La muchacha no tiene pueblo Capítulo 25. La casa con las ventanas abiertas
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Capítulo 25. La casa con las ventanas abiertas

La casa con las ventanas abiertas

El viernes, Madrid recibió a Clara con treinta y seis grados, un atasco en la entrada de Atocha y nueve mensajes marcados como urgentes antes de las ocho y media.

La reunión duró cinco horas.

Al principio le gustó volver. Le gustaron la mesa larga, las pantallas, el ritmo veloz de las ideas.

Le gustó ver a su equipo y comprobar que su cabeza seguía funcionando en aquel idioma.

A las dos, cuando el cliente se marchó satisfecho, Hugo pidió comida para todos y abrió una botella de champán que alguien había guardado desde una campaña anterior.

—Así se cierra una semana —dijo.

Clara levantó el vaso de plástico. Sintió orgullo. También un cansancio tan inmediato que parecía haber estado esperando detrás de la puerta.

A las siete seguía en la agencia. A las ocho y veinte subió a su piso de Chamberí. El salón estaba exactamente como lo había dejado: cojines centrados, mesa sin polvo, libros ordenados por altura. Encendió el aire acondicionado y el silencio empezó a zumbar.

Gabriel la llamó mientras calentaba una crema de verduras.

—¿Cómo ha ido?

—Bien. Muy bien. El cliente ha aprobado todo.

—¿Y por qué tienes voz de haberte peleado con una excavadora?

Clara apoyó el teléfono en la encimera.

—Porque llevamos trabajando desde las ocho y media y Hugo ha dicho «una última cosa» cuatro veces.

—¿Has cenado?

—Estoy en ello.

Gabriel le contó que una liebre había mordido dos protectores de los pistachos jóvenes, que Rosario había ganado una discusión en la cooperativa sin levantar la voz y que Nora exigía fecha de entrega para el cuento de la urraca.

—El domingo vuelvo —dijo Clara.

Hubo un silencio breve.

—Pensaba que te quedabas hasta el lunes.

—He cambiado el billete.

—¿Por qué?

Clara miró su cocina perfecta y la crema girando dentro del microondas.

—Porque me apetece.

—Buena razón.

El sábado cumplió con la ciudad. Lavó ropa, hizo compra, fue a una exposición con Irene y cenó en un restaurante nuevo donde el camarero explicó cada plato con más detalle del que Gabriel dedicaba a una campaña de riego.

Lo pasó bien. De verdad. Cuando Irene le preguntó si echaba de menos Valdeazahar, Clara contestó que no pensaba comparar cada minuto de su vida.

A las seis y diez del domingo, Gabriel la esperaba en la estación de Albacete.

Llevaba una camisa azul con las mangas dobladas, el pelo aún húmedo y una expresión que hizo que Clara acelerase el paso. Dejó la maleta en el suelo y lo besó antes de saludar.

El beso duró lo bastante para que una pareja tuviera que rodearlos.

—Hola —dijo Gabriel cuando se separaron.

—Hola.

—¿Madrid bien?

—Sí.

—¿Exposición?

—Muy interesante.

—¿Cena?

—Demasiado explicada.

Gabriel recogió la maleta.

—Me alegro de que hayas vuelto.

—Yo también.

En el coche hablaron sin parar y de nada importante.

Clara le enseñó fotografías de la exposición.

Gabriel le contó que Álvaro había confundido la bolsa de pienso de un perro con la de otro y había pasado media tarde deshaciendo un problema doméstico entre dos familias.

Cada pocos minutos, Clara apoyaba la mano en su nuca o en su brazo, como si necesitara comprobar que estaba allí.

Al llegar a Valdeazahar, el pueblo estaba casi quieto. Las ventanas permanecían abiertas para dejar escapar el calor del día. Pili conversaba con Merce desde una acera a otra. Un grupo de adolescentes iba hacia el polideportivo. Gabriel aparcó frente a su casa.

—Mis padres nos esperan para cenar a las nueve —dijo.

Clara miró el reloj. Eran las siete y cuarto.

—Tenemos tiempo.

La frase cambió el aire dentro del coche.

Gabriel la miró sin apartar las manos del volante.

—Tenemos tiempo —repitió.

Entraron en casa. Él llevó la maleta al dormitorio. Clara abrió las contraventanas del salón y una corriente movió las cortinas. Desde la calle llegaba una radio lejana, platos que se guardaban, alguien llamando a un niño.

Gabriel volvió y se quedó frente a ella.

—¿Estás cansada?

—Sí.

—Podemos sentarnos.

—No quiero sentarme.

Clara se acercó. Le desabrochó el primer botón de la camisa y se detuvo.

Habían hablado del deseo con bromas y silencios, lo habían dejado crecer en besos que terminaban junto a una puerta, en noches compartidas todavía vestidas de prudencia.

