La muchacha no tiene pueblo Capítulo 27. El día que llovió dentro del bar
56%

Capítulo 27. El día que llovió dentro del bar

El día que llovió dentro del bar

La tormenta llegó un jueves a las cinco y media, después de una mañana en la que el calor había parecido sólido.

El cielo se oscureció sobre la sierra. Las primeras gotas dejaron círculos enormes en el polvo y, en menos de un minuto, el agua cayó con una violencia que convirtió las calles en espejos.

Clara estaba en La Parada terminando una videollamada.

Había elegido la mesa del fondo porque Gabriel revisaba el tejado de la nave con Julián y en la biblioteca se celebraba un taller de memoria.

Tomás le permitía trabajar siempre que consumiera algo cada dos horas y no dijera «coworking» delante de él.

—No es un coworking —insistía—. Es un bar donde una mujer ocupa un enchufe.

Cuando tronó, Clara apagó la cámara.

—Perdonad. Hay tormenta.

—Aquí hace un sol increíble —dijo Marcos desde Madrid.

—Gracias por la información meteorológica comparada.

La conexión aguantó. Terminó la reunión, cerró el portátil y se acercó a la puerta. El agua golpeaba el toldo, rebotaba en la plaza y corría por los bordillos. Dos niños atravesaron la calle gritando, con las mochilas sobre la cabeza.

—Hacía falta —dijo Tomás.

—¿Tanta?

—He dicho que hacía falta. No que tuviera modales.

Un golpe húmedo sonó detrás de la barra.

Tomás miró al techo.

Una gota cayó sobre una botella de ginebra. Después otra. Y otra más, unos centímetros a la izquierda.

—Eso no estaba —dijo Clara.

—Qué observadora.

La mancha se extendió con rapidez. Tomás colocó un cubo. El agua decidió caer fuera. Movió el cubo. Apareció una segunda gotera junto a la cafetera.

—¿Tienes más cubos?

—Tengo un bar. No una flota.

Clara corrió a la cocina. Encontró dos barreños, una olla grande y una cubitera. Cuando volvió, Tomás subía a una escalera.

—No puedes subir ahí con el suelo mojado.

—Es mi techo.

—Y será tu cadera.

—Tengo cuarenta y cinco años.

—Una edad excelente para romperse algo con dignidad.

La puerta se abrió. Entraron Merce, su ayudante, tres clientes que huían del agua y Salma con su madre. Todos traían paraguas inútiles y los bajos empapados.

—Se te ha soltado el canalón —anunció Merce sin saludar—. El agua está entrando por la junta.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo he visto desde el obrador.

—¿Y has venido bajo esto para decírmelo?

—También traigo lonas.

En ese instante se apagaron las luces. La cafetera emitió un suspiro y el bar quedó iluminado solo por el gris de las ventanas.

—He bajado el automático —dijo Tomás—. Antes de que el techo decida electrocutar a alguien.

Lucía llamó desde la puerta para confirmar que media calle se había quedado sin suministro por precaución. Amalia repartió dos linternas de su tienda y comenzó a apuntar en una libreta quién se las llevaba.

—¿También las cobras ahora? —preguntó Merce.

—No. Pero el último apagón desaparecieron siete y volvieron tres, una sin pilas.

Los clientes encendieron las luces de los móviles. Clara colocó varios vasos con velas pequeñas que Tomás guardaba para las noches de terraza. La escena adquirió una belleza ridícula: un bar lleno de cubos, personas empapadas y luz temblorosa como si todo hubiera sido diseñado para una película.

—Como alguien diga «qué acogedor», le cobro la reparación—advirtió Tomás.

Detrás de ella apareció Mateo con una caja de herramientas envuelta en plástico. Luego Gabriel y Julián, chorreando. Gabriel miró a Clara de arriba abajo.

—¿Estás bien?

—Sí. Tomás está intentando morir por propiedad del inmueble.

—Bájate —ordenó Gabriel.

Tomás descendió, protestando. Los hombres salieron al patio trasero para acceder al tejado desde una zona más segura. Merce organizó los recipientes. Clara apartó mesas y protegió el enchufe con una bolsa gruesa, después de desconectar la regleta.

La tormenta empeoró. Más gente entró al bar: padres con niños, dos ciclistas, Amalia cargada con toallas, Lucía con el técnico municipal. En veinte minutos, La Parada estaba llena de personas mojadas y cubos desparejados.

—No os acerquéis a la zona marcada —dijo Lucía—. Y nadie sube al tejado mientras haya aparato eléctrico.

Un trueno sacudió los cristales. Salma dio un respingo. A su lado, un niño pequeño empezó a llorar.

—¿Cuánto va a durar? —preguntó Nora, que acababa de llegar con Rosario.

—La tormenta pasará pronto —dijo ella.

—No preguntaba por la tormenta. Preguntaba por el bar roto.

