Capítulo 14. Fibra óptica y otras leyendas
Fibra óptica y otras leyendas
El martes, a las nueve y media, Clara ya había respondido los correos prioritarios, revisado dos textos y tendido su vestido oscuro en el patio de Gabriel.
Trabajaba con una camisa blanca de él, remangada y ajustada en la cintura con un cinturón. En la pantalla solo se veía el cuello. Aun así, había desactivado la cámara en la reunión interna por prudencia.
—¿Dónde estás? —preguntó Blanca.
—En Valdeazahar.
—¿Todavía? Pensaba que la avería se había solucionado.
—Se solucionó. Yo también.
—No entiendo la segunda parte.
—Estoy trabajando desde aquí.
Javi apareció en otro recuadro con un auricular torcido.
—¿Tienes internet suficiente para ver la presentación animada?
—No. Cada fotograma llega en una carreta distinta.
Hubo un silencio.
—Es broma, Javi.
—Nunca sé qué infraestructuras hay en esos sitios.
—Fibra óptica. Agua corriente. En algunas casas incluso tenedores.
Hugo entró en la reunión y dio por terminado el estudio antropológico. Repartió tareas para la semana. Clara compartió pantalla y el archivo se reprodujo sin un solo salto.
—Pues va mejor que mi conexión —admitió Blanca.
—Eso es porque en tu barrio las palomas interceptan el ancho de banda —dijo Javi.
Clara estaba explicando el calendario cuando sonó una bocina detrás de la casa. Un segundo toque, largo y alegre, atravesó la ventana abierta.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Sergio.
Clara se asomó. Julián estaba en la calle, al volante de un tractor rojo, y señalaba una caja colocada en la entrada. Al verla, volvió a tocar la bocina.
—Logística de última milla —respondió ella.
Julián gritó desde abajo:
—¡Te dejo los huevos! ¡Los seis de arriba son de Carmen!
Los recuadros de la videollamada quedaron inmóviles. Después Javi empezó a reírse.
—¿Te han llevado huevos en tractor?
—No. El tractor iba a otra finca. Los huevos aprovechan la ruta.
—Esto es maravilloso.
—Es normal —dijo Clara, y cerró la ventana.
—Para ti desde hace cuarenta y ocho horas —señaló Blanca.
Hugo devolvió la conversación al calendario. Antes de cerrar, pidió a Clara que se quedara conectada.
—¿Todo bien? —preguntó cuando los demás salieron.
—Sí.
—Ayer estuviste muy bien. Hoy llevas media mañana de ventaja.
—Hay menos interrupciones.
Hugo miró hacia la puerta de su despacho, tras la que se veía pasar gente.
—Eso no habla demasiado bien de nuestra oficina.
—Me temo que no.
—No te acostumbres a dirigir campañas entre gallinas. Recursos Humanos puede ponerse creativo.
—Son gallinas proveedoras. Debemos cuidar la relación.
Hugo sonrió.
—Vuelve mañana, ¿de acuerdo? Hay una reunión importante el jueves y quiero prepararla contigo.
—Claro.
Antes de desconectarse, Hugo bajó la voz.
—Y no te disculpes por haber corregido al cliente. Has sido educada y tenías razón.
—No pensaba disculparme.
—Bien. Aunque esa pausa significa que sí lo pensabas.
Clara sonrió, descubierta.
—Me importa que el trabajo salga, no que lo hagas bajo los fluorescentes que pago yo —añadió él—. Aun así, hay cuentas que exigen presencia. Tenemos que encontrar el equilibrio.
No era un jefe cruel al que resultara sencillo abandonar. Reconocía su esfuerzo y, al mismo tiempo, representaba una carrera que pedía cada vez más de ella. Las decisiones difíciles rara vez ofrecían un villano conveniente.
Al terminar, Clara salió a por la caja. Contenía una docena de huevos, aunque Julián había anunciado seis, y un papel donde Carmen había escrito cuáles eran los suyos como si pudieran reclamar derechos de autor.
Gabriel llamó desde la finca.
—¿Ha entregado mi padre el paquete?
—Con una discreción impecable. Ahora toda la agencia cree que teletrabajo en una granja del siglo diecinueve.
—Podemos organizar un fondo más tecnológico. ¿Quieres que pase el dron frente a la ventana?
—¿Tienes un dron?
—Lo usamos para revisar algunas parcelas. También tenemos una estación meteorológica y sondas conectadas.
—Ya lo sé. Pero a ellos les gusta imaginar que consultas el cielo con una brizna de hierba entre los dientes.
—A veces funciona.
Clara recogió la cocina antes de conectarse con el cliente de Vértice.
Habían solicitado cambios en la campaña y acudirían el director de marketing y una consultora externa.
Ella colocó el ordenador frente a una pared clara, comprobó el encuadre y se puso unos pendientes para que la camisa de Gabriel pareciera una decisión estética.
La conversación empezó bien. Hacia la mitad, el director de marketing vio una sombra moverse por el patio.
—¿Estás fuera de Madrid? —preguntó.