No había una razón concreta para que aquel momento fuera distinto, salvo que ambos parecían haber llegado a él a la vez.

—¿Seguro? —preguntó Gabriel.

Ella sostuvo su mirada.

—Sí. ¿Tú?

—Desde hace un número poco elegante de semanas.

Clara se rio contra su boca.

La casa mantuvo las ventanas abiertas y cerró la puerta del dormitorio.

Después, la luz había cambiado. Una franja dorada cruzaba la pared y la sábana estaba en el suelo. Clara tenía la cabeza sobre el pecho de Gabriel y dibujaba una línea invisible alrededor de su hombro.

—Son las ocho y cuarenta —dijo él.

—No puede ser.

—Rosario nos espera a las nueve.

—Tu madre va a saberlo.

—Mi madre sabe casi todo, pero tiene educación suficiente para fingir lo contrario.

Clara se tapó la cara con la almohada.

—No voy a cenar.

—Eso lo hará más evidente.

—Diremos que el tren se retrasó.

—He recogido a Julián en la cooperativa antes de ir a la estación. Sabe a qué hora llegaba.

—En este pueblo no hay intimidad.

—Ahora mismo estamos solos en una habitación con la puerta cerrada.

Clara asomó un ojo.

—Técnicamente.

Gabriel le apartó el pelo de la frente.

—No tenemos que ir si no te apetece. Ni dar explicaciones.

La ternura de aquella salida disponible le quitó la vergüenza.

—Quiero ir. Solo necesito recuperar una cantidad mínima de dignidad.

—Creo que está debajo de la camisa.

Llegaron a las nueve y doce. Rosario había puesto la mesa en el patio. Julián cortaba pan. Ninguno miró el pelo húmedo de Clara ni la camisa de Gabriel, abrochada con un botón equivocado.

—Elena ha llamado —dijo Rosario mientras servía gazpacho—. Quiere saber si puedes leer el cuento de la urraca en agosto.

—Todavía no está terminado.

—Entonces no hay prisa.

—Ha preguntado si puede leerlo en agosto —recordó Julián.

—En esta familia usamos «no hay prisa» con un sentido amplio —explicó Gabriel.

Julián alargó la mano hacia la botella de aceite y se quedó mirando a su hijo.

—Llevas mal abrochada la camisa.

Clara dejó caer la cuchara dentro del gazpacho.

Gabriel bajó la vista con absoluta calma.

—Me he vestido deprisa.

—Pues abróchala despacio la próxima vez. Pareces un espantapájaros.

Rosario bebió agua para ocultar una sonrisa. Clara concentró toda su atención en un trozo de pepino. Cuando levantó los ojos, Gabriel la miraba con ese humor tranquilo que convertía la vergüenza en una complicidad privada.

Debajo de la mesa, él rozó su rodilla con la de ella.

Clara soltó una carcajada demasiado sonora. Rosario le acercó la jarra de agua con una sonrisa serena y no dijo una sola palabra más.

A la mañana siguiente, Clara despertó con una pierna enredada entre las de Gabriel y la mejilla pegada a su espalda. No hubo música, revelaciones ni una conversación solemne sobre el futuro. Gabriel murmuró que necesitaba café. Clara dijo que podía prepararlo si él hacía tostadas.

Bajaron descalzos.

La cocina se llenó de besos interrumpidos y olor a pan. Gabriel la sentó en la encimera para alcanzar una taza que no necesitaba. Clara se rio, lo atrajo de nuevo y olvidó por completo que había puesto dos rebanadas bajo el grill.

El detector de humo empezó a pitar.

Gabriel se separó de golpe.

—El desayuno.

Abrió el horno. Salió una nube gris. Clara bajó de la encimera, abrió las ventanas y agitó un paño bajo el detector.

—Cocinas muy bien —dijo entre toses.

—Normalmente no tengo una publicista saboteando los tiempos.

—¿Yo? Tú has empezado.

—Tú te has sentado en la encimera.

—Me has sentado tú.

—No recuerdo los hechos con claridad.

Tiraron las tostadas negras y empezaron de nuevo. Esta vez Gabriel vigiló el pan con una concentración teatral mientras Clara preparaba café.

Desayunaron en el patio, despeinados y en silencio durante un rato. Clara esperaba sentir que algo debía definirse. No ocurrió. Seguía siendo ella, él seguía siendo Gabriel y la mañana no exigía promesas.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Muy bien.

—Yo también.

Gabriel untó tomate en una tostada.

—La próxima vez pondremos temporizador.

Clara sonrió sobre la taza.

No necesitaba saber qué casa compartirían ni dentro de cuánto tiempo. Aquella mañana le bastaba con una ventana abierta, el pan que habían conseguido no quemar y la forma en que Gabriel decía «la próxima vez» sin convertirlo en una pregunta.