La muchacha no tiene pueblo Capítulo 13. La teoría del pan caliente
27%

Capítulo 13. La teoría del pan caliente

La teoría del pan caliente

La alarma sonó a las cinco y veinte.

Clara abrió los ojos sin saber dónde estaba. El salón era una sucesión de sombras; la lluvia había cesado y el aire olía a tierra mojada a través de la ventana entreabierta. Entonces vio la manta, los libros de Gabriel y sus zapatos junto al sofá.

Recordó el portal.

Sonrió contra la almohada antes de obligarse a levantar.

Gabriel ya estaba en la cocina. Había preparado café y dos bocadillos envueltos en papel. Parecía ofensivamente despierto.

—No me hables hasta Albacete —dijo Clara.

—Buenos días.

—Acabas de gastar la única oportunidad.

Él le tendió una taza. Clara bebió y apoyó la frente en su hombro.

—Así que esto era hablar —murmuró Gabriel.

—Es puntuación corporal.

Salieron a las cinco y cuarenta. Valdeazahar dormía, salvo una luz en La Espiga y un gato que cruzó la plaza con asuntos urgentes. Durante el trayecto, Clara dormitó con la cabeza contra la ventanilla. Gabriel condujo en silencio.

En la estación de Albacete, el panel mostraba el tren de Madrid con veinte minutos de retraso. Después fueron cuarenta. A las siete y cuarto, una voz anunció una avería en la infraestructura y pidió a los viajeros que esperaran información.

Hasta entonces, ninguno había hablado del beso.

En el coche, Gabriel le había tomado la mano sobre el cambio de marchas durante unos minutos; al llegar, la soltó para sacar el equipaje.

Clara se preguntaba si aquella ausencia de análisis era calma adulta o una prueba para la que no conocía las instrucciones.

—Sobre anoche... —empezó.

Gabriel la miró.

—Me gustó.

—Eso era exactamente lo que iba a decir.

—Te he ahorrado una reunión.

—No te acostumbres a hablar primero.

Él sonrió y le rozó la mano con los dedos. No necesitaron negociar un nombre para lo que empezaba. El panel añadió otros veinte minutos de retraso y la realidad recuperó el turno.

—¿Qué significa exactamente? —preguntó Clara.

—Que no tienen información —dijo un hombre a su lado.

A las siete y media, el retraso dejó de tener cifra. La aplicación recomendó buscar alternativas, todas agotadas. Clara abrió el portátil en una mesa de la cafetería y conectó el teléfono.

—Puedo alquilar un coche —dijo—. Si salgo ahora, llego a las once.

—Hay cien personas pensando lo mismo.

—Un taxi.

—Te costará medio tomate con reputación.

—Tengo la presentación con el cliente a las nueve.

Gabriel no le dijo que no era importante. Miró la hora.

—Llama a Hugo. Pregúntale qué necesita de ti de verdad.

Clara se apartó hacia un rincón. Hugo contestó al segundo tono.

—Estoy en Albacete. Hay una avería y no sé cuándo sale el tren.

—¿Tienes el archivo?

—Sí.

—¿Puedes conectarte?

—Desde aquí, en teoría.

—La sala tiene cámara. Javi presenta y tú entras en preguntas. No atravieses media España para demostrar que tienes piernas.

—Puedo llegar más tarde.

—Clara, resuelve el problema que existe, no el que te hace sentir más responsable. Te mando el enlace.

Colgó. Gabriel seguía junto a la mesa con los dos cafés de máquina.

—¿Qué necesita de ti? —preguntó.

—Que me conecte.

Una nueva locución anunció que el servicio quedaba suspendido al menos dos horas.

—Aquí no puedes hablar —dijo Gabriel—. Volvamos.

—¿A Valdeazahar?

—Está a cuarenta minutos. La biblioteca abre a las nueve, mi casa tiene fibra y en La Parada puedes organizar una cumbre internacional si Tomás te aprecia.

—La reunión empieza en una hora.

—Cincuenta y siete minutos. He aparcado cerca.

Regresaron por la carretera aún oscura. Clara repasó diapositivas en el coche y dio instrucciones a Javi. A la entrada de Valdeazahar ya había luz sobre los campos. Pasaron junto a La Espiga a las ocho y cuarenta y cuatro. Merce estaba sacando una pizarra a la acera.

Gabriel frenó.

—No podemos parar —dijo Clara.

—Tienes dieciséis minutos y no has desayunado.

Entraron. Merce miró la ropa de Clara, el portátil y sus ojeras.

—¿Qué ha pasado?

—El tren se ha averiado —explicó Gabriel—. Tiene una reunión a las nueve.

—Entonces necesita pan.

—Necesito conexión —dijo Clara.

—También. Pero los problemas cambian de tamaño después de desayunar.

Merce abrió una barra aún caliente, puso aceite y tomate, y la envolvió sin permitir discusión.

—Esa es mi teoría —añadió—. No dice que desaparezcan. Solo que una deja de confundirlos con el fin del mundo.

