Capítulo 26. Pistachos y paciencia
Pistachos y paciencia
—¿Cuánto tarda un pistacho en dar fruto? —preguntó Clara.
Gabriel se agachó junto a un árbol joven y apartó con cuidado una hierba del protector.
—Depende. Una cosecha pequeña puede llegar al quinto o sexto año. Para una producción seria, hay que esperar más.
Clara miró las hileras. Los árboles eran delgados, ordenados, cada uno conectado al riego por una tubería negra.
—¿Plantaste algo sabiendo que no te devolvería nada durante seis años?
—Planté muchos.
—Eso no es paciencia. Es una alteración de la percepción del tiempo.
—Los agricultores la traemos de fábrica.
Era martes y Clara había terminado su jornada en la agencia a las cinco.
Gabriel tenía que revisar unas plantas antes de la llegada de la técnica de la cooperativa y ella decidió acompañarlo.
Llevaba botas prestadas, pantalón ancho y una gorra que Rosario había encontrado en un cajón.
Había mejorado desde el vestido para quitar hierbas, aunque Gabriel aseguraba que seguía siendo reconocible como «personal no agrario» a más de quinientos metros.
Gabriel se detuvo junto a dos árboles señalados con cintas de distinto color.
—Este es macho. Aquellas hileras son hembras.
—¿Los pistachos tienen sexo?
—Los árboles, sí. El fruto, que yo sepa, no rellena formularios.
—¿Y cómo sabes cuántos plantar de cada uno?
—Depende de la variedad, el viento y la distribución. Los machos tienen que soltar polen cuando las hembras están receptivas.
Clara contempló las hileras con un respeto nuevo.
—Años esperando, compatibilidad de calendarios y depender de que sople el viento adecuado. Es una aplicación de citas muy lenta.
—Pero con menos fotografías de peces.
Gabriel le mostró unas yemas diminutas y las diferencias entre un árbol que crecería y otro que necesitaba vigilancia. Clara hizo fotos, no porque fuera a recordarlo todo, sino porque le gustaba que él compartiera un conocimiento que no podía resumirse en una frase bonita.
El sol aún calentaba. La finca se extendía en líneas verdes sobre la tierra clara, con la sierra azul al fondo. En algunos árboles, más grandes, colgaban racimos compactos de frutos todavía cerrados.
—¿Y si al sexto año descubres que algo no funciona? — preguntó.
—Puede ocurrir. Suelo inadecuado, problemas de polinización, heladas, enfermedad. Por eso se estudia antes y se observa después.
—Pero no puedes garantizarlo.
—No.
—Y aun así inviertes tiempo y dinero.
Gabriel se incorporó.
—¿Seguimos hablando de árboles?
—Por supuesto.
—Entonces los árboles se están poniendo nerviosos.
Clara fingió interesarse por un gotero. La noche anterior había terminado la tercera versión de El erizo sin portal .
La había pasado al ordenador, maquetado de forma sencilla y guardado en una carpeta llamada CUENTO FINAL , junto a otras cuatro carpetas llamadas CUENTO FINAL AHORA SÍ , CUENTO FINAL 2 y CUENTO FINAL NO TOCAR .
También había abierto la página de una editorial independiente que aceptaba manuscritos. Había leído las condiciones tres veces y cerrado la pestaña otras tantas.
—Un gotero atascado no se arregla mirándolo con hostilidad —dijo Gabriel.
—Estoy observando.
—Eso se hace antes de intervenir.
—¿Y después?
—Después intervienes.
Clara lo miró.
—Tus metáforas agrícolas empiezan a resultar sospechosas.
—Tú has preguntado por pistachos.
En el límite de la parcela había una zona sin plantar. Gabriel explicó que allí habían decidido no ampliar hasta conocer la disponibilidad real de agua de los próximos años.
—Podrías poner más árboles —dijo Clara.
—Podría. Pero poder plantar no significa poder mantenerlos.
—Otra metáfora.
—Una factura de electricidad y agua, en realidad.
Él habló de cubiertas vegetales, de reducir evaporación, de variedades y de la incertidumbre con que trabajaban. No sonaba derrotista. Tampoco heroico. Planificar era aceptar que algunas condiciones no obedecían y decidir qué riesgos podían sostener.
Clara pensó en el archivo adjunto esperando en su correo. Lo había escrito ella; también tendría que sostener lo que ocurriera después.
Recorrieron la parcela tomando fotografías de algunas hojas y comprobando la humedad del suelo con una sonda.
Gabriel le enseñó en el móvil los datos de cada sector: caudal, tiempos, alertas.
Clara había imaginado que la agricultura consistía sobre todo en mirar el cielo y conducir un tractor.
Allí había mapas, análisis, aplicaciones y decisiones económicas proyectadas a años.
—Esto parece una sala de control sin sala —dijo.
—Y con peor aire acondicionado.
