Capítulo 15. El erizo sin portal
El erizo sin portal
Clara tomó el tren de regreso aquella tarde, pero la libreta verde se quedó abierta sobre la mesa de Gabriel.
La descubrió al comprobar que faltaba en el bolso, ya cerca de Madrid. Sintió un golpe de calor.
Me he dejado una libreta en tu cocina , escribió.
Gabriel respondió con una fotografía. La libreta aparecía cerrada, sujeta por una pinza de madera.
Detenida intentando huir. La guardaré sin leer.
Clara amplió la imagen. La goma estaba exactamente como ella la había dejado.
Gracias.
De nada. La pinza es de Carmen. Tendremos que devolverla.
Durante la semana, Clara pensó varias veces en pedirle que se la enviara. No lo hizo. Quizá porque confiaba en que Gabriel no la abriría. Quizá porque aquella era una forma de dejar algo en Valdeazahar sin admitir que pensaba regresar.
Volvió el sábado siguiente para pasar el día. Esta vez no llevó maleta. El tren llegó puntual y Gabriel la recogió en Albacete. La libreta estaba en la guantera, todavía cerrada.
—Cadena de custodia intacta —dijo él.
—¿No has sentido curiosidad?
—Sí.
—¿Y ya está?
—La curiosidad no es una orden.
Clara pasó el pulgar por la goma.
—Son cosas a medio hacer.
—Suelen ser las únicas que necesitan libreta.
Fueron directamente a la biblioteca porque Clara tenía que devolver los álbumes. Elena estaba preparando una mesa de novedades y aceptó los libros con una inspección rigurosa de las esquinas.
—Aprobada —dijo—. Puedes conservar el carné.
—Gracias por tu confianza.
Clara se instaló junto al patio mientras Gabriel iba a la cooperativa.
Quería responder unos correos y avanzar el cuento.
Había reescrito el principio cuatro veces durante el viaje.
Ernesto seguía llamándose Ernesto porque Irene sostenía que parecía gestor de fincas y Clara, por pura lealtad al personaje, se negaba a darle la razón.
Trabajó casi una hora. Ernesto visitaba una torre, una caja de música y una madriguera con alfombras donde debía quitarse las púas para entrar. Nada terminaba de encajar.
—Tienes cara de estar peleándote con alguien —dijo Elena.
Había aparecido con dos vasos de agua.
Clara cerró la libreta por reflejo.
—Con un erizo.
Elena dejó un vaso a su lado.
—Son tercos.
—Este, especialmente.
—¿Escribes?
—No.
Elena miró la libreta, luego a Clara.
—De acuerdo.
Se marchó sin insistir. Clara abrió el documento de la agencia y trató de concentrarse. A los cinco minutos seguía leyendo la misma línea.
—Elena —la llamó.
La bibliotecaria se volvió desde el mostrador.
—He escrito una cosa. Eso no significa que escriba.
—La gramática discrepa, pero no voy a discutir.
Clara sostuvo la libreta contra el pecho.
—Es un cuento infantil. O lo intenta. No está terminado y el final es horrible.
—¿Quieres que lo lea?
La pregunta, formulada sin alargar la mano, hizo posible la respuesta.
—Sí. Pero aquí no.
Fueron a una de las cabinas de trabajo. Elena se sentó frente a ella. Clara le entregó la libreta abierta por la primera página y sintió que acababa de dejar sobre la mesa algo vivo y poco preparado para el clima.
Elena leyó en silencio.
No sonrió para tranquilizarla. No dijo «qué bonito» tras el primer párrafo. Pasó las páginas, volvió atrás una vez y se detuvo ante una tachadura. Clara observó cada movimiento de sus ojos como si fueran resultados médicos.
—¿Cuánto falta? —preguntó al cabo.
—Tres páginas.
—No. Para que termines de morderte el labio.
Clara lo soltó.
Elena continuó. Al acabar cerró la libreta con cuidado.
—El erizo funciona. La urraca también.
—La urraca aparece sin motivo.
—Aparece porque ve cosas desde arriba. El problema es que después hablas tú por ella.
—¿Cómo que hablo yo?
—Le haces explicar el significado del cuento. Los niños ya lo han entendido. No necesitan que una urraca les entregue un informe.
Clara sintió primero una punzada defensiva y, justo detrás, alivio.
—El final es malo.
—El final todavía no es un final. Es una autora pidiendo perdón por haber contado una historia.
Elena señaló el párrafo en que la urraca explicaba que «un hogar es aquel sitio donde uno puede ser uno mismo».
—Esto es correcto —dijo—. Y está muerto.
—Gracias por la delicadeza.
—Mira lo que has escrito antes: Ernesto deja las púas en un felpudo porque dentro no caben. Ahí ya sabemos que esa casa le pide dejar de ser quien es. No hace falta que luego una urraca dé una conferencia.
Clara leyó ambas partes. Vista una junto a otra, la explicación parecía desconfiar de la imagen.
