Capítulo 28. Una llave sin ceremonia
Una llave sin ceremonia
La llave apareció entre un rollo de cinta aislante y una lista de piezas para el riego.
Gabriel vació los bolsillos sobre la mesa de la cocina: monedas, una navaja pequeña, dos tornillos, el recibo de la gasolinera, la llave del almacén y otra con una cabeza azul que Clara no reconoció.
—Toma —dijo, empujándola hacia ella.
Clara la miró.
—¿Qué es?
—Una llave.
—Hasta ahí llego.
—De casa.
Él abrió el frigorífico y sacó una jarra de agua. Clara seguía mirando el objeto como si pudiera activarse.
—¿De esta casa?
—No tengo tantas.
—¿Por qué me das una llave?
Gabriel llenó dos vasos.
—Porque mañana voy a la parcela de arriba antes de que llegues y la semana pasada esperaste cuarenta minutos en La Parada hasta que pude volver. Así puedes entrar.
—Ah.
—Y a veces sales después que yo.
—Sí.
—Y es absurdo que dependas de que deje la puerta abierta.
—Claro.
Gabriel bebió agua. Clara esperaba algo más. Una frase sobre confianza. Una conversación acerca de su relación. Quizá una caja pequeña, no para un anillo, pero al menos para dar contexto al metal.
—¿Eso es todo? —preguntó.
—¿Necesitas instrucciones? Gira a la derecha. La cerradura se atasca si empujas demasiado.
Clara cogió la llave.
—No. Quería decir si...
—¿Si qué?
Ella la dejó sobre la palma. Era una copia corriente, con una funda de plástico azul y una pequeña muesca cerca de los dientes.
—Nada.
Gabriel la observó un instante.
—No te estoy pidiendo que te mudes.
—Ya lo sé.
—Ni que dejes de llamar antes de venir si prefieres hacerlo.
—Lo sé.
—Solo quiero que puedas entrar.
Clara cerró los dedos alrededor de la llave.
—Es muy práctica.
—Era la intención.
—Casi administrativa.
—Puedo redactar un acta de entrega.
—No hace falta.
—«En Valdeazahar, a veintinueve de julio, don Gabriel Navarro hace entrega de una llave con fines de acceso no dramáticos...»
Clara le tiró un paño de cocina. Gabriel lo atrapó y siguió bebiendo.
—Ya que la tienes, ven —dijo.
La condujo al pasillo y abrió una puerta estrecha que Clara había confundido con un armario.
—Cuadro eléctrico. La llave de paso del agua está debajo del fregadero y la caldera se reinicia con el botón de la derecha, pero si marca E cuatro, me llamas.
—¿Esto forma parte de la seducción rural?
—La prevención de daños es muy atractiva a partir de los cuarenta.
Enseñó también dónde guardaba las linternas, el botiquín y una copia del teléfono del seguro.
Clara lo siguió intentando bromear, pero aquella información doméstica le produjo una intimidad diferente a la del dormitorio.
Gabriel no le enseñaba solo cómo entrar.
Le mostraba qué hacer si algo se torcía cuando él no estuviera.
—¿Hay alguna norma? —preguntó.
—No pongas la cafetera en el lavavajillas.
—No soy una delincuente.
—Y si mi padre viene a buscar una caja de tornillos, no le ayudes a encontrarla. Él tiene un sistema.
—¿Cuál?
—Nadie lo sabe. Por eso no hay que intervenir.
Clara levantó la llave.
—Entonces acceso completo salvo cafetera y arqueología de tornillos.
—Exacto.
—Esto sí debería figurar en el acta.
Guardó la llave en el bolso, dentro de un bolsillo donde llevaba la de su piso de Madrid. Chocaron con un sonido breve.
La vida continuó.
Gabriel salió a hablar con Julián. Clara terminó unos cambios del cartel. Cenaron con Rosario y después vieron medio capítulo de una serie antes de quedarse dormidos en el sofá. Nadie volvió a mencionar la llave.
A la mañana siguiente, Gabriel se marchó a las seis. Clara oyó la puerta sin despertarse del todo. Cuando bajó, encontró café preparado y una nota: Hay melocotones. No olvides cerrar la ventana del patio.
Trabajó hasta la una. Luego recogió el portátil, comprobó dos veces la ventana y salió. Cerró con la nueva llave. La cerradura se atascó porque empujó demasiado. Al tercer intento, el pestillo giró.
Pili regaba al otro lado de la calle.
—Levanta un poco la puerta —aconsejó—. Con el calor cae.
Clara obedeció. La llave giró con suavidad.
—Gracias.
—Gabriel lleva tres años diciendo que va a cepillarla.
—Se lo recordaré.
—No servirá, pero crea conversación.
Al pasar por la plaza, Clara probó la llave de forma inconsciente dentro del bolsillo y se imaginó perdiéndola. La idea le produjo más inquietud de la razonable. Entró en la esquina de ferretería que Amalia mantenía en su tienda y escogió un llavero de madera con forma de casa.
—¿Para cuál? —preguntó Amalia mientras lo cobraba.
—¿Para cuál qué?
—Para cuál de las llaves. Tienes cara de estar organizándolas.
—La de Gabriel.
