Capítulo 19. Mercadillo de sábado
Mercadillo de sábado
Elena le había pedido a Clara que llegara a las nueve.
A las ocho y treinta y cinco, Tomás dejó delante de ella un café con leche y una tostada con tomate sin que hubiera pronunciado una palabra.
—Esto empieza a preocuparme —dijo Clara.
—¿El qué?
—Que conozcas mi desayuno.
—Llevas viniendo tres fines de semana y nunca has cambiado.
—En Madrid podría desayunar seis meses en el mismo sitio sin que nadie supiera si tomo café o disolvente.
Tomás limpió la mesa de al lado.
—Aquí también puedo fingir que no te conozco, pero te cobraré suplemento de anonimato.
—¿Cuánto?
—Dos euros y tendrás que repetirme el pedido cada mañana.
Clara mordió la tostada.
—Me quedaré con la vigilancia.
La Plaza de la Fuente estaba cambiando de aspecto.
Una furgoneta descargaba cajas de verduras; dos mujeres montaban percheros con ropa de lino; Mateo colocaba bicicletas reparadas junto a un cartel que anunciaba un taller infantil; y Lucía, la alcaldesa, arrastraba una valla con una mano mientras hablaba por teléfono y saludaba a tres personas distintas.
Era el mercadillo mensual de productores y artesanos de la comarca. Elena había decidido instalar un puesto de libros expurgados de la biblioteca, marcapáginas hechos por los niños y una cesta para donaciones.
—Solo necesito dos manos con criterio estético —le había dicho a Clara.
Al llegar descubrió que Elena ya había montado la mesa, extendido un mantel color mostaza, ordenado los libros por tamaños y colocado flores secas dentro de una jarra.
—¿Qué parte requiere mis manos? —preguntó.
—El cartel.
El cartel era una cartulina blanca y un rotulador negro.
—Esto es una trampa para conseguir trabajo creativo gratis.
—Lo llamamos voluntariado cultural.
—En Madrid lo llamamos abuso de confianza con propósito.
Elena le tendió el rotulador.
—Por eso aquí suena mejor.
Clara escribió LIbrOS QUE BUSCAN OTRA CASA con letras grandes y dibujó debajo un erizo empujando una novela. Elena lo observó.
—Tienes mano.
—Tengo una licenciatura, doce años de experiencia y una deuda emocional con ese erizo.
—Todo suma.
A las diez, la plaza estaba llena. No abarrotada, sino viva: carros de compra, niños en patinete, parejas que paseaban sin prisa y gente que se detenía a hablar entre puesto y puesto. Olía a pan, queso, jabón de romero y los primeros melocotones del verano.
Clara conoció a Inés y Rebeca, dos hermanas de treinta y pocos años que cultivaban aromáticas y elaboraban cosmética en un pueblo cercano.
Un chico llamado Saúl vendía miel y gestionaba las colmenas con su pareja.
Nuria, ceramista, había regresado de Valencia para abrir un taller en la casa de sus abuelos y enviaba sus piezas a media Europa.
—¿Y no echas de menos la ciudad? —le preguntó Clara mientras envolvía una taza azul.
Nuria se encogió de hombros.
—Echo de menos algunas cosas. Los cines en versión original, sobre todo. Voy una vez al mes y vuelvo con la sensación de haber hecho turismo extremo.
—¿Y trabajar desde aquí?
—La fibra va mejor que mi voluntad. El problema no es internet. El problema es conseguir que el mensajero no deje todos mis paquetes en casa de Amalia porque le pilla de paso.
Desde su puesto, Amalia levantó una caja.
—¡Te quedan dos de ayer!
—¿Ves? —dijo Nuria—. Logística avanzada.
Clara sonrió. Había llegado al mercadillo esperando tarros de conserva con etiquetas escritas a mano y se encontraba escuchando una discusión sobre envíos internacionales, costes de plataforma y fotografía de producto.
El pueblo no era una cápsula preservada.
Era una red pequeña donde todos parecían saber qué hacía el otro y, a veces, podían ayudarse antes de que se lo pidieran.
Gabriel apareció cerca del mediodía con una caja de albaricoques.
—Sobran de un pedido —explicó.
—¿Sobran o los has traído para alimentar a la voluntaria explotada?
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Elena probó uno.
—Necesitan un día más.
—Necesitas dejar de juzgar la fruta como si optara a una plaza pública —dijo Gabriel.
—La biblioteca tiene estándares.
Clara colocó la caja en una esquina. Gabriel se quedó mirándola un instante. Ella llevaba el pelo recogido de cualquier manera, el cartel tenía una mancha de café y alguien le había pegado un adhesivo de dinosaurio en el hombro.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Esa cara no es de nada.
—Te queda bien el comercio minorista.
—No estoy comerciando. Elena regala libros a cambio de donaciones y me impide llevar una contabilidad.
—Porque has intentado hacer una hoja de cálculo —dijo Elena.
—Hay libros que cuestan cincuenta céntimos y libros que cuestan dos euros. Esto necesita un sistema.
—Necesita una lata.
