La muchacha no tiene pueblo Capítulo 31. El ascenso
65%

Capítulo 31. El ascenso

El ascenso

La oferta formal llegó el lunes a las diez y tres.

Directora creativa de Unidad.

Clara leyó el título antes que la cifra. Luego vio la cifra y volvió a leerla.

El incremento de sueldo era mayor de lo que esperaba.

Había un bonus anual, seguro médico, presupuesto de formación, tarjeta de comida y responsabilidad sobre un equipo de nueve personas que crecería si la cuenta de Lumen se desarrollaba según las previsiones.

La incorporación sería el uno de septiembre.

Presencia mínima en oficina: cuatro días semanales durante el primer semestre, revisable después.

Debía responder en una semana.

Guardó el archivo, lo abrió de nuevo y comprobó que no hubiera leído mal. La cifra seguía allí.

Marcos apareció con una carpeta.

—Tienes cara de haber visto tu declaración de la renta o algo mejor.

—Algo mejor.

—¿Ya es oficial?

Clara lo miró.

—No puedo decir nada.

—Enhorabuena.

—No he dicho nada.

—Yo tampoco. He venido a hablar de tipografías.

Dejó la carpeta y se fue sonriendo.

Clara pasó la mañana respondiendo correos y leyendo la oferta entre tareas.

A las doce hizo una lista de ventajas. A las doce y diez, una de inconvenientes.

A las doce y veinte borró ambas porque «una trayectoria profesional sólida» no pesaba lo mismo que «dormir» y le parecía intelectualmente ofensivo fingirlo.

A las doce y media llamó a Recursos Humanos. No para aceptar, se dijo, sino para preguntar.

Sandra, la responsable, repasó la oferta con ella.

El bonus dependía en parte de resultados de empresa y en parte de objetivos de equipo.

Había flexibilidad horaria, pero las reuniones con clientes seguirían marcando muchas jornadas.

El trabajo remoto fuera de Madrid estaba permitido dentro de España, siempre que se respetara la presencia mínima.

—¿Los cuatro días son negociables? —preguntó Clara.

—Podemos dejar por escrito una revisión a los seis meses. Antes, Hugo considera necesaria esa presencia para montar la unidad.

—¿Y tres días durante agosto y Navidad?

Sandra tomó nota.

—Eso sí podemos valorarlo. Envíame una propuesta concreta.

Clara abrió un documento nuevo. Negociar le devolvió una sensación conocida de control.

Pidió que la variable individual no dependiera solo de facturación, sino también de rotación y satisfacción del equipo; solicitó presupuesto de apoyo externo en picos de trabajo y una cláusula clara de revisión salarial.

—No sabía que fueras a negociar también los indicadores—dijo Sandra, con un tono que parecía más interesado que molesto.

—Si voy a responder por nueve personas, quiero que se mida algo más que cuánto producen.

—Lo trasladaré.

Al colgar, Clara leyó sus peticiones. No estaba buscando una excusa para que rechazaran la oferta. Estaba intentando convertirla en un trabajo que pudiera aceptar sin repetir todas las costumbres que la habían agotado.

Hugo contestó quince minutos después: Lo hablamos comiendo. Bien visto lo de los indicadores.

Hugo la invitó a comer en un restaurante cercano.

No intentó venderle el puesto; explicó las expectativas y respondió preguntas.

La unidad tendría autonomía real. Clara elegiría parte del equipo y participaría en decisiones comerciales.

El objetivo no era que trabajara más horas, aseguró, sino que dirigiera mejor los recursos.

—Sé que suena a frase de empresa —añadió—, pero quiero que vigiles también los horarios. Lo de Lumen fue excepcional.

—Las excepciones tienen tendencia a reproducirse.

—Por eso necesito a alguien capaz de decir que no.

—¿Y me harás caso cuando lo diga?

—No siempre. Pero tendrás autoridad para discutirlo.

Era una respuesta honesta. Clara habría desconfiado de una promesa perfecta.

—¿Te preocupa algo concreto? —preguntó Hugo.

—Mi vida fuera de aquí.

—Buena señal. La gente a la que no le preocupa suele acabar mal.

—He estado pasando tiempo fuera de Madrid.

—Lo sé. Mientras cumplas lo acordado, no necesito saber dónde duermes. Pero el puesto requiere presencia, sobre todo al principio. No voy a fingir lo contrario.

Hablaron de sus propuestas. Hugo aceptó incorporar la revisión de objetivos y el presupuesto externo sujeto a aprobación trimestral. Los tres días presenciales en agosto podrían encajar, dijo, si Clara organizaba el calendario del equipo. No cedió en los primeros seis meses.

—Si te dijera dos días solo para que aceptaras, te estaría vendiendo un puesto que no existe —explicó.

—Lo sé.

—Y si dentro de seis meses funciona con menos presencia, no tengo interés en contar sillas ocupadas.

Clara anotó el compromiso. Había conseguido mejoras reales, pero no una solución mágica. El puesto podía ser razonable y seguir costándole algo importante.

