Capítulo 24. Qué bien se duerme aquí
Qué bien se duerme aquí
El lunes, Clara se despertó a las siete y doce sin alarma.
Permaneció tumbada, desconcertada por la luz que atravesaba las contraventanas. Había dormido ocho horas seguidas. No siete horas con tres despertares, ni seis y media después de consultar el correo a las cuatro, sino ocho horas completas, redondas, casi obscenas.
Buscó el móvil sobre la mesilla. Ningún incendio. Dos mensajes de Irene enviados desde la carretera, una foto de Carmen levantando una ficha de dominó como un trofeo y un correo automático de la agencia.
Gabriel dormía a su lado, boca abajo, con un brazo extendido hacia el espacio que ella acababa de dejar. Clara lo observó durante unos segundos. Después salió de la habitación de puntillas y bajó a la cocina.
Había decidido quedarse una semana entera.
No por una avería ferroviaria ni por un fin de semana prolongado: una semana laborable normal.
Había avisado a la agencia de que trabajaría en remoto de lunes a jueves y acudiría el viernes a una reunión presencial.
Hugo había contestado con un pulgar hacia arriba, el símbolo más breve que jamás había recibido de un superior.
Preparó café, abrió la puerta del patio y se sentó en el escalón. La mañana olía a tierra húmeda porque Gabriel había regado al amanecer la noche anterior. Un gorrión bajó hasta una maceta, la examinó y decidió que Clara no merecía alarma.
A las ocho, Gabriel apareció vestido para ir a la finca.
—¿Cuánto llevas despierta?
—Cuarenta y ocho minutos.
—Eso es muy exacto.
—He dormido ocho horas.
—Enhorabuena.
—No entiendes la magnitud.
—Podemos llamar a Álvaro para que levante acta.
Gabriel se sirvió café. Desayunaron tostadas en el patio y repasaron el día.
Él tenía que revisar los sectores de riego de los pistachos y recibir a una técnica de la cooperativa.
Clara empezaría con una reunión de equipo a las nueve y media, trabajaría en el cartel de la semana cultural durante el almuerzo y, si terminaba pronto, iría a la biblioteca.
—Parece una vida de verdad —dijo ella.
—¿Qué esperabas? ¿Que entre semana guardáramos el pueblo en un almacén?
—No sé. Nunca estoy aquí un martes.
—Los martes tenemos un desfile con cabras, pero no se anuncia por la masificación.
Gabriel la besó antes de salir. Clara abrió el portátil en la mesa de la cocina, conectó los auriculares y entró en la videollamada.
La mañana transcurrió con una eficacia sospechosa.
Revisó una propuesta, corrigió un guion y participó en una reunión sin mirar una sola vez la aplicación de comida a domicilio.
A las once, se levantó para preparar té y descubrió que podía seguir pensando mientras caminaba.
No había compañeros interrumpiéndola ni cristales que devolvieran su propia imagen con cara de urgencia.
Fuera pasó un tractor.
El conductor pitó dos veces.
—¿Eso ha sido para ti? —preguntó Marcos desde la pantalla.
Clara se asomó. Julián levantó una mano desde la cabina.
—No. Es... tráfico local.
—Tu vida rural es muy ruidosa.
—No más que la M-30. Solo que aquí reconozco al vehículo.
En la pausa, Clara salió a comprar fruta y regresó seis minutos tarde porque Aurelio la detuvo para enseñarle una fotografía de su primer tractor. Era una máquina roja, pequeña, al lado de un Julián joven con pantalones de campana.
—Este no soy yo —aclaró Aurelio—. Es Julián. Yo hice la foto.
—Entonces ¿por qué me la enseñas tú?
—Porque Julián dice que la perdió y lleva veinte años buscándola.
Clara prometió escanearla antes de devolvérsela. Al entrar de nuevo en la videollamada, tuvo que explicar que se había retrasado por un conflicto de archivo histórico agrícola.
—Teletrabajar contigo se está volviendo muy específico — dijo Marcos.
—Y todavía no conoces la crisis de la silla de Encarna.
A la una cerró el ordenador. La mandíbula no le dolía. Se llevó la libreta al patio y escribió durante cuarenta minutos antes de preparar una ensalada. A las cuatro retomó el trabajo. A las seis y cinco, cuando envió el último archivo, todavía tenía luz y energía.
Salió a comprar yogur. En la tienda, Amalia le entregó un paquete de Gabriel y le preguntó si quería reservar melocotones para el jueves. En el camino de vuelta, se encontró con Nora, que iba al polideportivo, y con Mateo, que buscaba a la dueña de la silla abandonada después de la cena.
—Es de Encarna —informó—. La sacó su hijo y después se fue a Albacete.
