La muchacha no tiene pueblo Capítulo 12. Debajo de las moreras
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Capítulo 12. Debajo de las moreras

Debajo de las moreras

El domingo hizo calor desde temprano. A media mañana, el aire parecía haberse detenido entre las fachadas y la sombra del olmo apenas alcanzaba un banco.

Clara pasó parte del día con Rosario, que le enseñó a preparar una ensalada de pimientos asados sin convertir la receta en una prueba de pertenencia. Gabriel y Julián habían ido a revisar una bomba. Cuando regresaron, traían polvo en las botas y una discusión sobre una válvula.

—¿Se ha roto algo? —preguntó Clara.

—No —dijeron los dos a la vez.

—Entonces, ¿por qué discutís?

—Para evitar que se rompa —explicó Julián.

—Su método consiste en hacer lo mismo que hace veinte años —dijo Gabriel.

—Si lleva veinte años funcionando, empieza a reunir pruebas a su favor.

Durante la comida, el cielo se cubrió de nubes oscuras llegadas desde la sierra. Rosario salió al patio, miró hacia arriba y ordenó recoger dos sábanas del tendedero.

Clara miró a Gabriel con satisfacción.

—Dije que iba a llover.

—Con veinticuatro horas de margen y después de consultar tres aplicaciones.

—No desacredites mi intuición.

Cayeron cuatro gotas grandes que dejaron círculos en el suelo. Después, nada.

—Una tormenta emocionante —dijo Clara.

—Espera.

Clara subió a preparar la maleta. Dobló el vestido del huerto, contempló la mancha que seguía en el bajo y decidió no tirarlo. El móvil vibró: Irene solicitaba un informe sentimental con «datos verificables».

Clara salió al patio para responder en voz baja.

—No hay informe.

—Llevas dos fines de semana y tres citas. Eso ya es una serie limitada.

—Nos estamos conociendo.

—¿Os habéis besado?

Clara miró hacia la cocina. Gabriel ayudaba a Julián con la válvula y ambos hablaban al mismo tiempo.

—No.

—¿Quieres besarlo?

—Esta conversación parece una encuesta de adolescencia.

—A los treinta y cuatro las preguntas son iguales, pero llevamos mejores zapatos.

Clara se sentó en el borde de una maceta.

—Sí —admitió—. Quiero.

—¿Y él?

—No lo sé. Creo que sí. Pero no tiene ninguna prisa.

—Eso te parece sospechoso porque tú confundes la urgencia con el interés.

—No confundo nada.

—Has respondido tres correos durante nuestra conversación.

Clara miró la pantalla. Era verdad.

—Tengo que colgar.

—Claro. No vayas a perder una oportunidad de no pensar.

Irene se despidió riéndose. Clara guardó el teléfono y oyó a Gabriel preguntar desde la cocina si quería café. Su voz no llevaba ninguna exigencia escondida.

—Sí —respondió—. Voy.

Por la tarde fueron a tomar café a La Parada. Tomás sirvió el de Clara sin preguntar y colocó un vaso vacío bajo una gotera antigua del toldo.

—¿También sabe cuándo llueve? —preguntó ella.

—Sé cuándo este toldo decide fingir que llueve —respondió él.

Álvaro ocupaba una mesa con una revista de astronomía y un perro mestizo tumbado a sus pies. No era suyo; esperaba a que su dueño terminara una partida dentro del bar.

—Esta noche hay buena visibilidad si la tormenta limpia—dijo—. Podríamos subir al camino del depósito.

—Clara vuelve después de cenar —explicó Gabriel.

—Qué manía tiene Madrid de recuperar a la gente.

—Mañana trabajo —dijo ella.

—Eso se hace en muchos sitios. Incluso aquí, aunque dañe nuestra imagen.

Álvaro miró de uno a otro y cerró la revista.

—¿Me he perdido algo?

—Una tormenta que no ha ocurrido —dijo Clara.

—No hablaba del tiempo.

Gabriel le lanzó una servilleta. Álvaro la atrapó.

—Entendido. Secreto profesional. Para compensar, os informo de que Saturno estará visible a finales de verano.

—¿También organizas observaciones? —preguntó Clara.

—El cielo organiza. Yo llevo telescopios y evito que la gente use linternas blancas.

Gabriel prometió avisarla para la siguiente. No dijo «si sigues viniendo». Lo dio por posible sin convertirlo en obligación, y Clara sintió que aquella naturalidad era más seductora que cualquier plan elaborado.

Cuando salieron del bar, las nubes ya tapaban media plaza. Gabriel insistió en que Clara adelantara el viaje o esperara a que pasara la tormenta. Ella comprobó el trayecto: el autocar nocturno acumulaba retraso y el aviso recomendaba evitar desplazamientos en la zona.

—Esperaré —decidió—. Puedo salir a las diez.

—O mañana temprano.

—Tengo una reunión a las nueve.

—No pretendía secuestrarte.

—Lo sé. Por eso sigo viniendo.

La frase quedó entre ambos. Gabriel bajó la mirada hacia ella y Clara sintió otra vez esa quietud que no era duda, sino cuidado.

