La muchacha no tiene pueblo Capítulo 20. El alcalde era alcaldesa
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Capítulo 20. El alcalde era alcaldesa

El alcalde era alcaldesa

Lucía Pardo entró en la biblioteca un martes a las seis y diez de la tarde, dejó una carpeta sobre el mostrador y dijo:

—Necesito una campaña.

Clara levantó la vista del ordenador.

Había decidido trabajar allí porque en casa de Gabriel el técnico de la caldera llevaba dos horas entrando, saliendo y pronunciando la palabra «válvula» con diferentes grados de pesimismo.

En la mesa tenía los auriculares, un café de máquina y un documento con cuarenta y siete comentarios pendientes de la agencia.

—Yo necesito vacaciones —respondió—. Podemos fundar un grupo de apoyo.

Lucía se sentó frente a ella. Tenía el pelo oscuro recogido en una coleta, una camisa blanca arremangada y la expresión veloz de quien organizaba muchas cosas con pocos recursos.

—Semana cultural. Primera semana de agosto. Queremos que venga gente de la comarca y que los vecinos sepan lo que hay sin depender de seis carteles distintos y catorce mensajes de WhatsApp.

Elena apareció desde la sección infantil con una caja de devoluciones.

—Te dije que estaba trabajando.

—Y está trabajando —dijo Lucía—. Esto es trabajo.

—¿Remunerado? —preguntó Clara.

Lucía parpadeó.

—Tenemos un presupuesto pequeño.

—¿Cuánto de pequeño?

—Si lo digo muy deprisa, parece más grande.

Clara cerró el portátil de la agencia. Conocía aquella conversación. Había empezado así muchas veces: una asociación, una amistad, un proyecto ilusionante, «solo una idea sencilla». Después llegaban tres versiones de un logotipo, veinte cambios de texto y alguien preguntando si podía hacerse viral.

—Antes de hablar de dinero, dime qué necesitáis exactamente.

Lucía abrió la carpeta. Había hojas impresas, anotaciones a mano y un programa provisional.

Teatro aficionado, torneo de ajedrez, taller de cerámica, ruta de los olivos centenarios, cine de verano, cuentacuentos, concierto de la banda, exposición de fotografías antiguas y una mesa sobre emprendimiento rural.

—Queremos darle unidad —explicó—. Un cartel principal, versiones para redes, programa de mano y quizá un vídeo corto.

—Eso no es una campaña pequeña.

—El vídeo puede hacerlo mi primo.

—¿Tu primo sabe hacer vídeos?

—Tiene un móvil muy bueno.

Clara miró a Elena.

—¿Por qué sonríes?

—Porque te estás remangando.

Clara descubrió que, en efecto, se había subido las mangas de la blusa.

—Es un reflejo defensivo.

Lucía sacó otra hoja.

—Podemos pagarte esto.

La cifra era modesta, pero no insultante. Clara hizo un cálculo mental. No equivalía a sus honorarios habituales, aunque tampoco se trataba de una multinacional que pretendía ahorrar a su costa. Era un ayuntamiento pequeño con un presupuesto claro.

—Con esto puedo hacer el concepto, el cartel, el programa y unas plantillas para redes —dijo—. El vídeo queda fuera. Y necesitáis a una sola persona que apruebe, no a toda la corporación ni a la banda de música.

—Apruebo yo.

—Dos rondas de cambios.

—Tres.

—Dos.

—Dos y media.

—No existen las medias rondas.

—En la Administración existen cosas mucho más raras.

Clara contuvo una sonrisa.

—Dos rondas. Si después alguien decide que el cartel debe llevar una foto del patrón, otra de la paella y los escudos de siete entidades, presupuestamos aparte.

—Hecho.

Lucía le tendió la mano. Clara se la estrechó.

—Y necesito factura —añadió la alcaldesa.

—Por supuesto.

—El último diseñador nos preguntó si podía cobrar en aceite.

—¿Podía?

—Poder, podía. Intervención municipal opinaba otra cosa.

Elena dejó la caja sobre el mostrador.

—Me gusta ver a dos mujeres negociando sin pedir perdón.

—A mí me gustaría ver el presupuesto de cultura con un cero más —dijo Lucía—, pero cada una tiene sus aficiones.

Clara guardó el programa en el bolso. Acordaron reunirse el jueves con representantes de las asociaciones. Cuando Lucía se marchó, Elena se acercó a la mesa.

—¿Estás enfadada?

—No.

—Tienes cara de haber descubierto una nueva especie.

—Creía que me pediría que trabajase gratis.

—Lucía también trabaja. Sabe que eso se paga.

—No siempre lo sabe todo el mundo.

—Aquí tampoco. Por eso has hecho bien explicándolo.

Clara volvió a abrir el portátil, pero los comentarios de la agencia habían perdido urgencia durante diez minutos. Pensó en el programa: demasiadas actividades, públicos distintos, recursos limitados. Era un problema real y concreto. Sintió el cosquilleo familiar de una idea empezando a ordenarse.

—¿Qué representa Valdeazahar? —preguntó.

Elena colocó un libro en el carro.

—No voy a hacerte los deberes.

—No es eso. Si tuvieras que elegir una imagen.

—La plaza a las ocho, cuando ya hay sombra.

—Eso no cabe en un logotipo.

—Entonces haz un cartel y deja de pensar en logotipos.

Clara abrió la libreta verde y escribió: Una semana para salir a la calle .

El jueves, la reunión se celebró en el salón de plenos. Clara había esperado una estancia solemne; encontró una sala con aire acondicionado excesivo, una bandera que se inclinaba hacia la derecha y una cafetera de cápsulas sobre una mesa auxiliar.