—Me alegra que se haya resuelto.
—A mí también. He dormido regular.
Clara pensó que bromeaba, pero no estaba segura.
El martes trabajó desde la biblioteca. Elena le reservó una mesa cerca de la ventana y estableció una norma: podía tomar café si usaba una taza con tapa y no decía a nadie que la bibliotecaria lo permitía.
A mediodía, comió con Gabriel en La Parada.
Tomás tardó cuarenta segundos en servirles un menú.
Después Clara caminó quince minutos antes de volver al ordenador.
El miércoles, el día empezó peor. Un cliente rechazó una propuesta que llevaba una semana aprobando por fases. Hugo convocó una reunión urgente. Clara notó cómo regresaba el mecanismo conocido: hombros altos, respiración corta, la certeza de que todo dependía de resolverlo en ese instante.
Durante un descanso, salió a la calle para contestar una llamada. Pili regaba sus geranios.
—Te vas a mojar los zapatos —le avisó.
—No pasa nada.
—Eso decís hasta que pasa.
Pili cerró un poco la manguera. Clara siguió hablando con el equipo, propuso un cambio de enfoque y pidió dos horas para rehacer la presentación. Cuando terminó, Pili le tendió un tomate.
—Tienes cara de no haber comido.
—He desayunado.
—Eso fue en otra parte del día.
Clara aceptó el tomate y volvió dentro. Se preparó un bocadillo, rehízo seis diapositivas y a las cinco el cliente aprobó el nuevo planteamiento. En Madrid habría celebrado el éxito abriendo otra tarea. Allí cerró el portátil y se fue con Gabriel a caminar entre los almendros.
—Ha sido un día horrible —dijo.
—¿Quieres contármelo o insultar árboles?
—Las dos cosas.
—Empieza por los almendros jóvenes. Aún tienen la autoestima flexible.
Clara le contó la reunión. Gabriel escuchó y preguntó por qué el cliente había cambiado de opinión. No dijo que su trabajo fuera absurdo ni sugirió que lo dejara. Cuando Clara terminó, él señaló el horizonte.
—Mira.
Sobre la sierra se acumulaban nubes violetas. El sol se filtraba por debajo y encendía los campos con una luz naranja.
—Eso no arregla mi presentación —dijo Clara.
—No.
—Pero es precioso.
—Sí.
Siguieron andando.
El jueves, Clara entregó el cartel de la semana cultural.
Había usado cinco ventanas diferentes: la biblioteca, el taller de Nuria, el obrador de Merce, una nave agrícola con sensores y la puerta del cine de verano.
Una línea amarilla las conectaba hasta formar una plaza.
El lema decía: VALDEAZAHAR SALE A TU ENCUENTRO .
Lucía respondió quince minutos después: Me encanta. Dos cambios mínimos .
Los cambios eran realmente mínimos. Clara casi se emocionó.
Esa tarde leyó a Elena las primeras páginas del cuento de la urraca. Luego pasó por el colegio para entregar a Raquel copias del nuevo final de Ernesto. Al volver, compró pan, recogió el paquete de Gabriel y saludó a ocho personas. Tardó veinte minutos en recorrer una distancia de cuatro calles.
—Esto perjudica la productividad —dijo al llegar.
Gabriel picaba cebolla en la cocina.
—Puedes dejar de saludar.
—No puedo. Ya saben mi nombre.
—Situación grave.
—Y Amalia quiere saber si el paquete estaba bien.
—¿Lo has abierto?
—No es mío.
—Entonces tendremos que vivir con la incertidumbre.
Cenaron tarde en el patio. Clara terminó de hacer la maleta para Madrid y programó la alarma a las seis y media. El tren salía de Albacete a primera hora y Gabriel insistía en llevarla.
—Puedo conducir yo.
—Y dejar el coche cuatro días en la estación.
—Es verdad.
—Además, quiero llevarte.
La sencillez con que lo dijo desactivó la protesta.
Se acostaron. Clara esperaba dormir peor por la alarma, el viaje y la reunión del viernes. Cerró los ojos un momento y, cuando volvió a abrirlos, entraba luz por las contraventanas.
Miró el reloj.
Había dormido siete horas y cincuenta y tres minutos sin despertarse.
Gabriel aún dormía. La maleta esperaba junto a la puerta. En unas horas estaría en Madrid, dentro de un taxi, contestando mensajes mientras subía en ascensor.
Clara se acomodó de nuevo bajo la sábana y escuchó el silencio vivo de la casa: una tubería, un pájaro, el primer motor de la calle.
Qué bien se duerme aquí, pensó.
Y se asustó de lo cierta que era aquella frase.