poco más arriba.

—Voy a colgar.

—Espera.

Clara esperó.

—Te quiero aquí —repitió Gabriel—. Y quiero que la decisión sea tuya. Las dos cosas son verdad.

Esta vez ella pudo recibir la frase completa.

—Te quiero —dijo.

No lo había planeado. No había velas ni un momento perfecto, solo una videollamada, una discusión y la jarra que sostenía el móvil. Gabriel no sonrió de inmediato. La miró como si quisiera comprobar que no se le escapaba ninguna parte.

—Yo también te quiero.

Clara cerró los ojos.

—Esta conversación ha sido demasiado productiva.

—Mañana podemos hablar del tiempo para compensar.

Colgaron después de despedirse dos veces.

Clara no volvió a abrir el contrato. Dejó el móvil sobre la mesilla y apagó la luz.

Durmió cinco horas, que no eran suficientes pero sí más de las que esperaba. Al día siguiente trabajó hasta las dos, metió ropa en una mochila y tomó el tren a Albacete. No llevó la maleta grande. Se quedaría solo hasta el lunes, se recordó mientras guardaba el cargador.

Gabriel la esperaba junto a la salida de la estación. Al verlo, Clara sintió un instante de torpeza: habían dicho «te quiero» a través de una pantalla y ahora debían averiguar cómo se saludaban dos personas después de eso.

Gabriel lo resolvió abriendo los brazos.

Clara se metió en ellos. Él la abrazó despacio, con la cara apoyada en su pelo. El ruido de las ruedas, los anuncios de megafonía y la gente que pasaba alrededor quedaron lejos durante unos segundos.

—Este ángulo es mejor —dijo él.

—Mucho.

Se besaron. No fue un beso de reconciliación, porque no se habían roto, sino de regreso. Después caminaron hasta el coche de la mano.

En la autovía hablaron del calor, de un retraso en la entrega de abono y de la foto que Nora había mandado a Madrid. Dejaron la oferta para cuando ya habían tomado el desvío hacia la sierra.

—He negociado algunas cosas —dijo Clara—. Revisión a los seis meses, objetivos de equipo y tres días presenciales en agosto si puedo organizarlo.

—Eso está bien.

—Siguen siendo cuatro días al principio.

—Ya.

—No quiero que cada vez que hablemos de esto parezca que estoy anunciando si te elijo a ti o no.

Gabriel redujo la velocidad al pasar junto a un tractor.

—Tú no eres el puesto y yo no soy el pueblo.

—Lo sé. Pero a veces mi cabeza lo coloca así porque queda más limpio.

—Tu cabeza trabaja en publicidad.

—Exacto. Le gustan las comparaciones simples y los finales cerrados.

—Pues dile que esto no cabe en una valla de carretera.

Clara apoyó la mano sobre la suya.

—Tampoco quiero probar que te quiero rechazándolo.

—Eso me tranquiliza.

—Ni probar que soy ambiciosa aceptándolo.

—También.

Gabriel buscó un apartadero y detuvo el coche bajo la sombra breve de unos chopos. Apagó el motor.

—Hay algo que no dije ayer —comenzó—. Si aceptas, no voy a castigarte por ello pareciendo más distante. Y si rechazas, no voy a tratarlo como una promesa sobre nosotros. Ninguna decisión te deja en deuda conmigo.

Clara se quedó mirando sus manos juntas.

—¿Cómo has aprendido a hablar así?

—Equivocándome más veces de las que parece.

—Necesito que algún día me cuentes esas veces. Tu imagen de hombre sereno empieza a resultar poco democrática.

—Te contaré cuando intenté montar una explotación de aromáticas con Álvaro.

—¿Qué pasó?

—Que ninguno sabía vender aromáticas y terminamos regalando tomillo durante dos Navidades.

Clara se echó a reír.

—Eso no es un fracaso emocional.

—No has visto a dos hombres discutiendo sobre setecientos tarros de tomillo.

Retomaron el camino. Cuando apareció Valdeazahar, varias calles estaban adornadas con banderines para las fiestas patronales.

Un operario colgaba una pancarta en la entrada.

En la plaza, una estructura metálica anunciaba el escenario de la verbena y Lucía dirigía una maniobra con el teléfono pegado a la oreja.

—Has vuelto justo a tiempo para que te encarguen algo—dijo Gabriel.

—No pienso trabajar gratis.

—Esa es mi directora creativa.

Clara lo miró.

—Todavía no.

—Esa es mi negociadora de límites con cargo pendiente.

—Mejor.

Entraron en la calle de Gabriel. La casa estaba donde siempre, con las ventanas abiertas y la puerta que había que levantar un poco para que la llave girase. Nada había cambiado por la conversación de la noche anterior. Todo parecía, sin embargo, más honesto.

La oferta seguía esperando. Madrid seguía siendo su casa. Valdeazahar seguía a tres horas. Nada estaba resuelto.

Pero, por primera vez desde que vio la cifra del ascenso, el miedo ya no hablaba con la voz de Gabriel.

Hablaba con la suya.