Capítulo 22. Madrid cabe en una mochila
Madrid cabe en una mochila
Irene bajó del coche con una mochila, unas gafas de sol enormes y una bolsa de hielo que goteaba sobre sus sandalias.
—He traído provisiones —anunció.
Clara miró dentro de la bolsa. Había dos botellas de vino blanco, una tarrina de hummus, uvas, queso, cuatro latas de tónica y una caja de bombones medio derretida.
—Hay una tienda.
—Eso dices ahora. También dijiste que había cobertura y el navegador me ha hecho atravesar un camino donde he visto a una cabra juzgarme.
—Te has equivocado en el último cruce.
—No. Google se ha equivocado. Yo solo lo he seguido con una fe que ya no merece.
Irene cerró el coche y se quedó mirando la calle. Era sábado por la mañana. Pili regaba las macetas del alféizar. Mateo trabajaba en su garaje con dos niños. Desde la plaza llegaba el golpe de las tazas y, más lejos, una desbrozadora ponía banda sonora al verano.
—Así que este es el lugar —dijo.
—Este es.
—Esperaba más gallinas.
—Las esconden cuando viene gente de Madrid.
Irene la abrazó. No fue un saludo rápido. La estrechó durante varios segundos y luego la apartó para examinarla.
—Estás morena.
—Estoy igual.
—Y tienes otra cara.
—¿Qué cara?
—No sé. Menos mandíbula.
—Sigo teniendo mandíbula.
—Pero ya no intentas partir nueces con ella.
Gabriel salió de casa para ayudar con la mochila. Irene lo había visto dos veces en Madrid, pero lo saludó como si fueran viejos rivales.
—Agricultor.
—Productora audiovisual.
—He traído vino.
—Entonces eres bienvenida.
—Me cae bien —dijo Irene a Clara—. Puedes conservarlo de momento.
La primera parada fue La Espiga. Clara había reservado una hogaza porque Irene, después de escuchar durante semanas historias sobre Merce, exigía comprobar si el pan justificaba «semejante campaña orgánica de relaciones públicas».
Merce le dio a probar una torta de chicharrones y en menos de cinco minutos ya sabía dónde trabajaba, qué barrio de Madrid prefería y por qué no debía congelar el pan en bolsas finas.
—Es eficiente —admitió Irene al salir.
—Aún no te ha preguntado si tienes pareja.
Merce asomó la cabeza por la puerta.
—¡No hace falta! ¡Tiene cara de descansar sola estupendamente!
Irene se volvió, fascinada.
—Me mudo yo también.
Pasaron la mañana recorriendo el pueblo.
Elena enseñó la biblioteca con el orgullo de quien había ganado cada estantería en una batalla presupuestaria.
Amalia vendió a Irene un protector solar, pilas y una botella de aceite y le entregó un paquete dirigido a Rosario porque «ya que vais para allá».
En el taller, Mateo le ajustó el sillín de una bicicleta que no era suya y acabó explicándole cómo había creado con los niños un circuito de reparación.
—¿Todos tienen aquí una segunda función? —preguntó Irene cuando retomaron el paseo.
—Tomás sirve cafés y controla la memoria colectiva. Amalia tiene tienda y centro logístico. Elena es bibliotecaria y ministra de Cultura. Mateo arregla bicicletas y autoestima infantil.
—¿Y Gabriel?
Clara miró hacia la plaza, donde él hablaba con Julián junto a una furgoneta.
—Gabriel cultiva, cocina, lee y me impide lavar tazas limpias.
—Muy completo.
—¿Y yo? —preguntó Clara, antes de poder evitarlo.
Irene se bajó las gafas.
—Tú haces preguntas incómodas antes de comer.
Antes de llegar a casa, Gabriel las llevó a ver la nave y una parte de la finca. Irene observó los sensores, la estación meteorológica y las pantallas del sistema de riego con una decepción fingida.
—¿Dónde está el señor con una brizna de hierba en la boca que adivina si lloverá por la rodilla?
—Mi padre puede intentarlo —dijo Gabriel—, pero acierta menos que la estación.
—Esto tiene más tecnología que algunos rodajes.
Clara abrió en el móvil el mapa de humedad como si fuera suyo.
—Este sector dio una alerta el martes, pero era el filtro.
Irene la miró de lado.
—Tú ya hablas árbol.
—Es información básica.
—Claro. Como reservar una hogaza.
Clara decidió que invitar a su mejor amiga había sido un error estratégico.
Almorzaron en casa de Rosario y Julián. Gabriel preparó arroz con verduras y conejo en una paellera enorme, dejando una parte aparte porque Irene había anunciado que no comía carne «los sábados ni cuando el animal pudiera haber tenido nombre».
Rosario aceptó la condición sin discutir y añadió más alcachofas.
Irene observó a Clara moverse por la cocina, encontrar los cubiertos sin preguntar y saber en qué armario estaban los vasos.
—Has colonizado rápido —dijo.
