Capítulo 16. Las bicicletas de Mateo
Las bicicletas de Mateo
Dos semanas después, Clara llegó a Valdeazahar con tres versiones del cuento, una bolsa de libros de referencia y la firme convicción de que todos los erizos debían permanecer en libertad, lejos de las escuelas.
En aquellos días había desmontado el cuento casi por completo.
Ernesto ya no recorría una colección de puertas: viajaba de balcón en balcón dentro de un macetero con ruedas, siempre a punto de acostumbrarse antes de que volvieran a trasladarlo.
La urraca sobrevivía a la reforma. Clara aún no sabía si por su utilidad narrativa o porque se negaba a perderlo todo a la vez.
La lectura sería el viernes. Había pedido teletrabajar el jueves y el viernes por la tarde, presentado la solicitud con tal cantidad de explicaciones que Hugo respondió únicamente:
Sí. Y respira.
Gabriel la recogió en Albacete el jueves por la mañana. Durante el camino, Clara ensayó el principio en voz alta.
—«El día que todos encontraron una casa, Ernesto descubrió que la suya tenía ruedas».
—Me gusta.
—No te he pedido opinión.
—Has leído en voz alta dentro de mi coche.
—Necesito que seas público, no crítico.
Gabriel miró al frente con solemnidad.
—Haré ruidos de butaca.
Clara cambió una palabra, volvió a leer y se interrumpió.
—Es demasiado largo.
—El trayecto, sí. El cuento no lo sé.
—Elena dice que dura nueve minutos.
—Entonces tienes otros treinta para preocuparte.
En lugar de ir a casa, Clara pidió bajar en la plaza. Necesitaba caminar antes de conectarse al trabajo. Llevaba pocos minutos allí cuando oyó un golpe metálico, seguido de una voz infantil.
—No ha sido nada.
Yago estaba sentado en el suelo junto a una bicicleta azul. La cadena colgaba, la rueda trasera parecía torcida y él tenía una mancha negra en la pantorrilla.
—¿Estás bien? —preguntó Clara.
—Sí. La bici no.
—Eso parece.
—No me he caído. Se ha caído ella conmigo encima.
Clara aceptó la distinción. Lo ayudó a levantarse y examinó la bicicleta con la misma autoridad que habría usado ante un motor de avión.
—Necesita... herramientas.
—Mateo la arregla.
—Perfecto. ¿Quién es Mateo?
Yago señaló una calle lateral. Empujaron la bicicleta hasta un garaje abierto de par en par. Sobre la puerta había un cartel pintado a mano: BICICLETAS. SE ARREGLAN Y SE ENSEÑAN .
Destaques de colores, ruedas y cajas de piezas ocupaban las paredes. Un hombre mayor ajustaba el freno de una bicicleta pequeña mientras una niña de unos siete años lo observaba.
—Despacio, Salma —decía—. Si aprietas como si el tornillo te debiera dinero, lo pasas.
El hombre levantó la vista. Era delgado, tenía el pelo gris muy corto y unas gafas colocadas en la punta de la nariz.
—Yago. ¿Qué le has hecho esta vez?
—Nada. Se ha caído ella.
—Las bicicletas llevan años soportando acusaciones sin abogado.
Yago presentó a Clara como «la amiga de Gabriel que escribe el cuento del erizo». Ella abrió la boca para corregir la definición, pero Mateo ya le tendía la mano.
—Mateo López. Maestro de taller jubilado y esclavo de estas máquinas.
—Clara Serrano. Incapaz de identificar lo que se ha roto.
—Mejor. Así no llegas con un diagnóstico de internet.
Mateo puso la bicicleta boca abajo. Hizo girar la rueda, observó el movimiento y pidió a Yago una llave concreta. El niño eligió dos incorrectas antes de acertar. Salma se sentó en un taburete y empezó a dibujar con tiza un dragón en el suelo.
—La rueda está descentrada —explicó Mateo—. Y esta cadena pide una limpieza desde la primavera pasada.
—La limpié —protestó Yago.
—¿Cuándo?
—En primavera.
—¿De qué año?
Yago no respondió.
Clara miró la hora. Tenía cuarenta minutos antes de la primera llamada.
—¿Puedo ayudar?
Mateo señaló un delantal colgado.
—Puedes sujetar aquí. Pero la camisa sufrirá.
Era una camisa beige recién comprada. Clara se puso el delantal.
—Las camisas se recuperan.
—Buena actitud.
Sujetó el cuadro mientras Mateo aflojaba la rueda. Él le enseñó a tensar la cadena y dejó que Yago limpiara los eslabones con un cepillo. No hacía el trabajo entero para acabar antes. Repetía las instrucciones, corregía las manos y esperaba a que el niño comprendiera.
—¿Tú arreglas todas las bicicletas del pueblo? —preguntó Clara.
—Todas no. Algunas solo necesitan que su dueño aprenda a inflar una rueda.
—Y no cobra —dijo Salma desde el suelo.
—Cobro.
—Mi madre te trajo tomates.
—Eso es cobrar.
Un niño mayor apareció en la puerta con un patinete. Leo tenía diez años y la expresión escéptica de quien había visto fracasar demasiados planes de adultos.
—La lectura de mañana es para pequeños, ¿no? —preguntó al ver a Clara.
—Es para el grupo entero.
—Yo ya leo novelas.
—Te felicito.
—Los cuentos de animales son para niños.
—¿Qué novelas lees?
