Capítulo 23. La noche de las sillas
La noche de las sillas
La cena empezó con cuatro sillas.
Gabriel colocó una mesa plegable frente a la casa de sus padres. Rosario sacó una ensalada. Julián abrió una botella de vino. Clara llevó una fuente de berenjenas asadas que, según Gabriel, había cortado con una precisión incompatible con el hambre.
—Cuatro personas —dijo Clara—. Una cena pequeña y controlada.
—Cinco —corrigió Rosario—. Viene Nora. Su madre trabaja hasta tarde.
Julián sacó otra silla.
—Y le dije a Álvaro que se acercara después de las visitas.
—Seis —contó Clara.
—Álvaro trae a Elena —añadió Gabriel desde la cocina.
—Siete.
Pili pasó con la regadera y se detuvo junto a la mesa.
—¿Cenáis fuera?
—Siéntate —dijo Rosario—. Hay pisto.
—Solo un momento.
Pili dejó la regadera junto al portal y apareció dos minutos después con una silla y un plato de queso.
—Ocho —dijo Clara.
Gabriel salió con una cazuela.
—¿Estás haciendo un estudio estadístico?
—Estoy intentando anticipar el tamaño del desastre.
—Entonces cuenta doce.
—¿Por qué doce?
En la esquina aparecieron Carmen y Aurelio. Él llevaba dos sillas de tijera; ella, una tortilla. Detrás venía Mateo con una sandía bajo el brazo.
—Once —dijo Clara.
—Has contado mal —replicó Nora, que acababa de llegar corriendo—. Conmigo somos doce.
Las calles conservaban el calor del día, pero el aire empezaba a moverse.
Las fachadas blancas se volvían doradas y las sombras alcanzaban la acera de enfrente.
En otras puertas aparecían mesas, abanicos, vasos.
No había tráfico que cortar, salvo una furgoneta que pasó despacio y cuyo conductor saludó a todos sin detenerse.
Gabriel colocó el pisto en el centro. Había usado calabacines y pimientos del huerto, tomate de la conserva de Rosario y huevos de una granja cercana.
—Esto no es pisto —dijo Aurelio después de probarlo.
Gabriel apoyó las manos en la mesa.
—Llevas comiendo mi pisto quince años.
—Y llevo quince años avisándote.
—¿Qué le falta?
—Un poco de paciencia.
—Ha estado dos horas.
—Pues otra.
Carmen le dio un golpe suave en el brazo.
—No le hagas caso. Desde que ve programas de cocina cree que tiene paladar.
—Tengo paladar desde antes de la televisión.
—Lo que tienes desde antes de la televisión es costumbre de opinar.
Llegaron Tomás y Merce cuando ya no quedaban sillas libres. Tomás cargaba una caja de botellines y Merce, una bandeja de empanadillas.
—El bar está abierto —dijo Clara.
—Está mi sobrino —respondió Tomás—. Si no sabe servir cerveza a estas alturas, cierro y monto una gestoría.
—Trece y catorce.
—Trae sillas del garaje —indicó Rosario a Julián.
La mesa se alargó con otra plegable. Los platos empezaron a desplazarse de mano en mano. Alguien añadió aceitunas, alguien trajo una jarra de agua con limón y Amalia apareció con una bolsa de hielo porque había visto movimiento al cerrar la tienda.
Clara dejó de contar en dieciocho.
No había invitaciones, orden ni una persona responsable del conjunto.
Y, sin embargo, cada recién llegado encontraba un hueco, un vaso y algo que hacer.
Los niños ocupaban una mesa baja. Mateo cortaba la sandía.
Elena apartaba libros de una silla que había sacado de la biblioteca.
Lucía apareció con su hija Julia y un cuenco de ensalada de pasta; se disculpó por no poder quedarse mucho y se quedó dos horas.
—Esto en Madrid requeriría un grupo de WhatsApp, tres encuestas y una reserva —dijo Clara.
Irene, sentada a su lado porque había aplazado el regreso hasta el domingo por la tarde, levantó su copa.
—Y aun así cancelarían seis el mismo día.
—También requeriría saber quién paga —añadió Lucía.
La frase provocó una pausa. Todos miraron las fuentes como si el pisto pudiera emitir factura.
Rosario sacó del bolsillo un papel doblado.
—He ido apuntando lo que hemos puesto para hacer cuentas.
—Guarda eso —dijo Merce—. La próxima vez pone otro la bebida.
—La próxima vez será en mi calle —propuso Amalia—, pero nadie aparca delante porque el camión de paquetería llega a las ocho.
Clara comprendió que la espontaneidad tampoco era magia. Funcionaba porque recordaban quién había cocinado, quién había cargado mesas y quién necesitaba que la siguiente reunión ocurriera más cerca de su casa. La comunidad no borraba las cuentas: las llevaba de otra manera.
—Aquí también cancelamos —dijo Álvaro—. Lo que pasa es que después vemos las sillas desde la esquina y venimos.
—Sistema de convocatoria visual —anotó Clara.