—Vengo a menudo.
—Eso es lo que significa colonizar.
—No la provoques —advirtió Gabriel—. Ayer estuvo siete minutos explicando que no es vecina.
Irene giró la cabeza lentamente.
—¿Qué historia me he perdido?
—Ninguna.
—Unos turistas la confundieron con una mujer del pueblo — explicó Rosario— y casi pidió una rectificación en el periódico.
—No fue así.
—Fue un poco así —dijo Gabriel.
Clara lo señaló con el tenedor.
—Tú estás de mi parte.
—Estoy en el lado desde el que se veía.
Después de comer, el calor vació las calles. Julián se quedó dormido en un sillón con el periódico abierto. Rosario se retiró a ordenar unas fotos y Gabriel fue a revisar el riego. Clara e Irene se instalaron en el patio con las piernas sobre otras sillas y dos vasos de agua fría.
—Ahora puedes preguntarlo —dijo Clara.
—¿El qué?
—Si he perdido la cabeza.
Irene mordió una uva.
—No parece perdida. Parece descansando.
—Vengo casi todos los fines de semana. He teletrabajado desde aquí. Estoy escribiendo un cuento. Me han contratado para la semana cultural.
—Sé todo eso. Me mandas notas de voz de nueve minutos.
—En Madrid jamás habría aceptado hacer un cartel para un ayuntamiento pequeño.
—En Madrid haces carteles para empresas grandes. El tamaño del cliente no define tu salud mental.
Clara giró el vaso entre las manos.
—¿No piensas que estoy desapareciendo de mi vida?
Irene dejó las uvas.
—Clara, yo te he visto desaparecer de tu vida. Fue el invierno pasado, cuando cancelaste tres cenas, dormías con el móvil en la almohada y me explicaste durante veinte minutos el propósito emocional de un perfume que olía a vestíbulo de hotel. Esto no se parece.
—Quizá solo estoy escapando.
—Puede ser. Pero llevas años escapando hacia el trabajo y nunca te preocupó tanto.
La frase no sonó acusadora. Por eso llegó más lejos.
—Aquí todo es fácil —dijo Clara.
—No. Aquí estás de visita. No pagas una hipoteca, no dependes del autobús, no tienes que conseguir una cita en el consultorio ni discutir por la cobertura. Es fácil porque aún no es tu vida cotidiana.
Clara agradeció que no idealizara por ella.
—Entonces ¿qué hago?
—Nada hoy. Conocerlo. Disfrutar. Averiguar si te gusta Gabriel cuando llueva una semana seguida y si te gusta el pueblo cuando no haya mercadillo. No tienes que convertir cada fin de semana feliz en un plan quinquenal.
Desde la calle llegó la voz de Carmen:
—¡Clara! ¡Dile a tu amiga que esta tarde nos falta una para el dominó!
Irene levantó una ceja.
—¿He oído mi nombre unido a una actividad competitiva?
—No sabes jugar.
—Soy productora. Sé fingir que controlo una situación mientras todo se hunde.
A las siete, Irene estaba sentada en La Parada frente a Carmen, Pili y Elena. Había aprendido las reglas en diez minutos y las incumplía con una confianza admirable.
—No puedes cerrar por los dos lados —le dijo Carmen.
—Eso es una limitación creativa.
—Eso es el dominó.
—En Madrid jugamos distinto.
—En Madrid no sabéis ni poner las fichas boca abajo — dictaminó Pili.
Clara y Gabriel observaban desde otra mesa. Tomás dejó dos cervezas sin preguntar.
—Esto también empieza a preocuparme —dijo Clara.
—Puedes pagar el suplemento de anonimato.
Irene perdió tres partidas, discutió una cuarta y exigió revancha para el mes siguiente. Cuando por fin se levantó, Carmen le entregó una bolsa con tomates.
—Para que comas algo con sabor en Madrid.
—Volveré por esto —prometió Irene.
—Volverás porque me debes una partida.
Camino de casa, Irene enganchó su brazo al de Clara.
—Rectifico.
—¿Sobre qué?
—Es posible que acabes en una secta.
—¿La del dominó?
—La más peligrosa. Te alimentan, recuerdan tu café y te hacen creer que ayudas mientras te incluyen en todas sus actividades.
Clara sonrió.
—¿Te has aburrido?
—Muchísimo. Por eso he quedado con Carmen para agosto.
Al llegar al portal, Irene la abrazó otra vez.
—No pareces otra persona —le dijo al oído—. Pareces tú cuando no estás llegando tarde.
Esa noche, en la habitación de invitados, Irene se durmió antes de terminar una frase. Clara cerró la ventana para que no entrara fresco y vio la mochila abierta en el suelo. Dentro cabían un vestido, un neceser, un cargador y casi todo lo que Irene había necesitado para pasar el fin de semana.
Madrid, pensó Clara, podía caber en una mochila.
Lo que no sabía era cuánto espacio ocupaba ya Valdeazahar cuando regresaba con ella.