Capítulo 29. La campaña imposible
La campaña imposible
El mensaje de Hugo llegó el domingo a las nueve y diecisiete de la noche.
Necesito que estés mañana en Madrid. Cuenta nueva. Presentación el miércoles. Sé que es una locura.
Clara lo leyó en la terraza de La Parada, con una limonada delante y el programa de la semana cultural abierto en el portátil. En la plaza, Nora patinaba alrededor de la fuente. Gabriel hablaba con Álvaro en la mesa de al lado.
Una presentación nacional en cuarenta y ocho horas.
Antes de que pudiera pensar si quería, su cabeza ya había empezado a trabajar.
—Tengo que volver esta noche —dijo.
Gabriel miró el mensaje que ella le mostró.
—Te llevo a Albacete. Hay un tren a las diez y media.
—No llegaríamos.
—Entonces conduzco hasta Madrid.
—Son seis horas entre ida y vuelta.
—Dormiré allí y regreso mañana.
—Puedo conducir yo.
—También.
La facilidad con que él aceptaba las necesidades de una vida que ocurría lejos del pueblo desarmó la culpa preventiva de Clara.
—Conduzco yo. Me llevo el coche y vuelvo cuando terminemos.
Gabriel asintió.
—Voy a ayudarte con la maleta.
A las once y media, Clara entraba en Madrid por la A-3 con un café en el posavasos y tres notas de voz de Hugo.
La cuenta era Lumen, una cadena hotelera europea que quería relanzar su marca en España.
La agencia elegida había abandonado el proceso en el último momento por un conflicto de exclusividad.
Brújula & Co. tenía una oportunidad, un equipo incompleto por las vacaciones y menos de dos días.
Era una locura.
También era el tipo de problema que Clara sabía resolver.
Antes de salir, pasó por casa de Rosario para despedirse. Encontró a los padres de Gabriel sentados frente al informativo. Julián se ofreció a acompañarla hasta Madrid y volver en autobús, propuesta tan poco práctica que sonó profundamente afectuosa.
—No hace falta. Estoy bien.
Rosario ya estaba preparando un bocadillo.
—En la carretera no se discute con una tortilla —dijo.
—Hay áreas de servicio.
—También hay bocadillos malos. Una cosa no soluciona la otra.
Nora dibujaba en la mesa y le entregó una hoja doblada.
—Para que no te olvides del siguiente cuento.
Era una urraca con una maleta verde volando sobre edificios altos. Clara guardó el dibujo junto al portátil. El pueblo parecía enviar objetos con ella cada vez que regresaba a Madrid: pan, fruta, paquetes, historias. Nunca viajaba solo su equipaje.
El lunes, a las ocho, ya estaba en la sala grande. Hugo había reunido a seis personas: estrategia, cuentas, diseño, contenido, producción y Clara. Había café, cruasanes intactos y una pantalla llena de documentos.
—No vamos a fingir que esto es razonable —dijo Hugo—. Si en algún momento vemos que no llegamos, entregamos una propuesta más acotada. No quiero heroísmos ni gente durmiendo aquí.
Clara agradeció el límite. Después lo olvidaron todos durante cuatro horas.
El encargo pedía reposicionar los hoteles para viajeros que querían «sentir el lugar» sin renunciar a servicios urbanos. Las primeras ideas se llenaron de palabras como autenticidad, experiencia y raíces.
—No podemos decir «vive como un local» —dijo Clara—. Nadie vive como un local con desayuno buffet y salida a las doce.
Marcos dejó el rotulador.
—Es lo que aparece en el briefing.
—El briefing también dice «lujo accesible» y «exclusividad para todos».
—Han usado una agencia de contradicciones.
Clara caminó hacia la ventana. Madrid se extendía bajo una calima blanca: tejados, antenas, terrazas, grúas. Pensó en el matrimonio del mercadillo preguntándole dónde comer. No querían convertirse en vecinos. Querían que alguien les mostrara el lugar sin tratarlo como un decorado.
—No vendamos que eres de allí —dijo—. Vendamos que, durante unos días, dejas de ser ajeno.
Escribió en la pizarra: HAY LUGARES QUE TE HACEN SITIO .
El equipo se quedó en silencio.
—Eso es —dijo Hugo.
La campaña apareció alrededor de la frase.
No serían fotografías de habitaciones vacías, sino gestos de bienvenida: una silla añadida a una mesa, una sombrilla que se abre, una llave entregada en recepción, una recomendación escrita a mano.
Cada hotel colaboraría con negocios y guías del entorno, sin fingir que los había inventado.
Clara distribuyó tareas. Recortó ideas, resolvió dudas y consiguió que el equipo avanzara en una dirección común. A las dos, alguien recordó la comida. A las cinco, tenían el concepto y parte de las piezas. A las ocho, Hugo obligó a todos a irse.
—Mañana a las ocho —dijo—. Y nadie me manda archivos a las tres de la madrugada.
Clara llegó a casa con la mente encendida. Se duchó, cenó yogur y abrió el ordenador «solo para revisar una frase». A las dos y cuarto seguía corrigiendo.