—En publicidad repetimos el mensaje —dijo.
—Porque alguien puede estar mirando el anuncio mientras busca las llaves. Un niño sentado ante un cuento te presta algo más valioso: atención. No la castigues.
Clara tomó el bolígrafo y trazó una línea sobre cuatro frases. Sintió el mismo vértigo que al eliminar un titular que había tardado horas en encontrar, seguido por una claridad inmediata.
—Ahora faltan dos páginas.
—Perfecto. Ya tienes sitio para el final.
—Yo no soy autora.
—Entonces una señora con una libreta pidiendo perdón. El efecto es el mismo.
Elena abrió otra vez el cuento.
—Hay imágenes muy buenas. La casa donde los sueños duermen fuera, la puerta que solo abre si alguien te espera, las púas en el felpudo... ¿Por qué no lo has enseñado?
—Porque sé cómo funciona esto. Leo mucho. Hay autores de verdad, ilustradores increíbles. Yo escribo campañas.
—Eso responde a qué haces y a quién admiras. No a por qué lo ocultas.
Clara miró el patio a través del cristal.
—Porque podría ser mediocre.
—Podría. Casi todo lo que una empieza lo es durante un rato.
La respuesta carecía de consuelo, pero también de amenaza. Elena no le prometía talento. Le concedía la posibilidad de trabajar.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Clara.
—Quita el discurso de la urraca. Escribe un final que pueda dibujarse. Y léelo en el colegio.
Clara creyó haber oído mal.
—¿Qué?
—Raquel organiza una mañana de cuentos dentro de dos semanas. Tenemos catorce niños en el grupo conjunto. Les lees este.
—No está publicado.
—Los niños no solicitan ISBN en la entrada.
—No está ilustrado.
—Yago ilustrará hasta la lista de la compra si le das un rotulador.
—No está terminado.
—Acabamos de establecer un plan para eso.
Clara se levantó de la silla.
—No puedo ponerme delante de catorce niños y leerles algo que he escrito yo.
—Te pones delante de veinte ejecutivos y les dices qué deben sentir al ver un edificio.
—Los ejecutivos disimulan cuando se aburren.
—Los niños no. Es una ventaja para revisar.
Clara empezó a caminar dentro de la cabina, lo que solo permitía dos pasos en cada dirección.
—Es una idea terrible.
—Posiblemente.
—Podrían odiarlo.
—No suelen odiar cuentos. Se distraen, que es información más útil.
—¿Y si no sé contestar a sus preguntas?
—Di que no sabes.
Elena la observó con paciencia.
—No tienes que aceptar.
Al retirarle la presión, dejó a Clara sola frente a la razón verdadera. Quería hacerlo. El miedo no venía de la lectura, sino de que la lectura le importaba.
—¿Dentro de dos semanas? —preguntó.
—Viernes, a las once.
Clara abrió el calendario del móvil. Había una reunión interna que podía mover y un almuerzo que no estaba confirmado.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo a qué?
—No me obligues a repetirlo.
Elena sonrió por primera vez.
—Te apunto.
Cuando Gabriel volvió, las encontró en el rincón infantil. Elena estaba seleccionando álbumes y Clara miraba un calendario con expresión de condenada.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.
—Clara va a leer un cuento en el colegio —anunció Elena.
Gabriel miró a Clara. La sorpresa apareció en su cara y desapareció enseguida, reemplazada por una atención cautelosa.
—¿Tu cuento?
Ella apretó la libreta.
—No lo has leído.
—Lo sé.
—Es sobre un erizo.
—Eso mejora cualquier noticia.
—Dentro de dos semanas. Ante niños reales.
—Nora me confirmó esta mañana que es real. Tengo pruebas.
Clara esperaba una petición: ¿puedo leerlo?, ¿me lo enseñas?, ¿por qué no me lo contaste? Gabriel no hizo ninguna.
—¿Estás contenta? —preguntó.
Clara miró a Elena, la libreta y la fecha marcada en el calendario.
—Estoy aterrorizada.
—No era la pregunta.
Reconoció sus propias palabras de semanas atrás y le dio un golpe suave con la libreta en el brazo.
—Sí —admitió—. Creo que sí.
Salieron de la biblioteca con el cuento convertido en una cita real. Gabriel propuso celebrarlo en La Parada. Clara sostuvo que una lectura escolar todavía no merecía celebración.
—Precisamente —dijo él—. Si esperas a que algo sea enorme, te pierdes casi todos los principios.
Tomás sirvió café y, al enterarse, puso también dos trozos de bizcocho.
—No se lo cuentes a nadie —pidió Clara.
—Yo no cuento nada. Sirvo bebidas cerca de personas que hablan.
—Eso no me tranquiliza.
Gabriel alzó su taza.
—Por el erizo.
Clara chocó la suya. Le daba vergüenza, miedo y una alegría leve que no quería espantar nombrándola demasiado.