Tomás, desde detrás de la cafetera protegida por una bolsa, respondió:

—Este bar ha sobrevivido a tres reformas, dos propietarios y una despedida de soltero de los bomberos. Va a sobrevivir.

El ruido hacía imposible conversar. Los niños se impacientaban, recorrían el espacio y se acercaban demasiado a los cubos. Clara miró su mochila. Dentro estaba la libreta verde.

—Necesito sillas —dijo.

—Tenemos alguna —respondió Tomás, mirando las treinta que llenaban el local.

Clara reunió a los niños en la esquina más seca, junto a la ventana. Colocaron las sillas en semicírculo. Había nueve, desde cuatro hasta diez años, y dos pequeños sentados en brazos de sus madres.

—Voy a contar una historia —anunció—. Pero hoy no la he escrito.

—¿Entonces cómo sabes lo que pasa? —preguntó Salma.

—No lo sé. Vais a ayudarme.

Abrió la libreta por una página en blanco.

—Había una vez un bar donde llovía dentro.

—Eso no es un cuento —dijo Leo—. Está pasando.

—Los cuentos siempre empiezan con algo que pasa. Luego lo estropeamos.

Yago levantó la mano.

—El agua puede ser de un monstruo que vive en el techo.

—¿Otra vez un monstruo? —protestó Nora.

—Tengo una especialidad.

Clara dibujó una criatura redonda encima de una casa.

—El monstruo del tejado estaba llorando. ¿Por qué?

Salma dijo que había perdido un calcetín.

Leo propuso que no sabía bajar. Nora decidió que se sentía solo porque todos entraban en el bar y nadie subía a visitarlo.

Cada respuesta produjo otra. La lluvia del techo se convirtió en lágrimas de un gigante alérgico a las tejas.

Los cubos eran sombreros. Mateo, que había vuelto empapado porque el rayo impedía reparar nada, fue nombrado caballero de la Escalera Prudente.

—Eso suena a que no hago nada —se quejó.

—Ser prudente es hacer algo —dijo Leo.

—Este niño me cae bien.

El estrépito de la tormenta se volvió parte de la narración. Cada trueno era el estornudo del monstruo. Cada gota que caía en la olla marcaba un paso. Los adultos se fueron callando alrededor. Incluso Tomás dejó de secar vasos para escuchar.

Al final, los vecinos no tapaban la gotera. Invitaban al monstruo a bajar, le daban una taza de chocolate y le explicaban que, para entrar, no hacía falta inundar el local. Él prometía usar la puerta la próxima vez.

—¿Y arreglan el techo? —preguntó Nora.

—Al día siguiente —dijo Clara.

—Menos mal —murmuró Tomás.

Cuando terminó, la tormenta había perdido fuerza. Los truenos se alejaban hacia el este y el agua caía ya en líneas finas. Los niños pidieron repetir la parte del calcetín. Clara cerró la libreta.

—Esta historia es de todos. Tendréis que ayudarme a escribirla bien.

—El monstruo es mío —recordó Yago.

—Tu especialidad queda reconocida.

Gabriel se sentó a su lado. Tenía la camiseta pegada al cuerpo y una pequeña mancha de barro en la mejilla.

—El canalón se ha desplazado —dijo—. En cuanto pare, lo sujetamos de forma provisional. Mañana vendrá un tejador.

—¿Y la junta?

—Habrá que repararla.

Tomás se acercó.

—Te pagaré el café de hoy.

—He tomado tres.

—Dos. El tercero se ha enfriado sin tocar.

—Eso sigue contando como consumo.

—No en mi contabilidad.

Clara miró los cubos, las toallas empapadas, a Lucía hablando con el seguro y a Merce repartiendo tortas entre los niños.

El bar no se había salvado gracias a un milagro comunitario.

Seguía teniendo una avería, requería profesionales y costaría dinero.

Pero nadie había dejado solo a Tomás mientras llegaba la solución.

Lucía pasó junto a Clara con el teléfono en la mano.

—El seguro manda perito mañana. Ya he hablado con el albañil y el electricista revisará la instalación antes de conectar.

—Has llamado a tres personas durante un cuento sobre un monstruo.

—La gestión municipal se adapta al programa cultural.

Tomás la oyó.

—Y que conste que no quiero una subvención para bares con monstruos.

—No existe.

—Pues mañana alguien la pedirá.

Gabriel le limpió con el pulgar una mancha de tinta que tenía en la mano.

—Has improvisado un cuento.

—Con demasiados autores.

—La escena del gigante alérgico era buena.

—Ha sido de Salma.

La niña, desde su silla, gritó:

—¡Puedes copiarla!

Clara se echó a reír.

Fuera, la lluvia se detuvo. Tomás abrió la puerta y el aire fresco entró en el local. La plaza brillaba bajo un cielo que empezaba a aclararse.

—Mañana abrimos a la hora de siempre —anunció.

—¿Aunque llueva dentro? —preguntó Nora.

Tomás señaló los ocho recipientes distribuidos por el suelo.

—Entonces el café incluirá espectáculo acuático.