Clara asintió. Deseó que él fuera un jefe peor. Habría resultado sencillo rechazar a un villano. Hugo le ofrecía respeto, dinero y una oportunidad merecida.

Al salir del restaurante, llamó a sus padres. Su madre contestó desde Zaragoza y puso el altavoz para que su padre escuchara.

—¡Directora creativa! —exclamó él—. ¿Eso significa que mandas?

—Significa que soy responsable cuando algo sale mal.

—Entonces mandas.

Su madre quiso saber si estaba contenta. Clara dijo que sí. Era verdad. Hablaron del sueldo, del equipo y de las posibilidades. Ninguno le dijo lo que debía hacer.

—Y ese pueblo, ¿qué? —preguntó su padre al final.

—El pueblo no va a ninguna parte.

La frase sonó diferente después de pronunciarla.

Su madre debió de percibirlo.

—¿Y tú quieres ir a alguna parte? —preguntó.

—Eso intento averiguar.

—Cuando eras pequeña querías ser veterinaria, astronauta y dueña de una papelería en la misma semana.

—Tenía siete años.

—Y no te pasó nada por querer tres vidas. El problema era que intentabas meter todos los juguetes en la misma mochila.

Su padre intervino desde el fondo:

—La mochila roja. Se rompió en Teruel.

—Gracias por la precisión histórica —dijo Clara.

La conversación terminó entre risas, pero la imagen permaneció. Quizá no tenía que negar ninguna de las vidas que deseaba. Sí aceptar que no todas cabían enteras al mismo tiempo.

A las seis, dejó la oficina y caminó hasta su casa. No llamó a Gabriel inmediatamente. Se duchó, preparó una tortilla y abrió el contrato en la mesa del salón. Quería contarle la noticia sin convertir su reacción en un voto.

Abrió también sus cuentas. Con el nuevo sueldo podría aumentar el ahorro, terminar de pagar un préstamo pequeño y afrontar con tranquilidad un alquiler adicional si alguna vez quería mantener un espacio de trabajo en otro lugar.

El dinero no era un símbolo vacío. Era seguridad, margen y capacidad para elegir sin depender de Gabriel ni de nadie.

Después calculó las horas de desplazamiento de cuatro días semanales, los trenes posibles y el coste de mantener el coche. El mismo sueldo que ampliaba opciones iba unido a un calendario que las estrechaba.

Cerró la hoja. Podía medir euros y horas, pero no cuánto valía escribir una mañana sin prisa ni cuánto echaría de menos a Gabriel un martes. Aun así, se alegró de haber hecho los números. El romanticismo resultaba más sano cuando las facturas también estaban invitadas a la conversación.

Él la llamó a las nueve.

—¿Cómo estás?

En la pantalla, Gabriel aparecía sentado en el patio. Llevaba una camiseta oscura y detrás se veía la pared blanca, una maceta de romero y el comienzo de la noche.

—Me han hecho la oferta.

Su rostro se iluminó.

—¿La dirección?

—Sí. Es oficial.

—Enhorabuena.

—El sueldo es... bastante alto.

—Mejor todavía.

—Y tendría equipo propio. Nueve personas al principio.

—Era lo que querías, ¿no?

Clara miró su propia imagen pequeña en una esquina. Parecía estar dando una noticia a alguien que respondía correctamente a cada frase.

—Durante mucho tiempo.

—Te lo has ganado.

—Eso dice Hugo.

—Hugo y yo coincidimos por primera vez. Habrá que celebrarlo.

Gabriel parecía sincero. No había sombra, pausa ni miedo visible. Clara sintió alivio y, de forma inexplicable, una pequeña punzada.

—Tendría que estar aquí cuatro días a la semana.

—Entiendo.

—Por lo menos los primeros seis meses.

—Podemos organizarnos.

—¿Podemos?

—Claro. Hay fines de semana, yo puedo ir a Madrid, tú puedes venir cuando quieras. No será igual, pero lo veremos.

Clara oyó la razonabilidad de cada palabra como si hubiera otra conversación debajo y no supiera acceder a ella.

—Tengo una semana para responder.

—No es mucho.

—No.

Gabriel preguntó si quería hablar de los términos. Clara dijo que estaba cansada. Él no insistió. Antes de colgar, volvió a felicitarla.

—Estoy muy contento por ti.

—Gracias.

La pantalla se apagó.

Clara se quedó sentada frente al contrato.

Había imaginado que Gabriel se pondría serio, que preguntaría qué significaba para ellos, que la mera posibilidad de verla menos abriría una grieta en su calma.

En vez de eso, él había aceptado la noticia como aceptaba el tiempo: algo real a lo que adaptarse.

Era exactamente la clase de hombre que ella quería.

Entonces, ¿por qué deseaba que hubiera intentado retenerla un poco?

Abrió el chat y escribió: ¿De verdad te da igual que acepte?

No lo envió.

Borró la frase. Escribió: ¿Qué harías tú?

También la borró.

Guardó el móvil dentro de un cajón, como si la distancia física pudiera impedirle formular preguntas injustas.

Durante quince minutos funcionó.

Después lo sacó y llamó a Gabriel otra vez.