Elena sacudió la lata de las donaciones. Gabriel se rio y se alejó para ayudar a Julián a descargar unas botellas de aceite de la cooperativa.
A primera hora de la tarde, un matrimonio de unos sesenta años se detuvo ante el puesto. Llevaban sombreros de tela iguales y una guía de carreteras doblada.
—Qué pueblo tan bonito —dijo la mujer—. Hemos parado de camino a Alcaraz.
—Pues han elegido bien el día —respondió Clara—.
El mercadillo es una vez al mes. La panadería está al final de esa calle, pero si quieren una hogaza grande tienen que reservarla.
La iglesia se puede visitar hasta las dos y detrás de la biblioteca hay un patio que merece la pena.
Para comer, en La Parada, aunque conviene que hablen con Tomás ya.
El hombre miró el cartel del puesto.
—¿Estos libros son de la biblioteca?
—Sí. Pueden llevarse cualquiera y dejar lo que quieran.
—Da gusto que los vecinos cuidéis estas cosas —dijo la mujer.
Clara tardó una fracción de segundo de más.
—Yo no soy vecina.
Elena, que ordenaba unos cuentos, no levantó la cabeza.
—Vivo en Madrid —añadió Clara—. Solo estoy ayudando hoy. Bueno, vengo algunos fines de semana, pero no soy de aquí.
—Ah —dijo la mujer, sin conceder importancia a la precisión—. Pues lo explicas como si lo fueras.
Compraron una novela policíaca y se marcharon hacia el bar.
Clara recolocó una pila que no necesitaba ser recolocada.
—No he dicho nada —señaló Elena.
—Pero has pensado algo.
—Pienso muchas cosas. Es una de las ventajas de trabajar rodeada de libros.
—Me han confundido porque sabía dónde estaba la panadería.
—Una prueba concluyente de empadronamiento.
—Y porque estoy detrás de un puesto.
—Naturalmente.
—No soy vecina.
—Clara, tenemos una biblioteca pequeña, pero aún conservamos el significado de las palabras.
Ella quiso reírse y no pudo del todo. Algo en su insistencia le resultaba embarazoso. Como si ser confundida con una mujer de Valdeazahar revelara una pretensión que no se había permitido formular.
Nora apareció acompañada de Rosario y corrió hasta el puesto.
—¿Has escrito el de la urraca?
—He empezado.
—¿Y cuándo lo terminas?
—No lo sé.
—¿El jueves?
—Nora, los cuentos no se hacen por encargo.
La niña cogió un marcapáginas y lo examinó.
—Entonces, ¿cómo se hacen?
Clara abrió la boca. Rosario la salvó.
—Con tiempo, imaginación y dejando a la escritora respirar.
—Yo respiro —dijo Clara.
—No siempre —murmuró Elena.
Rosario compró dos novelas que aseguró haber leído ya.
—¿Entonces para qué se las lleva? —preguntó Clara.
—Para dárselas a mi hermana. Si las dejo aquí, se lleva otras que le gustan menos y después me las cuenta por teléfono.
—Estrategia familiar —aprobó Elena.
—Años de práctica.
Cuando el mercadillo empezó a desmontarse, la lata contenía más dinero de lo esperado y quedaban solo doce libros.
Clara plegó el mantel, recogió papeles y acompañó a Elena hasta la biblioteca.
Estaba cansada, le dolían los pies y tenía en el bolso dos jabones, una taza azul, un bote de miel y un cuaderno cosido a mano que no necesitaba.
Gabriel la esperaba junto a la fuente.
—¿Te has arruinado apoyando la economía local?
—Me he moderado.
—Llevas una bolsa que pone «Cerámica Nuria».
—Es una inversión.
Caminaron hacia la casa de Gabriel. En la esquina de la panadería, el matrimonio de turistas les hizo un gesto de saludo.
—Gracias por la recomendación —dijo el hombre—. Hemos comido fenomenal.
—Me alegro.
La mujer miró a Gabriel y luego a Clara.
—Tu vecina nos ha organizado la visita entera.
Gabriel esperó a que se alejaran.
—Tu vecina —repitió.
—No empieces.
—No he empezado nada.
—Ha sido una confusión.
—Grave, por lo que veo.
Clara siguió andando con la bolsa golpeándole la pierna.
—Solo he aclarado que vivo en Madrid.
—Vives en Madrid.
—Exacto.
Gabriel le pasó un brazo por los hombros.
—Y hoy has sabido decirle a un señor dónde comer, cuándo cierra la iglesia y cómo reservar una hogaza.
—Información básica.
—Por supuesto.
—No significa nada.
—No he dicho que signifique nada.
Eso la irritó todavía más, porque Gabriel tenía la costumbre de dejar espacio alrededor de las cosas hasta que Clara podía oírlas por sí misma.
Al llegar a casa, sacó sus compras. Dentro de la bolsa, junto a la taza, encontró el adhesivo de dinosaurio que se había despegado de su hombro.
Lo pegó en la tapa de la libreta verde.
No significaba nada.
Pero lo alisó con cuidado para que no se cayera.