Capítulo 17. Catorce niños y un erizo
Catorce niños y un erizo
Clara había presentado campañas ante consejos de administración capaces de despedir a trescientas personas antes del segundo café y, sin embargo, nunca había sentido un miedo comparable al que le produjo una puerta decorada con catorce erizos de cartulina.
En el centro, con letras torcidas y purpurina verde, alguien había escrito: BIENVENIDA, CLARA LA DE LOS CUENTOS .
—¿Quién les ha dicho que soy «la de los cuentos»? — preguntó en voz baja.
Elena, a su lado, fingió estudiar el cartel.
—La información circula deprisa en los municipios pequeños.
—Esto es una filtración.
—Es entusiasmo infantil. Se parece mucho, pero mancha más.
Clara se miró la falda, por si la purpurina ya hubiera empezado a atacarla.
Llevaba quince minutos comprobando que la libreta verde seguía dentro del bolso.
La había sacado dos veces, había alisado una esquina, había vuelto a guardarla y, justo antes de entrar en el colegio Las Encinas, había considerado la posibilidad razonable de huir a Portugal.
Gabriel apoyó una mano en el marco de la puerta.
—Puedo decir que se ha roto el tractor y necesito una publicista con urgencia.
—¿Para qué?
—Para redactar un comunicado.
—¿Qué comunicado?
—«El tractor lamenta profundamente no poder arrancar y está estudiando medidas para que no vuelva a suceder».
Clara soltó una risa corta, justo la que él buscaba.
—Vete —dijo—. Tu presencia me da seguridad y me pone nerviosa a la vez.
—Una combinación muy completa.
—Gabriel.
—Me voy. Nora me ha prohibido quedarme porque dice que los padrinos no saben estar callados en clase.
Desde dentro llegó una voz infantil:
—¡Es verdad!
Gabriel levantó las manos, se inclinó para besar a Clara en la mejilla y echó a andar por el pasillo.
—Luego te espero en la plaza.
Ella lo vio alejarse con la serenidad irritante de quien no iba a leer un cuento inédito ante catorce críticos sin filtro. Elena abrió la puerta y Raquel, la maestra, recibió a Clara con una sonrisa tranquila.
La clase era más luminosa de lo que había imaginado. Había plantas en latas pintadas, una pantalla digital, mapas, una estantería llena de libros usados y mesas dispuestas en semicírculo. Los niños la miraban con la atención reservada a las visitas y a los insectos grandes.
Nora ocupaba la primera silla.
—Mi padrino ha dicho que estabas nerviosa —anunció.
—Tu padrino habla demasiado.
—Mi madre también lo dice.
Raquel se llevó un dedo a los labios, aunque estaba sonriendo.
Clara se sentó en una silla diminuta. Las rodillas le quedaron a una altura poco digna. Sacó la libreta y la dejó cerrada sobre el regazo.
—Antes de empezar —dijo—, tengo que contaros una cosa. Este cuento todavía no es un libro.
Yago, un niño con gafas rojas y una camiseta de dinosaurios, alzó la mano.
—Pues parece una libreta.
—Eso es porque todavía es una libreta.
—Entonces has dicho bien que no es un libro.
—Gracias por verificarlo.
Hubo algunas risas. Clara notó que podía respirar otra vez.
—Como aún no está terminado, necesito que me digáis la verdad. Si algo os aburre, si no se entiende o si pensáis que el erizo se está comportando como un idiota...
—No se puede decir idiota —intervino Salma, muy seria.
—Excepto si lo dice una escritora —aclaró Leo desde la última fila.
—Tampoco —dijo Raquel.
—Entonces, si pensáis que toma decisiones poco acertadas—corrigió Clara.
Abrió la libreta por la página señalada con una cinta amarilla. El primer renglón, escrito muchas noches atrás en su piso de Chamberí, le pareció de pronto la cosa más íntima que había enseñado nunca.
—«El día que todos encontraron una casa, Ernesto descubrió que la suya tenía ruedas».
Al levantar la vista, los catorce seguían mirando.
Continuó.
El cuento hablaba de un erizo que vivía en un macetero transportado de balcón en balcón.
En cada casa intentaba adaptarse: aprendía a dormir con el ruido de una lavadora, a no pinchar las zapatillas de una señora y a compartir migas con una familia de gorriones.
Pero, justo cuando empezaba a conocer el lugar, el macetero volvía a cambiar de ventana.
Ernesto se convencía de que una casa debía de ser algo que los demás sabían reconocer de inmediato y él no.
Clara había leído tres páginas cuando Nora levantó la mano.
—¿Por qué no se baja?
—Porque le da miedo no encontrar otro sitio.
—Pero no está encontrando ninguno así —observó Leo.
—Eso todavía no lo sabe.
Yago no levantó la mano.
—Yo le pondría patas al macetero.
—Los maceteros no tienen patas —dijo una niña rubia.
—En los cuentos sí pueden.
Se abrió un debate sobre la anatomía de los maceteros.