Llegó Marta, la técnica, en un todoterreno cubierto de polvo.
Durante media hora habló con Gabriel sobre patrones, calcio, previsiones de cosecha y estrategias para ahorrar agua.
Él escuchaba, preguntaba y apuntaba en una tableta.
No había nada romántico en la preocupación por un caudal irregular, pero Clara sintió el mismo interés que cuando lo había visto leer su cuento: Gabriel se tomaba en serio lo que tenía delante.
Mientras ellos se alejaban hacia el cabezal de riego, Clara se quedó bajo la sombra estrecha de un almendro. Sacó el móvil. La pestaña de la editorial seguía abierta.
Envíe una sinopsis breve, manuscrito completo y nota biográfica. Tiempo estimado de respuesta: tres meses.
Tres meses.
Un pistacho tardaba seis años y ella llevaba dos días considerando inhumano esperar tres meses.
Abrió el correo que había preparado. Adjuntó el PDF otra vez para asegurarse.
En la nota biográfica había escrito: «Clara Serrano trabaja como creativa publicitaria y colecciona álbumes ilustrados desde antes de saber que una colección puede ser una forma elegante de no admitir una vocación».
Le parecía demasiado simpática. La cambió por una frase más sobria.
La frase sobria le pareció muerta. Recuperó la primera.
Gabriel y Marta regresaban hacia ella.
Clara pulsó Enviar .
El correo desapareció de la pantalla con una falta de ceremonia ofensiva. No sonaron fanfarrias. Ningún árbol se inclinó. Solo apareció una línea: Mensaje enviado .
Guardó el móvil.
—¿Todo bien? —preguntó Gabriel.
—Sí.
Marta se despidió y él la acompañó al coche. Cuando estuvieron solos, Clara ayudó a recoger la sonda y las herramientas.
—Hay que cambiar un filtro —explicó Gabriel—. No es grave.
—Bien.
—Y revisar la presión del último sector.
—Ajá.
—Has hecho algo.
Clara siguió enrollando un cable.
—He enviado el cuento a una editorial.
Gabriel se quedó quieto.
—¿Ahora?
—Hace cuatro minutos.
—¿Y me lo dices así?
—¿Cómo tendría que decirlo?
Él dejó la caja en el suelo y se acercó.
—No sé. Con una pancarta. O subiéndote al capó.
—No quiero convertirlo en algo enorme. Probablemente no contesten o digan que no encaja.
—Eso puede pasar.
Clara agradeció que no prometiera un sí.
—Por eso no te lo había contado. Si lo decía antes de enviarlo, iba a escucharme hablando y encontrar veinte razones para no hacerlo.
—Entonces has hecho bien.
—¿No te molesta?
—¿Que no me consultes cada decisión sobre tu cuento? No.
—Podrías haberme animado.
—Te he animado.
—Más.
Gabriel sonrió.
—Lo has enviado. Estoy muy orgulloso de ti. Si dicen que no, seguirá siendo un cuento que hizo discutir a catorce niños. Si dicen que sí, compraré los veinte ejemplares que me ha ordenado Nora.
Clara notó que la emoción le picaba detrás de los ojos. Se quitó la gorra para abanicarse.
—Hace calor.
—Muchísimo —dijo Gabriel, respetando la mentira.
La besó en la frente y volvió a levantar la caja.
—¿Cuándo responden?
—En unos tres meses.
—Eso no es nada.
—Eso lo dices porque cultivas árboles que necesitan media infancia para producir.
—Puedes venir a mirar los pistachos cada vez que quieras consultar el correo.
Regresaron a la nave andando. Clara volvió la vista hacia los árboles jóvenes. A simple vista, todos parecían quietos. Sin embargo, bajo la tierra las raíces avanzaban, los goteros medían el agua y cada hoja transformaba luz en algo que tardaría años en verse.
En el coche, el móvil vibró.
Clara lo sacó tan deprisa que casi se le cayó.
Era una respuesta automática de la editorial: habían recibido el manuscrito.
—¿Qué dicen? —preguntó Gabriel.
—Que lo han recibido.
—Primer obstáculo superado.
Clara leyó el mensaje de nuevo. No era una aceptación. Ni siquiera una lectura. Solo confirmaba que su historia había salido de la libreta, había cruzado una puerta y estaba en manos de alguien que no la conocía.
Por el momento, bastaba.
Guardó el móvil sin mirar el correo otra vez durante casi veinte minutos.
Esa noche se lo contó a Elena. La bibliotecaria no gritó ni la abrazó. Abrió una agenda y anotó la fecha.
—¿Qué haces?
—Calcular cuándo termina el plazo orientativo de respuesta.
—No necesito una cuenta atrás.
—No es para ti. Es para impedir que preguntes cada jueves si sé algo.
—No iba a hacerlo.
Elena la miró por encima de las gafas.
—Magnífico. Las dos fingiremos que creemos eso.