Cenaron en casa de él. Gabriel preparó pisto con verduras del huerto y huevos. Clara cortó calabacín bajo supervisión.

—Sé usar un cuchillo —protestó.

—Lo sostienes como si fueras a despedirlo.

—Dirijo equipos.

—Esto explica algunas cosas.

La lluvia empezó mientras comían en el patio. Primero golpeó las hojas de la parra vecina; luego cayó con fuerza, levantando olor a tierra y salpicando el suelo hidráulico. Recogieron platos entre risas y se refugiaron en la cocina.

Se fue la luz durante cinco segundos. Clara se quedó quieta con una fuente en las manos.

—Sexto inconveniente —dijo cuando volvió—: infraestructura dramática.

—En Madrid nunca hay apagones.

—En mi piso, si los hay, no se huele tan bien.

Esperaron en el salón. Gabriel puso música desde un altavoz y abrió uno de los álbumes que Clara había sacado de la biblioteca. Lo leyeron juntos en el sofá, comentando las ilustraciones. Sus hombros se tocaban. Ninguno se movió.

A las nueve y media dejó de llover. Clara consultó el viaje.

—Han cancelado el autocar.

—Quédate. Te llevo al primer tren desde Albacete y llegas a tiempo.

—No he traído ropa de lunes.

—Tu equipaje se ha reducido demasiado pronto.

—En casa de tus padres tengo el vestido del huerto.

—Transmite solvencia creativa.

Decidieron caminar hasta allí para recoger el portátil y preparar la salida. Las calles brillaban bajo las farolas. El agua corría junto a los bordillos y el aire había refrescado de golpe. Gabriel llevaba un paraguas grande, aunque apenas caían gotas.

Caminaron despacio. Clara pisó un charco y no protestó por las zapatillas. Desde una ventana llegaba olor a jabón; en otra casa, alguien recogía cojines de una silla. Todo el pueblo parecía haber reaccionado a la tormenta con movimientos pequeños y conocidos.

—En Madrid la lluvia me enfada —dijo.

—Aquí también, si pilla almendra en el suelo.

—Siempre encuentras la forma de quitar romanticismo.

—El romanticismo vuelve solo. La almendra no.

Clara le dio un golpe con el hombro. Gabriel sujetó el paraguas sobre ambos aunque ya no llovía.

Bajo las moreras, el viento sacudió las ramas y volvió a llover con intensidad. Corrieron hasta el portal de una casa cerrada. Gabriel plegó el paraguas y los dos quedaron resguardados bajo un saliente de piedra, demasiado cerca para fingir que era casual.

Clara tenía el pelo húmedo pegado a la frente. Gabriel levantó una mano.

—¿Puedo?

Ella asintió.

Él le apartó un mechón con los dedos. No retiró la mano enseguida. Le rozó la mejilla, despacio, dándole tiempo a moverse.

—Llevas tres citas y dos fines de semana esperando —dijo Clara.

—No llevaba la cuenta.

—Mentiroso.

—Contaba el café entero.

Clara sonrió. Fue ella quien cerró la distancia que quedaba.

El primer beso resultó suave, algo frío por la lluvia y tan sencillo que durante un instante no hubo nada que analizar. Gabriel apoyó una mano en su cintura. Clara se aferró a su camisa húmeda y volvió a besarlo, esta vez sin prudencia, sintiendo la sonrisa de él contra sus labios.

Un trueno sonó lejos.

—Muy cinematográfico —murmuró Clara.

—Lo tenía contratado.

—Se ha retrasado un poco.

—Proveedores rurales.

Se besaron otra vez. Después se quedaron bajo el portal escuchando cómo el agua goteaba de las hojas. Gabriel no hizo promesas. Clara tampoco preguntó qué significaba aquello. Él le tomó la mano y ella entrelazó los dedos con los suyos.

Cuando la lluvia amainó, siguieron hasta la casa azul. Rosario y Julián ya dormían. Clara recogió el portátil y un vestido oscuro que podía pasar por ropa de oficina si nadie examinaba las flores.

Volvieron a casa de Gabriel. Él preparó el sofá con sábanas limpias pese a que Clara sostuvo que podía dormir en el cuarto de invitados.

—A las cinco y media tendrías que despertar a mis padres—dijo—. Aquí saldremos sin ruido.

—¿Saldrás?

—Pienso llevarte a la estación. Tú tienes una reunión y yo aprecio el servicio ferroviario.

Clara quiso protestar, pero bostezó a mitad de la frase.

—Argumento rechazado —dijo Gabriel.

La besó una vez más, junto al sofá, y se fue a su habitación. No intentó prolongar la noche ni convertir el deseo en una deuda.

Clara se acostó con la lluvia suave al otro lado de la ventana. Buscó el móvil para poner la alarma.

La pantalla mostraba cinco correos, nueve mensajes y dos llamadas perdidas.

Habían pasado más de dos horas desde la última vez que lo había mirado.

Clara sonrió en la oscuridad.

No había echado de menos ninguna de ellas.