Raquel hizo ademán de intervenir, pero Clara negó suavemente con la cabeza.
Durante unos minutos, el aula se llenó de ruedas, raíces que servían de freno, balcones unidos por tirolinas y una grúa conducida por palomas.
Clara apuntó deprisa en una página en blanco.
—¿Estás copiando nuestras ideas? —preguntó Salma.
—Estoy tomando notas.
—Mi padre dice que copiar está mal.
—Vuestros nombres irán en los agradecimientos si algún día uso una grúa de palomas.
Eso pareció resolver el conflicto ético.
Reanudó la lectura. Al principio vigilaba cada frase, cada silencio, cada palabra que le parecía demasiado larga.
Poco a poco dejó de escuchar su propia voz y comenzó a mirar las caras.
Los niños se adelantaban con el cuerpo cuando Ernesto estaba a punto de caer, resoplaban cuando una urraca le robaba el cojín y celebraban que el erizo se atreviera por fin a abandonar el macetero.
El final que Clara había escrito le pareció, al llegar a él, débil.
Ernesto encontraba una casita en un jardín y decidía quedarse. Era correcto. Cálido. Redondo. También era exactamente el tipo de cierre que una marca habría aprobado en la primera reunión.
Leyó la última frase y cerró la libreta.
Hubo un segundo de silencio.
—¿Ya está? —preguntó Nora.
—Ya está.
—No puede estar.
—¿Por qué?
Nora arrugó la nariz, como si la respuesta fuese evidente.
—Porque la casa estaba vacía.
—Puede llenarla.
—¿Solo?
Clara miró a Raquel, pero la maestra se limitó a cruzar los brazos, encantada.
Leo levantó la mano esta vez.
—A lo mejor no tiene que encontrar una casa. A lo mejor tiene que encontrar a alguien que sepa dónde está cuando lo buscan.
La frase cayó en Clara con una precisión inesperada.
—Eso es bastante bueno —admitió.
—Leo lee escondido —informó Yago.
—No leo escondido.
—Te vi en el recreo.
—Me escondía de ti y, ya que estaba, leía.
Las risas llenaron el aula. Clara bajó la mirada a la libreta para disimular la emoción absurda que le había subido hasta la garganta.
Había recibido premios, felicitaciones de clientes, aplausos en auditorios con focos.
Nada se parecía a aquellas catorce personas discutiendo porque el final de su historia no estaba a la altura del erizo.
Raquel repartió folios y propuso que dibujaran la casa que Ernesto necesitaba.
Durante media hora, Clara se movió entre las mesas.
Salma diseñó un árbol con ascensor. Yago dibujó un castillo defendido por un monstruo que, según explicó, solo atacaba a los agentes inmobiliarios.
Leo representó una plaza diminuta con un banco y varias ventanas encendidas.
Nora hizo un macetero rodeado de animales y escribió debajo, con caligrafía grande: AQUÍ SABEN SU NOMbrE .
Cuando sonó el timbre, nadie salió inmediatamente.
—¿Cuándo vienes otra vez? —preguntó Salma.
—No sé si...
—El jueves nos viene bien —dijo Yago.
—El jueves tenéis matemáticas —recordó Raquel.
—Por eso.
Nora abrazó a Clara por la cintura con la contundencia de quien había tomado una decisión.
—Tienes que escribir el siguiente.
—Primero tendré que arreglar este.
—Pues date prisa.
Clara salió del colegio con los dibujos bajo el brazo y la sensación de que el suelo había cambiado ligeramente de inclinación. Elena caminaba a su lado sin decir nada. Esperó hasta llegar a la acera.
—Puedes pronunciarlo —dijo entonces.
—¿El qué?
—Que ha ido bien. No causa dependencia ni salen granos.
Clara miró los catorce dibujos, la purpurina pegada a su manga y la libreta verde, ahora abultada por las notas.
—Ha ido bien.
—Otra vez, con menos sufrimiento.
—Ha ido muy bien.
En la plaza, Gabriel estaba sentado en la terraza de La Parada con dos cafés. No se levantó a interrogarla ni le preguntó si los niños habían aplaudido. Miró el montón de papeles y apartó una silla con el pie.
—¿Ese erizo conserva la casa?
Clara se sentó frente a él.
—No. Y creo que tampoco la necesita como yo pensaba.
Gabriel le acercó el café.
—Pobre hombre. Qué mañana lleva.
Ella apoyó los dibujos sobre la mesa, sujetándolos para que no se los llevara el aire. En el de Nora, el macetero estaba rodeado de caras sonrientes.
—Quieren otro cuento.
—Normal.
—No digas «normal» como si fuese normal.
—De acuerdo. Es un acontecimiento extraordinario y convendría avisar a la prensa provincial.
Clara le dio una patada leve bajo la mesa.
—Quieren otro —repitió, y esta vez dejó que la alegría sonara entera.
Gabriel levantó la taza.
—Entonces tendrás que escribirlo.
Clara miró la libreta. Por primera vez, la página siguiente no le pareció una amenaza.
Le pareció una invitación.