Había nueve personas. Merce representaba a la asociación de comerciantes.

Elena, a la biblioteca. Álvaro, al club de astronomía, que al parecer estaba formado por él y seis personas a las que prestaba telescopios.

Una mujer llamada Sonia llevaba el grupo de teatro.

Mateo iba por el taller de bicicletas. También estaban el director de la banda, una joven ceramista, el técnico de cultura y un hombre que no se presentó pero pidió incorporar una exhibición de coches clásicos.

—Antes de empezar —dijo Clara—, necesito entender a quién queremos traer y qué queremos contar.

—Que tenemos actividades —respondió el hombre de los coches.

—Eso es lo que hay. No lo que contamos.

—Pues que hay muchas actividades.

Clara respiró por la nariz. Gabriel le había dicho que en Valdeazahar las reuniones funcionaban mejor si alguien llevaba comida. Merce había colocado una bandeja de tortas de manteca en el centro de la mesa. Quizá era un sistema de prevención de conflictos.

—Yo quiero que la gente de aquí se reconozca —dijo Sonia—. Que no parezca una feria hecha para turistas.

—Y que los que viven fuera sepan que pueden venir — añadió el director de la banda.

—Sin disfrazarnos de pueblo antiguo —dijo Nuria, la ceramista—. No quiero otra espiga dibujada en sepia.

—Ni otro eslogan sobre detener el tiempo —intervino Lucía—. Aquí no queremos que el tiempo se detenga. Queremos que el autobús pase más días.

Clara levantó la mirada.

—Eso es.

—¿El autobús? —preguntó Mateo.

—No. La idea. No vender el pueblo como un lugar fuera del presente. La semana cultural ocurre en las calles, pero habla de lo que sois ahora. Tradición, sí. También talleres, cine, negocios, libros, agricultura, música. La gente sale de casa y se encuentra.

Empezó a dibujar sobre una hoja. Una línea sencilla recorría distintas ventanas abiertas y terminaba en la plaza. Colores luminosos, tipografía clara, fotografías contemporáneas tomadas por vecinos. Nada de bancos de imágenes con campos que podían estar en Toscana.

—Podemos pedir fotos —propuso—. Una convocatoria breve: «Enséñanos dónde ocurre tu verano». Elegimos cinco con permiso de sus autores. El cartel principal usa las ventanas como marco y el programa las conecta.

—Mi balcón sale precioso —dijo Merce.

—No es una competición de balcones —advirtió Lucía.

—Eso lo dices porque el tuyo da al patio.

El debate derivó durante cuatro minutos hacia los geranios. Clara no se impacientó. Tomó notas, recuperó la atención con una pregunta y distribuyó tareas. Cuando la reunión terminó, había un concepto aprobado, un calendario y una sola persona autorizada para enviar cambios.

—Has manejado esto muy bien —dijo Lucía mientras recogían las tazas.

—He tenido clientes más difíciles.

—¿Más difíciles que Merce defendiendo sus geranios?

—Una vez trabajé con una empresa en la que el director pidió hacer más pequeño el producto para que pareciera más grande.

Lucía se quedó quieta.

—Necesito que vengas a todas las comisiones municipales.

—Eso no está incluido en el presupuesto.

Al salir, Gabriel la esperaba apoyado en la pared del ayuntamiento. Había pasado por la cooperativa y llevaba una carpeta bajo el brazo.

—¿Qué tal con el alcalde? —preguntó.

Clara lo miró.

—La alcaldesa.

—Ya lo sé.

—Has dicho el alcalde.

—He dicho «qué tal con el alcalde» porque tú lo dijiste ayer tres veces.

Clara recordó, con horror, que así había sido. Cuando Elena mencionó por primera vez que el alcalde quería hablar con ella, Clara había imaginado automáticamente a un hombre de sesenta años con corbata en agosto.

—Era una forma genérica.

—Claro.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de ingeniero agrícola feminista satisfecho.

—Es muy específica. No sabía que la tenía.

Caminaron hacia la plaza. Lucía pasó a su lado hablando por teléfono, con la carpeta de la semana cultural y una bolsa de deporte infantil.

—Mañana a las diez te mando las fotos —le dijo a Clara—. A las diez y cuarto entro en natación con Julia y después no respondo de mis actos.

—Recibido.

Gabriel esperó a que se alejara.

—¿Te ha contratado?

—Sí.

—¿Te paga?

—Sí.

—¿Has puesto límites?

—Dos rondas de cambios y ni un coche clásico sin presupuesto adicional.

Él asintió con solemnidad.

—Estoy orgulloso de ti.

—No sé si te burlas.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Clara lo agarró del brazo. Mientras cruzaban la plaza, empezó a contarle la idea de las ventanas. Hablaba deprisa, veía el cartel casi terminado y sabía qué foto pedirle a Mateo, qué frase encajaría con el cine y cómo ordenar el programa.

Gabriel la escuchó sin interrumpir.

—Te gusta —dijo cuando ella se detuvo para respirar.

—Es un proyecto bonito.

—No hablaba del proyecto.

Clara miró alrededor. Las mesas de La Parada empezaban a llenarse, Pili regaba sus macetas, una bicicleta cruzaba junto a la fuente y Lucía se alejaba hacia el polideportivo sin dejar de gestionar el pueblo por teléfono.

—Sí —admitió—. Me gusta trabajar así.

La frase le salió fácil.

Lo difícil fue comprender que también era verdad.