Amalia asintió sin curiosidad ofensiva.
—Ese modelo pesa poco. Si la llevas en un bolso grande, ponle algo que suene.
Clara añadió una anilla pequeña de metal. No quería que la llave se perdiera en el fondo ni tener que volcar toda su vida sobre una mesa para encontrarla.
Clara se guardó la llave. Caminó hacia la biblioteca con la extraña conciencia de poder volver cuando quisiera.
Antes, las casas de Gabriel —la de sus padres, donde él había vivido muchos años, y la suya, rehabilitada dos calles más arriba— eran lugares a los que él la invitaba.
Ahora una de ellas se abría con algo que llevaba en el bolso.
En la biblioteca, Elena revisaba el programa de la semana cultural.
—La foto del cine está oscura —dijo sin saludar.
—Es un cine de verano. Ocurre de noche.
—Pero no se ve la pantalla.
—Porque todavía no había película.
—Entonces ¿por qué hicieron la foto?
—Pregúntaselo al primo de Lucía y su móvil muy bueno.
Clara abrió el archivo. Durante dos horas ajustaron textos y ordenaron actividades. Al acabar, Elena le mostró un mueble pequeño que había vaciado junto a la sección infantil.
—Aquí puedes dejar material si vas a seguir viniendo a escribir.
—¿Me estás dando un cajón?
—Te estoy evitando que olvides rotuladores por toda la biblioteca.
—Hoy todo el mundo me entrega medios de acceso.
Elena se detuvo.
—¿Gabriel te ha dado una llave?
Clara la miró con sospecha.
—¿Cómo lo sabes?
—Por tu cara.
—¿Qué cara?
—La de alguien a quien le han dado una llave y está intentando convertirla en un utensilio sin significado.
—Es un utensilio sin significado.
—Entonces guárdala y usa el cajón.
Clara dejó una caja de lápices y varias copias del cuento. Elena no insistió.
Al salir, se encontró con Irene en una videollamada. Su amiga paseaba por Madrid con auriculares mientras se dirigía a una grabación.
—¿Qué haces? —preguntó Irene.
—Voy a casa.
—¿A casa de Gabriel?
—Sí.
—Has tardado una cantidad interesante de segundos en responder.
—Me ha dado una llave.
Irene se detuvo en mitad de una acera abarrotada.
—¿Una llave de verdad?
—No, una metáfora en latón.
—¿Y qué ha dicho?
—Que la cerradura se atasca si empujo.
—Ese hombre necesita un seminario de hitos románticos.
—No era un hito. Mañana llego antes que él y necesito entrar.
—Entiendo. Pura logística horizontal.
—No digas horizontal.
Irene sonrió a la pantalla.
—¿Estás contenta?
Clara miró la calle. Llevaba la llave en el bolsillo, no en el bolso. Había pasado el pulgar por el borde de plástico varias veces sin darse cuenta.
—Sí.
—Pues ya está.
—¿No vas a analizarlo?
—Llevo diez años esperando a que dejes de analizar una cosa que te hace feliz. Quiero disfrutar del momento.
La llamada terminó cuando Irene entró en un estudio. Clara siguió andando. Pasó por La Espiga, compró una barra y aceptó de Merce dos magdalenas «que habían salido torcidas», aunque parecían perfectamente simétricas.
Al llegar a la casa, metió la llave en la cerradura. Levantó un poco la puerta, como había dicho Pili, y giró sin dificultad.
Dentro olía a café de la mañana y a la madera fresca de un mueble que Gabriel había arreglado el fin de semana. Clara dejó el pan en la cocina, abrió la ventana del patio y puso las magdalenas en un plato.
No era su casa.
La idea no le produjo decepción. Era una verdad sencilla, tan clara como la razón por la que Gabriel le había dado acceso. Él no la empujaba a ocupar un espacio mayor del que ella eligiera. Solo había retirado una barrera práctica.
Clara sacó la libreta y escribió durante media hora en la mesa de la cocina.
Cuando Gabriel llegó, la encontró con los pies descalzos sobre otra silla y una taza de café.
—Veo que ha funcionado.
—Pili me ha explicado tu propia puerta.
—Llevo años queriendo arreglarla.
—Eso dice ella.
Gabriel dejó las llaves en el cuenco de la entrada y se inclinó para besarla.
—¿Te ha parecido raro?
Clara podría haber fingido que no sabía de qué hablaba. En cambio, sacó la llave del bolsillo y la dejó junto a las suyas.
—Un poco.
—¿Mal raro?
—No. Bien raro.
Él asintió, como si aquella clasificación fuera suficiente.
—Puedo pedirte que me la devuelvas y dártela otra vez con música.
—Ni se te ocurra.
Gabriel cogió una magdalena.
—¿De dónde han salido?
—Merce dice que estaban torcidas.
—Entonces están recién hechas.
Clara miró las llaves en el cuenco. La suya, con la funda azul, descansaba junto a las de Gabriel sin distinguirse demasiado.
Al día siguiente tendría que volver a Madrid. Guardaría una al lado de la otra: la llave del piso que había elegido años atrás y la de una casa que todavía no sabía qué lugar ocuparía en su vida.
Por primera vez, no sintió que tuviera que decidirlo esa misma noche.