—Sí, hoy trabajo desde Albacete.
—¿Desde Albacete capital?
—Desde un pueblo.
—Qué suerte. Debes de estar de vacaciones.
Clara miró la presentación abierta y las cuatro páginas de cambios que había resuelto aquella mañana.
—No exactamente. Estoy trabajando.
—Ya, bueno, pero con otro ritmo. Silencio, naturaleza... Es casi un retiro creativo.
La consultora sonrió.
—Mi cuñado se fue a un pueblo. Duró seis meses. No había ni un sitio para tomar sushi.
Clara estuvo a punto de dejar pasar el comentario. Era fácil: una sonrisa, una frase ligera y vuelta a los titulares. Había hecho cosas parecidas cientos de veces para que una reunión no se desviara.
—Aquí hay una cooperativa que exporta, negocios conectados, una biblioteca con dos puestos de trabajo y gente que dirige empresas —dijo—.
También hay problemas, claro. El transporte público es limitado y algunos servicios están lejos.
Pero no estoy en un retiro ni jugando a la vida sencilla.
Estoy haciendo el mismo trabajo que ayer.
De hecho, esta mañana he terminado los cambios que pidieron.
El hombre parpadeó.
—No quería decir que...
—Lo sé. Solo quería aclararlo.
Hugo, conectado desde su despacho, intervino sin tensión.
—Y los cambios están muy bien. ¿Pasamos a la diapositiva doce?
La reunión siguió. El cliente aprobó dos propuestas y pidió tiempo para la tercera. Al cerrar la llamada, Clara permaneció mirando su propia imagen en negro.
Había defendido Valdeazahar.
No como quien protege un lugar perfecto, sino como quien se irrita cuando alguien habla sin conocerlo.
Salió a la calle para despejarse. Eran casi las dos. En la plaza, Amalia descargaba cajas con un repartidor; Tomás recogía unas tazas; dos niñas llenaban botellas en la fuente y un técnico instalaba algo en la fachada del ayuntamiento. Había actividad, calor y un ruido breve de obras.
Clara se sentó en La Parada.
Tomás salió con su café.
—No lo he pedido.
—Llevas cara de haberlo pedido hace media hora.
—Acabo de pronunciar un discurso sobre la dignidad tecnológica de Valdeazahar.
—¿Por qué?
—Porque han dado por hecho que aquí no se trabaja.
Tomás limpió la mesa de al lado.
—A las tres cierro para dormir la siesta.
Clara lo miró.
—No ayudas.
—Llevo abierto desde las seis. Que ellos prueben.
Ella bebió. Tomás entró en el bar y salió con una carpeta de facturas que dejó sobre una mesa.
—La siesta es de cuatro a cinco —aclaró—. De tres a cuatro hago números. No se lo cuentes a nadie; arruinarías nuestra reputación.
Gabriel llegó poco después en el coche, con el pelo revuelto y una mancha de polvo en la mejilla.
—Me han dicho que eres la nueva defensora de las telecomunicaciones locales.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Nadie. Pero has enviado siete mensajes seguidos.
Clara le contó la reunión. Gabriel escuchó sin parecer halagado.
—No hacía falta que nos defendieras.
—Ya lo sé.
—Pero gracias.
—No lo he hecho por ti.
—Eso es lo que me gusta.
Antes de llevarla a la estación, Gabriel pasó por una de las parcelas.
Necesitaba recoger un equipo y Clara quiso acompañarlo.
En el lindero, una pequeña estación meteorológica enviaba datos a una caja protegida.
Sobre unas hileras de almendros voló un dron, manejado por una técnica de la cooperativa que revisaba zonas con estrés.
—¿La brizna de hierba está de descanso? —preguntó Clara.
—Turno de tarde.
La técnica les mostró en una tableta imágenes que distinguían diferencias invisibles desde el suelo. Gabriel señaló dos sectores y habló de revisar emisores, no de regar más por reflejo.
—Cada año el agua obliga a afinar —explicó al volver al coche—. Tecnología no significa producir sin límite. A veces sirve para saber cuándo parar.
Clara pensó en su agencia, donde cada herramienta diseñada para ahorrar tiempo terminaba llenando el tiempo liberado con otra tarea.
—En Madrid también necesitamos sensores para eso.
—¿Para regar?
—Para parar.
Gabriel abrió la puerta del coche. Clara vio la camisa de él sobre su propio cuerpo, el polvo en los zapatos y la hora del tren acercándose. No tenía la sensación de haber perdido dos días laborales. Los había vivido enteros.
Clara dejó la taza. Hasta aquella mañana, habría descrito el pueblo como «el sitio de Gabriel». Sin darse cuenta, acababa de hablar de él como si una parte pequeña también le incumbiera.
A las seis, mientras preparaba la maleta para el tren, recibió un mensaje de Blanca.
Cuando vuelvas, trae huevos. Pero sin tractor, que seguridad se pone muy pesada.
Clara se rio.
Después añadió Valdeazahar a la aplicación del tiempo de su móvil.