Había abierto la libreta verde sobre las rodillas. No escribía nombres ni conversaciones completas. Recogía frases sueltas, ritmos, detalles: la sandía cruje como madera mojada , un plato siempre encuentra sitio , cerrar el agua antes de discutir , la calle como comedor .
Gabriel se inclinó sobre su hombro.
—¿Material para la urraca?
Clara cerró un poco la libreta.
—Quizá.
—¿Debo empezar a cobrar derechos de autor por el pisto?
—Aurelio dice que no es pisto.
—Aurelio no volverá a probarlo.
—Eso lo dices todos los años —intervino Aurelio desde la otra punta.
—¿Cómo me ha oído?
—Selecciona las frecuencias donde hablan de él —explicó Carmen.
Nora y Yago se acercaron a Clara. Yago llevaba una servilleta doblada en forma de sobre.
—Hemos escrito un cuento —dijo Nora.
—¿Los dos?
—Yo lo he escrito y él ha hecho el monstruo.
—El monstruo es la parte principal —aclaró Yago.
Clara abrió la servilleta. En el interior había un dibujo hecho con bolígrafo: una criatura con seis piernas observaba una hilera de sillas. Debajo, Nora había escrito: EL MONSTRUO QUE NO VENÍA PORQUE NADIE LO INVITABA .
—¿Y qué pasa? —preguntó Clara.
—Que ve muchas sillas y se sienta —dijo Nora.
—Pero rompe una porque pesa cuatrocientos kilos —añadió Yago.
—Luego Mateo la arregla.
Mateo alzó la voz desde la sandía.
—Yo no arreglo sillas de monstruos sin presupuesto.
Clara guardó la servilleta entre las páginas.
—Me gusta.
—Puedes usarlo —dijo Yago—, pero el monstruo tiene que seguir con seis piernas.
—Queda establecido.
Cuando la cena ya parecía completa, comenzó a sonar música en una casa cercana. Una canción antigua, alegre, que Carmen reconoció al primer acorde. Golpeó la mesa con los nudillos siguiendo el ritmo. Rosario empezó a cantar muy bajo. Merce se unió sin saberse del todo la letra.
—Esto no se baila sentado —dijo Pili.
—Todo se puede bailar sentado —replicó Aurelio, moviendo los hombros.
Lucía apartó dos sillas y despejó un trozo de calle. Los niños fueron los primeros. Después se levantaron Rosario y Merce. Gabriel tendió una mano a Clara.
—No.
—Aún no he dicho nada.
—Tu mano ha sido bastante explícita.
—Solo es una canción.
—No bailo delante de veinte personas que mañana recordarán cada movimiento.
Tomás, sin levantarse, dijo:
—Yo ya recuerdo cómo bailaste en las fiestas de hace dos semanas.
—¿Lo ves?
Gabriel no retiró la mano.
—Puedes quedarte sentada y escribir sobre los demás.
La provocación fue suave y eficaz. Clara dejó la libreta en la silla.
—Una canción.
—Una.
Gabriel bailaba sin hacer exhibición. La guiaba apenas con una mano en la cintura y sonreía cuando Clara intentaba anticipar los pasos. Alrededor, cada uno se movía como podía o quería. Nadie observaba a nadie el tiempo suficiente para juzgarlo.
Una canción se convirtió en tres.
Cuando volvieron a sentarse, el cielo estaba completamente oscuro.
Las conversaciones se habían dividido en pequeños grupos.
En un extremo se hablaba del precio del gasóleo; en otro, de la función de teatro; cerca de la puerta, Irene escuchaba a Carmen explicar por qué el dominó había empeorado desde que la gente veía tutoriales.
Clara miró las mesas unidas, los manteles distintos, las sillas de plástico, madera y metal.
No era una postal. Había mosquitos, platos sin recoger y una discusión sobre quién había dejado el coche delante del contenedor.
También había una forma de estar juntos que no necesitaba una ocasión extraordinaria.
Gabriel le acercó un trozo de sandía.
—Estás pensando muy fuerte.
—¿Se nota?
—Desde la fuente.
—Intento entender cuándo se ha organizado esto.
—No se ha organizado.
—Esa respuesta me inquieta.
—Por eso ha salido bien.
Clara mordió la sandía. El zumo le resbaló por la muñeca y Gabriel se lo limpió con una servilleta, sin dejar de hablar con Álvaro.
El gesto fue mínimo. Tan natural que casi pasó desapercibido.
Clara abrió la libreta y añadió una última frase: Hay lugares donde nadie pregunta si queda sitio; trae otra silla .
A medianoche empezaron a recoger. Cada persona se llevó algo, aunque no fuera suyo. Las mesas desaparecieron, los platos volvieron a distintas cocinas y las sillas emprendieron caminos separados calle arriba y calle abajo.
En menos de quince minutos, la calle quedó vacía.
Solo permaneció una silla de enea bajo la farola.
—¿De quién es? —preguntó Clara.
Todos miraron alrededor.
Nadie lo sabía.