La muchacha no tiene pueblo Capítulo 30. La mujer del despacho de cristal
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Capítulo 30. La mujer del despacho de cristal

La mujer del despacho de cristal

Hugo la llamó a su despacho el jueves a las doce.

Las paredes eran de cristal, pero las láminas translúcidas cortaban las figuras a la altura del pecho. Desde fuera se veía quién entraba, quién salía y si alguien movía mucho las manos. No se podía leer una expresión. A Clara siempre le había parecido una metáfora demasiado evidente de la empresa.

—Cierra la puerta —dijo él.

Sobre la mesa había dos cafés. Uno era con leche de avena y sin azúcar.

—¿Esto es una felicitación o un despido con consideración alimentaria?

—Siéntate.

Hugo tenía cuarenta y un años, camisas impecables y una habilidad genuina para escuchar que los clientes confundían con docilidad hasta que descubrían que recordaba cada palabra.

Había ascendido a director general dos años atrás y, desde entonces, Clara lo había visto aprender a tomar decisiones que no dejaban contento a todo el mundo.

—La cuenta de Lumen cambia algunas cosas —dijo.

—Supongo que tendremos que reforzar equipo.

—Sí. Y adelanta una reestructuración que estábamos preparando para septiembre.

Clara bebió café. Había dormido tres horas, se había duchado con agua casi fría y llevaba corrector suficiente bajo los ojos para restaurar una fachada.

—¿Qué reestructuración?

Hugo giró una carpeta hacia ella, pero no la abrió.

—Vamos a separar dos direcciones creativas. Una enfocada en gran consumo, otra en experiencias, servicios y territorio. Quiero que dirijas la segunda.

Clara lo miró.

Durante una fracción de segundo no entendió las palabras como una frase.

Dirección creativa. Equipo propio. La posición por la que había trabajado desde que dejó de ser redactora júnior.

El despacho, las decisiones, el sueldo, la línea en la biografía que demostraba una trayectoria ascendente y ordenada.

—Todavía no es una oferta formal —continuó Hugo—. Recursos Humanos está cerrando los términos. Quería hablar contigo antes porque sé que has estado trabajando algunos días fuera y necesito saber si contemplarías el puesto.

—Sí —respondió Clara por reflejo.

Hugo sonrió apenas.

—¿Sí lo contemplarías o sí lo aceptas antes de ver la oferta?

—Lo contemplaría.

—Bien.

—¿Por qué yo?

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Buscar el examen escondido detrás de una buena noticia. Tú encontraste el concepto de Lumen, pero esto no es por una campaña. Llevas años dirigiendo sin el título. Sabes mejorar una idea sin quedártela, el equipo confía en ti y los clientes también. Te corresponde por mérito.

Clara bajó la vista al café. Las palabras alcanzaron un lugar que había mantenido tenso durante mucho tiempo. No era un premio de consolación ni una maniobra para retenerla. Era el reconocimiento que había deseado.

—Gracias.

—No me las des todavía. Habrá objetivos exigentes, más gestión y presencia aquí. El trabajo remoto seguirá existiendo, pero no en la proporción que has tenido estas semanas.

Ahí estaba el coste, expresado sin amenaza.

—¿Cuánta presencia?

—Cuatro días a la semana, al menos durante los primeros meses. Hay que construir equipo.

Clara asintió.

—Lo entiendo.

—Piénsalo cuando tengas los términos. No necesito una respuesta emocional hoy.

Ella estuvo a punto de decir que no tomaba decisiones emocionales. Recordó la llave con funda azul dentro del bolso y prefirió callarse.

—¿Qué tendría que arreglar primero? —preguntó.

Hugo sonrió, esta vez como director general y no como portador de buenas noticias.

—La cuenta de ViaNova está perdiendo margen y el equipo llega tarde porque comercial promete antes de preguntar. Lumen exigirá dos incorporaciones que aún no tenemos aprobadas. Y hay una directora de arte estupenda que quiere crecer, pero lleva seis meses haciendo trabajo repetitivo.

—Marta.

—Marta.

—¿Quién decide las contrataciones?

—Tú propones. Yo peleo presupuesto. Finanzas dice que no y luego empezamos a hablar de verdad.

Clara abrió la carpeta por primera vez. No contenía una oferta, sino un esquema de la nueva unidad: cuentas, facturación, nombres y puestos vacantes. Recorrió las filas con el dedo. Ya conocía los problemas detrás de casi cada casilla.

—¿Cómo medirías que lo he hecho bien dentro de un año?

Hugo no respondió con rapidez.

—Que las cuentas sean rentables sin que el equipo esté quemado. Que hayamos retenido talento. Que tú puedas irte de vacaciones sin dar instrucciones desde la tumbona. Y, sí, que ganemos proyectos.

—Lo último ha sonado más verdadero.

—Todo lo es. Solo que unas verdades salen mejor en las presentaciones internas.

Clara cerró la carpeta.

—¿Me lo ofreces porque crees que estoy pensando en marcharme?

—Te lo ofrezco porque estás preparada. Si quisiera retenerte por miedo, te subiría el sueldo sin cambiar nada y esperaría seis meses.

La respuesta eliminó la sospecha más cómoda. No era una reacción a Valdeazahar ni un premio por haber salvado una presentación. Hugo había visto su trabajo antes de que ella empezara a preguntarse si quería seguir haciéndolo.