Leo mencionó una saga fantástica protagonizada por dragones.
Clara asintió.
—Animales muy adultos.
Salma se rio. Leo dejó el patinete y fingió interesarse por la rueda.
—Solo digo que, si el erizo habla, tiene que tener una razón.
—No habla —dijo Clara.
—Entonces mejor.
La opinión del niño la preocupó más de lo razonable. Abrió el bolso y sacó la libreta.
—¿Y si la urraca habla?
Leo se encogió de hombros.
—Las urracas podrían hablar. Parecen saber cosas.
—Eso dije yo —intervino Elena desde la puerta.
Había llegado con una caja de libros para Mateo, que también funcionaba como punto informal de devolución cuando a alguien le costaba desplazarse hasta la biblioteca.
—No puedes convocar un comité editorial en un taller sin avisarme —añadió.
—No lo he convocado. Me ha encontrado.
Elena comprobó que Clara llevaba la libreta.
—¿Has elegido final?
—Tres.
—Entonces no.
Mateo enderezó un radio con una llave pequeña. La rueda giró más limpia, aunque aún conservaba una leve oscilación.
—Podría cambiarla entera —dijo—. Pero esta sirve. Solo necesitaba ajuste.
Yago pasó la mano por el neumático.
—Parece la misma.
—Esa era la idea.
Clara observó la rueda. No se había vuelto nueva, ni perfecta, ni otra. Volvía a hacer aquello para lo que existía.
Abrió la libreta por el tercer final. En él, Ernesto perdía el macetero y encontraba una casita vacía en un jardín.
Cabía él, cabían sus cosas y la puerta era lo bastante baja para no rozarle las púas.
La urraca no explicaba nada. Se limitaba a posarse en el tejado mientras Ernesto decidía quedarse.
Clara tachó las últimas cuatro líneas.
—¿Ya está? —preguntó Yago.
—Creo que sí.
—¿El erizo tiene bicicleta?
—No.
—Pues en el siguiente.
Mateo terminó de apretar la rueda y dio una vuelta al pedal. La cadena avanzó sin saltos. Yago llevó la bicicleta a la calle, montó y recorrió veinte metros. Al volver, sonreía.
—No te subas a bordillos hasta mañana —le advirtió Mateo.
—¿Por la rueda?
—Por mi tensión.
Clara se quitó el delantal. Tenía grasa en dos dedos y una mancha oscura en la camisa a pesar de todo.
—No sale fácilmente —dijo Mateo—. Pero tengo jabón en el fondo.
—No importa.
—Ayer habrías dicho otra cosa —comentó Gabriel, que acababa de llegar al garaje buscándola.
—Ayer no tenía una rueda que justificar.
Él miró la bicicleta de Yago, luego la libreta abierta.
—¿Final terminado?
Clara cerró la tapa.
—Sí.
—¿Quieres ensayar conmigo? —preguntó Gabriel.
Clara pensó en la libreta cerrada de la guantera y en las dos semanas de paciencia. Aún no podía soportar ver el cuento entero reflejado en sus ojos.
—Todavía no.
—De acuerdo.
—¿No vas a decir que mañana se lo leeré a catorce personas?
—Mañana se lo leerás a catorce expertos. Conmigo no tienes fecha.
El alivio le dejó claro que había respondido bien.
—Puedes hacer ruidos de butaca cuando llegue el momento.
—Los practicaré en privado.
Yago pasó en la bicicleta y levantó una mano.
—¡Mañana vamos todos!
Antes de irse, Mateo anotó en una pizarra el nombre de Yago y la reparación. No era una factura: cada niño acumulaba horas de ayuda y, cuando llegaba a diez, enseñaba a otro una tarea que ya dominaba.
—Así no creen que esto aparece hecho —explicó—. Y yo no me convierto en servicio técnico gratuito hasta los noventa.
Salma llevaba seis horas y sabía poner parches. Leo, nueve, aunque sostuvo que limpiar no debía contar como aprendizaje.
—¿Y los adultos? —preguntó Clara.
—Los adultos traen piezas o enseñan algo. Merce da meriendas, Álvaro revisa que no nos matemos y Gabriel arregló la luz. Tú hoy has sujetado una rueda.
Mateo escribió CLARA: 1 .
—No vivo aquí —dijo ella.
—La pizarra no exige empadronamiento.
Clara lo vio alejarse hacia la plaza. Salma ya había anunciado que llevaría un dibujo. Leo seguía en la puerta, fingiendo que no escuchaba. Nora había preparado preguntas, según Gabriel.
Catorce niños y un erizo la esperaban al día siguiente.
Por primera vez, Clara no deseó que el tren se averiara.
Aquella tarde trabajó desde la biblioteca. A las seis, cuando cerró el portátil, cruzó sola hasta el colegio. La verja estaba abierta porque Raquel preparaba materiales. Clara no entró. Miró las ventanas bajas, los dibujos pegados y las catorce sillas que alcanzaba a distinguir dentro del aula.
Podía presentar una campaña ante personas que juzgaban presupuestos de millones. Al día siguiente, un grupo de niños juzgaría si un erizo merecía nueve minutos de atención.
Raquel la vio desde dentro y levantó una mano.
—¿Todo listo?
Clara estuvo a punto de mentir. Después alzó la libreta verde.
—Lo suficiente.
Volvió a la plaza repitiendo en voz baja la primera frase. Al tercer intento dejó de sonar como un examen y empezó a sonar como un cuento.