La muchacha no tiene pueblo Capítulo 21. Una estrella para cada duda
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Capítulo 21. Una estrella para cada duda

Una estrella para cada duda

Clara leyó el mensaje dos veces.

—¿Cómo se modera una duda existencial? —preguntó.

Gabriel llenaba una botella de agua en la cocina.

—No preguntando por qué estamos aquí antes de que monte el telescopio.

—¿Y después?

—Después ya ha cobrado la inscripción voluntaria y no puede echarte.

Clara miró su vestido de tirantes.

—¿Ropa de abrigo en julio?

—Haz caso al veterinario.

—Esa frase no tiene sentido si no soy una vaca.

—También sabe de personas. Estuvo casado con una.

Una hora más tarde, Clara caminaba por una pista de tierra con vaqueros, una sudadera de Gabriel que le quedaba grande y la sospecha de que iba a pasar calor por orgullo rural.

Pero al dejar atrás las últimas casas, el aire cambió.

Bajaba de la sierra con un frescor seco que olía a tomillo y tierra.

El grupo se había reunido en una explanada entre campos. Había ocho personas, tres telescopios, varias sillas plegables y una mesa con termos. Álvaro llevaba una linterna roja en la frente y una camiseta con el dibujo de Saturno.

—Bienvenidos a la única actividad municipal en la que apagar las luces mejora el servicio —anunció—. Los móviles, en modo noche. Las linternas blancas quedan prohibidas salvo ataque de jabalí, parto múltiple o aparición mariana verificable.

—¿Y si necesito ir al baño? —preguntó Carmen.

—Eso entra en aparición mariana según la distancia.

Aurelio colocó dos sillas y una manta doblada.

—Yo he venido porque dice que se ve Júpiter.

—Has venido porque no te dejo subir solo al tejado con los prismáticos —dijo Carmen.

—Cuarenta años llevo subiendo a ese tejado.

—Y quiero que llegues al cuarenta y uno.

Clara aceptó una taza de café que Rosario había llevado en un termo. Cuando Álvaro pidió apagar hasta la última pantalla, el campo quedó a oscuras.

No era la oscuridad de un dormitorio, domesticada por persianas y luces de emergencia. Era amplia, profunda. Durante unos segundos, Clara no vio nada. Después el cielo empezó a aparecer.

Primero las estrellas más brillantes. Luego otras pequeñas. Después una cantidad imposible de puntos que Madrid había borrado sin que ella supiera que los echaba de menos.

—Vaya —murmuró.

Gabriel estaba detrás de ella.

—Ese es el término científico.

—Cállate.

Álvaro señaló constelaciones con un láser verde. Explicó que la luz de algunas estrellas había salido hacia ellos antes de que naciera nadie en aquella explanada. Habló de distancias que Clara no consiguió imaginar, de gigantes rojas y de una lluvia de meteoros que llegaría en agosto.

—¿No te hace sentir insignificante? —preguntó Nuria.

Álvaro ajustó el telescopio.

—Me hace sentir descansado. Si todo esto sigue girando sin consultarme, quizá no tenga que controlar cada detalle.

—Eso es porque no has organizado una boda —dijo Sonia.

Elena ocupó el primer turno en el telescopio. Aurelio protestó porque Júpiter parecía más pequeño de lo prometido. Carmen le recordó que estaba a cientos de millones de kilómetros y él contestó que el folleto podía haberlo especificado.

Cuando le tocó a Clara, Álvaro reguló el enfoque.

—No apoyes el ojo del todo. Mira despacio.

Vio un disco claro y cuatro puntos diminutos alineados a su alrededor.

—¿Esos son...?

—Sus lunas. Las cuatro que vio Galileo.

Clara se quedó inmóvil. No se parecía a una fotografía. Era peor y mejor: pequeño, tembloroso, real. Júpiter estaba allí aunque ella no tuviera tiempo de mirarlo, aunque una presentación saliera mal o un cliente cambiara de opinión a medianoche.

Al apartarse, Gabriel esperaba su turno.

—No digas «vaya» —le advirtió.

Él miró por el ocular.

—Caramba.

—Mucho más técnico.

Cuando todos habían pasado por los telescopios, Álvaro propuso tumbarse sobre las mantas durante diez minutos y dejar que la vista se acostumbrara. Clara se acomodó junto a Gabriel. La manta era estrecha y sus hombros quedaron pegados. Él extendió la sudadera que llevaba sobre las piernas de ambos.

—Tenías razón con el frío —dijo ella.

—Puedo pedirle a Álvaro un certificado.

—No estropees el momento.

Permanecieron callados. A unos metros, alguien servía café. Carmen reprendía a Aurelio en susurros porque movía la silla. Un perro ladró muy lejos y luego no se oyó nada más que el roce del aire en los rastrojos.

Una línea de luz atravesó el cielo y desapareció.