Gabriel le había enviado una fotografía de la calle después del riego de Pili. Aquí también hacemos campañas de agua , escribió.
Clara respondió con un corazón y dejó el móvil boca abajo. Cinco minutos después volvió a cogerlo.
No tenía más mensajes.
El martes, la oficina vibraba con esa mezcla de cansancio y propósito que Clara había amado durante años.
El diseñador encontraba soluciones antes de que ella terminara de pedirlas.
La responsable de cuentas conseguía información del cliente en minutos.
Producción aterrizaba cada idea para que pudiera existir.
No era una máquina que exprimía personas.
Era un grupo de profesionales buenos haciendo algo difícil juntos.
Clara estaba en su elemento.
A las seis de la tarde, sin embargo, descubrió que llevaba horas apretando los dientes. Se encerró en el baño y abrió la boca varias veces para relajar la mandíbula. Tenía tres mensajes sin contestar de Elena sobre el programa, uno de Irene y una llamada perdida de Gabriel.
Lo llamó desde la escalera de emergencia.
—¿Todo bien? —preguntó él.
—Sí. Estamos llegando. Creo.
—Tienes voz de anuncio de detergente antes de que aparezca el producto.
Clara se apoyó en la pared.
—Estoy cansada.
—¿Has comido?
—Sí.
—¿Algo que no estuviera dentro de una caja de cartón?
Ella miró el envase de ensalada que aún sostenía.
—La caja era compostable.
Gabriel no le dijo que parase. Le pidió que bajara los hombros, respirara y volviera dentro cuando pudiera pensar en una sola cosa cada vez. Clara obedeció, molesta porque funcionaba.
—Mañana te llamo después de presentar.
—A la hora que sea.
—¿Y la finca?
—Los pistachos siguen esperando.
La presentación del miércoles empezó a las once. Frente a Clara había siete personas conectadas desde tres ciudades. Hugo abrió la reunión y luego le cedió la palabra.
Durante noventa minutos, Clara no estuvo cansada. Contó una historia clara, defendió la idea sin sobreactuar y respondió objeciones antes de que se convirtieran en problemas. Cuando enseñó la pieza principal —una mesa frente al mar donde una mano añadía una silla—, la directora de marketing sonrió.
—Eso es exactamente lo que no sabíamos decir.
El cliente pidió media hora para deliberar. El equipo se quedó en la sala, fingiendo hablar de otra cosa. Clara miró el móvil. Gabriel había escrito: Pase lo que pase, ya has hecho el trabajo.
A las dos y siete, llegó la confirmación.
Habían ganado.
Marcos gritó. Alguien abrió una botella. Hugo abrazó a Clara con una alegría sincera.
—Has estado brillante.
Ella lo sabía. No necesitaba fingir modestia. Había encontrado la idea, había dirigido al equipo y había convertido dos días imposibles en una propuesta sólida.
—Hemos estado brillantes —corrigió, mirando a los demás.
Celebraron con pizza y champán. Clara se rio hasta que le dolieron las mejillas. A las seis, cuando la oficina empezó a vaciarse, abrió la aplicación de trenes para volver a Albacete.
No quedaban billetes.
—Vete mañana —dijo Hugo al verla—. Te has ganado dormir.
Clara regresó a su piso. Dejó los zapatos junto a la puerta, se tumbó en el sofá y llamó a Gabriel. Le contó cada detalle. Él la felicitó, le hizo preguntas y quiso ver las piezas.
—Esa silla se parece a la de Encarna —dijo al ver la imagen.
—No todo gira alrededor de las sillas del pueblo.
—Tu campaña dice otra cosa.
Después de colgar, Clara se metió en la cama a las once. Estaba exhausta y satisfecha.
A las dos seguía despierta.
A las tres y veinte consultó el correo.
A las cuatro se levantó para beber agua y encontró su reflejo en la ventana: el piso impecable detrás, Madrid extendido abajo, el premio invisible del trabajo bien hecho todavía cálido en el pecho.
No quería despreciar nada de aquello.
Solo deseaba poder cerrar los ojos.
A las seis y media abandonó la cama. Madrid empezaba a encenderse abajo: autobuses, persianas metálicas, personas con perros y repartidores descargando cajas. Se preparó café y salió al balcón estrecho que casi nunca utilizaba.
La ciudad no era culpable de su insomnio.
Había mañanas que le gustaban allí: desayunar con Irene, caminar hasta la agencia cuando aún no apretaba el calor, entrar en una librería abierta hasta tarde.
El problema no estaba en el código postal, sino en la facilidad con que convertía cualquier oportunidad en una prueba de resistencia.
El móvil vibró con el calendario del día. Clara canceló una reunión interna que podía esperar, bloqueó una hora para comer fuera de la mesa y escribió al equipo que nadie debía conectarse antes de las nueve después de aquellas jornadas.
Era un gesto pequeño. No arreglaba el sueño ni resolvía su vida.
Pero aquella mañana se negó a tratarse como el recurso más barato de la campaña.