Capítulo 18. La libreta verde
La libreta verde
Esa noche, Clara dejó la libreta sobre la mesa de la cocina de Gabriel y se dedicó a rodearla.
Primero preparó una infusión. Luego abrió una ventana. Después decidió que entraban mosquitos y la cerró. Colocó la taza a la derecha, cambió la taza a la izquierda, comprobó un correo de la agencia y limpió tres migas que no suponían ninguna amenaza para la literatura universal.
Gabriel, sentado al otro extremo de la mesa, leía una novela con unas gafas de montura fina que Clara no le había visto nunca.
—No sabía que usabas gafas.
—Solo para leer.
—Te dan aspecto de profesor que suspende con amabilidad.
—Puedo quitármelas y suspenderte con dureza.
—No hace falta.
Gabriel pasó una página. Llevaba un pantalón de algodón gris y una camiseta vieja.
Sin el vaquero de trabajo, las botas y el sol de la finca, parecía otro hombre y, al mismo tiempo, más él.
Clara había empezado a descubrir que Gabriel tenía versiones que no anunciaba: el que sabía distinguir una variedad de almendro por la forma de la hoja, el que cocinaba escuchando jazz, el que llamaba a su padre para recordarle una cita médica sin usar la palabra recordar, el que se reía con todo el cuerpo cuando algo lograba sorprenderlo.
También estaba el que no preguntaba por la libreta verde aunque llevara veinte minutos mirándola como si esperase que eclosionara.
—Puedes leerlo —dijo ella.
Gabriel levantó la vista.
—¿El qué?
—No finjas que no sabes de qué hablo.
—Estoy intentando asegurarme.
—El cuento.
Él cerró el libro dejando un dedo entre las páginas.
—¿Quieres que lo lea ahora?
Clara estuvo a punto de retirarse. Podía decir que no, que otro día, que todavía tenía que pasarlo a limpio. En la agencia enseñaba ideas sin terminar a diario, pero aquello era diferente. Una campaña podía protegerse con datos, estrategia y cuarenta diapositivas. Ernesto solo tenía púas.
—Sí. Ahora.
Gabriel dejó su novela a un lado.
—Vale.
—Y quiero que me digas la verdad.
—Vale.
—No «está muy bien» porque nos besemos.
—No pensaba evaluar la puntuación de las comas según el número de besos.
—Ni «me encanta» por quedar bien.
—Clara.
—¿Qué?
—Dame la libreta antes de que redactes un contrato.
Ella la deslizó por la mesa. Gabriel se quitó las gafas, limpió los cristales con el borde de la camiseta y volvió a ponérselas. Ese gesto doméstico le produjo a Clara una ternura desproporcionada.
—No me mires mientras leo —pidió él.
—Esta es mi cocina ahora mismo.
—Es mi cocina.
—Pues no me mires tú a mí mientras lees.
—Me parece un acuerdo excelente.
Clara se refugió en la encimera y decidió lavar una taza que ya estaba limpia. Lo oyó pasar las páginas. Cada pequeño roce de papel parecía una valoración. Cuando dejó de oírlo, se giró.
Gabriel estaba releyendo la última página.
—¿Y? —preguntó.
—Dame un momento.
—Llevas un momento.
—Ahora necesito otro.
Clara apretó el paño entre las manos.
—Los niños creen que el final no funciona.
—Los niños tienen razón.
La respuesta llegó con tanta sencillez que ella parpadeó.
—Podrías haber empezado por algo positivo.
—El principio es muy bueno.
—Ahora parece que lo dices porque te lo he pedido.
—También me gusta la urraca.
—La urraca es secundaria.
—Los secundarios también merecen cariño.
Clara dejó el paño.
—¿Qué le pasa al final?
Gabriel volvió la libreta hacia ella y señaló una frase.
—Durante todo el cuento, Ernesto busca a alguien que lo eche de menos cuando el macetero cambia de balcón. Aquí encuentra una casa vacía y decide que ya está. Parece que se conforma con un tejado.
Era casi lo mismo que Leo había dicho, pero expresado de una manera que alcanzaba el centro exacto de la historia.
—Se supone que es un final feliz.
—Puede serlo. Solo que no es el final de este cuento.
Clara se sentó frente a él.
—¿Y cuál es?
Gabriel se quitó las gafas.
—Eso te toca a ti.
—Qué cómodo.
—No querrás que además te lo escriba.
—Tienes mucha opinión para alguien que se retira justo al final.
Él sonrió y empujó la libreta hacia ella.
—El cuento es tierno sin ser blandito. Ernesto da pena solo el tiempo justo y la escena de las zapatillas es muy divertida. Si arreglas el final, Nora va a obligarme a comprar veinte ejemplares.
Clara bajó la vista. Había esperado generosidad, porque Gabriel lo era. No había esperado precisión. La diferencia importaba.