—¿Ha sido contrastada?

—Cincuenta y siete años y nunca he tomado una decisión importante en ayunas.

A las ocho y cincuenta y tres, Clara estaba sentada en la mesa de la cocina de Gabriel. Él le colocó un vaso de agua, señaló el router como prueba de existencia y se dirigió a la puerta.

—¿Te vas?

—Tengo que revisar los goteros después de la tormenta.

—Pero...

No sabía cómo terminar. Una parte de ella esperaba que Gabriel permaneciera cerca por si la conexión fallaba, la presentación se hundía o el campo magnético rural devoraba el archivo.

—Llámame si necesitas algo —dijo él—. Estás en tu trabajo, no en una operación a corazón abierto.

Le dio un beso breve y salió.

La videollamada se abrió a la primera. Clara vio la sala de reuniones de Madrid, a Javi junto a la pantalla y a Hugo en su lugar habitual. El cliente se conectó desde Barcelona. Nadie preguntó dónde estaba ella.

—Cuando queráis —dijo Clara.

La presentación duró cincuenta minutos. Javi condujo la parte visual; Clara intervino en estrategia y respondió preguntas. La conexión no se congeló, no pasó ningún rebaño por la cocina y el cliente no descubrió que el café había sido preparado a ciento cincuenta kilómetros de la oficina.

Cuando terminaron, Hugo le escribió:

Bien resuelto. No hace falta que vuelvas hoy. Trabaja desde allí y hablamos mañana.

Clara leyó el mensaje dos veces.

La cocina estaba en silencio. Por la ventana entraba luz sobre una mesa de madera con pequeñas marcas de uso. Se comió el pan de Merce. Seguía tibio.

A las diez y media empezó a revisar una propuesta que llevaba una semana atascada.

No hubo nadie que se acercara a preguntar algo «rápido», ni conversaciones cruzadas, ni alarma de un mensajero.

El móvil recibió notificaciones, pero Clara lo puso boca abajo.

En cuarenta minutos resolvió el concepto.

A las once y veinte había terminado una tarea prevista para toda la mañana.

Se levantó, abrió la puerta del patio y salió con la taza. Las plantas todavía tenían gotas. En la casa contigua, alguien tendía ropa. Más lejos sonó una radial. Clara respiró y advirtió que no estaba apretando los dientes.

Gabriel regresó cerca de la una con barro en las botas.

—¿Ha sobrevivido el capitalismo?

—Sin una sola baja.

—¿Y tú?

—He trabajado mejor que en la oficina.

—Será el router. Tiene formación empresarial.

Clara le enseñó el nuevo concepto. Gabriel no fingió entender todos los detalles, pero leyó el texto con atención.

—Esto es bueno —dijo.

—No sabes qué vendemos.

—No. Pero al leerlo sé qué quieres que sienta quien lo vea. Supongo que esa era la idea.

La observación era más precisa que muchos comentarios de reuniones enteras.

—Era la idea —admitió.

Comieron los bocadillos que no habían tocado en la estación. Después, Gabriel volvió a la finca y Clara decidió probar uno de los puestos de la biblioteca. Elena le abrió una cabina, le indicó dónde estaba la cafetera y no formuló una sola pregunta sobre la camisa de hombre.

En la mesa contigua trabajaba una arquitecta que vivía en un pueblo cercano.

Más allá, un universitario preparaba exámenes con auriculares y una mujer atendía la contabilidad de una empresa familiar.

No era un decorado de teletrabajo: había cables, botellas de agua, una llamada que se alargaba y una impresora que se negó a colaborar hasta que Elena la amenazó con sustituirla.

Clara completó el informe semanal, devolvió correcciones y sostuvo una conversación difícil con un proveedor. A las tres menos cuarto había vaciado la lista que normalmente arrastraba hasta la noche.

—¿No tienes nada más? —preguntó Elena al verla cerrar el portátil.

—Tengo cosas para mañana.

—También mañana existe aquí.

Clara se sentó en el patio con la libreta. Escribió dos párrafos del cuento del erizo antes de sentir vergüenza y cerrar de golpe cuando pasó una usuaria. Nadie la había visto. El gesto le pareció absurdo: podía presentar ideas ante una sala llena, pero escondía seis líneas de un animal inventado.

A las cuatro, Renfe avisó de que el servicio se restablecería de forma gradual. Había plazas para el último tren.

—Puedo llevarte —dijo Gabriel.

Clara miró el correo abierto, el patio y la libreta verde junto al portátil. Recordó la madrugada, las luces de la estación y la carrera que había estado dispuesta a emprender para llegar físicamente a una sala donde ya estaba en una pantalla.

—Hugo ha dicho que no hace falta que vuelva hoy.

—Entonces no hace falta.

—Podría coger el de mañana temprano.

—Podrías.

Gabriel no sonrió hasta que ella cerró la página de reservas.

—Voy a necesitar otra camisa —dijo Clara.

—Tengo una solución rural muy avanzada.

—¿Una tienda?

—Una lavadora.