—¿Lo has visto? —Clara agarró el brazo de Gabriel.

—Sí.

—No he pedido nada.

—Puedes presentar una reclamación.

—Era demasiado rápido.

—La próxima vez trae el deseo preparado.

Clara sonrió sin dejar de mirar arriba.

—¿Tú pedirías algo?

Gabriel tardó en responder.

—Creo que no.

—Qué satisfecho.

—No es eso. Hay cosas que quiero, pero prefiero no encargárselas a una piedra ardiendo.

—Hombre práctico.

—Para algunas cosas.

Clara giró la cabeza. Apenas distinguía su perfil.

—¿Nunca tienes miedo de haberte quedado aquí y haberte perdido algo?

Gabriel no se tensó ni convirtió la pregunta en una defensa del pueblo.

—Sí. Alguna vez.

La sinceridad la sorprendió.

—Pensaba que dirías que no.

—Estudié fuera. Vi otras vidas. Algunos amigos se quedaron en Valencia, en Madrid, en Francia. A veces pienso cómo habría sido. Pero pensar en otra vida no significa que esta sea un error.

—Yo pienso mucho en otras vidas.

—¿Y en la tuya?

—En la mía hago listas.

Gabriel buscó su mano bajo la sudadera y entrelazó los dedos con los suyos.

—Eso parece agotador.

—Lo es.

Álvaro pasó cerca de ellos repartiendo unas cartas del cielo plastificadas. Dejó una sobre la manta.

—Para orientaros. La fecha se alinea aquí y luego buscáis el norte.

Clara giró el disco varias veces sin conseguir que ninguna estrella coincidiera con la realidad.

—Esto tiene peor interfaz que la aplicación de la Seguridad Social.

Gabriel se incorporó sobre un codo.

—Lo estás mirando al revés.

—El universo no debería depender del sentido en que sujeto un cartón.

Él lo colocó sobre sus cabezas. Juntos localizaron la Osa Mayor, después Casiopea. Clara descubrió que distinguir una forma no hacía el cielo más pequeño; lo volvía legible. Quizá decidir no consistiera en ver el mapa entero, pensó, sino en reconocer dos o tres puntos y avanzar desde allí.

Otra estrella fugaz pasó hacia el norte. Esta vez Clara cerró los ojos, pero no pidió mudarse al pueblo ni publicar un libro ni despertarse convertida en una mujer que sabía exactamente qué quería.

Pidió algo más pequeño.

Tiempo para averiguarlo.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿No tienes prisa por saber qué va a pasar con nosotros?

Gabriel acarició el dorso de su mano con el pulgar.

—Tengo curiosidad. No prisa.

—Eso suena a frase preparada.

—Me ha costado cuarenta años.

Clara lo miró. En la oscuridad, hablar resultaba más fácil. No había expresiones que interpretar, lugares hacia los que escapar con los ojos.

—A veces siento que debería saberlo ya. Si esto es un fin de semana, una relación, una vida posible o una idea bonita que me he inventado porque estoy cansada.

—Puede ser una relación sin que hoy tengas que decidir dónde termina.

—¿Y a ti te basta?

—Hoy sí. Mañana te lo vuelvo a decir si hace falta.

Clara apoyó la cabeza en su hombro. Había esperado que el amor adulto trajera respuestas. Gabriel le ofrecía algo más extraño: la posibilidad de no tenerlas todavía sin que por eso todo se deshiciera.

Álvaro encendió la linterna roja.

—Quien quiera ver Saturno, que venga. Y quien esté resolviendo su vida sentimental, que baje la voz porque altera las mediciones.

Clara se incorporó de golpe.

—¿Nos ha oído?

—Álvaro oye una respiración anormal en una cabra a veinte metros —dijo Gabriel—. No teníamos ninguna posibilidad.

Se acercaron al telescopio. Esta vez, al mirar, Clara vio un planeta pequeño rodeado por un anillo perfecto, tan nítido que parecía dibujado por un niño.

—Eso no puede estar ahí —susurró.

—Lleva bastante tiempo —dijo Álvaro.

Clara cedió el sitio a Gabriel. Mientras esperaba, volvió a mirar el cielo a simple vista. No podía distinguir Saturno entre los puntos luminosos. Saber que estaba allí le bastaba.

De regreso al pueblo, Gabriel condujo con las ventanillas bajadas. Clara llevaba los pies sobre el salpicadero hasta que él señaló que aquello infringía al menos cuatro normas de seguridad.

—He visto las lunas de Júpiter —protestó ella—. Las normas terrestres me afectan menos.

—La Guardia Civil no contempla esa exención.

En la entrada de Valdeazahar, las farolas reaparecieron una a una. Clara apoyó la mano sobre la de Gabriel en la palanca de cambios.

No había resuelto ninguna de sus dudas.

Sin embargo, ya no le parecían urgencias.