—Cuando llegue la oferta, habrá cosas negociables —añadió él—. Pregunta. No aceptes por gratitud.

—No suelo hacerlo.

—Perfecto. Será una conversación entretenida.

Al salir, Marcos la interceptó junto a la cocina.

—¿Qué quería?

—Hablar de la cuenta.

—¿Te ha echado la bronca por lo de producción?

—No.

—Entonces te ascienden.

—Marcos.

—Es un despacho de cristal. Se te ha visto poner cara de persona ascendida.

Clara volvió a su mesa intentando no sonreír. No podía contarlo aún. Durante el resto del día, cada tarea pareció distinta. Vio el equipo como algo que quizá dirigiría, la sala de reuniones como un lugar donde ocuparía otra silla, los problemas como decisiones que llevarían su nombre.

Marta se acercó con tres versiones de una pieza digital. Clara empezó a señalar la más segura y se detuvo.

—¿Cuál elegirías tú?

—La segunda, pero cuentas prefiere la primera.

—¿Por qué la segunda?

Marta explicó el ritmo, la jerarquía y una solución tipográfica que Clara no había visto. Mientras hablaba, dejó de pedir permiso y empezó a defenderla.

—Entonces presenta la segunda —dijo Clara—. Lleva también la primera para que entiendan la comparación, pero firma tu criterio.

—¿Vienes conmigo?

—Si me necesitas, sí. Primero inténtalo tú.

Marta regresó veinte minutos después con la pieza aprobada y una sonrisa que intentaba disimular.

Clara sintió una satisfacción distinta a encontrar una frase brillante. Dirigir podía ser aquello: no ocupar el espacio central, sino conseguir que otra persona se atreviera a sostener su idea.

Se sintió orgullosa.

También imaginó cuatro lunes de cada cinco despertando en Madrid.

Por la noche cenó con Irene en una terraza de Chamberí. Pidieron ensaladilla, calamares y vino blanco. El aire seguía caliente, pero la calle estaba llena y una pareja discutía con afecto sobre dónde ir de vacaciones.

—Me van a ofrecer la dirección creativa —dijo Clara.

Irene dejó el tenedor.

—¿La dirección de verdad? ¿Equipo, despacho y poder eliminar reuniones inútiles?

—Poder convocar otras reuniones inútiles, sobre todo.

Irene levantó la copa.

—Por fin. Sabía que llegaría.

Brindaron. La celebración de su amiga no tenía reservas.

Clara sintió una alegría limpia y se permitió hablar del puesto: las cuentas, la autonomía, el tipo de equipo que quería formar.

Propuso incorporar a una directora de arte con la que ya había trabajado.

Imaginó procesos menos absurdos, horarios mejor protegidos, un espacio donde las personas pudieran hacer buen trabajo sin convertir el agotamiento en prestigio.

—Te brillan los ojos —dijo Irene.

—Me apetece.

—Claro que te apetece.

—Pero...

—Ahí está.

Clara giró la copa por el tallo.

—Cuatro días aquí. Como mínimo.

—¿Y qué esperabas de una dirección creativa en una agencia de Madrid?

—Nada distinto. Solo que hace dos meses eso no era un problema.

Irene cogió un calamar.

—No conviertas Valdeazahar en la razón para rechazar algo que deseas ni el ascenso en la razón para abandonar algo que también deseas.

—Muy útil. Elegiré entre no renunciar a nada y duplicarme físicamente.

—Eso sería ideal para la productividad, pero muy malo para tu vestuario.

Clara sonrió.

—¿Tú qué harías?

—Me gustaría decir que me mudaría al pueblo, escribiría cuentos y cultivaría tomates con ese hombre. Pero a los tres días exigiría un plató, comida tailandesa y transporte nocturno. Mi respuesta no sirve.

—Puedes tener una opinión.

—La tengo. Te mereces el ascenso.

—Eso no es lo mismo que decir que debería aceptarlo.

—Exacto.

Irene bebió un sorbo de vino.

—¿Qué cuesta?

—Ya te lo he dicho. Cuatro días.

—No. ¿Qué te cuesta a ti? Horas, sueño, energía, Gabriel, el cuento, orgullo, miedo. Ponlo todo. El sueldo estará en el contrato; lo demás tienes que calcularlo tú.

Clara pensó en una hoja de cálculo con columnas imposibles: prestigio frente a noches al fresco, equipo propio frente a mañanas de escritura, una relación que apenas empezaba frente a una carrera construida durante doce años. No había unidades comunes.

—No sé calcular eso.

—Qué faena —dijo Irene—. Vas a tener que sentirlo.

—Te estás volviendo insoportable desde que juegas al dominó.

—Carmen dice que tengo talento.

—Carmen dice que cierras por el lado equivocado.

—Las visionarias siempre somos incomprendidas.

Al volver a casa, Clara pasó frente a una tienda de muebles cerrada. En el escaparate había un escritorio blanco, estilizado, con una lámpara dorada. Se imaginó sentada allí, tras un cristal, dirigiendo campañas que quizá le gustarían tanto como Lumen.

La mujer reflejada en el escaparate llevaba un bolso caro, una blusa bien cortada y una llave azul que rozaba las otras cada vez que caminaba.

Clara no quiso pedirle que eligiera todavía.