—¿Lees muchos álbumes infantiles?
—Desde que nació Nora, bastantes. Y cuando era pequeño mi madre me llevaba a la biblioteca. No había tantos como ahora, pero Elena encontraba cosas.
—Tú no dices nunca «yo de esto no entiendo».
—Lo digo muchísimo.
—No es verdad.
—Ayer se lo dije al técnico del cabezal de riego.
—Eso no cuenta. Nadie entiende un cabezal de riego.
—El técnico sí. Por eso lo llamé.
Clara acarició con el pulgar la esquina de la libreta.
—En mi trabajo, si enseñas algo inacabado, todo el mundo intenta convertirlo en lo que necesita.
—¿Y yo no?
—Tú has visto lo que quería ser antes de decirme lo que le faltaba.
Gabriel apoyó los antebrazos en la mesa.
—A lo mejor porque no necesito que el erizo venda yogures.
Ella se rio.
—Dame una hora.
—¿Para qué?
—Para arreglarlo.
—Son casi las once.
—Mañana no tengo reunión hasta las diez.
—Eso no responde a la hora.
Clara ya había abierto la libreta por una página en blanco.
—Puedes irte a dormir.
—Puedo.
—Pero no vas a hacerlo.
—No.
Gabriel recuperó su novela y volvió a ponerse las gafas. La cocina quedó en silencio, salvo por el rasgueo del bolígrafo de Clara y el canto insistente de un grillo al otro lado de la ventana.
Escribió una primera versión en la que Ernesto encontraba una familia de ratones.
La tachó por previsible. En la segunda, todos los vecinos de los balcones construían un jardín común.
Le gustaba la idea, pero el erizo seguía siendo un invitado en la solución de los demás.
En la tercera, Ernesto perdía el macetero durante una tormenta y descubría que cada balcón conservaba algo suyo: un cojín, una taza, una hoja seca, una pluma de la urraca.
—¿Sigues despierto? —preguntó sin levantar la vista.
—Estoy leyendo.
—Eso no es una respuesta.
—Precisamente por eso sigo despierto.
Clara escribió dos párrafos más. Ernesto comprendía que su casa no era el macetero ni ninguno de aquellos balcones. Era el camino que todos sabían recorrer para encontrarlo. Al final, elegía un jardín con una puerta baja, pero antes colgaba un cartel: PODÉIS VENIR SIN LLAMAR. MENOS LA URRACA .
Releyó el cierre. Algo se acomodó.
—Ya está.
Gabriel cerró su libro.
—¿Quieres que lo lea?
—No.
—Perfecto.
—Quiero leértelo yo.
Él ladeó la cabeza.
—También perfecto.
Clara comenzó desde el momento de la tormenta. Leyó despacio, corrigiendo una palabra sobre la marcha. Cuando llegó al cartel, Gabriel soltó una carcajada.
—Pobre urraca.
—Se lo ha ganado.
—Eso es verdad.
—¿Funciona?
Gabriel no contestó inmediatamente. Le tendió la mano por encima de la mesa. Clara dejó el bolígrafo y entrelazó los dedos con los suyos.
—Ahora sí —dijo él—. Ahora Ernesto elige.
La palabra se quedó suspendida entre ambos.
Elegir.
No encontrar por casualidad. No aceptar el primer tejado. No quedarse porque no hubiera otro sitio. Elegir.
Clara miró la hora: las doce y cuarenta y siete.
—He escrito casi dos mil palabras.
—Y has lavado la misma taza cuatro veces.
—Era parte del proceso.
Gabriel se levantó y se acercó a la encimera. Cogió la taza, la secó y la guardó en un armario.
—El proceso se va a la cama.
—El proceso tiene sed.
—El proceso ya ha tomado una infusión, dos vasos de agua y medio melocotón.
Clara cerró la libreta. Al levantarse, él le pasó un brazo por la cintura y la atrajo hacia sí. La besó con suavidad, como si el día no necesitara ninguna otra conclusión.
—Gracias por leerlo —murmuró ella.
—Gracias por dejarme.
—No te acostumbres.
—No pensaba presumir en la cooperativa.
Clara apoyó la frente en su pecho y escuchó el ritmo tranquilo de su corazón.
Hacía años que no escribía durante horas sin pensar si aquello sería rentable, presentable o útil.
Había escrito porque catorce niños querían saber qué le ocurría a un erizo.
Porque Gabriel había entendido el cuento. Porque ella necesitaba descubrirlo.
Cuando apagaron la luz de la cocina, la libreta verde quedó sobre la mesa.
A la mañana siguiente, Clara encontró al lado un lápiz recién afilado y una nota de Gabriel.
Para la urraca. Creo que merece su propia historia.
Antes de abrir el ordenador de la agencia, Clara escribió el título.